El pasado 20 de mayo, José Manuel Albares viajó a Berlín para mantener una reunión de trabajo con el nuevo ministro de Exteriores alemán, Johann Wadephul. Oficialmente, el objetivo era reforzar las relaciones bilaterales y abordar cuestiones de la agenda europea e internacional, desde el multilateralismo hasta los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo. Pero la reunión tenía también una dimensión mucho más concreta (y sensible).
España llegaba a Berlín con dos prioridades diplomáticas muy definidas. La primera era la oficialidad del catalán, el euskera y el gallego en la Unión Europea. La segunda, la evolución de la posición europea sobre Israel y la guerra en Gaza. Según fuentes conocedoras de la reunión, ambos asuntos ocuparon una parte significativa de la conversación entre los dos ministros. Y en ambos casos Madrid se encontró con una respuesta negativa de Berlín.
"La posición alemana sobre las lenguas cooficiales es particularmente importante para España"
La posición alemana sobre las lenguas cooficiales es particularmente importante. Alemania lleva meses siendo el principal referente del grupo de países que siguen expresando reservas jurídicas y financieras respecto a la iniciativa española. El propio Albares admitió públicamente en Berlín que había tratado el asunto "de manera extensa" con su homólogo alemán, aunque evitó entrar en detalles. Fuentes del Ministerio de Exteriores alemán fueron más explícitas: Berlín "no ha cambiado su posición".
La segunda discrepancia giró en torno a Israel. La agenda oficial de la reunión incluía expresamente los conflictos de Oriente Próximo y, ese mismo día, Albares anunció desde Berlín la convocatoria de la encargada de negocios israelí en Madrid por el trato dispensado a activistas de la flotilla con destino a Gaza, que calificó de "monstruoso, indigno e inhumano". España y Alemania mantienen desde hace meses diferencias sustanciales sobre la respuesta europea a la guerra en Gaza y sobre la conveniencia de aumentar la presión política sobre el Gobierno israelí.
Quince días después de aquella reunión, Alemania sufrió una derrota diplomática sin precedentes. Por primera vez en su historia, Berlín no conseguía un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
"En algunas capitales europeas empieza a formularse otra pregunta. ¿Se habían trabajado suficientemente los apoyos de sus socios europeos? ¿O asumió que estos llegarían por inercia?"
En Alemania, el debate se ha concentrado en las razones globales de la derrota. Se habla del deterioro de las relaciones con el sur global, del respaldo alemán a Ucrania o del coste político de determinadas posiciones sobre Oriente Próximo. Sin embargo, en algunas capitales europeas empieza a formularse otra pregunta. ¿Se habían trabajado suficientemente los apoyos de sus socios europeos? ¿O asumió que estos llegarían por inercia?
España es un caso especialmente interesante porque pone de manifiesto un fenómeno cada vez más visible en la política europea: la desaparición de los apoyos automáticos. Nadie sabe cómo votó España en Naciones Unidas porque la votación es secreta. Y es cierto que tampoco existe ninguna evidencia de una relación directa entre las diferencias bilaterales y el resultado de la elección.
Pero la diplomacia rara vez funciona de manera compartimentada. Los gobiernos acumulan capital político o lo erosionan. Construyen relaciones de confianza o se alejan, normalmente con silencios. Y si se unen los puntos de las posiciones adoptadas, expedientes aparentemente desconectados acaban configurando un clima político más amplio.
La Alemania de Angela Merkel pudo permitirse decir que no muchas veces. A fin de cuentas, era el centro de gravedad de la Unión Europea. Su peso económico y político hacía que, incluso cuando surgían discrepancias, pocos socios estuvieran dispuestos a cuestionar su liderazgo.
"La lógica de las relaciones entre socios se ha vuelto mucho más transaccional"
La Europa de 2026 es otra cosa. La guerra de Ucrania ha multiplicado las sensibilidades nacionales. Las políticas industriales han reavivado la competencia entre Estados miembros. Oriente Próximo ha puesto de manifiesto profundas diferencias políticas dentro de la Unión. Y la lógica de las relaciones entre socios se ha vuelto mucho más transaccional.
En este nuevo contexto, las prioridades nacionales importan más que nunca. Para el Gobierno de Pedro Sánchez, la oficialidad de las lenguas cooficiales se ha convertido en una cuestión de identidad política y de credibilidad europea. No es un expediente más. Se trata de una iniciativa muy visible de la acción exterior española y que, además, está muy relacionada con el apoyo de Junts.
La cuestión de Israel ocupa un lugar igualmente central. España ha hecho de la defensa del derecho internacional y de una posición más exigente frente al Gobierno de Benjamín Netanyahu una de las señas de identidad de su política exterior.
Precisamente en estos dos asuntos, los dos gobiernos constataron en Berlín que seguían situados en posiciones distintas.
Por eso la pregunta que deja la derrota alemana en Naciones Unidas va más allá de España. Es momento de preguntarse si Alemania ha comprendido hasta qué punto las prioridades de sus socios han dejado de ser asuntos secundarios.
"Los alemanes tienen una expresión para este tipo de situaciones: 'Misere auf hohem Niveau' —lamentarse desde una posición privilegiada—. La paradoja de quien sigue ocupando una posición privilegiada pero descubre que algunas ventajas ya no son automáticas"
La derrota en el Consejo de Seguridad no altera el peso económico de Alemania ni su centralidad en Europa. Aun así, sugiere que incluso la primera potencia del continente ya no puede dar por descontados los apoyos políticos de los demás. Los alemanes tienen una expresión para este tipo de situaciones: Misere auf hohem Niveau —lamentarse desde una posición privilegiada—. La paradoja de quien sigue ocupando una posición privilegiada pero descubre que algunas ventajas ya no son automáticas.
Quizá eso es exactamente lo que ocurrió en Naciones Unidas. Alemania sigue siendo una potencia europea indispensable. Pero la Europa de 2026 ya no funciona sobre la base de apoyos automáticos ni deferencias implícitas. Incluso Berlín necesita persuadir, negociar y escuchar.
Porque el liderazgo europeo ha cambiado y porque ya no basta con ser indispensable. Hoy, también hay que convencer a los demás de que sus prioridades importan. Mientras Berlín pedía respaldo para una de sus grandes prioridades diplomáticas, ¿escuchó realmente las prioridades de sus socios más cercanos?