Por primera vez en la historia de la UE,
los partidos de ultraderecha pueden aspirar a hacerse con importantes cuotas de poder en la Comisión Europea, la institución más decisiva en el organigrama comunitario. Los ultras ya se habían abierto paso en el Parlamento Europeo, donde en la legislatura recién terminada sumaban entre varios grupos 127 escaños, solo por detrás de populares y socialistas. Pero en la Comisión, los representantes de países con gobiernos ultranacionalistas o euroescépticos, caso de Polonia o Hungría, habían sido hasta ahora aparcados en departamentos relativamente inocuos o irrelevantes.
En la próxima Comisión, sin embargo, dos socios fundadores como Italia y Países Bajos podrán reclamar carteras acordes con su gran peso político y económico dentro del club. Y la aspirante a presidir el ejecutivo comunitario hasta 2029, Ursula Von der Leyen, ya prodiga gestos de acercamiento hacia las capitales en manos de la extrema derecha, lo que anticipa un posible apoyo de esos gobiernos a la investidura de Von der Leyen a cambio de buenos puestos en la próxima Comisión. .
En su equipo actual, Von der Leyen colocó al comisario polaco al frente de Agricultura, pero ha pasado desapercibido incluso durante la reciente revuelta de la industria agrícola resuelta a base de concesiones por la propia presidenta. Al húngaro se le encargó Ampliación a sabiendas de que no había ninguna adhesión a la vista durante el periodo de la actual Comisión (2019-2024). Y cuando Ucrania llamó a la puerta pidiendo socorro en 2022, Von der Leyen en persona asumió el control de la candidatura de Kiev.
El reparto no ha impedido que esos comisarios hayan aprovechado varias veces el cargo para intentar imponer en Bruselas las tesis de sus gobiernos. En particular, el húngaro Olivér Várhelyi, el enviado de Viktor Orbán, en lo relativo al maltrato a la Autoridad Palestina y la reciente connivencia con las matanzas en Gaza del gobierno israelí de Benjamin Netanyahu. Pero
Von der Leyen ha logrado neutralizar en gran medida las posibles interferencias en la labor de la Comisión por parte de Polonia y, sobre todo, de Hungría, país que, por los lazos de Orbán con Vladimir Putin, es vigilado en Bruselas como un posible caballo de Troya del Kremlin.
Ese ninguneo hacia los comisarios enviados por gobiernos de extrema derecha o antieuropeos parece tocar a su fin. En la próxima Comisión, los comisarios hostiles a Bruselas ya no llegarán solo desde países de la periferia o recientemente ingresados sino de socios fundadores y contribuyentes netos al presupuesto comunitario, como son Italia y Países Bajos.
El cambio no ha pasado desapercibido en Bruselas y
Von der Leyen ha mimado en la recta final de esta legislatura sus relaciones con Roma y La Haya. La primera ministra italiana, Georgia Meloni, y el primer ministro holandés, Mark Rutte, se han convertido en los escolta de la alemana para firmar los polémicos pactos de freno a la migración con dictaduras como las de Egipto o Túnez.
Las atenciones de Von der Leyen no son inocentes.
Meloni ha logrado convertirse en la fuerza dominante de toda la derecha italiana, relegando a la extrema derecha de Matteo Salvini y arrinconando a un desaparecido partido popular en manos de Antonio Tajani. En
Holanda,
el partido de Rutte, liberal sobre el papel, no ha dudado en sumarse a una coalición dominada por el partido ultraderechista y eurófobo de Geert Wilders, que será el encargado de nominar al próximo comisario holandés.
Ni Italia no Holanda pueden conformarse sin rechistar a un una cartera de cartón piedra en la próxima Comisión. Y las maniobras para evitarlo no se dilatan, sobre todo, en Roma.
La primera ministra italiana, a diferencia de otros de sus correligionarios ultras, no ha centrado su campaña en atacar a Von der Leyen ni ha descartado votar a favor de la alemana si llega a la investidura.
Von der Leyen, por su parte,
ha dejado claro que no incluye al partido de Meloni entre las formaciones de extrema derecha que no merecen un hueco en la mesa europea, un gesto que anticipa que Italia puede aspirar a seguir ocupando un espacio de gran comensal en la próxima Comisión Europea. Poder y votos pueden cruzarse entre Bruselas y Roma, con el gobierno de La Haya, tecnócrata al frente, preparado para una transacción similar.
En las comisiones europeas de este siglo XXI, Italia ha ocupado puestos tan relevantes como la presidencia (Romano Prodi), mercado interior (Mario Monti), competencia (Monti), vicepresidencia de justicia (Franco Frattini) y Economía (Paolo Gentiloni). Roma también ha sufrido estos años algún tropiezo, como el rechazo de algún candidato a comisario, o la pérdida de la cartera de Justicia con la llegada a Bruselas de António Tajani. Pero por muy euroescéptica que sea Meloni, la primera ministra difícilmente puede permitirse una pérdida de influencia en Bruselas sin que le pasen factura entre el electorado italiano.
Holanda ha contado con comisarios tan potentes como Frits Bolkestein (que dio nombre a una polémica directiva de liberalización del sector servicios), Neelie Kroes (poderosa comisaria de Competencia) o Frans Timmermans, azote contra la deriva autoritaria de Polonia y Hungría, primero, e impulsor de un ambicioso Pacto verde, después.
El currículum de los dos países indica que
ni Italia ni Países Bajos van a conformarse con quedarse en la segunda fila de los comisarios, junto a parias como Hungría o Eslovaquia. Von der Leyen o quien ocupe la próxima presidencia tendrá que acostumbrarse a comisarios de peso inclinados a la extrema derecha.