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RAQUEL MARÍN

Dos Estados no es la solución, pero es la única que hay

Andrés Ortega

10 mins - 15 de Diciembre de 2023, 07:00

El conflicto entre Israel y Palestina es “una tragedia hegeliana entre dos causas legítimas”, como lo define el historiador y diplomático israelí Shlomo Ben Ami. La guerra de Gaza ha puesto en evidencia que hay que darle una solución. ¿La hay? Tras años de olvido, ha resucitado la idea y el problema de los dos Estados, uno Israel, otro Palestina, que Netanyahu intentó sepultar incluso dejando, para ello, que Hamás se reforzara, y sigue rechazando Los acuerdos de Oslo, hace ahora 30 años, a partir de los cuales se creó la Autoridad Nacional Palestina (ANP), se basaron en el principio de “paz por territorio” y sobre su base se fue desarrollando la tesis de los dos Estados. Lo que, quizás, solo quizás, era posible entonces, ahora se ha vuelto mucho más difícil, porque muchas cosas han cambiado, a comenzar por la sociedad israelí, sobre la que los efectos profundos del ataque de Hamás el 7 de octubre son aún inciertos. Hay otras posibilidades, racionales, ninguna realmente viable. Tampoco lo es el regreso a la situación previa al brutal ataque de Hamás el pasado 7 de octubre. La guerra va a determinar el futuro. Netanyahu pretende que sea en la dirección que él quiere pero no explica.

Los dos Estados, implicarían que el palestino incluyera Cisjordania y Gaza, pero se desconoce qué es lo que ahora Israel quiere hacer con Gaza, e incluso con Cisjordania, convertida por el gobierno israelí en frente secundario en esta guerra. Hay cosas que no han cambiado. Desde el aire, en helicóptero (o mírenlo en Google Earth), se puede observar lo pequeño que es todo. La distancia mínima entre Cisjordania y el mar, territorio israelí, es de tan solo unos 40 kilómetros. ¿Es defendible por parte de Israel? Solo si Cisjordania careciera de fuerzas armadas, es decir, si fuera un Estado demediado. Además, un Estado con dos territorios no contiguos -Cisjordania y Gaza-, sería difícil de mantener. Dependería absolutamente de Israel para su conexión. Y la cuestión de Jerusalén persiste. Si el Estado palestino no tuviera Jerusalén como capital (aunque fuera compartida con Israel), carecería de credibilidad. Ramallah, sede de la ANP, no es nada. Pero si Jerusalén es la capital, entonces se convertirá en la segunda ciudad más importante en términos simbólicos para el islam, después de la Meca. Lo que apunta a que para una solución al problema israelí-palestino habrá que resolver cuestiones muy enrevesadas. Jerusalén fue anexionada por Israel en 1948 y allí instaló su capital. En 1980 una ley israelí la declaró oficialmente como capital “completa y unida”, algo no reconocido por la comunidad internacional. La Administración Trump sí dio el paso de reconocerla como capital de Israel. Biden no ha movido su embajada de allí. La mayoría de las embajadas extranjeras permanece en Tel Aviv. 

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Varios elementos cruciales, que han cambiado en estas tres décadas, abonan la inviabilidad de la solución de dos Estados. El primero es que la sociedad israelí se ha transformado en profundidad, se ha radicalizado, y se ha alejado de las ideas de los fundadores. Israel contaba con unos tres millones de habitantes entonces, en 1948, frente a 9,3 millones en la actualidad. Se estima que unos tres millones de judíos han llegado desde 1990 a Israel procedentes de la ex Unión Soviética, de ellos, un millón de rusos cuya lengua es la cuarta, tras el hebreo, el yiddish y el árabe, pues dos millones de ciudadanos con nacionalidad israelí son palestinos. Actualmente, alrededor del 45% de los judíos israelíes se identifican como sefardíes (descendientes de los judíos expulsados de España en 1492) y el 44% como asquenazíes (descendientes de los que se establecieron en Europa central y oriental durante la Edad Media). Estos cambios, sobre todo con la inmigración procedente de la ex Unión Soviética, han supuesto una transformación en las prioridades y valores, y explica en parte los 14 años al frente del Gobierno de Benjamín Netanyahu, últimamente con el gabinete más a la derecha de su historia, ahora reforzado por la entada de opositores tras el ataque del 7 de octubre. Netanyahu no solo rechaza los dos Estados y ha hecho todo lo posible para evitarlos, sino que ha favorecido como nunca antes la instalación de colonos judíos en los Territorios Ocupados. A señalar que los más ultraortodoxos, que crecen demográficamente, no suelen ser sionistas, es decir, no suelen ser partidarios de la constitución del Estado de Israel. 

La política ha quedado alterada en estos años. El llamado “partido de la paz”, en el que tenía mucho relieve el laborismo venido a menos, ha desaparecido, aunque podría rehacerse tras esta guerra que ha puesto de relieve que la seguridad de Israel depende de una Palestina segura, próspera, libre y democrática. Respecto a esto hay un conflicto generacional. Los jóvenes están mucho más a favor de una paz que los mayores.

