Arrastre por encima de la imagen para hacer zoom. | Mapa: Albert Borrà
Durante veintitrés años, Jordi Pujol lideró la Generalitat de Catalunya bajo el paraguas de Convergència i Unió (CiU), consolidando una hegemonía que definió la política catalana. Sin embargo, la transición que comenzó tras su salida del poder en 2003 marcó un punto de inflexión. Dos legislaturas del tripartito (PSC, ERC, ICV-EUiA) coincidieron con una crisis económica y política sin precedentes que culminó en 2010 con el regreso de CiU, esta vez liderada por Artur Mas. Mas, tras dos derrotas electorales, finalmente logró formar Gobierno, pero la estabilidad estaba lejos de estar garantizada.
Durante el mandato de Mas, los recortes, la corrupción y la Operación Catalunya erosionaron la credibilidad en el partido
Los recortes pioneros implementados por su administración, los escándalos de corrupción vinculados a Pujol y otros altos cargos de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), y la irrupción de la Operación Catalunya erosionaron la credibilidad del partido frente al auge de los movimientos sociales. Junto a todo eso, el auge de los movimientos sociales, particularmente a partir de 2011 con el 15M (y sus derivados como las Mareas), propuso un marco populista por el cual la desobediencia civil o las movilizaciones equivalían a la democracia, y los partidos políticos a una élite corrupta.
Ante este panorama, Mas viró hacia el independentismo en 2012, justificándolo en factores como el recorte del Tribunal Constitucional en 2010 al estatuto catalán, refrendado y apoyado favorablemente en 2006, a pesar de una participación que no llegó al 50%. El recorte del estatuto se centró particularmente en lo referente a la justicia catalana. El agravio descrito, secundado, por una parte, de las élites económicas catalanas como el Cercle d’Economia, con su discurso del "derecho a decidir de las infraestructuras catalanas", encaminó todos estos cambios.
El auge fulgurante del movimiento independentista en 2012, impulsado por organizaciones como la ANC y Òmnium Cultural y recogiendo la dinámica creciente movilizatoria y de desobediencia, terminó con la decisión de Mas que culminaría en una fragmentación del espacio convergente. A pesar de los esfuerzos de determinados poderes fácticos y los nostálgicos de Convergència en presionar para dar a entender la muerte del procés y la necesidad del gen convergente en Junts, la realidad puede que no sea tan evidente. Cabe interrogarse hasta qué punto los cambios de ese convulso periodo han sedimentado de tal manera que hayan modificado irremediablemente (o no) la política catalana actual y, por extensión, la española.
La fractura y división del espacio durante el procés
El proceso independentista se convirtió en un refugio para CDC, que ya enfrentaba una caída en las encuestas y un descontento social palpable. En 2015, la unión de treinta y siete años entre CDC y Unió Democràtica de Catalunya (UDC) se rompió cuando la cúpula de CDC presionó para formar una lista unitaria de cara a las elecciones plebiscitarias de septiembre de ese mismo año. UDC, dividida internamente entre sectores independentistas y moderados, casi en partes iguales, se fragmentó aún más. Surgieron nuevos actores como Demòcrates de Catalunya, liderado por Antoni Castellà, que se unieron a la plataforma Junts pel Sí junto a ERC, aunque más adelante se convertirían en uno de los principales aliados de Puigdemont en Junts.
"La designación de Carles Puigdemont como sucesor de Mas, marcó el inicio de una nueva era para el centroderecha nacionalista catalán"
La negativa de la CUP a apoyar a Mas como presidente tras las elecciones de 2015 culminó con su renuncia y humillación. Un alcalde de Girona poco conocido, Carles Puigdemont, fue designado como su sucesor (avalado también por la CUP), marcando el inicio de una nueva era para el centroderecha nacionalista catalán. El desgaste de la marca convergente obligó a CDC a cambiar de nombre en su congreso de 2016, adoptando inicialmente Partit Demòcrata Català (PDC), compitiendo ya con las etiquetas de Junts per Catalunya y Partit Nacional Català que quedaron relegadas, para finalmente adoptar Partit Demòcrata Europeu Català (PDECAT). Este rebranding no fue suficiente para detener la fragmentación.
En 2015, la unión de treinta y siete años entre CDC y Unió Democràtica de Catalunya (UDC) se rompió por divisiones internas acerca del independentismo. Foto: Albert Borràs / Cassini
El PDECAT enfrentó dificultades desde sus primeros pasos. La acusación de corrupción contra Germà Gordó y su posterior salida del partido reflejó las tensiones internas. Gordó fundó Convergents en 2017, una formación de corte moderado y soberanista con la intención de recuperar este preciado y difuso gen convergente, aunque con poco peso territorial, ya que sobre todo presentaron candidaturas locales en las comarcas de Barcelona, Tarragona y en la ciudad de Lleida con resultados limitados tanto en las municipales de 2019 como en 2023. Actualmente, están preparando su candidatura para las próximas generales que intuyen cercanas. Por su parte, Units per Avançar, liderado por el sector moderado de UDC y por Ramon Espadaler, se fundó en 2017 como partido catalanista y centrista que buscó alianzas con el PSC que se han mantenido hasta la fecha. Espadaler, hoy en día, es el Conseller de Justícia de la Generalitat.
