Martes, 28 de julio de 2026
LEGADO DEL PONTIFICADO

Cónclave o mundo, el dilema eclesial después de Francisco

La Iglesia católica debe responder a una serie de preguntas que deja planteadas el pontificado de Francisco sobre su lugar en el mundo y la relación que el Vaticano debe tener con todos aquellos que se encuentran fuera de los muros de San Pedro.

Agenda Pública Agenda Pública 22 de abril de 2025
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Gran parte del legado de Francisco se decidirá en si la Iglesia elige continuar mirando más allá del Vaticano o si elige volver a la introspección. | Unsplash / Andy Luo
Gran parte del legado de Francisco se decidirá en si la Iglesia elige continuar mirando más allá del Vaticano o si elige volver a la introspección. | Unsplash / Andy Luo
Doce años no son sino una gota en el océano de los milenios que conforman la historia de la Iglesia católica. Sin embargo, el pontificado de Francisco —a menudo descrito como escaso en reformas estructurales— puede terminar revelándose esencial no por lo que logró imponer, sino por las preguntas que supo plantear en el momento justo.

El primer jesuita en ocupar el trono de San Pedro entendió que su mandato no consistía tanto en reforzar el poder central de Roma como en devolver la Iglesia a sus fieles. Ya desde sus primeros gestos, Francisco se propuso recortar la distancia entre la cúpula eclesiástica y la base: pidió a los congregados en la plaza de San Pedro tras su elección que lo bendijeran a él, y no al revés como marcaba la tradición; eligió mantener la cruz de plata que llevaba como arzobispo de Buenos Aires, rechazando las galas pontificias y, como solía hacer en su época porteña, alentó a sus colaboradores a abandonar la comodidad de los despachos y sumergirse en los márgenes sociales de las grandes urbes. El mensaje era claro: ¿es la Iglesia la institución de los católicos del mundo o tan solo la estructura burocrática de la curia romana?

"¿Es la Iglesia la institución de los católicos del mundo o tan solo la estructura burocrática de la curia romana?"
La respuesta, a lo largo de su pontificado, fue más intuitiva que programática. Francisco optó por ensanchar los márgenes del discurso sin alterar de forma decisiva los cimientos doctrinales. Mostró una renovada empatía hacia los divorciados, permitió la bendición de parejas homosexuales y promovió un debate inédito sobre el papel de la mujer dentro de la institución. Ninguno de estos pasos, sin embargo, cristalizó en cambios dogmáticos profundos. Para algunos fueron avances rupturistas; para otros, tibios intentos de reforma. Y, aun así, como recordaba Julio Llorente, "quien haya leído los documentos papales dará fe: no contienen herejías, sino tan solo ortodoxia; no hay en ellos excentricidades, sino la inveterada sabiduría de la Iglesia". La segunda gran pregunta que Francisco deja a sus sucesores es, por tanto: ¿cuál es la ortodoxia que ha de regir a partir de ahora?

En materia económica, su voluntad reformista encontró una resistencia igual de enraizada. El desorden financiero del Vaticano —una amalgama de fondos opacos, cuentas duplicadas y propiedades mal gestionadas— era desde hacía décadas un secreto a voces. Francisco intentó arrojar luz sobre este agujero negro con una serie de medidas que incluyeron auditorías externas, centralización de cuentas y transparencia en las inversiones. Pero sus esfuerzos, aunque parcialmente eficaces, le granjearon enemigos dentro de la maquinaria curial, donde muchos lo acusaron de autoritarismo y de pretender gobernar por decreto. Su estilo directo, incluso impaciente ante la inercia vaticana, avivó una sensación de fractura en sectores tradicionales. Y él era plenamente consciente de ello.

Tal vez por eso, en sus últimos meses, se esforzó por mostrarse al mando, incluso cuando el cuerpo no le acompañaba. Tras una larga convalecencia, desoyó las recomendaciones médicas para salir en el papamóvil durante el pasado Domingo de Resurrección, empeñado en acercarse a los fieles y dejar constancia, una vez más, de que su papado no se entregaba a la sombra ni siquiera en su ocaso. Sabía que dejaba una Iglesia dividida y no quería dejar dudas sobre quién había estado al timón.

"¿Cuál es la ortodoxia que ha de regir a partir de ahora?"
Sus gestos de apertura le valieron la simpatía de muchos fuera del catolicismo. Líderes seculares, activistas climáticos y organizaciones civiles encontraron en él un aliado inesperado. La encíclica Laudato si' marcó un hito al consagrar, por primera vez, el deber ecológico como parte del mandato espiritual: "El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar". Francisco denunció el impacto del modelo económico global sobre los más pobres, defendió el derecho del medioambiente en la ONU y promovió la idea de un pecado ecológico que debería integrarse en la doctrina oficial. Este enfoque —que vinculaba el bienestar humano con la salud del planeta— representó un desplazamiento doctrinal de calado. En 2015, su voz fue determinante para elevar la ambición de las negociaciones climáticas internacionales, que culminaron en el Acuerdo de París.

