Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

El 'Make America Great Again' y el "No a la guerra": dos relatos opuestos, la misma tecla de la atención

Se encuentran en polos ideológicos opuestos, pero Donald Trump y Pedro Sánchez comparten una fórmula para dominar la política contemporánea: la "disrupción constante". Ambos presidentes ya no solo "gestionan el presente", sino que someten a sus adversarios a un permanente estado de desconcierto. Al trazar una frontera insalvable entre un "nosotros" y un "ellos", vacían el centro político y obligan a la sociedad a posicionarse, muchas veces obteniendo un rédito electoral importante. ¿Es la tensión democrática la única herramienta válida para ganar elecciones en esta era?

Agenda Pública Agenda Pública 5 de marzo de 2026
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Pedro Sánchez y Donald Trump se vieron por última vez en Egipto. | Pool Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa
Pedro Sánchez y Donald Trump se vieron por última vez en Egipto. | Pool Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa
El presidente estadounidense y el presidente del Gobierno español habitan universos políticos incompatibles. Sin embargo, su dominio del ecosistema mediático confirma que, en el siglo XXI, la tecnocracia ha perdido el mando: ahora la política es sorpresa, polarización y control del relato del futuro.

Es una tentación habitual en el análisis político clasificar a los líderes estrictamente por su eje ideológico. Bajo este prisma clásico, Donald Trump y Pedro Sánchez no podrían estar más alejados. El primero es el avatar del populismo conservador estadounidense, un magnate que transformó el Partido Republicano en un movimiento personalista. El segundo es un líder socialdemócrata europeo, defensor del multilateralismo y arquitecto de complejas coaliciones. No obstante, si se deja a un lado las políticas públicas y se pone el foco en la mecánica del poder, surgen similitudes entre el neoyorquino y el madrileño.

"Trump y Sánchez han comprendido que, en la moderna economía de la atención, la moneda de cambio más valiosa no es la moderación, ni el consenso"
Ambos líderes han descifrado el código de la política contemporánea con precisión y logran dejar a sus adversarios atrapados en un constante estado de desconcierto. Trump y Sánchez han comprendido que, en la moderna economía de la atención, la moneda de cambio más valiosa no es la moderación, ni el consenso, ni siquiera la buena gestión macroeconómica. La moneda de cambio es la disrupción constante.

¿Por qué el centro ya no moviliza como antes?

Para entender el éxito de los dos presidentes, primero hay que diagnosticar el fracaso de sus oponentes. Durante mucho tiempo, la ortodoxia política dictó que las elecciones se ganaban desde el centro, prometiendo estabilidad y competencia administrativa. Los partidos tradicionales operaban bajo la premisa de que su deber era "gestionar el presente". Es decir, mantener el statu quo y aderezarlo con ligeras mejoras sostenidas en el tiempo.

Hoy, esa idea ya no logra la movilización que antaño generaba. En una era de ansiedad económica —y social— y de una vertiginosa transformación tecnológica, prometer que "todo seguirá igual" pasa de ser un consuelo para convertirse en una dura amenaza.

"Sánchez y Trump ofrecen una narrativa de ruptura acorde a la época, porque comprenden que el porvenir es una idea estratégica como cualquier otra"
Por tanto, aquí aparece una fortaleza compartida por los dos liderazgos: ofrecen una narrativa de "ruptura" acorde a la época. Comprenden que el porvenir es una idea estratégica como cualquier otra. Mientras los partidos de corte tradicional se pierden en la contabilidad del presente, estos líderes "secuestran" el mañana. Para Trump, el futuro se enmarca, paradójicamente, en un pasado mitificado (Make America Great Again). Para Sánchez, la visión de futuro se presenta como un imperativo moral: el avance de una agenda de derechos frente a la amenaza de una regresión que hoy, podría decirse, se basa en el "No a la guerra". Lo que se venden son relatos
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El conflicto permanente de la nueva política

Otra característica de su éxito es esa capacidad inigualable para generar gravedad mediática. Podría decirse que ambos presidentes tienen un efecto de agujero negro sobre el discurso público: todo debe orbitar a su alrededor. Para ello, eliminan el espacio para la indiferencia y fuerzan un conflicto que acaba por ser permanente.

Porque, como advierte la politóloga y filósofa Chantal Mouffe en su crítica al modelo tecnocrático, cuando los partidos tradicionales intentan difuminar las fronteras ideológicas bajo un falso consenso de "buena gestión", generan un vacío peligroso. La política democrática, sostiene, necesita pasiones y, sobre todo, necesita establecer una frontera clara entre un "nosotros" y un "ellos". Trump y Sánchez han entendido esta premisa a la perfección. Construyen narrativas binarias que obligan a todos los actores sociales a posicionarse. En este ecosistema, la neutralidad —el no posicionarse— es castigada con dureza, lo que les otorga una ventaja táctica inmensa: son ellos quienes dictan sobre qué se discute, mientras la oposición se relega al papel de comentarista indignada.

