En un
artículo reciente también publicado en Agenda Pública resumí la evolución histórica y trascendencia del concepto de víctima inocente. Inspirado por el ejemplo de Jesucristo, fue uno de los elementos centrales de la Iglesia cristiana primitiva, hasta su paulatino olvido después de que el cristianismo obtuviera el estatuto de única religión oficial del Imperio romano a finales del siglo IV.
El cristianismo se vio poco a poco contaminado por la lógica de las religiones antiguas, construidas a partir del principio opuesto, el de la culpabilización de la víctima. Encapsulada en las Escrituras, la tradición de la Iglesia primitiva y la obra y ejemplo de determinados pensadores y santos a partir de este momento histórico, la idea de la víctima inocente recuperó la centralidad en la Europa cristiana que iniciaba su proceso de secularización en la Edad Contemporánea.
Somos testigos de cómo en nuestros días se ha producido una
entronización de la víctima. Los grupos y colectivos tradicionalmente marginados y discriminados han luchado por que la sociedad reconociera la injusticia secular para con ellos: mujeres, desfavorecidos económicos, discapacitados físicos e intelectuales, homosexuales, miembros de minorías étnicas, indígenas en países que fueron colonizados, descendientes de esclavos y muchos otros han aireado sus agravios históricos y, en distinto grado,
han encontrado reconocimiento de la discriminación pasada, perdón retroactivo por la injusticia que sufrieron sus antepasados y medidas correctoras, incluida la discriminación positiva.
La víctima inocente se ha llegado incluso a deshumanizar, de la misma manera que ocurrió cuando, en la Antigüedad, la víctima sacrificial dejó de ser humana y se sustituyó por un animal, en lo que se conoce como el
mecanismo del chivo expiatorio.
Hoy día, el bienestar animal se ha convertido en uno de los objetivos políticos en las sociedades occidentales, en las que se legisla para proteger a los animales del sufrimiento. Se busca garantizar el hábitat natural de aquellos que aún viven en libertad, minimizar el sufrimiento generado por la violencia humana, en la caza o festejos populares y, sobre todo, protegerlos de los abusos de sus dueños en el caso de los animales domésticos, incluido el abandono.
Es como si en Occidente se hubiera instalado una mala conciencia colectiva por la domesticación de ciertas especies salvajes ocurrida milenios atrás, durante la llamada revolución neolítica. El principio opera incluso en niveles inferiores de la vida, como las plantas, y superiores, como el planeta en su conjunto, con los delicados equilibrios que estudia la ecología y que pone en peligro la voracidad humana.
"Uno de los argumentos más utilizados es el de la amenaza para 'los modos tradicionales de vida', convertidos en víctima de los reformadores"
En el debate público del Occidente secularizado, la
entronización de la víctima se visibiliza también en las estrategias de defensa y promoción del punto de vista de aquellos que ven en peligro su estatuto, privilegios, aficiones o intereses.
Uno de los argumentos más utilizados, porque sirve para muchos supuestos, es el de la amenaza para los modos tradicionales de vida, convertidos en víctima de los reformadores.
Los defensores de la tauromaquia utilizan, entre otras, razones ecologistas en defensa de su afición, como es la preservación del toro de lidia, que desaparecería si desaparece la fiesta. En las relaciones internacionales,
los bandos opuestos en un conflicto se presentan, sobre todo, ante la opinión pública occidental, en su condición de víctimas principales. Sirva de ejemplo la autopercepción de víctimas de israelíes y palestinos en el conflicto que les enfrenta o, todavía más llamativo, cómo en la guerra de Ucrania el agresor ruso se presenta como víctima del expansionismo occidental frente a las zonas históricas de influencia rusas.
En los casos pioneros de lucha contra la discriminación histórica, como el de los trabajadores explotados, las mujeres o los pueblos o grupos étnicos sometidos a ocupación colonial o a situaciones de postergación en sus países, se han desarrollado teorías como la de la
dictadura del proletariado como fase previa a la sociedad sin clases, la del
heteropatriarcado, o la colonización de la mente y lenguaje del colonizado de Frantz Fanon, que aseguran a la víctima que, por mucho que mejore su situación, nunca se zafarán de su condición de tal y deben por ello seguir reivindicando la plena igualdad con el opresor hasta el fin de los tiempos.
Se habla, además de supervíctimas, objeto de discriminación acumulativa, por confluir en determinados colectivos varios motivos de discriminación, como las mujeres en el seno de minorías étnicas o religiosas postergadas en tal o cual país.
