Hay elecciones que se ganan contando votos y otras que se ganan interpretando el momento. Las
elecciones de medio mandato estadounidenses de noviembre serán, naturalmente, las primeras. Pero también pueden convertirse en las segundas. La pregunta relevante para
Europa no será solamente si los
demócratas recuperan alguna de las cámaras del Congreso,
cuánto terreno pierde Donald Trump o qué candidatos sobreviven en los estados decisivos. Será otra: qué tipo de Partido Demócrata emerge de las
midterms y qué nos dice eso sobre el
futuro de la izquierda occidental.
La victoria de
Abdul El-Sayed en las
primarias demócratas al Senado en Míchigan ofrece una pista. Médico, joven y defensor de la sanidad universal, El-Sayed derrotó a
Haley Stevens, representante del ala más moderada del partido, en un estado que Trump ganó en 2024. Su victoria no es únicamente la de un
candidato progresista, es la expresión de una disputa más profunda sobre
qué debe ser el Partido Demócrata y a quién debe representar.
El fenómeno no empieza en Míchigan.
Zohran Mamdani ha convertido Nueva York en otro
laboratorio de esa nueva izquierda demócrata. Y las últimas primarias están mostrando que no se trata de un episodio aislado: candidatos progresistas han conseguido victorias en distintos estados, apoyados por una
infraestructura mediática y organizativa propia que les permite construir una
relación directa con los votantes y sortear algunos de los filtros tradicionales del
establishment demócrata.
"Washington está discutiendo cómo proteger al ciudadano, mientras Europa está discutiendo cómo proteger al continente"
Lo interesante es qué ha ocurrido al otro lado del Atlántico. Mientras una parte del Partido Demócrata estadounidense vuelve a hablar de
sanidad, vivienda, coste de vida y desigualdad, Europa ha emprendido un camino diferente. La
defensa se ha convertido en una de las grandes prioridades políticas y presupuestarias del continente. Los Estados miembros gastaron
418.000 millones de euros en defensa en 2025 y se espera que lleguen a
454.000 millones en 2026, un
75,3 % más que en 2021. El gasto alcanzaría así el
2,4 % del PIB. La diferencia no es menor: Washington está discutiendo cómo proteger al ciudadano, mientras Europa está discutiendo cómo proteger al continente.
Y no son necesariamente dos caras de una misma moneda. Durante décadas, las familias políticas occidentales compartieron un supuesto: la
globalización reduciría la relevancia del Estado nacional,
Estados Unidos garantizaría buena parte de la
seguridad internacional y
Europa podría concentrarse en su
modelo social y económico. Ese mundo ya no existe y la ruptura está produciendo respuestas diferentes. La
nueva izquierda estadounidense parece querer recuperar al Estado como
proveedor de seguridad económica. Su pregunta es cuánto cuesta vivir, cuánto cuesta enfermar y qué bienes básicos deben quedar fuera de las reglas del mercado.
El
centroderecha europeo está recuperando al
Estado como garante de la seguridad exterior. Su pregunta es cuánto cuesta defenderse, cuánto hay que invertir en ejércitos y cuánto tiempo puede Europa seguir dependiendo de Washington. Incluso la
derecha radical ha encontrado en esta nueva centralidad de la seguridad un terreno fértil: defensa, fronteras, inmigración, soberanía y orden pueden integrarse en una misma narrativa. El resultado es una divergencia que merece atención: la izquierda estadounidense está redescubriendo el
Estado social y la derecha europea está redescubriendo el
Estado estratégico.
El espejo de Alesina
Hay una manera de entender mejor esta divergencia mirando veinte años atrás. En 2006,
Alberto Alesina y
Francesco Giavazzi publicaron
The Future of Europe: Reform or Decline. El diagnóstico era contundente:
Europa podía conservar un
elevado nivel de vida y, al mismo tiempo,
perder progresivamente peso económico y político. Sus economías estaban, a juicio de los autores, excesivamente reguladas y protegidas, y el
Estado del bienestar, tal como estaba diseñado, podía convertirse en un
obstáculo para el crecimiento si no era reformado. Europa, advertían, necesitaba aprender algunas lecciones del modelo estadounidense.
