Nos hemos acostumbrado a que la polarización extrema sea lo normal y los pactos de Estado un recuerdo del pasado, a pesar de que BBVA Research en sus informes señala que la inestabilidad política tiene un efecto directo en el crecimiento económico.
En este contexto, no es esperable un acuerdo entre el PSOE y el PP sobre cómo España debe abordar la crisis de los aranceles.
Con Núñez Feijóo siempre queda la sensación de que
si de él dependiera sería un alumno aventajado de Friederich Merz y que llegaría a todo tipo de acuerdos con el PSOE, pero Pedro Sánchez parece ni poder ni querer transaccionar nada con el PP.
El presidente del Gobierno no puede firmar nada con los populares porque
la única argamasa que compacta a sus socios, cada uno de su padre y de su madre, es su fobia al PP. Cualquier trato con los de Feijóo generaría revuelo en el ejército de mercenarios en los que basa su exigua mayoría, pero
más allá de eso da la sensación de que Sánchez está cómodo en la confrontación.
Los demoscópicos monclovitas
creen que en una alta movilización está el secreto para repetir mayoría y, en consecuencia, tensan la cuerda todo lo que pueden. Con los aranceles no será distinto, es más, es otra oportunidad para seguir subiendo el tono y marcando distancias.
"¿Tienen el PSOE y el PP suficientes puntos en común para que tenga sentido llegar a un acuerdo de Estado en materia arancelaria? La respuesta es no"
Pero más allá de las estrategias políticas, que además en el caso de Sánchez son siempre cambiantes e imprevisibles, la cuestión clave es: ¿Tienen el PSOE y el PP suficientes puntos en común para que tenga sentido llegar a un acuerdo de Estado en materia arancelaria?
La respuesta es no.
El Gobierno de España se ha acostumbrado a ser un outsider en política exterior, incluso a los ojos de la Unión Europea. Con el reconocimiento de Palestina, el Gobierno Sánchez se precipitó, siendo consciente de ello, y fue por libre. Ahora, con los aranceles,
mientras Bruselas nadaba y guardaba la ropa frente a Washington, España se lanzó precipitadamente en brazos chinos, no está claro que el cálculo sea tan premeditado como en el tema palestino o fruto de un análisis tergiversado, de la precipitación, o de ambas cosas a la vez.
Trump ya advirtió el primer día de su mandato que consideraba a España un BRIC, países que en ningún caso son considerados de confianza de la administración estadounidense. Ahora, tras la visita a Hanói y Pequín,
el Departamento de Estado norteamericano ha verbalizado la advertencia a España del error de su política exterior. Ni la Moncloa ni el palacio de Santa Cruz, sede de exteriores, podrán hacerse los sorprendidos ante cualquier acción que la Casa Blanca tome contra España y en favor de nuestros adversarios y vecinos del sur, Marruecos, que hoy es nuestro punto más débil.
El reino Alauí firmó los acuerdos de Abraham, gran legado de Trump en su primer mandato, y consiguió a cambio que Estados Unidos reconociera los derechos de Marruecos sobre el Sahara Occidental.
España, para no dar la sensación de que había sido pillada con el pie cambiado, aceptó, sin más,
la nueva situación —ante la estupefacción tanto en la península como en el Frente Polisario—.
"Algunas fuentes de think tanks americanos comparan el Marruecos de hoy con la España de Franco que Eisenhower validó a ojos del mundo"
El mundo de hoy es convulso y el Gobierno de España ha elegido malas cartas.
Marruecos es considerado por Washington hoy un socio fiable frente a una España antiamericana. Algunas fuentes de think tanks americanos comparan el Marruecos de hoy, con un interlocutor claro y con ganas de agradar a Washington, con la España de Franco que Eisenhower validó a ojos del mundo.
Con una creciente influencia rusa y china en África, Marruecos puede ser la puerta de Estados Unidos a este gigantesco continente y
esa relación puede tener costes para España. En Ceuta y Melilla hay inquietud por la fortaleza marroquí y en Madrid están a la expectativa de los pasos que dé
el nuevo embajador americano, Benjamín León Jr., persona de confianza directa del secretario de Estado, el hispano, Marco Rubio.
Meloni viajó a Estados Unidos mientras Sánchez se fue a China. Europa no tiene una voz única, pero Bruselas advirtió, para incomodidad de Sánchez, que la visita del primer ministro español no era una avanzadilla de la UE.
Mientras Sánchez rendía honores a Ho Chi Minh, el sanguinario y antiamericano padre del Vietnam comunista,
Feijóo se fotografiaba en Bruselas con Von der Leyen y Weber y situaba a su portavoz en Bruselas, Dolors Montserrat, como número dos del todopoderoso PPE.
"Feijóo resucita la política exterior de Felipe González basada en alinearse sin fisuras con Bruselas mientras Sánchez sigue la línea de la Alianza de civilizaciones y antiamericana"
Estrategias y planteamientos distintos no permiten un acuerdo de Estado entre el principal partido del Gobierno, el PSOE, y el primer partido del Congreso, el PP. Sánchez tiene una estrategia propia que parece influenciada por Rodríguez Zapatero, y, en cambio, Feijóo resucita la política exterior de Felipe González basada en alinearse sin fisuras con Bruselas. En tiempos de Felipe era con Mitterrand y Kohl marcando el paso, hoy con Macron y Merz. Feijóo vuelve a la política exterior tradicional española, mientras
Sánchez sigue la línea de la Alianza de civilizaciones y antiamericana que tantos malos resultados nos dio a los españoles.
Feijóo, aunque pactista por definición, no puede avalar la política exterior de Sánchez. Pero, en realidad, por mucho que el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, diga que habla más con Juan Bravo, portavoz de Economía del PP, que con su familia, la realidad es que
el acuerdo entre los dos partidos clave, es imposible tanto por el fondo como por la precaria situación del principal partido del Gobierno.