Miércoles, 29 de julio de 2026
POLÍTICA EUROPEA

Cómo la ultraderecha está transformando la UE: integración, inmigración y transición ecológica

El ascenso de la ultraderecha y sus agendas reaccionarias, tanto en Estados Unidos como en Europa, está reconfigurando el panorama político de la Unión Europea. Según Cesáreo Rodríguez, catedrático de la Universitat de Barcelona, su impacto ya es evidente en tres frentes, aunque con resultados dispares: la federalización europea, el rechazo a la inmigración y la ralentización de la transición ecológica.

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Las dos principales familias políticas de la UE están representadas en el Consejo por Giorgia Meloni (ERC) y por Viktor Orbán (PfE). | Roberto Monaldo / Zuma Press / ContactoPhoto
Las dos principales familias políticas de la UE están representadas en el Consejo por Giorgia Meloni (ERC) y por Viktor Orbán (PfE). | Roberto Monaldo / Zuma Press / ContactoPhoto
El triunfal regreso de Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos de América tiene un enorme impacto internacional, ya que, de un lado, es expresión de la seria crisis que atraviesa la democracia liberal, y de otro, supone un espaldarazo a la actual ola reaccionaria generalizada. En la que (aún) sigue siendo la primera potencia mundial se está impulsando una clara involución iliberal que se basa en un líder autoritario —que ha moldeado a su gusto al histórico Partido Republicano— y en una nueva oligarquía tecnológica privilegiada y prácticamente incontrolable, tal como la han descrito Joseph Stiglitz o Yanis Varoufakis (este último en su libro Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo).

"En la que (aún) sigue siendo la primera potencia mundial se está impulsando una clara involución iliberal que se basa en un líder autoritario y en una nueva oligarquía tecnológica privilegiada y prácticamente incontrolable"
En la Unión Europea (UE) el ascenso a posiciones de poder de diversas formaciones de la derecha radical es un fenómeno generalizado en varios de sus Estados, reflejo del giro ultraconservador de una buena parte de la ciudadanía y de la ineficacia de la mayoría de los grupos progresistas para reducirlo. En el Parlamento Europeo se han configurado tres grupos ultras que suman cerca del 26% de los 720 escaños: Patriotas de Europa (ochenta y cuatro), Conservadores y Reformistas Europeos (setenta y ocho) y Europa de las Naciones Soberanas (veinticinco). El primer espacio (con líderes como Víktor Orbán, Marine Le Pen, Matteo Salvini o Santiago Abascal) ofrece un perfil muy reaccionario y el tercero (liderado por Alternativa para Alemania) es de tipo neofascista y esto es lo que explica la aparentemente sorprendente normalización del segundo bloque, liderado por una hábil y pragmática líder ultraconservadora que está consiguiendo aparecer como moderada y confiable, Giorgia Meloni, que preside el Gobierno italiano.

No solo el sector más derechista del Partido Popular Europeo (Manfred Weber) opta por pactar sin ambages con Conservadores y Reformistas Europeos, sino que la propia presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, también popular, ha asumido que cabría tomar en consideración algunas propuestas de Meloni. Por ejemplo, las externalizaciones de inmigrantes irregulares, pese al rotundo fracaso práctico de esta fórmula, toda vez que los jueces italianos dejaron en nada los traslados forzosos a Albania.

