Martes, 18 de agosto de 2026
OBITUARIO

Westendorp el Magnífico (1937-2026)

Su ambición fue la de "dejar de ser diferentes, superar el eslogan de Fraga y homologarse a los europeos". Recordando estas palabras, el investigador en el Real Instituto Elcano Ignacio Molina despide al diplomático y político Carlos Westendorp. Para él, fue una persona clave en los primeros años de España en la Unión Europea y ayudó a que el país fuese una parte plenamente integrada y respetada del entramado comunitario.

Ignacio Molina Ignacio Molina 1 de abril de 2026
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Carlos Westendorp. | Archivo, Parlamento Europeo
Carlos Westendorp. | Archivo, Parlamento Europeo
Se cumplen ahora cuatro décadas desde el ingreso de España a la UE. A lo largo de este tiempo, nuestra política europea ha ido acumulando un puñado de protagonistas imprescindibles y un elenco algo mayor —aunque también limitado— de notables personajes secundarios. El recién desaparecido Carlos Westendorp y Cabeza formó parte de ambos grupos. Su pertenencia al de los actores principales es indiscutible y se resume en un dato bien significativo: ser el único que ha ejercido los tres grandes cargos desde los que se defiende la posición general de España en el Consejo: embajador permanente en Bruselas, secretario de Estado para Asuntos Europeos y ministro de Exteriores. Los encadenó de forma ininterrumpida en la década dorada posterior a la adhesión, que fue de 1986 a 1996, y, después de eso, su perfil adquirió escala continental con responsabilidades tan variadas y notables como haber sido eurodiputado, alto representante para Bosnia y Herzegovina o persona clave en dos grupos de reflexión sobre el futuro de la integración: primero, el que lleva su nombre y sirvió de base para el Tratado de Ámsterdam (1997) y, diez años más tarde, como principal asesor de Felipe González en el Informe Europa 2030.

"Fue actor de reparto en los que España aspiraba a sumarse al Mercado Común y, de forma simultánea, transitaba de país aislado, autoritario y atrasado a democracia europea avanzada"
Es natural que los obituarios que se están escribiendo sobre su legado destaquen los logros más brillantes en esa segunda parte de su vida, coronada con una intensa actividad en el ámbito de los centros de acción y pensamiento (Club de Madrid, CITpax). Sin embargo, al realizar esta semblanza en el momento de su pérdida, me parece igualmente valioso reivindicar la otra dimensión; la de gran actor de reparto durante los años duros, pero ilusionados, en los que España aspiraba a sumarse al Mercado Común y, de forma simultánea, transitaba de país aislado, autoritario y atrasado a democracia europea avanzada. Carlos, pese a su apellido holandés, era un madrileño de pro. Presumía incluso de hablar cheli, aunque, como todos los ilustrados de su generación, ansiaba por encima de todo una España menos castiza. Él mismo resumía su ambición en "dejar de ser diferentes, superar el eslogan de Fraga y homologarse a los europeos".


Para empujar ese objetivo colectivo, decidió combinar la actividad profesional con el compromiso político. Tuvo a Enrique Tierno Galván como profesor y eso le animó, como a tantos otros hijos progres de ambientes conservadores que estudiaban en la Complutense, a afiliarse al Partido Socialista Popular, en el que —según él mismo bromeaba— puede que no hubiera un solo obrero. El PSOE de aquel entonces estaba descartado porque, siguiendo el desprecio elitista de Tierno, era el partido de "los Botejara"; en alusión a una célebre familia televisiva, de clase media baja y origen extremeño que encarnó durante la Transición a la España profunda, pero sin duda más real que la de los cenáculos de la capital. Interesantemente, el equipo socialista que culminó con éxito la ampliación europea estaba conformado por dos "Botejara" del sur —el presidente del Gobierno, González, y el secretario de Estado, Manuel Marín— y dos diplomáticos de familia bien que provenían del PSP: el ministro, Fernando Morán, y justamente él, que sería nombrado el primer embajador REPER español a final de 1985.
 

Felipe González (izquierda) y Carlos Westendorp en el Parlamento Europeo. Foto: Archivo, Parlamento Europeo

Westendorp y Europa

Hubo otros cuantos hitos en la biografía joven de nuestro personaje donde experimentó las profundas transformaciones sociológicas y políticas del país entre mediados de los sesenta y comienzos de los ochenta. Durante su primer destino, en el consulado de São Paulo, tuvo que trampear con la ley para conseguir el reconocimiento de los muchos hijos naturales que los oriundos españoles tenían en Brasil, pero que todavía se consideraban ilegítimos a los ojos de la España franquista. De regreso a Madrid, sufrió la tensión entre aperturistas y el Opus Dei en el ocaso del régimen. Nombrado jefe de estudios económicos de la Escuela Diplomática, llegó a incorporar a notorios profesores de izquierda como José Luis Sampedro y Ramón Tamames, hasta que fue cesado por su osadía ideológica, lo que redirigió su trayectoria hacia puestos técnicos en la negociación con las Comunidades Europeas.

