Martes, 28 de julio de 2026
LA BRÚJULA EUROPEA DE LÓPEZ PLANA

Por qué a las plataformas tecnológicas les conviene Europa (y no Trump)

Marc López Plana, director y editor de 'Agenda Pública', advierte en su columna semanal sobre el error de Silicon Valley: aliarse con el trumpismo contra la regulación de la UE. Apostar por la volatilidad política frente a la estabilidad institucional europea es un suicidio estratégico. Las tecnológicas deben entender que la previsibilidad regulatoria de Bruselas ofrece algo que Trump no puede: legitimidad a largo plazo y seguridad jurídica.

Marc López Plana Marc López Plana 9 de febrero de 2026
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Trump ofrece una cena en la Casa Blanca para los ejecutivos de las grandes empresas tecnológicas. | Will Oliver - Pool via CNP / Zuma Press / ContactoPhoto
Trump ofrece una cena en la Casa Blanca para los ejecutivos de las grandes empresas tecnológicas. | Will Oliver - Pool via CNP / Zuma Press / ContactoPhoto
Las grandes plataformas tecnológicas estadounidenses atraviesan un momento de tentación estratégica. Ante una Unión Europea cada vez más firme en la regulación del poder digital —con la Ley de Servicios Digitales (DSA) y la Ley de Mercados Digitales (DMA) como ejes—, algunos en Silicon Valley coquetean con una idea seductora: alinearse con la ofensiva política de Donald Trump contra Bruselas y presentar la regulación europea como un ataque proteccionista a la innovación estadounidenseEs una mala idea, una idea estratégicamente errónea.

"Apostar por Trump contra Europa significa elegir volatilidad frente a estabilidad, politización frente a institucionalidad, y dependencia frente a autonomía empresarial"
A corto plazo, la retórica trumpista puede ofrecer consuelo: promesas de desregulación, respaldo político y la ilusión de que la presión geopolítica puede doblegar a la Unión Europea. A medio y largo plazo, sin embargo, apostar por Trump contra Europa significa elegir volatilidad frente a estabilidad, politización frente a institucionalidad, y dependencia frente a autonomía empresarial.

Europa no regula caprichosamente: regula el poder

Conviene empezar por una constatación incómoda para muchas plataformas: la regulación europea no es un malentendido cultural ni una reacción antitecnológica. Es una respuesta deliberada al poder estructural que unas pocas empresas privadas han acumulado sobre mercados, datos y debate público.

"La regulación europea no es un malentendido cultural ni una reacción antitecnológica. Es una respuesta deliberada al poder estructural que unas pocas empresas privadas han acumulado sobre mercados, datos y debate público"
La UE no pretende decidir qué se dice en Internet. Pretende decidir quién decide qué se ve, en qué condiciones y con qué incentivos. De ahí que el foco esté en la autopreferencia, la opacidad algorítmica, la explotación cruzada de datos y la ausencia de responsabilidades proporcionales al impacto social de estas plataformas.


Desde esta perspectiva, la regulación europea no es una anomalía histórica. Es el equivalente digital de lo que fueron, en su día, la regulación financiera tras las crisis bancarias o la regulación de las utilities cuando su poder se volvió sistémico.


Las plataformas pueden resistirse, pero no deberían engañarse: Europa no va a dar marcha atrás.

Trump ofrece ruido; Europa ofrece reglas

Donald Trump entiende la tecnología como entiende el comercio internacional: un campo de batalla identitario. En su narrativa, las plataformas son víctimas de burócratas europeos.

"El problema para las empresas es que Trump no ofrece reglas, ofrece alineamiento político"
El problema para las empresas es que Trump no ofrece reglas, ofrece alineamiento político. Hoy promete protección; mañana puede exigir lealtad. Hoy denuncia la regulación europea; mañana puede usar a las plataformas como instrumento de presión, censura indirecta o propaganda, como ya insinúan los debates sobre TikTok en Estados Unidos. 


El precedente es claro: cuando la política entra en el gobierno de las plataformas, la independencia empresarial sale por la ventana.


Europa, en cambio, hace algo menos emocionante pero más valioso: legisla. Establece obligaciones ex ante, supervisión judicial, derechos para los usuarios y sanciones previsibles. Para una empresa global, esto es una ventaja, no un problema. La previsibilidad regulatoria es un activo estratégico.