"El repliegue nacional (y nacionalista) de los Estados de la UE hace que el escenario de una federalización política hoy no sea realista"
La visión de la integración europea del partido de Meloni, Fratelli d’Italia, es claramente intergubernamental y apuesta por no pasar de una laxa confederación de Estados nacionales soberanos e identitarios, de ahí su rotundo rechazo a una eventual federalización política de la UE (Con Giorgia l’Italia cambia l’Europa. Europee 2024, 8-9 giugno. Programma). El segundo gran objetivo de esta dirigente es el de restringir al máximo la recepción de inmigrantes y expulsar a los irregulares, así como endurecer el derecho de asilo. El tercero es el de atenuar la transición energética (el Green Deal) para retrasar la descarbonización e intentar recuperar (en Italia) la energía nuclear. Pues bien, de un lado, Meloni aspira a ser vista como la mejor interlocutora de Trump en la UE. A la vez está negociando con Elon Musk un contrato de 1.500 millones de euros con Starlink (red de microsatélites de SpaceX) para disponer de comunicaciones seguras a través de esa vía, y de otro, su proyecto estratégico está centrado en esos tres ítems para introducirlos con más claridad en muchas políticas comunitarias. 

El repliegue nacional (y nacionalista) de los Estados de la UE hace que el escenario de una federalización política hoy no sea realista, porque ni la mayoría de las élites ni de las opiniones públicas lo desean. La UE sigue siendo en lo esencial una organización intergubernamental, con algunos rasgos supranacionales innegables, pero limitados, y esto no va a cambiar en lo inmediato. La mayor fuerza de las derechas radicales europeas —que son ultranacionalistas— ralentizará aún más los posibles pasos hacia una federalización política de la UE al actuar como poderoso lobby radicalmente contrario a ese proyecto. 

El temor a la competencia de los ultras ha hecho que, por ejemplo, políticos moderados de los dos principales Estados de la UE, Francia (Emmanuel Macron) y Alemania (Olaf Scholtz), hayan atenuado claramente sus propuestas de integración política supranacional, sin ignorar que se trata además de dos dirigentes en horas bajas. El retraso o incluso la congelación de la federalización política no contribuye precisamente a corregir el tradicional déficit democrático de la UE, que solo ha sido atenuado muy parcialmente. El freno a la federalización está teniendo una seria consecuencia involutiva: son cada vez más frecuentes los controles fronterizos temporales entre países de la UE y estas reiteradas suspensiones parciales devalúan uno de los grandes logros históricos de la UE que es el sistema Schengen. Además, no deja de ser una aberración que no cesen de construirse cada vez más vallas fronterizas de separación: en 2014  suponían unos 300 km y hoy suman más de 2.000 y no solo para proteger las fronteras exteriores, sino incluso para separar espacios territoriales de Estados comunitarios (lo han hecho Hungría, Eslovenia y Croacia, por ejemplo).

"La inmigración es un factor absolutamente manipulado que está contribuyendo a los éxitos electorales de la ultraderecha y tiene una capacidad de incidencia notable en las fuerzas moderadas que asumen, al menos en parte, el diagnóstico"
Naturalmente, todo esto tiene que ver con la actual obsesión de las derechas radicales con la inmigración. Un factor absolutamente manipulado que está contribuyendo a sus éxitos electorales y con una capacidad de incidencia notable en las fuerzas moderadas que asumen, al menos en parte, el diagnóstico e incluso las terapias de aquellas en este asunto y ello pese a sus manifiestas falsedades como ha puesto de relieve Hein de Haas (Los mitos de la inmigración. Veintidós falsos mantras sobre el tema que más nos divide, Península, Barcelona, 2024). El Pacto de Migración y Asilo de la UE de 2024, tras muchos años de negociaciones, es muy restrictivo al estar presidido por criterios de seguridad, limitación de derechos y garantías y no facilitadores de la recepción. El centrista Macron ha endurecido la nueva ley nacional de inmigración de 2024 —aunque el Conseil Constitutionnel ha anulado algunas de sus disposiciones— para simplificar los procedimientos de expulsión de extranjeros delincuentes, para exigir más requisitos para autorizar a residir en el país y permitir las reunificaciones familiares—. Con el mantra de que hay que gestionar "mejor" la inmigración, Scholtz —alarmado por el auge de los ultras (según los sondeos, serán la segunda fuerza en las elecciones del 23 de febrero de 2025)— ha declarado que habrá que controlar más adecuadamente los procedimientos de acogida.

