Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

Michel Barnier, ¿la última apuesta de Macron para enderezar Francia?

Emmanuel Macron sorprendió al nombrar a Michel Barnier como primer ministro a principios de septiembre, a pesar de que su partido, Les Républicains, no cuenta con mayoría parlamentaria. Con una oposición dividida pero mayoritaria Barnier se enfrenta a un contexto de alta polarización. Según Miguel Ángel Ortiz, su principal reto será mantener la estabilidad del gobierno frente a una posible moción de censura y abordar temas clave como la inmigración y el déficit presupuestario.

Miguel Ángel Ortiz-Serrano Miguel Ángel Ortiz-Serrano 10 de octubre de 2024
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Michel Barnier a su llegada ayer a la Asamblea Nacional, cámara en la que su gobierno se encuentra en minoría. | Vincent Isore / Zuma Press / ContactoPhoto
Michel Barnier a su llegada ayer a la Asamblea Nacional, cámara en la que su gobierno se encuentra en minoría. | Vincent Isore / Zuma Press / ContactoPhoto
A principios de septiembre, Emmanuel Macron tomó una de las decisiones más controvertidas de su carrera al nombrar a Michel Barnier como primer ministro, cuyo partido había quedado lejos de obtener una mayoría parlamentaria.

Los resultados de Les Républicains, partido al que pertenece Barnier, palidecen frente a los de la ultraderecha de Rassemblement National (RN) o el Nouveau Front Populaire (NFP) de la unión de izquierdas, que ganó en votos y escaños, logrando revertir todas las predicciones.

Esto deja al nuevo gobierno en una situación muy débil frente a una asamblea dividida, en la que la oposición es mayoritaria y no dudará en bloquear cualquier medida que considere perjudicial o impopular. Además, enfrenta un riesgo permanente de sufrir una moción de censura, como la presentada por el NFP el 9 de octubre, lo que ha puesto en jaque la estabilidad gubernamental desde el primer minuto, dependiendo del rechazo de esta por parte de RN, que ha preferido no alinearse con la línea marcada por los grupos de izquierda.

Esta división, por otro lado, juega a favor de Barnier, pues lo hace emerger como una figura capaz de lidiar con la polarización existente en el arco parlamentario galo (a diferencia de Macron y su equipo más cercano), ahora que la formación de Marine Le Pen se inclina por no arrogarse el papel de principal partido de la oposición.

"No sería extraño que una futura moción hipotética prosperara en caso de que el gabinete del primer ministro adoptara medidas demasiado impopulares"
Sin embargo, considerando que los grupos que apoyan al gobierno (Ensemble y Les Républicains) cuentan con alrededor de un tercio de los diputados en la cámara, no sería extraño que una futura moción hipotética prosperara en caso de que el gabinete del primer ministro adoptara medidas demasiado impopulares. 

El primer reto para Barnier será, por tanto, hilar fino para ganar apoyos entre los sectores más moderados de la formación de Le Pen (si es que los hay), y los grupos de la coalición de izquierdas que se acerquen más al espectro del centro, como el Partido Socialista. No será fácil, pues, aunque es probable que RN pretenda impulsar un nuevo perfil como partido institucional y aglutinador de la derecha que les permita llegar en forma a 2027, su marca continúa siendo sinónimo de polarización. En otras palabras, o los amas o los odias.

Por otro lado, si Macron pretendía dividir al bloque de izquierdas mediante el nombramiento de Barnier y atraer al partido socialista apelando a un hipotético sentido de Estado, parece que no ha tenido éxito. De momento, tanto Barnier como su ministro del Interior, Retailleau, han lanzado guiños a la bancada de Le Pen asegurando que es necesario reforzar las medidas contra la inmigración irregular y acelerar las expulsiones de aquellos que han entrado de forma ilegal en el país.

El gobierno se ha propuesto abordar este asunto como una prioridad, especialmente después del trágico asesinato de la joven Philippine a manos de un inmigrante marroquí que esperaba ser deportado a su país natal. En cuanto a la llamada "crisis migratoria", es imposible ignorar la hipocresía de una clase política que, mientras aboga por medidas estrictas contra la inmigración irregular, a su vez defiende un sistema económico que depende de un elevado volumen de mano de obra en condiciones precarias y con salarios extremadamente bajos. Este mismo sistema es sostenido, precisamente, por la inmigración que tanto dicen criticar.

"Tanto Barnier como su ministro del Interior, Retailleau, han lanzado guiños a la bancada de Le Pen asegurando que es necesario reforzar las medidas contra la inmigración irregular y acelerar las expulsiones de aquellos que han entrado de forma ilegal en el país"
Sin embargo, a pesar de que puedan surgir nuevas medidas para controlar la migración irregular, como ya ha comenzado a ocurrir en Alemania por parte de un gobierno supuestamente progresista, es sabido que la cuestión de fondo no es esa, sino el enorme problema de integración que enfrenta la República Francesa desde hace décadas.

La estrategia integradora en el ámbito educativo y social de principios de los años 60 se ha topado con la dura realidad: no existe un país homogéneo, sino uno multicultural y diverso. Un país con un alto porcentaje de la población viviendo en grandes ciudades, que convive con un entorno rural altamente productivo y orgulloso, capaz de movilizarse masivamente si ve que sus intereses se ven perjudicados. Francia es también una nación que se presenta como tecnológicamente avanzada en algunas regiones, mientras que en otras está en franca decadencia económica debido a la desindustrialización. Además, existen sociedades paralelas en muchas de las grandes urbes, como el Centro frente a la
Banlieue, lo que equivaldría en el imaginario colectivo a una Francia blanca y burguesa en contraste con una Francia obrera y multiétnica, que se ha ido formando lentamente en la periferia de las ciudades en las últimas cuatro décadas.

