Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

¿Qué debe hacer Esquerra Republicana de Catalunya para sobrevivir?

Junts solo aspira hoy a bloquear la legislatura a fin de forzar nuevas elecciones en las que quizá un Puigdemont ya amnistiado y una eventual candidatura unitaria con ERC impidan que Illa vuelva a ser el primer candidato. ¿Aceptará ERC diluirse en una candidatura única liderada por su adversario? ¿Defenestrarán los afiliados de Esquerra a Junqueras al tiempo que elevan a Puigdemont a la presidencia de la Generalitat?

Juan Rodríguez Teruel Juan Rodríguez Teruel 25 de junio de 2024
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ERC celebra su mitin central en Pineda de Mar (Barcelona). | Kike Rincón / Europa Press / ContactoPhoto
ERC celebra su mitin central en Pineda de Mar (Barcelona). | Kike Rincón / Europa Press / ContactoPhoto
Un mes y medio después las elecciones del 12-M, esta semana los representantes del Parlament pondrán en marcha la cuenta atrás de dos meses para lograr una mayoría o, de lo contrario, repetir elecciones. Lo único que ha quedado claro este tiempo es que se confirma la sospecha que algunos barruntábamos: tras el procés, los caminos de la política española y catalana han quedado más unidos que nunca, quizá por mucho tiempo. Tremenda ironía.

Durante la campaña electoral, y hasta la misma noche electoral, dos grandes expectativas se daban por descontadas, según preferencias y medio de opinión. Para unos, si había mayoría de izquierdas y desaparecía la del independentismo, ERC y Comuns harían Presidente de la Generalitat inevitablemente a Salvador Illa. Para otros, esa presidencia de Illa era improbable, dados los posibles intercambios de apoyos cruzados que Junts podría negociar con Pedro Sánchez en Madrid y Barcelona. Dejamos de lado las especulaciones -por poco serias e interesadas- que introducen a Vox en mayorías alternativas.

Ninguna de las dos expectativas ha sido desmentida aún del todo por la realidad. Pero ambas replican automáticamente patrones de comportamiento de la política catalana del pasado, sin mencionar los matices que hoy se imponen. En el primer caso, es cierto que la mayoría de izquierdas es, de momento, la única suma políticamente estable y coherente con el gobierno de Sánchez. Pero deja de lado que no existe hoy una convicción compartida como la que posibilitó en 2003 la victoria de Maragall, ni los partidos tienen un programa común (a pesar de los presupuestos estatales y autonómicos que han aprobado juntos últimamente), ni coinciden en la voluntad de enmienda al pasado que entonces les unió. Si Illa acabara gobernando gracias a esa suma de izquierdas, sería más “a pesar” del precedente tripartito que “gracias” a él.

En la segunda expectativa, se pasa por alto el riesgo para la supervivencia de Sánchez y la estabilidad del PSOE que significaría dejar caer a Illa mientras este tenga razones obvias para reclamar la presidencia. Si las circunstancias no cambian -y ello requeriría de unas nuevas elecciones en Cataluña con otro tipo de candidaturas- el futuro de Sánchez y el de Illa irán unidos por un tiempo… y quizá más allá. No verlo quizá esconda compartir la caricaturesca idea de un Sánchez ávido de poder dispuesto a todo, incluso a segar la hierba bajo sus pies.

Esa es la razón por la que nunca tuvo ninguna credibilidad la pretensión de Carles Puigdemont de aspirar a la presidencia gracias a la abstención del PSC forzada desde Moncloa, a pesar de algunas conjeturas madrileñas. En una democracia parlamentaria la dirección del ejecutivo no recae necesariamente en el vencedor electoral. Pero el segundo nunca gobernó gracias a quien le derrotó en las urnas.

Por eso, Junts solo aspira hoy a bloquear la legislatura a fin de forzar nuevas elecciones en las que quizá un Puigdemont ya amnistiado y una eventual candidatura unitaria con ERC impidan que Illa vuelva a ser el primer candidato. Algo en lo que coinciden con el PP, para quien la presidencia de Illa daría oxígeno a Sánchez en la Moncloa. Pero ni Junts ni el PP tienen la llave del bloqueo.

"Todo pasa hoy por el dilema de ERC: ¿Illa o bloqueo?".


De ahí que todo pase hoy por el dilema de ERC: ¿Illa o bloqueo? Aunque ese dilema en realidad sea: ¿Illa -ahora o después de una nuevas elecciones- o difuminación de ERC en una candidatura única encabezada por Puigdemont o alguien de Junts?

Para muchos, es un dilema ya decantado, debido al improbable apoyo de ERC al PSC por diversos y serios motivos. Uno, la ruptura afectiva entre las bases de ambos partidos, producida tras una década larga en trincheras opuestas, incluido el 155 y la encarcelación de los líderes independentistas, en la que nunca recibieron la empatía suficiente de sus colegas socialistas.

