Lunes, 17 de agosto de 2026
ANÁLISIS

Sí existen soluciones ante la desinformación

Ante la dificultad de luchar contra la desinformación —en el nivel micro y macro—, Beatriz Gallardo propone tres medidas clave: la difusión de discursos afirmativos, categorizar las discusiones por hechos contrastados y realidades opinables, y, finalmente, a largo plazo, mejorar la educación ciudadana y el desarrollo del razonamiento crítico.

Beatriz Gallardo Paúls Beatriz Gallardo Paúls 30 de septiembre de 2024
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El Gobierno aprueba un plan contra las 'fake news'. | Jesús Hellín / Europa Press / ContactoPhoto
El Gobierno aprueba un plan contra las 'fake news'. | Jesús Hellín / Europa Press / ContactoPhoto
En 2016 el diccionario Oxford eligió "posverdad" como palabra del año; la presidencia de Donald Trump nos había acostumbrado ya al oxímoron de las "noticias falsas". Su asesora Kellyanne Conway se deleitaba calificando de "hechos alternativos" las tergiversaciones difundidas desde la Casa Blanca. Con los años, estas y otras alteraciones de la veracidad discursiva se han aglutinado en la idea de "desinformación", y los analistas diferencian en general tres grandes categorías: los errores, los bulos y los libelos, atribuyendo a los dos últimos la intención dañina. 

"Los analistas diferencian en general tres grandes categorías: los errores, los bulos y los libelos, atribuyendo a los dos últimos la intención dañina"

La desinformación funciona con mecanismos parecidos a los de la propaganda clásica, aunque la tecnología digital aporta nuevas estrategias. Además, el impacto y la gravedad de este tipo de embustes admite una diferenciación de niveles según su alcance cognitivo, es decir, según su impacto en la visión que los ciudadanos tienen de la propia sociedad. 

Así, en el nivel micro de la desinformación encontramos ciertas ideas puntuales que, con distintos grados de importancia, afectan a esferas muy concretas de la realidad: cierto alimento milagroso, la interpretación conspirativa de las estelas de los aviones, la ingesta de lejía para curar el coronavirus... Con frecuencia estas falsedades apelan al negacionismo científico y carecen de las fuentes normales —exigibles— en el discurso periodístico o académico. Aunque su validación puede tener efectos graves, especialmente en el ámbito de las pseudociencias, estas mentiras y medias verdades no construyen consideraciones globales sobre la sociedad y no tejen relaciones unas con otras. 

Sin embargo, existen otras desinformaciones que conforman un entramado sistémico y están al servicio de una cosmovisión ideológica muy compacta sobre cómo debe funcionar la sociedad. Este nivel macro de la desinformación recuerda el modo en que Hanna Arendt describía los efectos de la propaganda totalitaria como la creación de "un mundo ficticio de consistencia". Incluye grandes estereotipos interdependientes que fomentan el odio: la criminalización de los inmigrantes, la creciente misoginia, el ataque a opciones no heterosexuales o el antiintelectualismo se suman al descrédito del Estado del bienestar y sus políticas públicas, el énfasis centralizador y nacionalista o la represión de la disidencia. Algunas de estas posiciones dibujan lo que el jurista Javier de Lucas ha descrito, a propósito de cierto discurso jurídico, como "fobotipos".

"La macrodesinformación tiene naturaleza internacional, y se dedica a tensionar la opinión pública y fomentar la (mal) llamada "polarización" discursiva, que no es sino el síntoma de una polarización socioeconómica previa"
La macrodesinformación tiene naturaleza internacional, y se dedica a tensionar la opinión pública y fomentar la (mal) llamada "polarización" discursiva, que no es sino el síntoma de una polarización socioeconómica previa. Mientras el nivel micro de la desinformación apunta sobre todo al logos del discurso, a su racionalidad objetiva, el nivel macro espolea, "sin complejos", los niveles afectivos del ethos y el pathos, de la ética y las emociones. Sus emisores, alineados normalmente en el espectro de la derecha y la ultraderecha antidemocráticas, pretenden socavar los principios fundamentales en los que se han basado las democracias liberales, como mínimo tras el consenso posterior a la segunda guerra mundial. Recurren para ello a un amplio conglomerado de pseudomedios de comunicación, de financiación opaca, cuya finalidad no es informar, ni siquiera buscar el voto para ciertos partidos, sino fomentar la desafección política. 

Este apoyo en falsos medios de comunicación —falsos por su falta de compromiso deontológico pero también por su estructura empresarial—, convertida en herramienta ideológica desinformativa, especialmente desde que Kamala Harris es candidata presidencial.