La tesis de Alesina y Giavazzi pertenecía a una época concreta. Era la
Europa de la globalización, de la
ampliación, del
euro todavía joven y del
predominio estadounidense. El problema europeo se formulaba fundamentalmente en términos de productividad, competitividad, innovación y crecimiento. La gran pregunta era cómo evitar que Europa se quedara atrás respecto a Estados Unidos. Veinte años después, el problema se parece y, al mismo tiempo, es completamente distinto. Europa sigue preocupada por su
pérdida relativa de peso económico, por su
productividad y por su
capacidad de innovación, pero ha descubierto otra forma de irrelevancia: la
irrelevancia estratégica. Puede ser suficientemente rica para financiar un Estado del bienestar, tener un
mercado único de 450 millones de personas y ser una
potencia comercial mundial y, sin embargo, descubrir que no dispone de
suficiente capacidad militar para defender sus intereses sin recurrir a Estados Unidos.
Alesina y Giavazzi temían que Europa se convirtiera en una potencia económica estancada y políticamente irrelevante. La Europa de 2026 teme que pueda convertirse en una potencia económica con
poco poder para decidir sobre su propia seguridad. Durante años, Europa miró hacia Estados Unidos y escuchó una recomendación bastante clara:
más mercado, más flexibilidad, más competencia, menos regulación.
"Ahora el movimiento parece haberse invertido. Una parte creciente del Partido Demócrata estadounidense mira hacia Europa y reivindica aquello que durante décadas fue presentado desde Washington como una de las diferencias estructurales del modelo europeo: la protección social"
Ahora el movimiento parece haberse invertido. Una parte creciente del Partido Demócrata estadounidense mira hacia Europa y reivindica aquello que durante décadas fue presentado desde Washington como una de las diferencias estructurales del modelo europeo: la protección social. Y con ella, la sanidad universal, los servicios públicos, la vivienda y el transporte. Al mismo tiempo, Europa mira a Estados Unidos y descubre que necesita algo que durante décadas había dado por supuesto:
capacidad de defensa. Es difícil encontrar una imagen más clara de cuánto ha cambiado el mundo occidental desde 2006. El estadounidense progresista puede estar reclamando una Europa que Alesina consideraba excesivamente protegida. El europeo de centroderecha puede estar reclamando una América que durante décadas exigió a Europa que se protegiera a sí misma. Y las dos cosas ocurren al mismo tiempo. Esto obliga también a
reconsiderar el significado político del Estado.
Para Alesina, el problema europeo era, en buena medida, que
el Estado protegía demasiado y producía demasiado poco crecimiento. El reto consistía en reformarlo para que la economía pudiera generar más riqueza. Hoy el problema es diferente:
¿puede el Estado europeo proteger más sin dejar de crecer? Porque Europa necesita simultáneamente más inversión en defensa, más inversión tecnológica, más industria, más energía, más infraestructuras y, probablemente, más capacidad fiscal. Pero también quiere conservar un
modelo social que sigue siendo una de sus
principales fuentes de legitimidad política.
La cuestión ya no es simplemente cuánto Estado queremos. Es
para qué queremos el Estado. Y surge el debate para la centroizquierda europea En España, el presidente
Pedro Sánchez puede terminar situado en una posición peculiar dentro de esta discusión. No porque rechace el giro europeo hacia la defensa.
España está aumentando su gasto militar y ha aceptado el marco europeo que permite una mayor flexibilidad fiscal para financiar ese esfuerzo. La propia UE estima que las inversiones en defensa de los Estados miembros podrían alcanzar casi
163.000 millones de euros en 2026, un
158,7 % más que en 2021.
