El Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (MRR), la piedra angular del paquete europeo de recuperación tras la pandemia, asigna a España 79.000 millones de euros en subvenciones y 83.000 millones en créditos hasta finales de 2026. Sin embargo, su potencial para atender emergencias climáticas como las que afectan a los municipios al sur de València aún no ha sido plenamente explorado.
De hecho, hace solo unas semanas el pleno en Bruselas del Comité de las Regiones recibió por videoconferencia al president valenciano Carlos Mazón que, junto a otros presidentes autonómicos —como Illa o Moreno Bonilla—, abrió la sesión con una solemne petición de solidaridad europea.
Casualmente, solo unos minutos después se votó a la unanimidad la
propuesta de este Comité para el futuro del presupuesto europeo posterior all 2027, del que fui redactor técnico, y donde se pide un incremento significativo de los fondos disponibles para la reacción rápida ante crisis como la de València.
"Dado el cuestionamiento que se ha dado a raíz de esta crisis sobre la capacidad del autogobierno valenciano, habría que preguntarse qué es lo que puede hacer con los recursos que ya tiene asignados"
Pero eso será en 2027; el problema valenciano es ahora. Sobre el papel, reprogramar el MRR resulta una proposición atractiva, habida cuenta de que España no ha gastado más que el 56% de las subvenciones y prácticamente nada de los créditos (según datos oficiales de la Comisión Europea, que suelen estar retrasados respecto a la realidad).
Además del amplio margen de gasto disponible y del cada vez más corto plazo de ejecución, la ventaja del MRR, en comparación con los Fondos Estructurales tradicionales —de los que España ha sido uno de los principales receptores—, es que financia casi lo mismo, pero con muchísimas menos restricciones sobre los costes elegibles. Además, el dinero es adelantado y cubre las inversiones al 100%.
Ejecución de los Fondos Estructurales 2021-2027 Fuente: Comisión Europea
Ahora bien, dado el cuestionamiento que se ha dado a raíz de esta crisis sobre la capacidad del autogobierno valenciano —y por extensión el del resto de territorios—, para responder a desafíos inesperados y liderar la recuperación, también habría que preguntarse qué es lo que puede hacer València con los recursos que ya tiene asignados.
"Solo el Gobierno central ha destinado ya más de 15.000 millones a ayudas inmediatas como a inversiones a más largo plazo, en comparación, el Gobierno autonómico cifra sus ayudas en los cientos de millones"
Hay que señalar que solo en el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), que es el fondo estructural destinado a grandes obras, como pueden ser las infraestructuras, València tiene asignados para el periodo 2021-2027 unos 719 millones de euros. Poco en comparación con las inversiones necesarias. Solo el Gobierno central ha destinado ya más de 15.000 millones a ayudas inmediatas como a inversiones a más largo plazo, mientras que, en comparación, el Gobierno autonómico cifra sus ayudas en los
cientos de millones solamente.
Ahora bien, de esos 719 millones ya en manos valencianas para grandes inversiones de infraestructuras, medioambientales y de fomento de la competitividad, solo el 2% se han gastado ya.
Las razones de dicho retraso las hemos discutido ya en otras contribuciones a Agenda Pública: la combinación del cierre del periodo 2014-2020, en el que una vez más España estado en el podio de los rezagados en la ejecución de los fondos, el inesperado influjo y programación de los fondos Next Generation EU, del que el MRR es la parte principal, y la programación al mismo tiempo de los Fondos Estructurales tradicionales 2021-2027 hacen que este retraso en la ejecución del FEDER en València, como en el resto de España, sea poco sorprendente.
"La crisis de la DANA debería ser un acicate para replantearse las prioridades de gasto e inversión a medio plazo, suscitar nuevos consensos que en lo fundamental se mantengan, independientemente de quién gobierne"
Pero esto permite también hacer de la necesidad virtud. Los Fondos Estructurales (FEDER, Fondo Social Europeo, principalmente) son los mecanismos que pone la UE en manos de las autonomías para diseñar su propia política económica para un periodo de casi dos legislaturas. València no es —tristemente— el único territorio donde el Programa Operativo, que es la principal herramienta de diseño, gestión y evaluación de los fondos, no se acuerda en sede parlamentaria, buscando consensos más allá del ejecutivo del momento. En realidad, todos funcionan como fondo de reptiles del Gobierno de turno, bajo cuatro llaves, por la consejería de Hacienda respectiva. Muchas veces ni siquiera es la propia administración autonómica la que diseña estos programas —y recordemos que son su principal herramienta de política inversora— a medio plazo, sino consultoras normalmente afincadas en Madrid.
Es por eso que la crisis de la DANA debería ser un acicate para replantearse las prioridades de gasto e inversión a medio plazo, suscitar nuevos consensos que en lo fundamental se mantengan, independientemente de quién gobierne.
No podemos olvidar que, si bien la zona afectada es una parte muy pequeña de la provincia de València, estos fondos son para todo el territorio. No obstante, resulta notable que el Programa Operativo del FEDER valenciano, a pesar de las enormes diferencias geográficas entre y dentro de las tres provincias, apenas opte por un enfoque territorial integrado, que priorice ámbitos geográficos de inversión. Dicho de otra forma, y a muy
grosso modo,
los Programas de Fondos Estructurales, en vez de instrumentos de planificación de inversiones, son una bolsa de dinero en la que ya se irá decidiendo en qué se va gastando. València, que conste, no es un caso aislado.
En todo caso, la crisis de la DANA debería replantear esta cuestión y establecer un programa integral para este territorio afectado, como, por otra parte, otras zonas del territorio afectadas por crisis estructurales, como puede ser la despoblación del interior de la comunidad. Con esta priorización, por y desde el propio territorio, es posible luego establecer que se necesitaría, a mayores notablemente, de los recursos aún no gastados del MRR. Pero no al revés.
"Cabe preguntarse si el modelo territorial, urbanístico y económico valenciano, así como las inversiones en infraestructuras, se han adaptado a la resiliencia climática"
En cualquier caso, esta crisis no debería ser solo el leitmotiv para replantearse inversiones, sino también modelos. Cabe recordar que, en 2008, València fue el principal destinatario de un informe del Parlamento Europeo en el que se denunciaban abusos urbanísticos, especialmente relacionados con la Ley Reguladora de la Actividad Urbanística (LRAU) y la Ley Urbanística Valenciana (LUV): recalificaciones dudosas de terrenos rurales a urbanizables, que beneficiaban a promotores y urbanizadores a expensas de los propietarios y del medioambiente; abusos urbanísticos en diversas localidades de València; irregularidades en la asignación de contratos públicos; y violaciones continuadas de la legalidad medioambiental, además de la normativa sobre aguas.
Si bien mucho ha llovido desde los excesos previos a la Gran Recesión, cabe preguntarse si el modelo territorial, urbanístico y económico valenciano, así como las inversiones en infraestructuras, se han adaptado a la resiliencia climática (eficiencia energética, mitigación respecto de los incrementos de temperatura, infraestructuras hidráulicas). Por no hablar por un modelo de organización del territorio como en la zona afectada que, a pesar de ser un continuo urbano, tiene ayuntamientos que literalmente ocupan una manzana. Sin que eso signifiquen fusiones necesariamente, Europa no lo pide, sino una mejor cogobernanza.
Tampoco València está sola en la debilidad de los mecanismos de gestión de crisis, excesivamente dependientes de decisiones de cargos políticos, con insuficiente previsión e interoperabilidad entre las capacidades existentes, como ya vimos durante la gestión de la pandemia.
En definitiva, València se merece la solidaridad europea y española, pero diseñar su futuro depende de los propios valencianos.