El martes 29 de octubre, a las 13:00, el president Carlos Mazón comparecía en el Palau de la Generalitat afirmando que no existía alerta hidrológica en la Comunitat Valenciana. Desde ese momento (cuyo video fue borrado del perfil de Mazón en X, pero reproducido luego en un notable efecto Streisand), las y los valencianos hemos asistido a una sucesión de (in)acciones de nuestro Gobierno que, en medio del doloroso estupor, merecen reflexión.
En el aspecto estrictamente comunicativo cabe señalar que, en todas las emergencias, la esfera pública se ve atravesada por múltiples planos discursivos (representantes políticos, expertos/as, medios, ciudadanía…) y no es posible, en un texto como este, abordarlos todos. Esbozo apenas una pincelada, comenzando por las ausencias.
No hubo comunicación de riesgo…
Desde que en 1986 Ulrich Beck acuñó el concepto de "sociedad del riesgo", la comunicación pública ha prestado atención a dos tipos fundamentales de discurso: la comunicación de riesgo y la comunicación de crisis, ambas con un cuerpo teórico y práctico tan desarrollado como ignorado estos días. No hace ni cuatro años de la pandemia, pero se diría que las administraciones no han asimilado nada, signo de unos tiempos en que solo a los teléfonos se les pide memoria.
"Los organismos de la Generalitat no hicieron caso, aunque sí hubo instituciones, como las dos universidades públicas valencianas, que desde la noche del 28 tomaron medidas para proteger a las personas"
Resulta obvio que si el martes a mediodía el president comunicaba ante los medios
que no existía amenaza ("se espera que a las 18:00 [el temporal] disminuya su intensidad"; "afortunadamente sin ningún daño material, sin alerta hidrológica"),
la comunicación de riesgo para València fue menos que cero. El riesgo, sin embargo, lo venía anunciando AEMET desde, como mínimo, el 25 de octubre, con
comunicados específicos el 27. Expertos como el director de AEMET-Comunitat Valenciana,
José Ángel Núñez, o la meteoróloga de
Apunt,
Victòria Rosselló, han subrayado, con diferentes grados de emoción e impotencia, que esos mensajes de aviso se emitieron pero no calaron. Los organismos de la Generalitat no hicieron caso, aunque sí hubo instituciones, como las dos universidades públicas valencianas, que desde la noche del 28 tomaron medidas para proteger a las personas.
Conviene subrayar que esos avisos sobre un riesgo real, existente, constituyen la información que el líder del Partido Popular señaló como fuente de información disponible para que la Generalitat gestionara la catástrofe. Su presencia en València el día 31 se resume
comunicativamente en el uso de la primera persona ("Yo no tengo ninguna información del Gobierno Central"; "he sido yo el que me he tenido que ir informando") y la exculpación de responsabilidades de la Generalitat, trasladándolas, como acostumbra, al Gobierno de Pedro Sánchez. Sin poder entrar aquí en un análisis detallado, baste decir que su discurso se caracteriza globalmente por la insensibilidad al contexto y la repetición titubeante de pseudoeslóganes,
apenas articulados argumentativamente.
… y nula comunicación de crisis
"Baste decir que el discurso de Feijóo se caracteriza globalmente por la insensibilidad al contexto y la repetición titubeante de pseudoeslóganes, apenas articulados argumentativamente"
Eludida la comunicación de riesgo, con la catástrofe ya desatada, procede desplegar una comunicación de crisis. Esta debe ser directiva (dar instrucciones), concreta (despejar incertidumbres), explicativa (detallar medidas claras) y transparente. Debe trasladar a la opinión pública qué se está haciendo en cada momento y en cada lugar, y por qué. Y debe tener como prioridad mantener la confianza de los ciudadanos. Pero la información ha sido escasa, asistemática; no ha aprovechado las oportunidades que ofrece el mundo digital ni ha transmitido control de la situación. La Generalitat no ha proporcionado información regular sobre sus decisiones, ni ha segmentado los datos sobre cada una de las localidades afectadas. Y cuando se ha cedido la voz a
otros miembros del Consell, se han evidenciado enormes, insultantes carencias.
Sabemos que ningún error político es "solo" un error de comunicación; una ausencia de planificación comunicativa refleja un descontrol previo en el plano de la gestión y las decisiones políticas. Y tanto la comunicación de riesgo como la de crisis exigen un saber y un saber hacer que solo pueden construirse con miradas políticas a largo plazo; nunca con las que descartan sistemáticamente la previsión y la prevención, etiquetándolas como "chiringuito", y desprecian
explícitamente el trabajo de los profesionales públicos.
Como referencia, apuntaré que la gestión negativa de la comunicación de crisis suele ejemplificarse con la comunicación gubernamental popular durante la catástrofe del Prestige y el 11M, así como la referida al accidente del metro de València; el esquema es bien conocido. Contrariamente,
la cuenta en X del ministro Óscar Puente ejemplifica estos días cómo debe ser la comunicación de crisis.
