¡Qué tristeza!
¡Qué preocupación el bajo nivel al que ha caído la política! No solo en España, desde luego, sino al menos en todo el mundo Occidental. En las próximas elecciones —¿cuándo?— puede producirse un cambio de mayoría. Pero
no subirá el nivel, ni favorecerá una salida de la situación desde la auctoritas, desde el reconocimiento de la autoridad político-intelectual, y no desde la potestas, la pura lucha por el poder, como lo expone José María Lassalle, la del acoso y derribo (ya se vivió entre 1994 y 1996), se base en hechos ciertos o en
bulos mucho más diseminables. Lo hemos visto estos días en los que la
auctoritas ha estado ausente del debate nacional.
"El debate de ideas, de propuestas políticas para resolver los grandes problemas del país y sus gentes, brilla por su ausencia"
Diversas encuestas reflejan desde hace tiempo que hay un
creciente desencanto hacia la clase política, con una mirada nostálgica hacia el pasado, más entre los electores del PP que los del PSOE. Los primeros valoran ante todo experiencia, preparación y honradez de sus dirigentes; los segundos la inteligencia, los idiomas y las buenas formas, y de forma negativa, también la honradez, con una marcada intolerancia hacia la corrupción política. Pero, al menos antes de los últimos casos,
ningún dirigente español supera la media de aprobación. Como ya se ha dicho, Sánchez es el más listo de su clase, lo demostró esta semana en el Congreso con el apoyo de un buen gabinete y un Feijóo que se excedió. No garantiza que Sánchez vaya a poder volver a gobernar tras las próximas elecciones, si no se tiene que marchar antes.
Aunque sobre la OTAN y el gasto en defensa y seguridad se entró algo en materia en el parlamento, el debate de ideas, de propuestas políticas para resolver los grandes problemas del país y sus gentes, brilla por su ausencia. Como apunta Mariana Mazzucato, aunque los programas políticos individuales sean "tácticos", "los gobiernos democráticos también necesitan nuevas bases para pensar en la economía, el Estado y la creación de valor a largo plazo". Pero la
crisis de la política hace que el pensamiento a largo plazo, prospectivo, haya perdido fuerza. Y para la economista centrarse en el PIB u otras métricas al uso refleja "una lógica lineal que ya no es aplicable". "Nuestras herramientas políticas deben reflejar el carácter no lineal, adaptable y profundamente interconectado de los problemas a los que nos enfrentamos, ya sean el colapso climático, el aumento de la desigualdad o las disrupciones tecnológicas."
Estamos en la era ya no multilateral, sino multidimensional.
El caso es que
no sabemos adónde ir, el camino a seguir. No hay modelo válido, lo que redunda en la crisis de la política. Y así, en este país, todo vuelve a centrarse en "echar a Sánchez" por parte de la oposición, y en aguantar para el Gobierno. Toda una legislatura exigiendo que se vaya. Y acabará yéndose, con presión o sin ella. Se llama alternancia, en un país donde, al cabo de unos ocho años, la gente acaba por cansarse de sus dirigentes. Lo que no es tan normal es que todos, o casi todos, los presidentes del Gobierno acaben con una mala imagen, por una razón u otra (corrupción, situación económica, mentiras tras un atentado), aunque luego se recuperen algo.
"Los mejores no quieren dedicarse a la política, entre otras razones, porque el actual sistema mediático les obliga, en un momento u otro, a desnudarse públicamente, faltos de privacidad, todo se graba, y sí, faltos de solitud y exceso de soledad"
Seguimos con los efectos de una tendencia que empezó hace años:
el descenso de nivel de la clase política. Los mejores no quieren dedicarse a la política, entre otras razones, porque el actual sistema mediático les obliga, en un momento u otro, a desnudarse públicamente, faltos de privacidad, todo se graba, y sí, faltos de solitud y exceso de soledad. La "soledad del poder", lo llamaba Rodríguez Zapatero; el "último teléfono" en sonar, Felipe González. También porque a ciertos niveles es un oficio mal pagado, y a otros hay un exceso de cargos de libre designación. Tampoco es fácil destacar, por ejemplo, en el Parlamento, dada la rigidez reglamentaria. Los políticos profesionales, con pedigrí, son necesario, lo que no implica eternizarse. Como, aunque no gusten, son necesarios los partidos en democracia (Macron, que no es un político, no ha sabido montar un partido y así le va). La política se ha llenado, además de funcionarios (en nuestro país), y de gente que se mete en ella al terminar su carrera, o incluso sin hacerlo, y que ya no la deja.
Dicho esto, y sin entrar en la escabrosa cuestión de Trump —que ha sabido aprovechar esta situación—,
vivimos una crisis de liderazgo en toda Europa. Pese a que se buscan "hombres o mujeres fuertes", no hay en estos momentos un solo líder nacional que tenga una estatura europea. Macron, ya se ha dicho, no lo es. Está por ver qué da de sí el nuevo canciller alemán Friedrich Merz. La única que parece destacar e influir en la política europea es la neofascista Giorgia Meloni.
El centro, derecha e incluso izquierda, se están dejando contaminar en algunos aspectos, como el de la inmigración. Desde las instituciones no se puede decir que la cuestionada Ursula von der Leyen, sea un faro ante los embates eurófobos. Hubo épocas mejores.
No solo es cuestión de políticos. También pesa la falta de intelectuales con una dimensión europea, o incluso nacional. Fallecido Zygmunt Bauman, el gran intelectual sigue siendo, a sus noventa y seis años, Jürgen Habermas. El economista Piketty, quizás. ¿Qué ha pasado en Europa y en España para llegar a esta situación? En primer lugar, la mayor complejidad del mundo, cuyo sentido escapa a los especialistas, que son, no obstante, necesarios para la explicación. También la
polarización en que vivimos, en buena parte derivada de la fragmentación del mundo de la comunicación, donde los medios y las redes sociales fomentan estas divisiones. Redes que, además, hacen muy difícil para un intelectual lanzar ideas un poco profundas en cuarenta caracteres u once segundos. A lo que se suma el absurdo sistema universitario para los ascensos, con publicaciones académicas obligadas que solo leen ellos mismos y sus congéneres.
"Si el centro y la izquierda han perdido el dominio del debate intelectual, la extrema derecha lo está ganando, especialmente importando ideas de EE. UU."
Ahora bien, cuidado, pues si el centro y la izquierda han perdido el dominio del debate intelectual, la extrema derecha lo está ganando, especialmente importando ideas de EE. UU. Ahí están Curtis Yarvin, o la interpretación que se ha hecho de la obra de René Girard, fallecido en 2015, un filósofo que a su vez reinterpretó a Clausewitz, rescatando la idea, en la política, de la "subida a los extremos". ¿Estamos en eso, en una subida a los extremos que solo la
auctoritas podría parar, pero está ausente?