Dos, el complejo de inferioridad del mundo de ERC ante la presión ambiental del independentismo (expresado en el mito de la unidad independentista que CiU/Junts siempre abanderó… a condición de liderar esa unidad, como teorizó Artur Mas en una relevante conferencia de noviembre de 2014, y vuelve ahora a defender en los medios catalanes). Es un complejo que intelectualmente se ha forjado en Cataluña con una tesis falsa, pero repetida por periodistas y académicos de ese entorno: que ERC siempre sale perjudicada de sus pactos con el PSC, como supuestamente ejemplificarían las elecciones autonómicas de 2010, donde ERC bordeó el precipicio perdiendo la mitad de sus votos y escaños. En realidad, los datos de encuesta demuestran que en aquellas elecciones el partido pagó el descrédito de su condición como partido gobernante y de sus divisiones internas… un panorama no muy distinto del momento actual de Esquerra.

Por último, y el más importante, su situación de interinidad actual, una vez que la derrota electoral de mayo hizo públicas definitivamente las divisiones internas que venían gestándose en los últimos años. No cabe duda de que, en un contexto de tanta fragilidad y de liderazgo provisional, es imposible para cualquier partido tomar decisiones estratégicas de calado. Está menos claro que esa fragilidad se gestione mejor con elecciones que con una investidura inoportuna.

Ante esa suma de factores, la mayoría de analistas y políticos apuestan por una repetición de elecciones. Tras unos años en los que se ha banalizado la repetición electoral como salida a los bloqueos de investiduras, a nadie le sorprendería que Cataluña deba volver a las urnas en octubre.

Pero no está claro que ese desenlace resulte inexorable, por algunas razones que se están teniendo poco en cuenta en los análisis de estas semanas.

En primer lugar, se abusa estos días de la idea de ERC como partido esencialmente inestable y condenado al cainismo suicida. Junto al PSOE y el PNV, ERC es uno de los pocos actores parlamentarios que sobreviven de la Segunda República. Y como aquellos, ha experimentado rupturas y cambios profundos. Todos los líderes electorales más importantes de la democracia que precedieron a Junqueras acabaron abandonando el partido (Barrera Hortalà, Colom, Carod-Rovira). Y el carácter asambleario en su toma de decisiones mantiene siempre un punto de incertidumbre ante dilemas importantes en contextos de división.

"ERC es hoy uno de los partidos más sólidos organizativamente de la política española".


Pero ERC es hoy uno de los partidos más sólidos organizativamente de la política española, y es el partido catalán que más se ha beneficiado políticamente del procés. Con más de 12 millones de euros de patrimonio (multiplicando por cuatro lo que poseía en 2010) y 7.5 millones de ingresos declarados en su último balance ante el Tribunal de Cuentas (aún provisional), es la segunda fuerza más grande en número de afiliados de Cataluña (tras el PSC) y el sexto de España, con unos 9.000 afiliados declarados, que producen en torno a 1 millón de euros de ingresos estables. Más importante, posee la representación local más homogénea de la política catalana, siendo el partido con mayor número de concejales después de las elecciones de 2023. Es una organización que depende menos de un liderazgo carismático como el de Oriol Junqueras, lo que paradójicamente refleja un alto grado de institucionalización organizativa. Dicho de otro modo: la supervivencia del partido no depende hoy de ninguno de sus líderes actuales. Y eso le debería dar margen para pensar a largo plazo en un momento complicado. En ese contexto, los pésimos resultados electorales obtenidos el 12 de mayo fueron, no obstante, uno de los mejores en la historia reciente del partido. 
 
 
 
Una situación que contrasta enormemente con su adversario, Junts, que obtenía en mayo el segundo peor resultado de unas autonómicas en el espacio de CiU (y el tercero peor de toda la serie histórica de elecciones en Cataluña desde 1977 en cualquier nivel). Este partido, que no es exactamente la continuación de CiU, pero sí el único heredero real de ese espacio, presenta un patrimonio inferior a los 3 millones de euros, con apenas 4 millones de ingresos, de los que solo una quinta parte proviene de su reducida base de afiliados. Cuenta oficialmente con unos 6.000 miembros, aunque las votaciones importantes de los últimos años sugieren que los militantes activos no alcanzan la mitad. Esa modestia organizativa se agrava con la fuerza de liderazgo carismático del creador del partido. Siguiendo a Isaiah Berlin podríamos decir que Junts tiene a Puigdemont, pero “solo” tiene a Puigdemont.
 


De no hacerse con el gobierno de Cataluña, es Junts el partido con mayor riesgo de desestabilización organizativa en estos momentos en Cataluña, especialmente si su líder cumpliera la promesa de abandonar la política tras un fracaso de la investidura. Está en juego la herencia del espacio electoral de CiU.

"¿Defenestrarán los afiliados de Esquerra a Junqueras al tiempo que elevan a Puigdemont a la presidencia de la Generalitat? Nunca fue ese el relato del procés".


