Martes, 28 de julio de 2026
EUROPA ANTE TRUMP

No esperemos a los bárbaros: discurso europeísta frente a discurso del miedo

Si Europa aspira a emanciparse de Estados Unidos en seguridad y defensa, el discurso europeísta ofrece más futuro que el del miedo, sostiene Andrés Ortega, experto en geopolítica e integración europea.

Andrés Ortega Andrés Ortega 11 de abril de 2025
Añadir AgendaPública en Google
Pedro Sánchez recibe al secretario general de la OTAN, Mark Rutte. | A. Pérez Meca / Europa Press / ContactoPhoto
Pedro Sánchez recibe al secretario general de la OTAN, Mark Rutte. | A. Pérez Meca / Europa Press / ContactoPhoto
No hace mucho, recibí, como otras personas, supongo, una llamada de una empresa de alarmas para señalarme que se habían cometido algunos robos cerca de mi domicilio, y me recomendaban sus sistemas de seguridad. Les contesté que me dijeran dónde, que esperaba que lo hubieran denunciado, y que les iba a demandar por coacción. Nunca más supe de ellos.

Ante la necesidad o conveniencia de un rearme europeo —luego veremos por qué es necesario—, también se está imponiendo un discurso del miedo que no va a funcionar si no va acompañado de datos o inteligencia concreta, pese a que afrontamos un futuro incierto y lleno de riesgos, como casi siempre. Hace un año por estas fechas, la ministra española de Defensa señaló: "Me gustaría hacer una llamada de atención a la sociedad española porque a veces tengo la percepción de que no somos conscientes del enorme peligro que hay en este momento". Sin información que apoyara su afirmación. Recientemente, la Comisión Europea, tanto su presidenta como el titular de Defensa, han puesto fecha a un posible próximo ataque de Putin a un país europeo: 2030. Fecha objetivo del plan de rearme de Bruselas y de la entrada, según von der Leyen (sin mandato alguno) de Ucrania en la UE.

Como bien desarrolla el filósofo Víctor Gómez Pin en su último libro, El ser que cuenta, "predecir no es lo mismo que explicar". La gente anda un poco harta de predicciones y falta de explicaciones, más aún cuando el mundo se ha vuelto impredecible. Apelar al miedo, no va a funcionar, y menos aún en abstracto. Más sensato es apelar a un mayor europeísmo, a la emancipación de la UE de Estados Unidos, algo que no se logrará sin costes, como toda emancipación.

"Hay otros cincuenta y cuatro conflictos armados activos en el mundo, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial"
Es verdad que hay guerra en Europa, entre Rusia y Ucrania/OTAN, y otras guerras que nos afectan, como la de Gaza. Más allá, según el último Índice de Paz Global de junio de 2024, elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz, hay otros cincuenta y cuatro conflictos armados activos en el mundo, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. Además, noventa y dos países están involucrados en enfrentamientos fuera de sus fronteras, lo que indica una creciente internacionalización de estos conflictos. La de Ucrania, es una guerra europea (considerando aún a EE. UU. como una potencia europea), limitada, cruenta (sin cifras ni información fiable), iniciada por Putin —aunque de las raíces habría mucho que hablar—, que, sin embargo, está demostrando algunos límites de las capacidades militares rusas. Y que Rusia está implicada en una amplia guerra de acciones a la sombra o híbridas contra Occidente. Pero de ahí a una guerra general o a otra invasión, hay distancia. ¿Realmente a qué gran potencia le interesa entrar en una guerra amplia? ¿A EE. UU.? ¿A China? Ni siquiera a Rusia (significativamente callada ante la batalla arancelaria de la que se ha librado, oficialmente porque las sanciones en vigor hacen que el comercio con EE. UU. sea muy bajo). Aunque cuidado con las guerras comerciales, que las carga el diablo. China tiene muchos instrumentos en su poder, entre otros 760.000 millones de dólares en deuda pública estadounidense, el segundo mayor tenedor extranjero tras Japón.

Indudablemente, la percepción de la amenaza rusa, incluso del mero riesgo, es muy diferente desde un país báltico que desde España, o incluso desde Alemania, donde empiezan a volver a escucharse voces para un entendimiento con Rusia. Claro que en todo esto juega la solidaridad —"yo te ayudo en lo tuyo y tú en lo mío"—, esencial para una política de seguridad compartida entre europeos. Entre los riesgos comunes está el terrorismo —aún más después del cobarde abandono del Sahel por los europeos—, la ciberseguridad, con actores estatales y no estatales, o incluso, para algunos, una inmigración descontrolada. Y claro, la imprevisibilidad que ha cobrado nuestro protector, Estados Unidos, de los que los europeos no pueden ya fiarse, o depender, con un Trump en actitud gansteril, si bien las raíces son anteriores, y seguirán incluso si desaparece el trumpismo, algo con lo que no se puede contar. Pues en una semana, no ya Trump, sino que Estados Unidos ha perdido un enorme capital de confianza.