Pero Sánchez ha intentado resistirse a que la nueva era geopolítica se traduzca automáticamente en una
política de rearme sin límites. Su posición ha sido que España debe reforzar sus capacidades militares
sin asumir necesariamente las mismas prioridades y magnitudes que otros aliados. Esa diferencia le ha situado en una
posición incómoda dentro del debate europeo, pero también potencialmente singular. Su argumento no es que Europa no necesite defensa. Es que la seguridad europea no puede construirse contra el Estado social europeo. Y eso puede convertirse en una posición mucho más relevante después de las
midterms. Si los
demócratas obtienen un
resultado sólido en noviembre y los candidatos más progresistas consiguen demostrar que una agenda de sanidad, coste de vida y redistribución puede movilizar a votantes más allá de las grandes ciudades, el debate europeo tendrá que prestar atención. No porque Europa vaya a copiar a Mamdani o a El-Sayed, sino porque aparecerá una pregunta incómoda:
¿puede la izquierda dejar la cuestión de la seguridad en manos de la derecha?
"Una sociedad puede ser vulnerable porque carece de armas, pero también porque depende de una cadena de suministro extranjera, de energía importada, de tecnología de terceros países, de una infraestructura digital frágil o de un sistema sanitario incapaz de responder a una crisis"
Durante décadas, la derecha ha disfrutado de una ventaja conceptual en materias como defensa, ejército, fronteras y orden. La izquierda ha tendido a poseer una ventaja equivalente en sanidad, educación, empleo y protección social. Pero el mundo posterior a la
guerra de Ucrania, la
pandemia, la
crisis energética y el
regreso de Trump está mezclando las categorías. La seguridad ya no es solamente militar. Una sociedad puede ser vulnerable porque carece de armas, pero también porque depende de una cadena de suministro extranjera, de energía importada, de tecnología de terceros países, de una infraestructura digital frágil o de un sistema sanitario incapaz de responder a una crisis.
Y aquí Sánchez podría intentar construir una posición singular: una
política progresista de la protección. Proteger al
ciudadano frente a la enfermedad, protegerlo frente a la
inflación, protegerlo frente al
precio de la vivienda, proteger el
empleo mediante política industrial. Y proteger al país y a Europa frente a
amenazas militares y estratégicas. No es una síntesis sencilla. Tiene un problema evidente: el dinero. Defensa, vivienda, pensiones, sanidad, transición energética e inversión pública compiten, en última instancia, por
recursos fiscales. La política de protección solo puede ser creíble si explica quién paga la factura. Pero precisamente ahí puede encontrarse la próxima batalla ideológica europea. La cuestión ya no será simplemente más Estado o menos Estado. Será
qué debe proteger el Estado y de qué debe protegernos.
La
derecha europea puede responder: de
Rusia, de la
inmigración irregular, de las
amenazas exteriores, de la
pérdida de soberanía. La
nueva izquierda estadounidense parece responder: de la
enfermedad, del
coste de la vida, de la
vivienda inaccesible, de la
desigualdad. Sánchez puede intentar responder: de ambas cosas. Ese es el espacio que las
midterms podrían dejar abierto.
¿Una tercera vía para la socialdemocracia?
Si los demócratas obtienen un buen resultado en noviembre, la conclusión no será necesariamente que Estados Unidos se haya hecho de izquierdas. Será más interesante: la
respuesta al trumpismo no necesariamente pasa por volver al centro. Puede pasar por ofrecer
más protección material. Las primeras señales ya apuntan en esa dirección. Una encuesta de Reuters/Ipsos publicada esta semana encontró que el
60 % de los votantes independientes apoya que el Gobierno proporcione cobertura sanitaria a todos los estadounidenses y que el
64 % respalda mayores impuestos a las grandes empresas y a los multimillonarios. Entre los demócratas, el desplazamiento hacia posiciones liberales es aún más acusado. No obstante, la prueba decisiva será electoral.