¿Parece ese un escenario en el que ERC puede aceptar diluirse en una candidatura única liderada por su adversario? ¿Defenestrarán los afiliados de Esquerra a Junqueras al tiempo que elevan a Puigdemont a la presidencia de la Generalitat? Nunca fue ese el relato del procés.

En todo caso, los actuales líderes del partido independentista solo harían eso si dedujeran una lectura mucho más pesimista para su futuro de la sugerida por los datos anteriores.

A ello cabe añadir un segundo factor: los malos resultados electorales de ERC en este último ciclo esconden una mayor preferencia de su base electoral por los pactos con los socialistas que con los de Junts. La caída de Esquerra no ha ido en paralelo a un aumento similar de Junts. Y los datos internos de las diversas encuestas publicadas indicaban un mayor potencial de transferencia electoral hacia el PSC que hacia Junts. De hecho, el hecho electoral más decisivo para la victoria de Illa el pasado 12 de mayo fue la abstención permisiva de una parte importante del independentismo de izquierdas, que prefirió castigar a ERC sabiendo que con ello favorecía un posible gobierno socialista. A ERC no le ha castigado tanto su comportamiento pragmático realista de los últimos años, como sus dudas a la hora de consolidar esa orientación. Una parte significativa de sus nuevos votantes captados en los últimos años del procés han preferido ahora apoyar activa o pasivamente al gobierno de Sánchez y a la candidatura de Illa, para hacer realidad la pretensión manifestada por Esquerra de centrarse en las políticas públicas y en una gestión del conflicto catalán basada en el diálogo con la izquierda española gobernante. No le han abandonado por no haberse mantenido al lado de Junts, sino más bien para evitar que lo hiciera.

Por supuesto, se trata de una interpretación que concreta un poco más de lo que dicen estrictamente los datos de encuestas, pero que resulta mucho más acorde con estas que las argumentaciones de parte que suele manejar estos días el entorno del independentismo.

En concordancia con esos datos, la encuesta pre-electoral de Cluster 17 para Agenda Pública revelaba no solo que los votantes de ERC favorables a un gobierno de Illa eran más que los que preferían un gobierno encabezado por Puigdemont, sino que entre el resto lo primero era muy superior a lo segundo. No es difícil deducir de ello qué postura podría tener la base electoral sobre el dilema actual.

"Un acuerdo de financiación aportaría a Sánchez un triunfo mayor que la presidencia de Illa: la división del PP".


Y ahí entre el tercer factor a tener en cuenta: ¿qué margen hay para el acuerdo da la financiación? Sin duda, debe esperarse que lo haya, porque la legislatura de Sánchez depende de ello, vistos los pactos que firmó con Junts y ERC. Además, un acuerdo de financiación aportaría a Sánchez un triunfo mayor que la presidencia de Illa: la división del PP. Parecen demasiado apresurados quienes han interpretados las primeras reacciones de rechazo entre líderes autonómicos del PP, del PSOE y de sus propios socios parlamentarios como una señal de la imposibilidad de un acuerdo. Más bien, a la luz de la historia, parecen los posicionamientos ante lo que se avecina como una posible y esperada actualización de la financiación autonómica. La Comunidad Valenciana, Murcia o Andalucía necesitan tanto como Cataluña un acuerdo favorable en esta materia. De hecho, la región menos perjudicada por un no-acuerdo sería la Comunidad de Madrid, un incentivo más para los esfuerzos de Sánchez en lograrlo.

Con un acuerdo en financiación que aplanara la presidencia de Illa, no solo ERC se presentaría ante el electorado independentista como un partido más influyente que una Junts eventualmente descabezada, sino que le estrecharía a su adversario los márgenes de entendimiento con el PP en un futuro cercano. Todo lo que ERC no haga en este sentido… lo hará Junts, con el PSOE o el PP, en un futuro no muy lejano.

Ninguno de estos tres factores neutraliza necesariamente las razones esgrimidas para seguir esperando una repetición de las elecciones. Se añade además la escasez del tiempo necesario para que un pacto de estas características, y la falta de un liderazgo indiscutible en Esquerra para justificar ese acuerdo. En todo caso, dependerá de la valoración de los riesgos y oportunidades que haga la dirección provisional de Esquerra.

Tanto en Madrid como en Barcelona, la no-decisión y el dejarse llevar por sus consecuencias fueron, de hecho, la pauta que marcó el devenir de los acontecimientos en los momentos claves del desencuentro entre Cataluña y España. Los resultados siempre acabaron siendo perjudiciales para sus no-decisores. Será ERC quien nos demuestre en las próximas semanas si aprendió algo de todo eso. Y Sánchez podrá comprobar con ello, esta vez sí, el verdadero coste de alinear la legislatura catalana con la española mediante la reconducción de ese desencuentro.
Juan Rodríguez Teruel
Juan Rodríguez Teruel
Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Valencia
Participación