"La verdadera cuestión no es el peligro ruso, sino el peligro de que Estados Unidos nos deje tirados"
La verdadera cuestión no es el peligro ruso—limitado pese a la mentalidad e ideología imperialista de Putin—, sino el peligro de que Estados Unidos nos deje tirados, no solo en el orden militar, sino también en materia de seguridad económica, como estamos viendo con los aranceles. La pausa (parcial, pues otros siguen en vigor) de noventa días para todos, salvo China, puede ser una estrategia negociadora o demostrar que Trump está sujeto a la presión de los mercados, la política y la sociedad. El caso es que desde Washington se está destruyendo el poco orden mundial que quedaba del impulsado por los propios Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Reina la incertidumbre.

Europa debe cobrar conciencia de que está en otro mundo, y que se debe adaptar a él, en vez de intentar adaptarlo a ella. Sí, mucha gente quiere ir a vivir a Europa, pero no comparte ni sus valores ni su modelo, además crecientemente cuestionados desde dentro. Debemos defenderlos para nosotros mismos, no para la exportación. Y para ello, debemos dejar de depender en Estados Unidos, en diversas dimensiones, entre ellas y la primera, la defensa y la seguridad. La cuestión es si los europeos quieren ser adultos, autónomos, independientes. Si lo quieren, tendrán que invertir en seguridad, a un coste y probablemente alterando prioridades.

En su ya famosa reciente y clarividente reflexión a sus noventa y seis años, Jurgen Habermas, coherente con sus anteriores tomas de postura, prefiere elegir el europeísmo al pacifismo. "El objetivo general de este rearme", dice, "es más bien la autoafirmación existencial de una Unión Europea a la que Estados Unidos posiblemente va a dejar de proteger en una situación geopolítica que se ha vuelto impredecible". Lo que implica una industria de defensa propiamente europea, y seguridad y defensa propiamente europeas, con una visión, que daba la diversidad geopolítica europea, tendrá que ser tous azimuts, en todas direcciones, pues, como hemos señalado, la visión de un báltico no es la misma que la de un alemán o un español.

"Las razones políticas que he mencionado para justificar el fortalecimiento de una fuerza militar disuasoria común de la Unión Europea solo las puedo defender bajo la reserva de que se dé un paso adelante en la integración europea", añade el filósofo alemán. Y, efectivamente, falta algo esencial, ese paso. En la OTAN —en la seguridad y defensa occidental— había un puto amo: mandaba EE. UU. Es lo que ha hecho posible la estructura militar de la OTAN con sus mandos integrados. ¿Será viable sin puto amo?

"El objetivo general de este rearme es más bien la autoafirmación existencial de una Unión Europea"
Aunque el discurso de Washington, antes de Trump y ahora con Trump, sea que Europa—entendida en un sentido amplio, con británicos, canadienses o turcos, entre otros—gaste más en su propia defensa, EE. UU. hará lo posible para que no llegue demasiado lejos, ni en materia industrial (el éxito de Airbus le ha marcado), ni en materia de política de defensa. Cuenta, para ello, con varios aliados vocales o silentes, y no soltará la OTAN para que se europeíce. Podemos esperar a este respecto una actitud de Trump como con los aranceles.

Si el miedo no es la vía para una Europa de la seguridad y de la defensa, tampoco lo son los números arbitrarios, o meramente políticos: ¿2% de PIB en defensa? ¿O 3% o 5% de gasto en proporción al PIB? Es como los criterios de Maastricht para la Unión Económica y Monetaria, hoy sometidos a revisión y flexibilidad. Son porcentajes que no significan nada. El debate ha de girar sobre estrategias, capacidades, tipos de armamentos necesarios, personal, comunicaciones, inteligencia, las posibles guerras del futuro, etc.

Este esfuerzo no debe venir impulsado por aquel poema de Constantino Cavafis en el precedente cambio de siglo: "¿Qué esperamos agrupados en el foro?" / "Es que hoy llegan los bárbaros", empezaba. Y terminaba: "¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? / Esta gente, al fin y al cabo, era una solución". Expliquen, expliquen. No se amedrenten. No como la llamada de teléfono que recibí.
Andrés Ortega
Andrés Ortega
Analista, escritor y periodista
Escritor galardonado con el Premio Jovellanos de Ensayo (2025) por 'Soledad sin solitud', y autor de la novela de anticipación 'Sé agua' (2025). Es experto en diversos campos y cuenta con experiencias como corresponsal internacional, editorialista y columnista, asesor gubernamental e investigador del Real Instituto Elcano.
Participación