El uso de las redes sociales por parte de ciertos hiperliderazgos, sobre todo masculinos —Donald Trump, Javier Milei, Matteo Salvini, Nigel Farage, Jair Bolsonaro—, ejemplifica la libre circulación de bulos, falsedades y libelos. Estos mensajes describen una realidad paralela, alejada no ya de lo real sino de lo verosímil, que cautiva a cierto tipo de ciudadano también, según la demoscopia, predominantemente masculino. Los estereotipos simplistas son el ingrediente básico de estas cosmovisiones, encarnadas en los que Ruth Ben-Ghiat ha llamado "strongmen" y que quizás podríamos traducir como "señoros". Según tales posiciones se extienden en las sociedades, parece evidente que lo que les resulta amenazante son los mismos derechos humanos y el modelo de civilización occidental erigido en torno a ellos — aun con todas sus carencias— durante las últimas décadas. 

La pregunta inmediata es cómo se puede contrarrestar el efecto de esta propaganda desinformativa de nivel macro. En el ámbito jurídico e institucional existen múltiples propuestas de intervención cuya finalidad básica es proteger a la propia sociedad, pues asentar estos discursos supone una amenaza directa a las democracias. Su desafío no interpela a los gobiernos, sino a todas las instituciones, por lo que algunos países tienen agencias independientes de supervisión. 

"Los desmentidos y verificaciones tienen un doble coste porque suponen colaborar en la difusión de los bulos y porque exigen a los destinatarios más energía discursiva (cognitiva) que las correspondientes falsedades"

En el nivel estrictamente discursivo, la intuición tiende a proponer dos medidas clave: el desmentido y la verificación. Sin embargo —con la excepción de los análisis metadiscursivos, que configuran un espacio textual diferente—, el análisis lingüístico aconseja rechazar ambas opciones intuitivas por dos razones. En primer lugar, porque toda negación activa como presuposición su afirmación correspondiente y la trae al discurso; citando de nuevo a Umberto Eco, "un desmentido es una noticia divulgada dos veces". En segundo lugar, porque la refutación argumentativa exige siempre más energía que la argumentación. Suele citarse en este sentido el "principio de asimetría de las idioteces", propuesto por el informático Alberto Brandolini en 2013, según el cual la cantidad de energía (mental, digital y textual) necesaria para refutar las mentiras es siempre mayor que la necesaria para producirlas. En definitiva, los desmentidos y verificaciones tienen un doble coste porque suponen colaborar en la difusión de los bulos y porque exigen a los destinatarios más energía discursiva (cognitiva) que las correspondientes falsedades. Además, está comprobado que contribuyen a incrementar la desconfianza ciudadana respecto al discurso público. 

"Hay tres medidas con las que sí se puede tratar de combatir la desinformación. No son fáciles, conviene advertirlo, y van más allá del discurso"

Por el contrario, hay tres medidas con las que sí se puede tratar de combatir la desinformación. No son fáciles, conviene advertirlo, y van más allá del discurso. La primera consiste en la difusión insistente de discursos afirmativos (informativos) que apunten a los mismos temas en los que se despliegan los bulos y libelos, pero —y esto es lo esencial— sin mencionar nunca las falsedades. Se trata de potenciar la información veraz y autorizada, protegiéndola, si es necesario, desde los Estados, puesto que constituye un derecho de la ciudadanía. El problema más evidente para que esta estrategia pueda triunfar es, por supuesto, el reparto enormemente asimétrico de los canales de difusión en el mundo digital. Sabemos que esta "densidad discursiva" asimétrica da ventaja viral a las falsedades, al "relato" frente al "dato", y facilita, en suma, la persuasión sin convicción.

La segunda medida para contrarrestar la desinformación exige diferenciar aquellos ámbitos del saber que no son opinables y, por lo tanto, no prestarse a debatir realidades científicas y hechos sociales o históricos constatados. Separar el periódico del tabloide, el informativo de la tertulia. Evitar que los medios y agencias de prensa sean altavoces ecoicos de los mentirosos y los pseudomedios. Recuperar, en suma, los estratos comunicativos con los que arrasó la supuesta democratización digital. 

La tercera medida impone una mirada a largo plazo que apunta a la educación cívica de las y los ciudadanos, y exige proporcionarles herramientas cognitivas que activen su capacidad crítica y los protejan frente a los emisores malintencionados y los cantos de sirena digitales. Aunque los niños y niñas no voten, la polarización, de la mano de las desigualdades, empieza en las escuelas; ayudar a sus profesionales a atajarla es, por tanto, una exigencia democrática en la lucha contra la desinformación.
Beatriz Gallardo Paúls
Beatriz Gallardo Paúls
Catedrática de Lingüística en la Universitat de València
Experta en análisis del discurso desde enfoques cognitivistas. Autora de 'Tiempos de hipérbole. Inestabilidad e interferencias en el discurso político' (Ed. Tirant lo Blanch).
Participación