Ese mismo impulso reformador guió su respuesta al drama de los abusos sexuales dentro de la Iglesia. Aunque los avances fueron irregulares y muchas víctimas siguen esperando justicia, su insistencia permitió que salieran a la luz informes como el del Defensor del Pueblo en España o el del comité independiente francés, que cifró los abusos en cientos de miles. El escándalo sigue vivo, y las críticas no cesan. Pero es difícil imaginar esa exposición con otro Papa. De ahí una tercera pregunta: ¿ha de volver la Iglesia a encerrarse en el Vaticano o debe, como quiso Francisco, habitar el mundo para poder transformarlo?

A esa pregunta, el Papa del fin del mundo pareció responder con claridad en sus últimos meses de vida, cuando, consciente del tiempo que se le agotaba, intensificó su presencia todo lo que le permitía su estado. Fue un esfuerzo deliberado por mostrar que seguía al mando, incluso cuando la salud ya no acompañaba. Se acercó a los fieles tras su larga convalecencia, desoyendo los consejos médicos, y mantuvo sus intervenciones públicas como forma de afirmación, pero también de legado.

"¿Ha de volver la Iglesia a encerrarse en el Vaticano o debe, como quiso Francisco, habitar el mundo para poder transformarlo?"
En su discurso ante el cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede —pronunciado parcialmente en enero, debido a sus problemas respiratorios—, reiteró una idea que fue vertebral en su pontificado: que la política es "quizás la forma más alta de caridad". Un mensaje que se entiende como un recordatorio a aquellos que la ejercen, más que como una plegaria. Hizo un repaso casi enciclopédico de los conflictos abiertos en el mundo, pidiendo salidas concretas para aliviar cada situación de sufrimiento humano. Y concluyó con un deseo que también puede leerse como una hoja de ruta: que el Jubileo de 2025 sirva a "cristianos y no cristianos" para repensar "las relaciones que nos unen como seres humanos y comunidades políticas".

Francisco no rehuyó tampoco las fracturas sociales. "Nunca como en esta época la humanidad ha experimentado tanto progreso, desarrollo y riqueza, y quizá nunca como hoy se ha encontrado tan sola y perdida, prefiriendo a menudo tener animales domésticos en vez de hijos". También en el debate sobre la inteligencia artificial pidió una pedagogía de la lucidez: "una alfabetización mediática" que permita desarrollar el pensamiento crítico y ofrecer a los jóvenes herramientas para participar activamente en el futuro de sus sociedades.

Esa apertura discursiva, esa sensibilidad por lo que sucede más allá de los brazos de San Pedro, le ganó el respeto de amplios sectores fuera de la Iglesia. Pero dentro, quizá no fue suficiente. A menudo, cuando Francisco pedía oraciones, no lo hacía como un líder inquebrantable, sino como alguien que entendía las tensiones que había provocado: "Recen por mí" — decía —, "pero a favor mío".
 

Reformar una institución milenaria, estructurada en compartimentos estancos y acostumbrada a sobrevivir a los embates del tiempo más que a dejarse transformar por ellos, no es una empresa que se pueda esperar de un solo pontífice. Menos aún cuando una parte de ella puede darse el lujo de ignorar a la otra. Si algo ha revelado el pontificado de Francisco es que el miedo al cambio no respeta fronteras internas: atraviesa todas las capas del poder e imprime en quien lo desafía una forma particular de soledad. La deslegitimación del reformador no es tanto una estrategia como un reflejo del sistema cuando se siente interpelado.

Desde la distancia del tiempo, será sencillo dictaminar si este fue un punto de inflexión en la historia del catolicismo o apenas otro esfuerzo frustrado, como ocurrió con el impulso inconcluso del Concilio Vaticano II. Pero toda reforma duradera necesita primero de mensajeros antes que de arquitectos o constructores. El legado de Francisco dependerá menos de lo que él consiguió que de lo que Roma decida hacer con sus preguntas en las décadas por venir.

"La pregunta final no es solo qué deja Francisco, sino si la Iglesia querrá, o podrá, continuar el camino que abrió"
El cónclave que previsiblemente comenzará en los próximos quince días someterá ese legado a su primer examen. El 80% de los 136 cardenales con derecho a voto, originarios de setenta y un países, fueron creados por él, lo que sugiere un colegio más plural, más diverso y, por ello, también más impredecible. La curia está dividida, y no hay una hoja de ruta consensuada. Pero, aun así, deberán comenzar a responder a estas cuestiones, en primer lugar, con el nombre del próximo vicario de Cristo, que exigirá el respaldo de al menos dos tercios de los convocados: noventa y dos votos.

La Iglesia no piensa en años, sino en siglos. Y todo buen navegante sabe que un cambio de rumbo de apenas unos grados puede llevar, a largo plazo, a un destino completamente distinto. Por eso la pregunta final no es solo qué deja Francisco, sino si la Iglesia querrá, o podrá, continuar el camino que abrió.
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