Mientras tanto, Carles Puigdemont consolidó su liderazgo ya desde el extranjero con la creación de Junts per Catalunya (JxCat) en 2017, una plataforma/candidatura que reunió a independientes y sectores radicales del independentismo que se apoyaba todavía en el PDECAT. Esta lista superó ligeramente a ERC en las elecciones de diciembre de ese año, consolidando el giro hacia la confrontación y el unilateralismo. En 2018, Puigdemont impulsó la Crida Nacional per la República (CNxR), buscando unificar el movimiento independentista bajo una ideología transversal y refundar el espacio heredado en un nuevo aparato. La Crida atrajo a figuras como Quim Torra (Reagrupament) y Jordi Sánchez, pero también profundizó la división con el PDECAT, que perdió numerosos militantes y cargos a favor de JxCat. A pesar de ello, el proceso de refundación basado en la CNxR, que pretendía hacer un guiño al movimiento de la Crida a la Solidaritat en Defensa de la Llengua de 1981, no funcionó a pesar de adquirir en 2019 hasta 40.000 adhesiones.
"El referéndum unilateral del 1 de octubre de 2017 y la declaración de independencia marcaron un punto de no retorno"
El referéndum unilateral del 1 de octubre de 2017 y la declaración de independencia marcaron un punto de no retorno. El movimiento independentista se fragmentó aún más, con resultados desiguales en las elecciones municipales y autonómicas de 2019. Iniciativas como Primàries de Catalunya, que se vincularía a la ANC en 2019, intentaron canalizar el descontento con la vía unilateral, pero su impacto fue muy limitado.
El 1-O y la declaración unilateral de independencia acabaron por fragmentar definitivamente el espacio de la derecha independentista catalana. Foto: Albert Borràs / Cassini
Los intentos para reconstruir el espacio convergente, unos movimientos de momento residuales
En este contexto, Valents y la Lliga Democràtica emergieron como intentos de reconstruir el espacio moderado no independentista convergente. Valents surgió parcialmente de los restos del intento de Manuel Valls de afianzarse y ser relevante en las elecciones municipales de 2019 en Barcelona. La operación de Valls, que fue constituir una plataforma propia ligada a Ciudadanos, consiguió ser fundamental para evitar un Gobierno independentista y para que Colau repitiera como alcaldesa. Por su parte, Valents se enfocó en el municipalismo, y en él se integraría inicialmente la Lliga.
Sin embargo, ninguna de estas iniciativas logró consolidarse para unificar el espacio. La Lliga apoyaría a Centrem, aunque actualmente, después de la huida de Chacón, el proyecto quedará en suspenso. El PNC de Marta Pascal y los restos de Centrem parecen disolverse. En cambio, Junts per Catalunya mantuvo la etiqueta, heredando el grueso de las listas municipales del espacio convergente, aunque estas quedaron divididas entre partidarios de la etiqueta Junts per Catalunya y la del PDECAT en función de lógicas locales.
"La polarización generada por el procés y la radicalización social han diluido el poder del centroderecha nacionalista catalán"
El antiguo espacio convergente, que durante décadas simbolizó el catalanismo conservador, ha sido transformado por el independentismo en un espacio profundamente fragmentado y con un rostro diferenciado al de la antigua CiU. La polarización generada por el procés y la radicalización social han diluido el poder del centroderecha nacionalista catalán. Figuras moderadas como Marta Pascal, que constituyó el Partit Nacionalista de Catalunya (PNC) en 2020, y la exconsellera de Empresa entre 2018 y 2020 Àngels Chacón, que lideraría Centrem (y que abandonaría repentinamente en 2022), quedaron relegadas, mientras que los sectores más radicales, liderados por Puigdemont y Torra, mantuvieron el protagonismo. En 2023, el PDECAT liderado por David Bonvehí se disolvería en favor de una articulación nueva llamada Ara Pacte Local, recogiendo las alcaldías y regidurías vinculadas al extinto PDECAT y las candidaturas bajo el paraguas del partido Ara Catalunya, así como recibir el apoyo del PNC. Por último, la aparición de Aliança per Catalunya, adquiriendo la alcaldía de Ripoll en 2023 y dos diputados en el parlamento en 2024, amenaza al espacio de Junts, que mira con cautela sus movimientos, dificultando la vuelta al gen convergente.