"La imagen desenfadada del catalán y su trayectoria previa era imbatible para convencer a sus interlocutores de las credenciales de una nueva España"
En 1979, con la democracia dando sus primeros pasos, pasó a trabajar en el recién creado departamento que centralizaría las relaciones con las instituciones y los entonces nueve Estados miembros desde el mítico Palacio de la Trinidad. Allí vivió otro episodio que representaba bien los cambios de la época. Los pulcros y rigurosos Leopoldo Calvo Sotelo o Raimundo Bassols, que se sabían hasta la última coma del acervo comunitario, quedaron algo escandalizados cuando Adolfo Suárez nombró ministro para Europa a Eduardo Punset; un economista que se había exiliado con veinte años, leía los dosieres de modo solo superficial y, seguramente más grave, nunca se peinaba. Pero Westendorp, que fue su jefe de gabinete y le acompañaba en sus entrevistas en Bruselas y las capitales, defendía que la imagen desenfadada del catalán y su trayectoria previa —exmilitante comunista y antiguo redactor de The Economist— era imbatible para convencer a sus interlocutores de las credenciales de una nueva España. 


Carlos Westendorp asumió luego la secretaría general de La Trinidad, con el encargo de dirigir la dimensión interna de la futura adhesión, para lo que tuvo que lidiar tanto con el mundo empresarial —que siempre fue muy reticente al desarme arancelario— como con una Administración extremadamente departamentalizada. Aquellas "relaciones hispano-españolas" fueron igual de complejas o más que las que se mantenían con la Comisión o la siempre reticente Francia y, para gestionarlas, se conformó un grupo selecto de representantes de los ministerios, que él coordinaba y en el que también trabajaron Pedro Solbes, Ramón de Miguel, Gabriel Ferrán, Óscar Fanjul, Fernando Mansito y otros seis altos funcionarios históricos de perfil bien generalista o sectorial. Se les conoció como "los doce magníficos".

El resultado de aquella misión estratégica para europeizar España fue ciertamente magnífico. Como también merece ese calificativo el proyecto paralelo de superar la maldición de las Españas divididas. Su pericia diplomática se plasmó en el liderazgo eficaz de un equipo que sobrevivió a dos partidos distintos y cuatro ministros de Exteriores, de José P. Pérez Llorca a Javier Solana. Supo entenderse siempre con quienes conformaban una amplísima panoplia ideológica —desde marxistas hasta reformistas de la dictadura— y que, como se ha dicho, no compartían ambiente social, origen territorial, estética personal ni, lo que a veces era lo más difícil de superar, el cuerpo burocrático de adscripción. Su desempeño profesional supuso además la mejor síntesis de lo que fue aprendiendo de sus jefes, combinando capacitación técnica con encanto personal. También dejó escuela y quienes habían colaborado con él —singularmente Javier Elorza, pero también Alberto Navarro o Carlos Bastarreche— tomaron luego el testigo.

Carlos Westendorp tuvo una vida muy rica y fructífera en los cuarenta años posteriores a la anhelada entrada en Europa. Pero, si yo tuviera que elegir el colofón de su mérito histórico, optaría por dos instantes que protagonizó poco después y que simbolizan cómo España, una vez lograda la pertenencia, supo ejercerla con normalidad y con la influencia que le correspondía como Estado importante. El primer momento fue en enero de 1989, cuando tuvo el honor de ser el primer español que presidió una reunión del Comité de Representantes Permanentes. El segundo fue en marzo de 1994, siendo secretario de Estado, cuando tuvo el valor de anunciar que bloquearía la nueva ampliación exprés que entonces se ultimaba con cuatro candidatos ricos y rubios si no se respetaban los intereses institucionales, presupuestarios o pesqueros de España. Quince años atrás se había soportado una larga y áspera negociación con interminables periodos transitorios, pero —sin perjuicio del sólido europeísmo español— era preciso defender la dignidad nacional y no aceptar un trato peor que el de quienes todavía no eran miembros. Una España, en fin, plenamente homologada y respetada.
Ignacio Molina
Ignacio Molina
Investigador Principal del Real Instituto Elcano y profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
Participación