La transición energética es irreversible, pero la derecha radical podría ralentizar su ritmo de adopción
El tercer ítem de influencia de las derechas radicales en el establishment comunitario es el del Green Deal, no hasta el punto de que pudiera revertirse porque es ya una opción estratégica consolidada en la UE, pero sí para retrasarlo. En general, los ultras consideran que el ecologismo se ha convertido en una especie de religión fundamentalista de una izquierda trasnochada y pugnan por mantener todo lo que se pueda las energías fósiles. Marine Le Pen apuesta por las mismas —además de por la nuclear— y por frenar las renovables, puesto que, a su juicio, la solar y la eólica deberían reducirse o incluso suprimirse (de hecho, propone cerrar parques eólicos). Meloni tiene un punto de vista más matizado, pues su apuesta es la de diversificar todas las fuentes energéticas (en la línea del histórico plan de Enrico Mattei de soberanía energética en los años cincuenta) sin descartar ninguna: ella desearía reintroducir la nuclear en Italia, pero es algo impracticable tras los claros referéndums de 1987 y 2011 y porque además necesitaría de muchos años y de muy alta inversión. Además del argumento ideológico (la descalificación del ecologismo como una especie de sucedáneo del viejo comunismo), los ultras utilizan el criterio de recuperar la agricultura y la ganadería tradicionales.  

No obstante, en este ámbito es muy difícil revertir a fondo la situación presente, no solo porque el compromiso comunitario de la descarbonización progresiva es firme, sino porque la UE tiene ya casi el 50% de sus recursos energéticos en las renovables, lo que ha creado un importante mercado y muchos negocios, de tal suerte que es irreversible. Cuestión diferente es la de los ritmos, porque la UE va con cierto retraso: el paquete Fit for 55 planeó reducir las emisiones en un 55% para el 2030, pero con la actual implementación es dudoso que pueda conseguirse. Todo ello por no dejar de mencionar que la UE sigue sin estar bien interconectada desde el punto de vista energético y es muy vulnerable a choques externos, con todo algo amortiguados desde la guerra de Ucrania. En cambio, la energía nuclear es un planteamiento distinto, porque aquí el panorama de los Estados miembro de la UE es muy diverso: en este asunto, Francia ha impuesto sus intereses y ha conseguido nada menos que las autoridades comunitarias consideren verde y limpia a la energía nuclear, algo muy llamativo porque está en las antípodas de los que los movimientos ecologistas sostienen. Francia tiene cincuenta y seis reactores nucleares que producen entre el 65% y el 70% de la electricidad del país, pero el insoluble problema de los residuos radiactivos hace inverosímil definir como verde la energía que generan. En cambio, en Alemania el peso de las nucleares es hoy insignificante (1.4%), si bien Scholz ha propuesto "flexibilizar" la agenda verde —un síntoma más de su cesión parcial a algunas tesis de las derechas radicales—. 

"La UE se va a ver forzada objetivamente a integrarse más en algunos ámbitos"
No obstante, pese al parón de la federalización política, las restrictivas políticas migratorias y la ralentización del Green Deal —y todo ello reforzado ahora por la presión ultra—, la UE se va a ver forzada objetivamente a integrarse más en algunos ámbitos. La propia Von der Leyen ha sugerido crear un auténtico mercado común de capitales para canalizar el ahorro europeo —que es más elevado que el de los EE. UU.—, favorecer mucho más la innovación tecnológica dado el importante retraso al respecto, dar paso a una central de compra conjunta comunitaria de materias primas esenciales y completar la unión energética. Probablemente, una vez más, esta estrategia funcionalista se acabará implementando, reflejo de los límites y de las posibilidades de una UE casi por definición, siempre en crisis, y es posible que paradójicamente Trump acabe favoreciendo —a su pesar— estos pasos. 
Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat
Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat
Catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona
Participación