El antiguo espacio de CiU trató de recomponerse en torno al eje independentista y no independentista. Foto: Albert Borràs / Cassini
Junts no es Convergència, pero sí su principal heredero
La transición del catalanismo pujolista al independentismo unilateral refleja los profundos cambios sociales y políticos que ha vivido Catalunya en las últimas dos décadas. El espacio convergente de CiU, antaño hegemónico, se ha fragmentado en una multiplicidad de formaciones que luchan por definir su identidad y relevancia en un escenario político cada vez más (multi) polarizado.
"La posible vuelta de Puigdemont, una vez aplicada la Ley de Amnistía, marcará definitivamente el camino de este espacio, que no parece hoy en día claro"
Así pues, Junts, a pesar de sus pugnas internas y las presiones externas para devolverlo a ese nostálgico espacio convergente, puede contribuir a no leer adecuadamente lo que realmente ha significado la crisis territorial catalana para este espacio. Puigdemont ha mantenido las mismas fuerzas políticas en la coalición Junts+ (Junts, Demòcrates, MES), integrando el apoyo de múltiples otros sectores (Estat Català, Alternativa Verda, Acció Republicana Lleida, etc.), perpetuando un modelo parecido al de 2021 con un marcado perfil independentista (Acord del Vernet). Los sectores menos rupturistas emigraron a otros espacios o consolidaron proyectos muy residuales que luchan por volver, como el caso de Convergents o Ara Catalunya.
Si algo queda claro es que el espacio convergente ya no es el mismo y que su reconstrucción, si es posible, requerirá superar la división, las heridas y la reescritura histórica y simbólica que ha generado el procés. No obstante, resta saber si esta muerte anunciada a bombo y platillo del procés por muchos analistas, provoca también los cambios tan deseados por determinados sectores económicos y políticos catalanes en la vuelta a la Convergència. La posible vuelta de Puigdemont, una vez aplicada la Ley de Amnistía, marcará definitivamente el camino de este espacio, que no parece hoy en día claro.
Junts ha conseguido aglutinar a gran parte del espacio, pero los sectores menos rupturistas han creado alternativas residuales. Foto: Albert Borràs / Cassini
La (no) muerte del procés, un enfoque geopolítico
Desde el método geopolítico, concretamente desde el enfoque de la geopolítica crítica, se parte del constructivismo, que subraya la importancia del lenguaje y los discursos en la construcción de las representaciones geopolíticas. Por lo tanto, estas representaciones se configuran en función de las correlaciones de fuerzas y poder entre los actores, que culminan en relatos hegemónicos (compuestos tanto por elementos objetivos como subjetivos), los cuales son mutables en el tiempo y acaban definiendo otras estrategias de poder territorial.
Bajo este prisma, el proceso independentista, o procés,
puede interpretarse como un aparato que aglutinó a diferentes actores políticos y civiles catalanes independentistas, quienes, bajo un mismo enfoque, unificaron su estrategia en la vía independentista, cuyo desarrollo culminó en su fase unilateral. Con la pérdida de la unidad estratégica del independentismo tras el fracaso de esta fase, la crisis de violencia en Catalunya entre 2017 y 2020; el aumento de la frustración social derivado de dicho fracaso y la respuesta del Estado (tanto judicial como política); así como el frenazo impuesto por la COVID-19 en 2020 y la presión de determinados actores mediáticos para dar por finalizado el procés (entre otros factores), esta representación geopolítica ha ido quedando en el olvido.
"Las estrategias de fondo y las fuerzas que intervinieron en el conflicto del procés parecen seguir sosteniendo el espacio de Junts"
Ahora bien, una cosa es que un concepto pierda, al menos por el momento, su capacidad de aglutinar, y otra muy distinta es que las dinámicas que lo impulsaron hayan desaparecido. Desde esta óptica, el procés no es más que un aparato o instrumento de poder que no determina, en sí mismo, las estrategias de fondo ni las fuerzas que intervienen en el conflicto, las cuales pueden seguir vigentes y, de hecho, parecen seguir sosteniendo el espacio de Junts. El procés como tal no significa nada más allá que una fase determinada de auge del movimiento independentista, culminando con la unilateralidad.
En definitiva, el 1 de octubre de 2017 creó un marco simbólico y una representación histórica de un hecho geopolítico que todavía marca el rumbo de formaciones como Junts.
La resaca del proceso unilateral condicionó los últimos resultados electorales, donde el independentismo ha perdido sus mayorías en favor del PSC. Sin embargo, a mi modo de ver, las interpretaciones han sido a menudo algo interesadas, con el objetivo de dar por terminado el llamado procés y superar una herida que ha fracturado tanto a los catalanes como al resto de los españoles.
La realidad es que la abstención ha sido el partido más beneficiado desde 2021, lo que responde más a un fenómeno de desafección (de allí el fenómeno de Aliança per Catalunya) que a una conversión masiva de independentistas en no independentistas.
La vuelta de Puigdemont y su impacto serán determinantes en la evolución de este "largo proceso", en palabras de Jordi Amat.
La evolución de este espacio continúa en gran medida ligado al destino de Carles Puigdemont. Foto: Albert Borràs / Cassini