Hace apenas tres semanas, Santiago Abascal subió a un escenario en Budapest, ante cientos de simpatizantes de Fidesz, y proclamó que Viktor Orbán es
"el auténtico protector de Europa" y que
"Hungría es un ejemplo para España". No era la primera vez. Tampoco será —si las urnas confirman lo que apuntan las encuestas— la última ocasión en que esa idea resuene, aunque quizá ya solo como epitafio de una alianza que está a punto de quedarse sin su pilar más sólido. Durante una larga etapa, la capital húngara ha sido algo más que una referencia ideológica, porque
también ha funcionado como modelo de poder, aliado estratégico y pieza clave de un entramado transnacional de la derecha radical, con conexiones que van de Moscú a Tel Aviv, pasando por Washington y Madrid.
Por eso,
una eventual derrota del primer ministro húngaro tendría efectos directos sobre la formación española, tanto en términos simbólicos como en su capacidad de influencia europea,
en sus canales de apoyo y en el horizonte político que Abascal ha proyectado en los últimos años: la aspiración de
orbanizar el país.
Ese modelo ha tenido traducciones concretas: desde
reformas estructurales del sistema institucional —cambios en la ley electoral, control de organismos independientes o una concentración mediática cercana al 80%— hasta iniciativas como la llamada
"ley de la esclavitud" de 2018, que permite ampliar de forma sustancial las horas extraordinarias y retrasar su pago. También leyes que han vinculado la protección de menores con restricciones a contenidos LGTBI, afectando incluso a su visibilidad en espacios públicos como librerías. Más allá de cada medida concreta,
lo relevante es el patrón: un rediseño profundo de las reglas del juego.
El desgaste del modelo de Orbán en Hungría
Durante dieciséis años, este proyecto se ha consolidado como
el ejemplo más acabado de "democracia iliberal" dentro de la Unión Europea. Fuera de ella, es una referencia
para figuras como Donald Trump. Sin embargo, el modelo muestra hoy signos de desgaste. En ese desgaste,
la economía ha sido un factor clave: la inflación está por encima del 25% en 2023, la más alta del bloque; hay un fuerte encarecimiento de los alimentos y la salida de jóvenes cualificados del país sigue por encima de la media europea.
"La democracia iliberal funciona mientras reparte bienestar; cuando deja de hacerlo, queda expuesta su lógica de poder"
Además, el deterioro tiene indicadores claros:
la pobreza ha pasado del 31% al 41% entre 2021 y 2025, y los fondos europeos congelados por vulneraciones del Estado de derecho se han convertido en uno de los principales argumentos del cambio de ciclo. La economía, ese terreno del que el orbanismo presumía, ha terminado por convertirse
en su talón de Aquiles. La
democracia iliberal funciona mientras reparte bienestar; cuando deja de hacerlo, queda expuesta su lógica de poder.
En este contexto emerge Péter Magyar, exintegrante del entorno de Fidesz. Su perfil —
insider del sistema—
le permite disputar el voto conservador desencantado con mayor credibilidad que anteriores oposiciones. Además, ha marcado distancia con Vladímir Putin, rompiendo uno de los ejes estratégicos del actual gobierno. Con todo, incluso una victoria electoral no garantizaría un cambio inmediato:
el Parlamento Europeo define a Hungría desde 2023 como una "autocracia electoral", con un entramado institucional difícil de revertir sin mayorías reforzadas.
Este marco permite entender
qué está en juego para Vox.
Qué perdería Vox en Europa si cae Viktor Orbán
En el plano comunitario,
la pérdida de su principal aliado debilitaría su posición en el Parlamento Europeo. La formación cuenta con seis eurodiputados y forma parte del grupo Patriotas por Europa, presidido por el propio Santiago Abascal. Sin embargo, su peso es inferior al de otras delegaciones:
el Rassemblement National de Marine Le Pen ronda la treintena de escaños y la Lega de Matteo Salvini alcanza los ocho. Sin la figura de Orbán como referencia, los equilibrios internos cambiarían y
la capacidad de influencia de Vox se vería previsiblemente reducida. Vox no tiene masa crítica suficiente para sostener esa posición por sí solo.
En el plano financiero, las conexiones también son relevantes.
Vox ha reconocido haber recibido financiación del banco húngaro MBH, próximo al entorno gubernamental, mediante dos créditos —uno de 6,7 millones y otro de 2,6 millones, hasta un total de 9,23 millones de euros— para financiar las campañas de 2023. Estos préstamos, con intereses en torno al 11%, duplicaban los habituales en el mercado español.
El caso fue examinado por el Tribunal de Cuentas y no derivó en sanciones tras la devolución íntegra del dinero en un solo día. Más allá del desenlace formal, el episodio plantea interrogantes sobre la dependencia de financiación exterior vinculada a un gobierno extranjero.
El contexto añade otra capa de análisis:
ese mismo ejercicio, la formación destinó alrededor de 2,5 millones de euros a la Fundación Disenso, su principal laboratorio de ideas. Es decir, combinó
financiación externa con el refuerzo de su infraestructura ideológica.
"Esa batalla cultural —más allá de su contenido concreto— ha servido para articular una identidad política transnacional en la que Vox se ha integrado plenamente"
En el plano discursivo,
Budapest ha sido también un centro de irradiación. El ecosistema de fundaciones y espacios vinculados al orbanismo
ha impulsado una agenda antiwoke que ha encontrado eco en distintos países. Esa batalla cultural —más allá de su contenido concreto— ha servido para articular una identidad política transnacional en la que Vox se ha integrado plenamente.
A ello se suma la dimensión geopolítica.
La relación entre Hungría y la Rusia de Vladímir Putin ha sido sostenida durante años, con al menos dieciséis cumbres bilaterales desde 2005 en ámbitos como la energía, la economía o la cultura. Esta conexión ha situado a Budapest en
una posición singular dentro de la UE, a menudo en tensión con el consenso comunitario. Para Vox, esa interlocución ha supuesto también una ventana hacia ese espacio internacional.
Por todo ello,
una derrota de Orbán tendría efectos en cadena.
Alteraría la geometría de la Unión Europea, reduciendo la capacidad de bloqueo en el Consejo y favoreciendo dinámicas más cohesionadas. También
debilitaría el relato de la derecha radical: la idea de que es posible consolidar un modelo iliberal estable sin pagar costes electorales.
Y, sobre todo,
pondría en cuestión la viabilidad del propio proyecto. No se trata solo de medidas concretas, sino de una transformación profunda del sistema político. Si ese modelo pierde apoyo en las urnas,
su capacidad de proyección exterior se reduce.
Para Vox, esto implica algo más que la desaparición de un aliado clave.
Supone ver erosionado el marco de referencia que ha guiado parte de su estrategia en los últimos años, así como una de sus conexiones políticas y financieras más relevantes.
La lección final, sin embargo, va más allá de un caso concreto.
Incluso tras largos periodos de poder, con instituciones moldeadas y reglas adaptadas, ningún sistema es completamente invulnerable.
Porque
hay un límite que ninguna arquitectura política logra eliminar del todo: el voto.