Los medios
La atención mediática a la tragedia resulta fundamental en su estricta dimensión informativa. Es necesario subrayar que la cobertura de la radiotelevisión autonómica Apunt ("sois un desperdicio de dinero", decía Vox a sus trabajadores) ha demostrado sobradamente su valor de servicio público. La noche del 29 todavía pilló a muchos medios nacionales con el pie cambiado; el 30 ya era el tema central de radios y televisiones, aunque no de las portadas de los diarios de referencia, entre los que solo
El País prestó atención a la DANA que destrozaba, ya saben, la periferia. Quizás un detalle positivo es que en las crónicas madrileñas hemos oído un poco menos, solo un poco, ese nombre absurdo que nos borra como "el levante".
"Los miles de personas que se han volcado en colaborar lo hacen sin preguntarse el color político de los pueblos en los que ayudan, frente a esos grupos ultras preocupados de que la ayuda no llegue a los inmigrantes"
Según era esperable, los pseudomedios (y algunos presuntos medios) han protagonizado los intentos de convertir la gestión de la DANA en nueva arma de crispación sociopolítica, pero estas posiciones están convirtiéndose en tan previsibles que casi ni llaman la atención, aunque sin duda siguen haciendo su tóxico camino persuasivo. No obstante, los miles de personas que se han volcado en colaborar lo hacen sin preguntarse el color político de los pueblos en los que ayudan, frente a esos grupos ultra preocupados de que la ayuda no llegue a los inmigrantes. Diferencias.
Lamentablemente, el recurso sistemático en los medios a la opinión tertuliana ha alimentado en ocasiones la incertidumbre; otras veces se han lanzado preguntas sobre la normativa de emergencias que desvelan una ignorancia, como mínimo, chocante en periodistas. La exigencia de cobertura constante explica, por otro lado, la repetición en bucle de imágenes dramáticas que, sin referencia temporal clara, se convierten en espectáculo morboso y desinforman.
Comunicación política
Por último, ante el dramatismo de la DANA, resulta inevitable que surja un plano de comunicación estrictamente político, referido sobre todo a la atribución de responsabilidades de gestión —autonómicas o del Gobierno central—, y a la inversión pública. No las reproduciré. Sin duda, este discurso va a prolongarse mucho tiempo, sobre todo si —como tantos esperamos—, se abre una investigación seria y con consecuencias. Emergió el primer día, en cuanto la población, desesperada y aterrada, empezó a cuestionar la falta de ayuda efectiva in situ. Desde el primer momento muchas voces públicas recordaron que
la primera medida del Gobierno PP-VOX en 2023 fue derogar la Unitat Valenciana d'Emergències que había creado el Gobierno de Ximo Puig,
sin que, coherentemente con esa medida, se asumiera ahora una gestión de la catástrofe con más protagonismo del Estado central. Además, el mismo Gobierno PP-VOX recortó los presupuestos para emergencia climática y transición ecológica, informaciones sin duda relevantes hoy. El nivel de comunicación política sobre competencias cobró fuerza con la visita de Sánchez, cuyo efecto más visible fue la inclusión del ministro Grande-Marlaska en el comité autonómico de crisis.
"El mismo Gobierno PP-VOX recortó los presupuestos para emergencia climática y transición ecológica, informaciones sin duda relevantes hoy"
No obstante, cabe preguntarse si estos discursos sobre qué nivel del Estado debería asumir el mando no encierran otra cosa. En un ejercicio de política ficción, preguntando a interlocutores cercanos cuál sería su opinión si estuviera en Moncloa el líder del Partido Popular o si, por el contrario, ocupara el Palau quien planificó la Unitat Valenciana d'Emergències, algunas respuestas son tajantes: el problema no se plantearía igual. No discutimos, pues, —o no solo—, qué institución es la responsable de gestionar la emergencia según la ley, sino qué personas, partidos e ideologías de esas instituciones deberían hacerlo. La ideología importa, y sabemos —la ciudadanía lo sabe—, que no todas actúan igual.
Este es solo un panorama general, y rápido, sobre la comunicación en la catástrofe que nos atenaza; habría mucho más que decir, por ejemplo, sobre los bulos, las mentiras y las fatales inercias comunicativas. Pero terminó con un detalle menor.
Por alguna razón que desconozco, desde los años 50 las borrascas y huracanes se bautizan, pero no así las DANA y riadas. Desde 1957, en la Comunitat Valenciana coleccionamos fechas. Hoy he pensado que 2024 llevará para nosotros el nombre del terror y la solidaridad. También he recordado el poema de Dámaso Alonso, "A un río le llamaban Carlos". Búsquenlo.