Como planteaba el presidente del Consejo Asesor Internacional de 'Agenda Pública', Antoni Gutiérrez-Rubí, en un artículo reciente sobre la estrategia de comunicación del gobernador de Florida Gavin Newsom, puede tratarse de "una receta para encarar a políticos extremistas de otras latitudes. O quizás finalmente haya que aceptar que el modelo trumpiano de liderazgo pueda tener una versión republicana… y otra demócrata". En cualquier caso, Pedro Sánchez ha decidido competir y "ha dado con la tecla de la atención". 

Imprevisibilidad y saturación

Si el monopolio del futuro es la estrategia y la tensión es el combustible, la sorpresa es la forma de conducir su estrategia. Los líderes tradicionales odian la incertidumbre; Trump y Sánchez la gestionan contra sus rivales.

"Al generar crisis sucesivas o anuncios inesperados, estos líderes logran desorientar a la oposición y agotar los mecanismos de control institucional"
Mientras que el político tecnócrata anuncia sus medidas tras largos comités, el político disruptivo ataca cuando el enemigo duerme. El analista internacional Moisés Naím describe esta táctica en su disección de las nuevas formas de poder. Según Naím, la saturación y la disrupción constante son elementos empleados como herramientas de control. Al generar crisis sucesivas o anuncios inesperados, estos líderes logran desorientar a la oposición y agotar los mecanismos de control institucional.


Trump gobernaba a golpe de mensajes en redes sociales o anunciando aranceles inesperados antes del desayuno. Sánchez, por su parte, ha patentado el giro de guion institucional: desde mociones de censura relámpago hasta adelantos electorales anunciados la mañana después de una derrota en las urnas. Esta imprevisibilidad deja a la oposición a merced de unos líderes que mantienen constantemente la iniciativa.

El "modelo de país" como criterio de elección

A pesar de la táctica y el empuje mediático, sería un grave error reducir el éxito de estos liderazgos a una mera cuestión de forma. Lo impredecible, el control de la agenda y la tensión son los vehículos que los llevan hasta la línea de meta, pero hace falta algo más: el voto. Y los que votan son los ciudadanos. Cuando llega el momento de elegir, los juegos acaban por concretarse en una decisión muy particular y personal.

Esta estrategia de tensión vacía el centro y obliga al electorado a participar en un juego de suma cero. Llegado el día de las elecciones, hay que elegir entre uno y otro. El ciudadano ya no evalúa simplemente al líder en sí mismo, sino que se enfrenta a una decisión sobre modelos de sociedad muy distintos.

"El electorado racionaliza cualquier exceso en las formas del líder, priorizando la defensa de sus propios valores frente al «abismo» que representaría la victoria del adversario"
Esta dinámica confirma lo que el periodista Ezra Klein argumenta en sus estudios sobre la polarización. En ellos describe cómo las identidades políticas se alinean de forma extrema y que, cuando esto ocurre, las elecciones se perciben como una batalla prácticamente existencial. Llegado ese momento, el electorado racionaliza cualquier exceso en las formas del líder, priorizando la defensa de sus propios valores frente al "abismo" que representaría la victoria del adversario.


Precisamente en ese abismo ideológico es donde las trayectorias de Donald Trump y Pedro Sánchez divergen por completo. Para el votante republicano, elegir a Trump trasciende sus exabruptos porque es un voto por un objetivo muy concreto: apoyar la desregulación agresiva, el proteccionismo y el nativismo. Para el votante de Sánchez, la forma de actuar del presidente es secundaria frente a su sustrato político: ampliación de derechos sociales, anclaje europeo e intervención estatal.

En última instancia, el éxito prolongado de ambos líderes demuestra una regla inmutable de la realpolitik contemporánea: los votantes están dispuestos a perdonar —e incluso aplaudir— unas formas heterodoxas o agotadoras, siempre y cuando perciban que ese líder es el único capaz de defender su ideología. Por ello, los liderazgos tradicionales yerran al pensar que la gente vota por la pulcritud institucional. La disrupción es la herramienta para ganar la batalla de la atención. Ahora bien, cuando cae el telón y hay que elegir, lo que moviliza es el modelo de país que se esconde tras las reuniones en el despacho oval, los tuits o las declaraciones en Moncloa.
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