En el Berlaymont, la sede de la Comisión Europea, resuenan los
buenos ecos por la implementación total del Pacto de Migración y Asilo. Sin embargo, al mismo tiempo, en la Moncloa,
Pedro Sánchez se mueve en otra dirección.
Desde el Ejecutivo español, el
movimiento de regularización masiva de inmigrantes en situación irregular se inserta en una lógica de
supervivencia demográfica. Aunque también se le atribuye cierta audacia política. Es, por tanto,
un golpe unilateral que pone de relieve el secreto a voces de la integración europea: cuando se trata de la gente que camina por tus calles, la política común europea no se entiende como un mandato rígido.
La ilusión de la fortaleza
La narrativa oficial en Bruselas,
en el plano migratorio, ha sido la de fronteras primero En este sentido, el nuevo Pacto de Migración y Asilo se vendió al electorado europeo —especialmente a las capitales escépticas del norte y el este— como
la herramienta definitiva de armonización con la que se aborda, desde un enfoque unificado, quién entra, quién se queda y quién es devuelto. Con todo, l
a maniobra de Madrid expone las flaquezas en el centro de esta arquitectura política y normativa. Bajo el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE, artículo 79),
los Estados miembros retuvieron un "botón nuclear": el derecho a determinar los volúmenes de admisión y a gestionar el estatus legal de quienes ya se encuentran
dentro de sus fronteras.
"España no solo está facilitando permisos de trabajo. También está enviando un mensaje a aquellos que ven a Europa como una fortaleza"
Haciendo uso de esta competencia, España no solo está facilitando permisos de trabajo. También está enviando un mensaje a aquellos que ven a Europa como una fortaleza y
les dice que sus planos tienen una puerta trasera que no pueden cerrar con llave.
Realismo económico frente a la óptica política
Despejado el plano legal, la incógnita central pasa por entender
por qué Sánchez está dispuesto a arriesgarse al mal humor de París o Berlín. La respuesta, una vez más, está en la demografía. España es un país que, como muchos de sus socios europeos,
envejece a un ritmo alarmante y necesita un pulso vital en su mercado laboral.
Desde
los campos de fresas de Huelva hasta las obras de Madrid, las cocinas de Barcelona y la atención a nuestros mayores,
la economía española ha funcionado con el combustible informal de la mano de obra no declarada. El Estado lo sabe. Los sindicatos lo saben. Y
las asociaciones empresariales son las que más fuerte han gritado pidiendo esta regularización.
"500.000 nuevos contribuyentes —como mínimo— valen, a su juicio, más que unas cuantas reuniones tensas en el Consejo Europeo"
Es decir, para el Gobierno español
el eje principal de la política pública no es solo la visión humanitaria. Se trata también de mover a cientos de miles de personas de la economía sumergida a la cotización y la tributación. Y, en un escenario donde los sistemas de seguridad social están bajo una presión inmensa, a la Moncloa parecen salirle las cuentas: 500.000 nuevos contribuyentes —como mínimo— valen, a su juicio, más que unas cuantas reuniones tensas
en el Consejo Europeo.
La fricción de Schengen
Sin embargo, esta medida que promueve España
está levantando ampollas más allá de los Pirineos. ¿Por qué? Porque en el Espacio Schengen
un permiso de residencia expedido en Madrid es, a efectos prácticos, un billete de libre circulación. Aunque un inmigrante regularizado en España no tiene el derecho legal a instalarse y trabajar en Múnich o Lyon, gana el derecho a moverse libremente como turista y desaparece de los radares de control fronterizo que el Pacto de Migración tanto se empeña en reforzar.
"En 2005, cuando el Gobierno de Zapatero regularizó a casi 600.000 personas, la reacción de Nicolas Sarkozy y Angela Merkel fue dura"
Para entender este efecto, puede pensarse en
regularizaciones pasadas. En 2005, cuando el Gobierno de Zapatero regularizó a casi 600.000 personas, la reacción de Nicolas Sarkozy y Angela Merkel fue dura,
lo que llevó al Pacto Europeo sobre Inmigración de 2008, que, supuestamente, "prohibía" las regularizaciones masivas. Pero aquella "prohibición" fue un compromiso político, no una norma jurídicamente vinculante. Al seguir adelante ahora, España está demostrando que
aquel pacto de 2008 no es útil para garantizar la tranquilidad de todas las capitales europeas en relación con las regularizaciones que puedan hacer otros Estados miembros.
La impotencia de Bruselas
Cuando se consulta a la Comisión, la respuesta es
una obra maestra del equilibrismo de la diplomacia de la burbuja de Bruselas. "Es una competencia nacional", dicen. Traducido del
eurolenguaje, esto viene a significar que
"no nos gusta que lo hagan, pero legalmente no podemos pararlos".
El presidente español está desafiando a sus colegas del Consejo a que
le critiquen por ser pragmático, sabiendo que muchos de ellos —incluida
la Italia de Giorgia Meloni— están buscando discretamente sus propias formas de cubrir las vacantes laborales sin llamarlo "regularización". Porque
precisamente Italia tiene muchos de los problemas del mercado laboral que España intenta solucionar. Aunque las recetas son contrarias,
el plato final es muy similar. Pero si el movimiento de Madrid es un portazo, el de Roma es una infiltración silenciosa.
Para entender el calado del "agujero" en el guion de Bruselas, hay que mirar hacia Italia, donde
la retórica de hierro de Giorgia Meloni oculta una realidad contable idéntica a la española: la economía manda. Mientras Meloni gesticula en el Consejo Europeo exigiendo centros de retorno en Albania y bloqueos navales, sus boletines oficiales cuentan una historia distinta. A través de la expansión masiva del
Decreto Flussi, el gobierno italiano ha abierto la puerta a
más de 450.000 trabajadores extranjeros. El truco de Roma es que, al ampliar los cupos de entrada de forma legal, Italia permite que miles de personas que ya residen y trabajan en la sombra en sus regiones agrícolas e industriales
"limpien" su estatus sin necesidad de llamarlo "regularización masiva".
La inmigración fragmenta la Unión Europea
Al observar el mapa de Europa en este 2026,
el continente aparece fracturado en tres realidades irreconciliables: la Fortaleza del Norte, obsesionada con la externalización de fronteras y los
hubs de retorno; el Muro del Este, firme en su rechazo a cualquier cuota de solidaridad; y el Laboratorio Mediterráneo, donde países como España han decidido que, ante la parálisis de una "solución europea" que nunca llega,
es preferible resolver su crisis laboral y demográfica por la vía de los hechos. Esta divergencia confirma que
la migración se ha convertido en un desafío existencial que expone los límites técnicos y políticos de la integración al chocar frontalmente con las necesidades productivas de cada nación.
"El poder real en la UE emana de los despachos de Bruselas, pero también de una legislación nacional que responde siempre (o así debería ser) a lo que ocurre en sus calles"
El movimiento unilateral de Madrid es un recordatorio de que el poder real en la UE no siempre emana de los despachos de Bruselas, sino de una legislación nacional que responde siempre (o así debería ser) a lo que ocurre en sus calles. Lo que podría llamarse el "agujero español"
no es un fallo en el engranaje de la Unión. Al contrario: es
una característica intrínseca de la persistente soberanía nacional que el Tratado de Lisboa no logró disolver.
Mientras este margen de maniobra legal permita a un Estado
priorizar su supervivencia económica sobre el consenso del bloque, cualquier discurso sobre una política migratoria europea unificada
seguirá siendo una obra de ficción.