Trump y cuando la política sustituye a las reglas

El caso de TikTok en Estados Unidos ilustra con claridad el riesgo de confundir respaldo político con seguridad estratégica. Durante años, TikTok fue objeto de escrutinio en Washington bajo el paraguas de la "seguridad nacional". En 2024, el Congreso aprobó una ley que permitía forzar su venta o prohibición si no se desvinculaba de ByteDance. La aplicación fue efectivamente bloqueada durante horas, solo para ser "rescatada" después por una intervención directa del nuevo presidente.

Donald Trump pasó, en cuestión de semanas, de amenazar con la desaparición de TikTok a presentarse como su salvador político. La plataforma quedó así atrapada en una lógica inquietante: su supervivencia ya no dependía de reglas claras, sino de la voluntad del Ejecutivo y de su utilidad política coyuntural.


"Cuando la política entra por la puerta del producto, la independencia empresarial sale por la ventana"
Ese giro introdujo una relación instrumental entre poder político y arquitectura digital. El mensaje implícito fue claro: una plataforma puede operar, siempre que resulte políticamente conveniente. La consecuencia no ha sido mayor seguridad jurídica, sino incertidumbre, sospechas de interferencia y denuncias de censura algorítmica indirecta.


No se prohíbe hablar; se modula la visibilidad. El algoritmo no silencia las voces, pero las hace irrelevantes. Como han señalado diversos analistas, esta forma de control es más eficaz que la censura clásica: invisible, difícil de probar y fácilmente justificable como una decisión técnica.


Para cualquier plataforma global, este precedente debería ser alarmante. Cuando la política entra por la puerta del producto, la independencia empresarial sale por la ventana.

Lo que un gobierno europeo no puede —ni quiere— hacer

Nada de esto sería posible en Europa, y esa diferencia es precisamente una ventaja competitiva. La Unión Europea no opera mediante decretos personales ni giros de 180 grados con cada cambio de liderazgo. Las decisiones se toman de forma colegiada, a través de legislación ex ante, con control judicial y con derechos fundamentales explícitamente protegidos.

"La UE regula comportamientos, no alineamientos políticos; arquitecturas de mercado, no lealtades ideológicas"
La UE no puede —y no pretende— utilizar plataformas como instrumentos partidistas ni como moneda de cambio geopolítica improvisada. Regula comportamientos, no alineamientos políticos; arquitecturas de mercado, no lealtades ideológicas. Cualquier intervención debe pasar pruebas de proporcionalidad, debido proceso y revisión judicial.


Para empresas acostumbradas a negociar con el poder político estadounidense, esto puede parecer rigidez. En realidad, es previsibilidad. Y en mercados globales, la previsibilidad es un activo estratégico.

El mercado europeo no es prescindible

Más allá de la política, están los números. Europa representa entre una quinta y una tercera parte de los ingresos globales de las grandes plataformas. Es un mercado rico, sofisticado, estable y con fuerte capacidad de arrastre normativo. Lo que se regula en Bruselas tiende a replicarse —formal o informalmente— en otras jurisdicciones.

"Europa representa entre una quinta y una tercera parte de los ingresos globales de las grandes plataformas"
Perder influencia en Europa no es solo perder ingresos; es perder la capacidad de definir estándares globales.


Además, la narrativa de confrontación con la UE erosiona la reputación de las plataformas ante reguladores, tribunales y opinión pública en otros países democráticos. Ninguna empresa que aspire a ser infraestructura global puede permitirse aparecer como un actor político parcial.


Aceptar la regulación europea implica costes: rediseñar productos, separar datos, abrir sistemas, explicar algoritmos. Pero también ofrece algo escaso en la economía digital actual: legitimidad.

"Aceptar la regulación europea implica costes pero también ofrece algo escaso en la economía digital actual: legitimidad"
Las plataformas que internalicen las exigencias europeas estarán mejor preparadas para un futuro en el que la pregunta no será si regular el poder digital, sino cómo. La DSA y la DMA no son el final del camino; son el principio de una nueva normalidad. 
Convertir a Europa en laboratorio de cumplimiento, transparencia y gobernanza algorítmica no es capitulación. Es una estrategia industrial.

Elegir bien el lado de la historia

La disyuntiva real para las plataformas no es Europa o Estados Unidos. Es instituciones o caudillismo, reglas o lealtades, democracia regulada o política de fuerza.

Trump pasará. La Unión Europea seguirá ahí, regulando, comprando, litigando y exportando normas. Las empresas que entiendan esto a tiempo descubrirán que aceptar límites hoy es el precio de seguir siendo relevantes mañana.


Las que no, acabarán siendo algo peor que empresas reguladas: instrumentos políticos en batallas que no controlan.
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación