Martes, 28 de julio de 2026
APAGÓN IBÉRICO

El poder del silencio: lo que reveló un día sin desinformación

El apagón silenció temporalmente la desinformación, pero su retorno evidenció nuestra incomprensión del fenómeno. Alberto Fernández Gibaja, director del programa de Digitalización y Democracia en IDEA Internacional, analiza por qué la desinformación va más allá de lo falso, explorando los incentivos que la impulsan y la necesidad de reconstruir la confianza institucional para combatirla eficazmente.

Alberto Fernández Gibaja Alberto Fernández Gibaja 26 de mayo de 2025
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Apagón en Madrid, España. | David Canales / Zuma Press / ContactoPhoto
Apagón en Madrid, España. | David Canales / Zuma Press / ContactoPhoto
El apagón ofreció una pausa inusual: durante unas horas, desapareció también la desinformación. Pero tan pronto regresó la electricidad, volvió también el flujo de rumores, conspiraciones y mensajes manipulados. La crisis energética activó, como tantas otras, el ciclo ya conocido de contaminación informativa y de nuevo sacó a relucir una realidad: no entendemos la desinformación. 

"Ante cualquier evento excepcional —y últimamente no faltan—, nuestras pantallas se llenan de desinformación"
Ante cualquier evento excepcional —y últimamente no faltan—, nuestras pantallas se llenan de desinformación. Pasó durante la pandemia, pasa constantemente con la guerra en Ucrania y con cualquiera de los eventos históricos que nos ha tocado vivir últimamente. Igualmente previsibles son los esfuerzos encomiables para enfrentarse a ello a través del factchecking. También sabemos qué va a pasar ahora: se darán acusaciones cruzadas y en poco tiempo los algoritmos captarán nuestra pérdida de interés en el tema y el foco se irá a otro sitio. 

Este ciclo repetitivo evidencia una realidad preocupante: como sociedad, no entendemos la desinformación. Aunque el 80% de la población afirma ser capaz de detectar noticias falsas, la realidad es que estas siguen inundando nuestras redes sociales. Según el Eurobarómetro, el 76% de los jóvenes afirman haber estados expuestos a desinformación en la última semana. Esta falta de comprensión nos lleva a programar respuestas inadecuadas y a abordar el problema de forma parcial.

La primera parte de nuestra falta de entendimiento es el cómo. Apenas vislumbramos fragmentos de cómo funciona la desinformación. Para entender con detalle cómo circula, qué la amplifica y cómo se consume, necesitaríamos acceso a los datos internos y algoritmos de las grandes plataformas digitales. Ninguna de ellas da ese acceso, salvo en contadísimas y controladas ocasiones. Durante años, antes de la compra por parte de Elon Musk, Twitter fue la única compañía que otorgó dicho acceso a investigadores, por lo que la mayoría de lo que sabemos de los efectos y comportamiento de la desinformación viene de Twitter.  

De lo poco que sí sabemos del cómo cabe destacar el rol que la desconfianza en las instituciones y la fuerte identidad partidista juega. A mayor desconfianza institucional e identificación con un partido, mayor es la tendencia a aceptar la desinformación. Sabemos que la desinformación suele reforzar nuestras ideas previas, sean o no sean correctas, y que son un pequeño puñado de influencers políticos los que generalmente provocan la viralización de la desinformación.  

"Para entender la desinformación hay que dejar de pensar en ella como simple contenido falso destinado a engañar, y que, por tanto, puede corregirse"
Pero igual de importante es entender el porqué. Reflexionamos poco sobre las intenciones y objetivos detrás de la desinformación. Imaginamos un oscuro rincón de internet donde surgen estas historias que llegan a nuestro timeline, pero ignoramos los incentivos y actores que la hacen circular. Muchos de ellos actúan por razones económicas: cuanto más tráfico atraen sus contenidos, más ingresos generan. Y nada capta más atención que el contenido que provoca reacciones viscerales. La desinformación es perfecta para eso. 

Ese caos informativo es aprovechado —y habitualmente incentivado— por actores políticos iliberales y extremistas. Estos aprovechan las comunidades que se crean en torno a estos contenidos para movilizar y radicalizar. No es casualidad que la mayoría de los movimientos conspiranoicos en internet, ya sea sobre vacunas o migración, acaben orbitando alrededor de la extrema derecha.  

Todo esto ofrece algunas pistas para abordar el problema. Irónicamente, para entender la desinformación hay que dejar de pensar en ella como simple contenido falso destinado a engañar, y que, por tanto, puede corregirse. La desinformación generada tras el apagón, aunque confunda, no tenía como objetivo principal engañar. Unas cuentas buscaban monetizar la atención; otras, instrumentalizar el momento para reforzar comunidades políticas profundamente desconfiadas de las instituciones. La veracidad del contenido es, en muchos casos, lo de menos.

De aquí deben partir las soluciones. Primero, poner freno a la monetización de la desinformación y regular la amplificación algorítmica. Aunque plataformas como Google —dueña de YouTube— han avanzado en este aspecto, queda mucho para frenar la monetización de la desinformación tanto desde las plataformas como desde la legislación. Reforzar los sistemas de protección de ciberseguridad para evitar que potencias extranjeras puedan explotar estas vulnerabilidades también debería estar en la parte más alta de nuestra agenda. 

"Atajar la desinformación no es cuestión de detectar lo falso, sino de reconocer las dinámicas que la incentivan y la hacen inevitable en nuestro entorno digital"
La segunda tarea, más compleja, pero imprescindible, es devolver a una realidad compartida a quienes se han alejado de ella. Y eso exige reconstruir la confianza en las instituciones: medios de comunicación, fuerzas de seguridad, agencias públicas, y muchas más. Para lograrlo, una vía eficaz es aumentar el conocimiento ciudadano sobre su funcionamiento, competencias y mecanismos de rendición de cuentas. Comprender cómo operan estas instituciones —sobre todo cuando son objeto de escrutinio— ayuda a sostener la confianza democrática. 

Atajar la desinformación no es cuestión de detectar lo falso, sino de reconocer las dinámicas que la incentivan y la hacen inevitable en nuestro entorno digital. Mientras no cambiemos esas condiciones de fondo —los incentivos, los algoritmos, la opacidad de las plataformas— seguiremos atrapados en un bucle de confusión cada vez que la realidad nos ponga a prueba.
Alberto Fernández Gibaja
Alberto Fernández Gibaja
Director del programa de digitalización y democracia en IDEA Internacional
En bsky: @gibajaalberto.bsky.social
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