¿De qué depende la nobleza de un trabajo? La pregunta, en apariencia insustancial, es en realidad enjundiosa. Para el común de nuestros políticos, consciente o inconscientemente economicistas, "empleo digno" es un trabajo bien remunerado y ejercido en condiciones aceptables: el lucro constituiría el signo de la dignidad. Quien reclama "empleos dignos", como todos nuestros políticos, incluso los que gobiernan, exige poco más que salarios razonables. Pero la identificación entre honores y honorarios es más problemática de lo que imaginan. ¿Es indigno el trabajo del autónomo cuando no gana el dinero que merece? ¿Es digno el quehacer del especulador cuando le reporta una comodidad, un bienestar? ¿Basta un sueldo generoso para ennoblecer un trabajo sucio? ¿Puede un sueldo pobre degradar un oficio bello?
No pretendo afirmar, para nada, la irrelevancia de los salarios; apenas señalo los estragos de un reduccionismo. La idea de que un trabajo es digno si está bien retribuido implica, por fuerza, que cualquier trabajo es digno si lo está. Los sicarios afilan sus cuchillos; los fondos buitre se relamen ante la pitanza.
El flujo de billetes bendice cualquier actividad, por reprobable u oprobiosa que sea. La dignidad, que antes tenía una connotación ética, designa ahora una abundancia económica. Cuando el sindicalista y el político exigen la creación de empleo digno, tan solo demandan una subida salarial. Al fondo, si aguzamos los sentidos, columbramos un error tan viejo como la modernidad: "el hombre es lo que acumula".
"Mi tesis —entiendo que inactual— es que la nobleza del trabajo no depende 'solo' de las condiciones materiales, sino 'también' de una disposición del alma"
Mi tesis —entiendo que inactual— es que la nobleza del trabajo no depende solo de las condiciones materiales, sino
también de una disposición del alma. La dignidad del empleo requiere la dignidad del propio corazón.
Si, como enseñaba Aristóteles, el fin es lo principal en todo, empleo digno es, fundamentalmente, aquel que sirve a un propósito justo. ¿Podemos afirmar el honor de un trabajo, por lucrativo que sea, cuyo motor son la codicia o la vanidad, el dinero o la fama? ¿Un buen sueldo, unas vacaciones ventajosas enderezan una inclinación torcida? El único trabajo digno de ese nombre se subordina a causas que lo trascienden y que le infunden sentido: el ocio, la familia, la comunidad.
Pero la nobleza del trabajo no solo concierne al fin; también, y casi tan estrechamente, al
modo. ¿Puede considerarse digno un empleo que no ansía la excelencia, la
areté sobre la que reflexionaron los griegos?
La búsqueda de la perfección redime incluso los oficios más bajos. El quehacer de un bedel excelente supera con creces el de un magistrado chapucero. Más vale ajardinar el patio trasero de casa con entusiasmo que Versalles con desidia. Como dice a menudo el filósofo Higinio Marín,
el trabajador excelente obra un milagro: su oficio se eleva a ofrenda, sus productos se transfiguran en dones. El trabajo redondo es
trabajo digno y el trabajo digno es, en el sentido estricto de la palabra, impagable. No hay salario que compense los desvelos de un médico abnegado, vacaciones que correspondan el entusiasmo de un profesor de escuela. Ante la excelencia del escritor, toda contraprestación es insuficiente. Ante la meticulosidad del artesano, todo pago es irrisorio, incluso insultante.
"La inactividad solo puede degenerar en zozobra; la zozobra, en vacío. Hay liberaciones que encadenan. El edén ocioso que seduce a los entusiastas del progreso es, en rigor, pura distopía"
A su vez, se conceden al trabajador virtuoso prodigios que el chapuzas ni siquiera imagina. No solo cultiva un oficio; el oficio lo cultiva a él. Su entrega conlleva un don. Su búsqueda de la perfección, un perfeccionamiento. No es solo que el herrero forje el hierro; el hierro lo forja a él. El torero no solo lidia al astado; el astado, en una escandalosa subversión de las jerarquías, lidia al torero. El trabajo es digno cuando constituye una oportunidad de realización; constituye una oportunidad de realización cuando se acomete con vocación de excelencia. Empleo digno es, en verdad, empleo dignificante.
Hoy, cuando los robots redactan sentencias judiciales, cuando producen noticias admirablemente asépticas, cuando acometen con éxito operaciones quirúrgicas; hoy, cuando los empleados de según qué sectores económicos delegan en la inteligencia artificial buena parte de sus quehaceres y se liberan, así, del exigente afán de pensar, nada más es acuciante que reivindicar la dignidad del trabajo humano. La inactividad solo puede degenerar en zozobra; la zozobra, en vacío. Hay liberaciones que encadenan. El edén ocioso que seduce a los entusiastas del progreso es, en rigor, pura distopía.