Mazón tenía prisa. También la tuvo cuando se apresuró, pronto hará dos años, a pactar un gobierno de coalición con Vox, pocos días después de las elecciones autonómicas y municipales de 2023, aquellas que convulsionaron el mapa político español hasta tal punto que Pedro Sánchez, en uno de sus golpes de efecto que entonces pareció temerario y luego se reveló audaz, anticipó las generales a finales de julio.
"Los primeros autos demoledores de la jueza encargada de la investigación sobre la gestión de la Dana han dejado a Mazón acorralado y encastillado en el Palau de la Generalitat"
Muchos responsabilizaron entonces a Mazón de la amarga victoria de Feijóo en aquellos comicios caniculares, en los que venció, pero no consiguió aglutinar una mayoría de gobierno alternativa. A aquel acuerdo primerizo de Mazón con la sucursal valenciana de Vox se le llamó el "pacto de la servilleta" precisamente por su redacción apresurada y deficiente. En todo caso, con esa entente el PP valenciano marcó el camino a seguir al resto de las autonomías en las que los populares habían logrado una mayoría insuficiente para gobernar en solitario.
Pero esta vez las prisas de Mazón eran diferentes. Marcado y señalado por su negligencia en la previsión y gestión de la catástrofe del 29 de octubre de 2024, a Mazón no le estaban sirviendo de nada —todo lo contrario— sus desesperados intentos por descargar todas las culpas en Pedro Sánchez y su gobierno. Sus propias contradicciones, sus verdades a medias, sus embustes y, sobre todo, los primeros autos demoledores de la jueza encargada de la investigación dejaron a Mazón acorralado y encastillado en el Palau de la Generalitat, siempre a rebufo de las informaciones que iban saliendo y que le dejaban malparado ante la opinión pública. Un castigo especialmente doloroso para un presidente que hacía de la comunicación directa con su público —a través de las redes sociales— su mayor activo político. Mazón siempre ha tenido alma de frontman.
"Mazón necesitaba recuperar la iniciativa política y ha sacrificado gran parte del ideario popular"
Por eso necesitaba recuperar la iniciativa política lo antes posible y centrarse en la "reconstrucción", ese mantra que no se ha cansado de repetir desde que compareció en las Cortes valencianas después de la debacle. Necesitaba ser él quien diera los titulares en lugar de sufrirlos. Y lo necesitaba al precio que fuera. Y el precio que ha pagado Mazón —y, por ende, la Comunidad Valenciana— ha sido muy alto, porque ha tenido que sacrificar gran parte del ideario popular, ese supuesto centro reformista liberal que predica FAES, en el altar expiatorio que Vox ha dispuesto para él. En su comparecencia ante los medios del 17 de marzo abrazó una "semántica ultra que conecta con los postulados de Trump, Milei u Orbán", como ha escrito acertadamente el periodista Víctor Maceda. Mazón se aplicó en la tarea y lo hizo tan bien que Ignacio Garriga le dio una palmadita en la espalda asegurando en las redes sociales que el presidente de la Comunidad y de los populares valencianos "ha visto que Vox tenía razón, ha rectificado". A buen seguro que, pasado el tiempo, su discurso señalando a los inmigrantes —y
atacando un Pacto Verde que sus homólogos europeos habían aprobado— quedará registrado en los anales de la infamia.
De "inquietante" tildó al día siguiente el pacto el editorial de un medio en principio afín como El Mundo. Y no es para menos, porque
con este pacto Mazón ofrece una extraordinaria oportunidad a los de Abascal para captar a un sector del electorado decepcionado de la derecha tradicional y a esos otros que compran la idea de la "derechita cobarde", un pelotón cada vez más numeroso a los que seduce el discurso maniqueo de una ultraderecha que capitaliza los diversos malestares de la democracia y la globalización liberales. La incomodidad del PP nacional se hizo manifiesta a través de las diferentes declaraciones de sus portavoces: mientras unos lo veían como un modelo a seguir por otras autonomías, Cuca Gamarra lo calificaba de "excepcional", atendiendo las particulares características de una comunidad estragada por la tragedia.
"Sólo el 41,5% de los votantes del propio PP prefiere a Alberto Núñez Feijóo como presidente del Gobierno en estos momentos, siete puntos menos que hace seis meses"
El anuncio de Mazón y la posterior traducción presupuestaria de su capitulación llegan, además, en un mal momento para el PP y sobre todo para su líder nacional: sólo el 41,5% de los votantes del propio PP prefiere a Alberto Núñez Feijóo como presidente del Gobierno en estos momentos, siete puntos menos que hace seis meses (48,6%), según datos de los barómetros del CIS de octubre de 2024 y de este mismo mes de marzo. También entre los votantes de Abascal se aprecia esta debilidad. Si en octubre un 6,6% de votantes de Vox veía con buenos ojos la presidencia de Feijóo, en marzo tan solo lo hace un 2,9%.
"La experiencia europea enseña que ceder posiciones a la ultraderecha solo refuerza la utilidad de su voto"
La RAE define «entreguismo», «especialmente en política», como «sometimiento a las ideas ajenas, deponiendo las propias». Está por ver que este nuevo vasallaje de Mazón le sirva para aguantar al frente de la Generalitat hasta el final de la legislatura. Pero la experiencia europea enseña que ceder posiciones a la ultraderecha solo refuerza la utilidad de su voto. En países como Francia o Italia, la derecha tradicional es prácticamente testimonial, mientras sus versiones más radicales gobiernan (como en el país transalpino) o están a las puertas de hacerlo (en el Hexágono). Aunque más ilustrativo resulta el caso de un país acostumbrado a la cohabitación con el extremismo, como Austria: después de años de coalición con el FPÖ, conservadores y liberales han optado por fraguar pactos con formaciones del otro espectro ideológico antes que con ellos. Pero siempre hay razones contingentes que explican una claudicación. Y, como es sabido, nadie escarmienta en cabeza ajena. Está meridianamente claro lo que gana Mazón subordinando su acción de gobierno a los intereses de Vox. Lo que no queda tan claro es lo que puede ganar su partido con este movimiento a la desesperada de uno de sus barones, que acude "a remedios extremos para lograr lo que no parece posible de otro modo", según palabras —especialmente pertinentes— del diccionario.
Anna López Ortega
Doctora en Ciencia Política por la Universitat de València (UV, España) y licenciada en Periodismo y Ciencia Política por la misma Universidad.
Autora del libro 'La extrema derecha en Europa' (Tirant, 2025).
Ha sido becaria en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Cuenta con más de 15 años de experiencia profesional en asesoría política y parlamentaria en diferentes gabinetes e instituciones públicas.
Sus principales líneas de investigación abordan temas vinculados a la nueva extrema derecha, los delitos de odio y el análisis y comportamiento electoral.
Desde 2016, imparte docencia en la UV en áreas de conocimiento de ciencia política, periodismo y sociología, en la Universidad Internacional de Valencia y en el Instituto Valenciano de Administración Públicas.