El-Sayed tendrá que convertir la energía de una primaria progresista en una
coalición capaz de ganar en un estado competitivo. Esa diferencia —entre ganar una primaria y construir una mayoría— es fundamental. Su victoria en Míchigan se produjo con un apoyo particularmente fuerte entre
votantes blancos con educación universitaria, mientras Stevens tuvo mejores resultados entre votantes negros y sectores de clase trabajadora. Ahí se encuentra el dilema histórico del Partido Demócrata. Desde Clinton, el partido ha ido construyendo una coalición cada vez más urbana, diversa y educada. Obama pareció confirmar la posibilidad de una
nueva mayoría demográfica. Trump demostró, sin embargo, que esa transformación tenía un coste:
una parte de la antigua base obrera podía sentirse desplazada.
Sanders planteó una primera respuesta:
recuperar la economía de clase. Mamdani ha añadido a esa fórmula una política de servicios públicos y coste de vida. El-Sayed intenta llevarla a un estado donde la elección no se decide en Manhattan, sino en una combinación mucho más complicada de
suburbios, ciudades industriales, votantes negros, población árabe-estadounidense, trabajadores y titulados universitarios. Si funciona, el efecto sobre el Partido Demócrata puede ser mucho mayor que el de una simple victoria electoral. Porque demostraría que la izquierda puede recuperar una agenda material sin renunciar a la nueva coalición social que ha transformado al partido.
"Mientras Washington debate si el futuro de la izquierda pasa por la sanidad universal, Bruselas está intentando convencer a los ciudadanos de que el futuro de Europa pasa por gastar mucho más en defensa"
Para Europa, esa distinción será crucial. Porque mientras Washington debate si el futuro de la izquierda pasa por la sanidad universal, Bruselas está intentando convencer a los ciudadanos de que el futuro de Europa pasa por gastar mucho más en defensa. Sánchez podría encontrarse, entonces, en un lugar extraño pero potencialmente poderoso. No entre América y Europa, entre
dos definiciones de seguridad. La de quienes creen que el
Estado debe protegernos fundamentalmente de un
mundo peligroso y la de quienes creen que debe protegernos de
una vida cada vez más insegura. La política europea de los próximos años tendrá que decidir si esas dos cosas son incompatibles. Y Sánchez tendrá que decidir si quiere limitarse a gestionar esa contradicción o convertirla en una
nueva definición de la socialdemocracia.
Ahí vuelve a aparecer, de manera inesperada, la pregunta de Alesina. En 2006, Alesina preguntaba cómo podía Europa evitar convertirse en una potencia económica irrelevante. En 2026, Europa se pregunta
cómo evitar convertirse en una potencia económica estratégicamente irrelevante. La respuesta ya no puede ser exactamente la misma. Europa necesita crecimiento,
competitividad y productividad. Pero también necesita capacidad para defenderse,
producir tecnología, asegurar energía,
proteger infraestructuras y
sostener su modelo social. Eso exige algo que el debate político europeo todavía no ha terminado de asumir:
capacidad estatal. No necesariamente un Estado más grande, pero sí
un Estado más capaz. Capaz de fabricar armas y construir viviendas, de financiar innovación y garantizar sanidad, de proteger las fronteras y sostener las pensiones. Capaz de
competir económicamente y de actuar estratégicamente.
Esa puede ser la gran discusión que emerja después de las
midterms, porque podrían mostrar si la nueva izquierda ha encontrado una manera electoralmente viable de responder a la
inseguridad económica. Europa, simultáneamente, estará ensayando su propia
respuesta a la inseguridad geopolítica.
Sánchez puede quedar situado entre ambos experimentos. O, si sabe leer el momento, puede intentar convencer a los europeos de que las dos cosas forman parte de una
misma idea política: que un Estado no es fuerte solo porque pueda defender sus fronteras, ni es progresista solo porque pueda redistribuir. Es fuerte cuando puede
proteger a sus ciudadanos frente a las amenazas que realmente perciben. La cuestión es si esa síntesis puede convertirse en una mayoría política. Las
midterms empezarán a dar la respuesta.