Sea como fuere, la cuestión de cómo integrar a un país más polarizado de lo que parece a simple vista está sobre la mesa, y es un asunto que trasciende al gabinete de Barnier. Este se enfocará en garantizar la estabilidad durante el tiempo que resta de legislatura, y si para eso tiene que hacer algunas concesiones a la ultraderecha, asumiendo parte de su discurso, así será.

En un plano más inmediato, y ciertamente más urgente para el nuevo gabinete, se sitúa la cuestión económica, o, más específicamente, la presupuestaria. El acusado déficit estructural del 5.5% y una deuda que supera de largo el 100% del PIB son incompatibles con el nuevo marco de reglas fiscales y de gobernanza europeas, que abogan por un retorno a un déficit menor (o, al menos, igual) al 3% para el año 2027, y una considerable disminución del endeudamiento.

Barnier se encuentra ante complejos interrogantes: ¿Cómo reducir el gasto sin subir los impuestos ni reducir las transferencias sociales? ¿De qué manera aumentar los ingresos rápidamente para evitar una sanción de la Comisión? De momento, ha llevado a cabo gestos cosméticos para diferenciarse de sus antecesores, como la intención de subir los impuestos a las rentas más altas. De esta forma, tomaría cierta distancia con Macron y la imagen de liberal ortodoxo que conlleva asociada a sí mismo, aunque está por ver tanto la aplicabilidad de dicha medida, si es que al final se lleva a cabo.

Saldo público de las cuentas francesas en 2022 y 2023

Fuente: Cour des Comptes.
Nota: Hausse des recettes se refiere al incremento del ingreso, mientras que Hausse des dépenses al incremento del gasto, en el año de referencia. Los datos se muestran en miles de millones de euros, y los porcentajes en puntos sobre el PIB total. 

Cabe recordar que el anterior gabinete de Élisabeth Borne, que disponía de un apoyo parlamentario mucho mayor, sufrió una moción de censura cuando se atrevió a reformar el sistema de pensiones como una forma de disminuir el déficit a largo plazo. La sociedad francesa se tensó sobremanera en los días previos a la aprobación de la ley, cuya derogación ha sido demandada tanto por el Nouveau Front Populaire como por Rassemblement National, y que Barnier ha defendido que, si bien está abierto a negociar algunos cambios, no pretende derogarla por completo.

En el cumplimiento de los objetivos de déficit, el nuevo gobierno debe recurrir al ingenio y la imaginación para desarrollar un plan de estabilización del gasto que sea creíble para la Comisión. Cabe destacar que este plan debió haberse presentado ya en septiembre, por lo que van con retraso, y a priori no deberían llegar a diciembre sin haberlo desarrollado.

"Uno de los grandes problemas que enfrentará el nuevo gobierno será decidir en qué partidas ahorrar y qué escenario resulta lo suficientemente realista de cara a 2027"

Aunque el nuevo marco de reglas fiscales permite ciertos supuestos para justificar un déficit excesivo, como que este gasto esté dirigido a cumplir con los objetivos de descarbonización y transición energética establecidos por la Comisión, uno de los grandes problemas que enfrentará el nuevo gobierno será decidir en qué partidas ahorrar y qué escenario resulta lo suficientemente realista de cara a 2027. No lo tendrán fácil; la minoría parlamentaria será una barrera difícil de superar, y ningún partido de la oposición estará dispuesto a pactar unas reglas fiscales de carácter restrictivo, ya sea por motivos ideológicos o electorales. 


Cabe esperar, por tanto, un gobierno con poco margen de acción y una acusada debilidad parlamentaria, que debe confiar en la habilidad negociadora de sus miembros. Pero, si hay alguien capaz de alcanzar acuerdos imposibles, ese es Michel Barnier, el hombre que hizo realidad el Brexit y sobre el que Macron ha depositado gran parte de sus esperanzas de llevar la legislatura a término de la mejor manera posible.

¿Será capaz el veterano político de navegar en las aguas turbulentas del parlamentarismo francés y lograr concluir la legislatura, o nos encontramos ante un nuevo (o no tanto) marco de polarización en el que la Asamblea Nacional ejercerá de trituradora de primeros ministros, como en la III y IV Repúblicas? Quizás, lo que podría resultar del orden socioliberal en su largo ocaso es precisamente eso: una alternancia cada vez más frecuente y un estado de cabreo colectivo permanente. Pronto sabremos si Barnier será capaz de ejercer un liderazgo fuerte que mantenga a su gobierno estable o si se parecerá más a esos fugaces gabinetes de los siglos XIX y XX.
Miguel Ángel Ortiz-Serrano
Miguel Ángel Ortiz-Serrano
Profesor de Historia de la Empresa en CUNEF Universidad.
Es doctor en Historia Económica por la Universidad Carlos III de Madrid y fue profesor de Economía en la Universidad de Sussex (Reino Unido). Ha desarrollado el grueso de su actividad investigadora en Sciences Po Paris, donde se ha especializado en el estudio de los mercados financieros en Francia y Europa a finales del siglo XIX.
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