El disparatado auto del juez Peinado ha elevado, más si cabe, el nivel de confrontación partidista y el clima político irrespirable. Peor aún que la ola de calor. Llegados a este punto, el Gobierno y el PSOE han visto la oportunidad de aprovechar la desmesura del acoso del PP y de sus socios ultras, así como los errores demenciales de Peinado en el caso de Begoña Gómez, que han provocado la intervención de urgencia del CGPJ. Con todo ello, el PSOE cierra filas y toca la tecla emocional de la desanimada población progresista.
Piensan en Moncloa que Peinado, sin quererlo, les ha echado un salvavidas que utilizará el presidente Sánchez en su difícil comparecencia de mañana en el Congreso, colocando en primer plano de su discurso las inauditas acusaciones penales y las absurdas medidas cautelares contra su mujer. Y de paso defender con más argumentos la honradez de Zapatero. Aunque la dura sentencia contra Ábalos y Koldo por las comisiones de la venta de mascarillas, le complicará totalmente su relato.
Los desvaríos del juez Peinado, que sí afectan a la credibilidad de la judicatura, no pueden ocultar la existencia de otros casos de corrupción que afectan directamente al PSOE ni los problemas de fondo que arrastra el débil Gobierno de izquierdas tras perder el apoyo de algunos grupos.
"Lo que necesita Pedro Sánchez en este escenario endiablado, no es un discurso victimista ni la respuesta del 'y tú más', ni siquiera bastará con recordar los logros de su gestión"
Estoy convencido de que lo que necesita Pedro Sánchez en este escenario endiablado, no es un discurso victimista ni la respuesta del "y tú más", ni siquiera bastará con recordar los logros de su gestión. Para recuperar credibilidad y confianza, precisa adoptar decisiones ejemplificadoras y de profundo calado democrático en el Parlamento. Suena a ingenuidad, pero intentaré explicarme.
Hace ocho años, la presentación por el grupo socialista de una moción de censura a M. Rajoy, tras conocerse la sentencia del caso Gürtel de financiación ilegal del PP, llevó a Pedro Sánchez al Gobierno con un compromiso central de regeneración de la vida política. Aquello lo viví en el Congreso y dos años antes fui uno de los diputados socialistas rebeldes que votaron contra la investidura de Rajoy. El uso de aquella herramienta constitucional, la moción de censura constructiva, aplicada en un contexto que tenía una justificación absoluta, es algo que Feijóo no ha aprendido porque no actúa según las reglas de la democracia.
Hay razones sobradas para preguntarnos hoy sobre la situación de la calidad de nuestra democracia, el grado de cumplimiento de los compromisos y medidas de regeneración que anunció entonces Sánchez, el nivel de confianza de la ciudadanía en el sistema democrático y sobre la credibilidad que merecen a la población las diferentes instituciones del Estado.
Lo cierto es que transcurridos ocho años hay quienes usan el megáfono mediático y las redes para tratar de convencernos de que la historia de corrupción se repite. En ese relato meten como una pieza nueva el caso del expresidente Rodríguez Zapatero, por el asunto Plus Ultra y, especialmente, por la inexplicable colección de joyas que ha aparecido. Esto último supone, en mi opinión y desde una valoración de los comportamientos éticos en política, la pérdida como actor político de quien ha sido un referente de ética personal para la izquierda y un apoyo decisivo para Pedro Sánchez.
"Muchos jóvenes mantendrán durante años la desconfianza en el PSOE, que es quien gobierna, más allá del coherente papel en política internacional desarrollado por Sánchez"
Asistimos a un panorama de decepción enorme que la gente progresista en España tardará en superar. Además, el calendario judicial no ayudará, aunque el caso Kitchen y las andanzas del novio de Ayuso sirvan a algunos como consuelo. La realidad es que muchos jóvenes mantendrán durante años la desconfianza en el PSOE, que es quien gobierna, más allá del coherente papel en política internacional desarrollado por Sánchez en este tiempo de genocidios, de discursos trumpistas y de la marea ultra o de los buenos datos macroeconómicos para este país. Porque ni los méritos del Gobierno ni las amenazas reales de una involución política y social, hacen olvidar a la juventud la grave dificultad existente de poder conseguir una vivienda para trazar su plan de vida.
En esta coyuntura, otra herramienta constitucional, la cuestión de confianza (artículos 112 y 114 de la Constitución), representa la mejor respuesta democrática a aplicar en un escenario de bloqueo gubernamental, inestabilidad y desconfianza creciente en la política. Porque la estrategia de la resistencia, hasta ver si pasa algo que ilumine a los votantes, para que sea útil no debería incluir tan larga agonía para las izquierdas.
Es en el marco de la próxima comparecencia del presidente Sánchez, este miércoles en el Congreso, donde, además de las necesarias explicaciones que dé, que valdrán para algunos pero que no le servirán para salir del acoso al que le somete el PP y sus aliados reaccionarios instalados y ejerciendo en todos los frentes del Estado, tiene la oportunidad de dar un "golpe de efecto democrático" inmediato, tomar una decisión ejemplar con consecuencias positivas diversas.
"Una cuestión de confianza supondría rendir cuentas por la gestión de gobierno cuando la mayoría parlamentaria que apoyó la investidura ha desaparecido"
Es en el Congreso donde debería anunciar la presentación de una cuestión de confianza. Supondría rendir cuentas por la gestión de gobierno cuando la mayoría parlamentaria que apoyó la investidura ha desaparecido, aclarar si hay responsabilidad política in vigilando por los casos de corrupción de dirigentes del PSOE y, en definitiva, reforzar su legitimidad y la estabilidad del Gobierno.
La izquierda y este país necesitan "un golpe de democracia". Sería tanto como dar un ejemplo de coherencia democrática al pasar de las palabras a la acción política regeneradora, de la mera posición de resistencia del PSOE y del Gobierno a tomar el presidente una iniciativa audaz e incontestable ante el Parlamento.
Supondría una indudable contribución a la mejora del clima general de convivencia y, quién sabe, a un cambio en el tablero de consecuencias electorales, más allá del resultado inmediato de la votación sobre la cuestión de confianza, que solo requiere el voto a favor de la mayoría simple de los diputados.