En el siglo XIX, además de este proceso de reivindicación de la víctima inocente que eclosiona en nuestros días, se produjo otro fenómeno paralelo, aunque no exactamente de la misma naturaleza. La
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 proclamó por primera vez el principio de la presunción de inocencia:
hasta que no se dicte sentencia firme en un proceso judicial con todas las garantías, nadie podrá ser declarado culpable del delito que se le imputa. Este principio fue el fruto maduro del trabajo que durante la Ilustración llevaron a cabo intelectuales como Voltaire o Beccaria. Difiere del principio de la víctima inocente en varios extremos: su naturaleza jurídica, frente a la naturaleza social del segundo; su aplicación individual, frente al enfoque colectivo del segundo; su mirada hacia el futuro para evitar nuevas condenas de inocentes, frente a la mirada hacia el pasado del segundo, con la exigencia de responsabilidades del opresor que nunca se extinguen; su acotamiento en el tiempo y lugar frente al peso de la herencia del segundo,
que hace cargar a generaciones presentes con la responsabilidad por conductas pretéritas de personas que pertenecían al mismo colectivo del opresor tradicional.
Ambos, el principio de presunción de inocencia y el de víctima inocente, están relacionados con el poder o, mejor dicho, con la tendencia natural de quien detenta el poder, sea político, militar, económico o social. Esta no es otra que abusar de él en beneficio propio y sin tener en cuenta los anhelos, intereses y reivindicaciones del subordinado, que se convierte en oprimido.
El principio de presunción de inocencia trata de evitar que el poderoso utilice sus recursos para, con falsedades, culpabilizar al inocente.
El principio de la víctima inocente trata de remediar, con efectos retroactivos, la culpabilización y postergación dolosas que el poderoso ha hecho a lo largo de la historia con los que estaban sometidos a su poder.
Así, aunque de naturaleza distinta, ambos principios abordan con diferentes estrategias un mismo fenómeno, el de la propensión histórica del poderoso a abusar del poder. "Poderoso" debe entenderse de la manera más amplia posible, incluida la masa y la sociedad en su conjunto, cuando ataca al desvalido que está en minoría, como ha ocurrido con el reflejo antisemita a lo largo de la historia europea. Y, sobre todo, debe incluirse el Estado, con independencia del color político del Gobierno de turno.
Sucede, sin embargo, que los dos principios no siempre son sentidos como complementarios, y ello por distintas razones.
El principio de presunción de inocencia requiere, para su cabal aplicación, de un sistema judicial independiente, e
integrantes de colectivos históricamente discriminados a veces ven en los jueces la extensión del poder opresor contra el que se rebelan, tachándolos de sensibilidad heteropatriarcal, o centralista, o supremacista blanca, según se trate.
"El colectivo que reivindica su condición de víctima inocente tradicional se arroga la potestad de juez omnisciente que decide sin pruebas y deroga así el principio de presunción de inocencia"
Aún más frecuente es
la condena sumaria por un colectivo cada vez con más poder a un individuo acusado de conductas que encajan con la pauta histórica: abusos sexuales, acoso laboral, discriminación racial, etc. Es un supuesto más grave que el anterior, porque el colectivo que reivindica su condición de víctima inocente tradicional se arroga la potestad de juez omnisciente que decide sin pruebas y deroga así el principio de presunción de inocencia. El que el cálculo de probabilidades permita deducir que la acusación está, por ejemplo, fundada en un 95% no evita la condena injusta de un 5% de inocentes,
abriendo una vía de agua que, además de crear la paradoja de que el calumniado tradicional se convierta en calumniador, puede terminar revirtiendo los logros de décadas de acción colectiva.
Nada hay irreversible en la historia humana.
Los excesos de la culpabilización hasta el infinito de la historia entera de Occidente desde su mismo seno se conocen como el fenómeno woke y llegan a resultar cómicos. Si, además, algunas de las estigmatizaciones y condenas sumarias se revelan con el tiempo equivocadas, se dará alas a la reacción que aspira a restaurar el estado de cosas
natural.
Esta reacción ya ha empezado en Occidente, y de poco provecho es pensar que su mera calificación de ultraderecha bastará para frenar su auge, sin analizar las razones de su nacimiento y desarrollo, incluidos los excesos y errores de los colectivos de víctimas tradicionales.
"En el origen de la víctima inocente siempre hay una imitación de la masa, que se torna en histeria colectiva y que, sin propia conciencia de lo que hacemos, despeña a la víctima por el precipicio"
El ejemplo de lo ocurrido en la Iglesia primitiva cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio romano debe estar siempre presente.
La triste historia del antisemitismo de una civilización que había surgido inspirada por las enseñanzas de un judío como fue Jesús ha de ser perenne, recordatorio del riesgo que el diferente, el minoritario o el desvalido corre ante la masa que los condena a pesar de su inocencia. La lapidación de la adúltera que Jesús evitó al no mirar a los ojos de los potenciales justicieros mientras les preguntaba si estaban libres de pecado, debe venirnos a la mente antes de sumarnos a linchamientos desde las redes sociales o el espacio virtual. El que veamos a otros actuar así sobre la base de meros indicios que a veces no son ni tales nunca debe ser ejemplo a seguir.
Porque en el origen de la víctima inocente siempre hay una imitación de la masa, que se torna en histeria colectiva y que, sin propia conciencia de lo que hacemos, despeña a la víctima por el precipicio.