En Cisjordania viven 3,25 millones de palestinos y en la pequeña Franja de Gaza, más de un tercio menores de 14 años. Es decir, que no puede haber solución digna de ese nombre sin Gaza. Pero Netanyahu ha señalado su voluntad de no volver a soltar Gaza, aunque no ha explicitado con qué fórmula tras esta guerra. Problema adicional es que la ANP, tiene un presidente, Mahmud Abás, actualmente de 88 años de edad. Fue elegido en 2005, y su partido Fatah poco después en Cisjordania mientras Hamás se hacía con el poder en Gaza. No se han celebrado elecciones desde entonces. La ANP está desacreditada entre los palestinos por corrupción y sometimiento a Israel. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que es más amplia que Fatah, puede renacer como elemento decisivo para una paz, siempre que se renueve en profundidad.

Con el ataque sorpresa -¿o no tanto?-, Hamás, sobre todo su rama militar, ha recobrado una gran popularidad entre los palestinos y ha vuelto a poner la suerte de Palestina en el foco de atención mundial tras años de olvido. Algunos piensan que Hamás, al menos su rama política, de una forma u otra tendrá algo que decir sobre el futuro, aunque vaya a ser destruida al menos en la Franja. La rama militar, las Brigadas Ezzedin al-Qassam, debía prever la reacción israelí, aunque parece que no informó a la rama política de la inminente ofensiva. Uno de sus objetivos fundacionales sigue siendo la “liquidación de Israel” y depende de Irán, como los rebeldes hutíes que desde Yemen han alcanzado Israel con sus misiles. Y la Unión Europea, EE UU y otros países la consideran organización terrorista. 

Otro elemento “imposible” es el de la suerte, el regreso, de los refugiados palestinos, 5,9 millones según la Agencia de Refugiados de la ONU (UNRWA) que los define como aquellos de residencia habitual en la Palestina histórica entre 1946 y 1949 que tuvieron que abandonar sus hogares y sus descendientes. Hay 2,2 millones en Jordania (20% de la población en ese país, la mayoría sin la nacionalidad local), En el Líbano, medio millón, o un 10% de los habitantes del país. Y en Siria.



Israel se ha ido separando económicamente de los Territorios Ocupados, que sobreviven en buena medida gracias a algunas exportaciones agrícolas, y sobre todo, la ayuda internacional. La ocupación ha asfixiado su desarrollo industrial. En los últimos años, además del muro de separación que Israel ha construido, en principio para evitar ataques terroristas, también los israelíes han buscado mano de obra de otros países, como los asiáticos.

Y claro, está la cuestión de los asentamientos judíos. En 2000, cuando los llamados “parámetros de Clinton”, y la solución en dos Estados parecía más posible, Israel ofreció a Arafat, entonces al frente de la ANP, más del 90% de Cisjordania y la Franja de Gaza, si 69 asentamientos judíos (que representaban 85 % de los asentamientos judíos en Cisjordania) eran cedidos a Israel. Hoy hay 700.000 colonos judíos en unos 300 asentamientos ilegales e ilegales en Cisjordania y Jerusalén Este convirtiendo Cisjordania en un sistema de apartheid, plagado de bantustanes, lo que dificulta la creación de un Estado palestino digno de ese nombre. Habría que desmantelar gran parte de estas colonias. 

De nuevo, la solución, si la hay, no podrá ser simplemente bilateral, sino regional.  Como recordaba The Economist la región también ha cambiado. Algunas milicias, desde Hezbolá en Líbano hasta los rebeldes hutíes en Yemen son ahora más poderosas que los Estados que consideran su hogar. No bastaría con que los gobiernos árabes, que también había dejado caer en el olvido la suerte de los palestinos, pusieran fin a sus conflictos con Israel: los actores no estatales, tendrían que aceptar hacerlo también; es decir, al cabo, Irán. Ha habido un atisbo de acercamiento entre Irán y Arabia Saudí, los dos grandes enemigos geopolíticos y religiosos (chiismo contra sunismo). La solución al conflicto árabe-israelí requerirá, pues, una solución regional. Muy diferente a lo que planteaban Netanhyahu, el rey Mohamed de Marruecos y Trump con sus Acuerdos Abraham. Para firmarlos, reconociendo a Israel, solo Arabia Saudí realmente exigía para dar ese paso una solución a la cuestión palestina

La solución de dos Estados no existe. Mejor dicho, ya no existe. ¿Hay alternativas? Una sería la de un solo Estado con judíos y palestinos, pero estos desbordarían demográficamente a los primeros, e Israel ya se ha declarado “Estado judío”. Podría derivar en una limpieza étnica o en un régimen segregacionista. Claro, una no solución, que plantean algunos extremistas en Israel, sería anexionar Cisjordania (y Gaza) y expulsar a la población palestina. Limpieza étnica, también. Otra la unión de Cisjordania (¿y Gaza) con Jordania, pero los jordanos lo rechazan. Michael Walzer propugna una confederación de Israel, Palestina y Jordania, que cooperen en asuntos ecológicos y de seguridad y de otros temas. Interesante, pero presupondría que se han conseguido los dos Estados.

Con lo que la única solución sería la de los dos Estados. Habría que reconstruirla, no sólo en términos geográficos, demográficos y políticos, sino también económicos y, sobre todo, humanos. No sería posible con los actuales actores políticos, es decir, con Netanyahu y con Abbás, aunque el primero intentará aguantar a ver si gana Trump en EE UU y le apoya. Si es posible reconstruirla resultará doloroso pasar de una tragedia (en el que la suerte está definida) a un drama (en el que los protagonistas pueden cambiar el final). En todo caso, no seguir intentándolo tendrá un alto precio para todos. Como estamos viendo.

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