Condonar una deuda para unos supone exhibir la prelación de la potestad tributaria y la autoridad administrativa frente a cualquier contingencia o necesidad de parte en el llamado estado autonómico; implica jerarquía —poco "federal"—
desde la que se perdona al pecador, obviando así la obligación de este para que purgue, renunciando así al derecho de reclamar, desde el que se tiene legitimidad para exigir. Sustituyamos ahora el término para acepciones menos intrusivas.
Condonar
es también aceptar que se traspasaron los límites de la razón y que la causa ha dejado de ser "justa"; equivale a reconocer que los derechos cubiertos no están completamente legitimados, aceptando que se recupera como carga propia aquella que nunca se debería haber traspasado. Y sé que se absorbe lo que en mala conciencia siempre se supo que eran deudas propias por un déficit centrifugado.
"Lo que es poco para unos, es mucho para otros; justo para algunos y despilfarro para otros"
La financiación autonómica
hace años que discurre en medio de la inaceptación generalizada de las partes, analistas incluidos, desde la asimetría de quien tiene y transfiere, sabiendo últimamente que lo que acuerda e impone es insatisfactorio. Aún a sabiendas de que las partes afectadas tienen niveles de satisfacción diferentes y expectativas de disfrute diferenciadas.
En esta disyuntiva ni objetiva ni subjetivamente se puede encontrar una solución. Lo que es poco para unos, es mucho para otros; justo para algunos y despilfarro para otros; "borrón y cuenta nueva", prometido en teoría, e incentivos perversos en la realidad hacendística. Constituye una prueba de realpolitik para unos y de corrupción política para otros.
No hay objetivación posible de cantidades, ni globales ni parciales. Unos no gastaron porque no pudieron y otros lo hicieron pese a no poder. La tabla rasa es de este modo injusta y perversa; tan perverso como no reconocer que estos lodos vienen de aquellos polvos. Un barrizal provocado por diferentes gobiernos centrales de distintos colores que huyen de confrontar la realidad autonómica tan heterogénea como lo son sus vocaciones de autogobierno. Los contrafactuales —¿Cuánto hubiera tenido que poner el Estado en el monto de la financiación conjunta de modo que pudiera haber evitado la acumulación de déficits y deuda?— no son factibles;
ciertamente el desequilibrio vertical entre quien ingresa y centrifuga la restricción del gasto, y quien gasta sin responsabilidad en la financiación del gasto puede afinar la cifra global; pero difícilmente su distribución entre Comunidades
entre las que puede haber imperado un abuso moral de impactos diferentes.
"A la oposición ya le va bien que lo arregle otro, cuando ello además le da un plus de rendimiento demagógico"
El Gobierno necesita en las presentes circunstancias poner orden a la financiación autonómica. Pero esta vez el deseo viene contaminado por la exigencia de unos votos necesarios para mantener la legislatura. A la oposición ya le va bien que lo arregle otro, cuando ello además le da un plus de rendimiento demagógico contra las medidas políticas de quien detenta el poder.
La imagen es, pues, la de cerrar los ojos y taparse la nariz para tirar adelante, ya que el mantenimiento de la situación actual genera montañas de podredumbre que subyugan la política, ya sea ahora los menas, la dana o el arder el país. Los supuestos análisis económicos en la circunstancia presente no acaban siendo sino argumentos de parte,
porque la racionalidad económica en esta materia lleva ya mucho tiempo embargada por la irracionalidad política…, como para que los académicos pensemos que podemos entrar ahora a dirimir.