En 1973, Wassily Leontief obtuvo el Premio Nobel de Economía por el desarrollo de un método de análisis económico basado en el estudio de las estructuras sectoriales. Sin embargo, siempre advirtió que estas divisiones son construcciones analíticas, no realidades económicas.
En el debate público español sobre el crecimiento empresarial se ignora a menudo esta advertencia y se atribuyen nuestros problemas de crecimiento empresarial a la atomización del tejido productivo como consecuencia de un modelo económico basado en "sectores de bajo valor añadido". Además, los defensores de esta posición proponen impulsar la transición económica hacia un nuevo modelo productivo basado en sectores con alto componente tecnológico, que, supuestamente, facilitaría el crecimiento empresarial.
Falacias sectoriales sobre el tamaño empresarial
En relación con la primera parte del planteamiento —el supuesto reducido tamaño de las empresas españolas—, la comparación gráfica con otros países europeos muestra que e
l tamaño de nuestras empresas está cerca de la media europea e incluso por encima de Francia, Italia o los Países Bajos.
La segunda parte del planteamiento alude a la estructura de la economía española y al excesivo protagonismo de los "sectores de bajo valor añadido". Para poner a prueba este argumento, planteamos un sencillo ejercicio de economía-ficción (revisar nota metodológica).
Imaginemos que los fondos Next Generation EU, que implicaban una inversión pública del 4% del PIB, hubieran tenido como único objetivo converger con la estructura sectorial de alguno de nuestros principales socios europeos, pero manteniendo nuestros niveles actuales de productividad sectorial.
Esta política industrial habría tenido un efecto multiplicador muy limitado, aumentando nuestro nivel de PIB entre un 4% y un 6%. A la luz de este análisis, la estructura sectoria
l no parece el principal freno al crecimiento empresarial, máxime cuando el tamaño medio empresarial no difiere tanto del europeo.
Innovación, productividad y crecimiento empresarial
Sigamos avanzando. A finales de los ochenta, Robert Solow recibía el Premio Nobel de Economía, entre otras aportaciones, por destacar la innovación tecnológica y organizativa, por parte de las empresas, como un factor decisivo para el crecimiento económico. Esta relación entre crecimiento e innovación, ampliamente estudiada a nivel macroeconómico, también se manifiesta en el ámbito microeconómico. Concretamente, las empresas entran en el mercado mediante la explotación de una ventaja comparativa, que se refleja en una oferta de productos diferenciales, pero la pérdida progresiva de esta ventaja aboca a las empresas a entrar en una etapa de estancamiento. Durante esta etapa, los beneficios empresariales únicamente cubren el mantenimiento de su estructura productiva y limitan su crecimiento. Esta situación de estancamiento solo podría haberse evitado mediante una apuesta previa por la innovación.
"Los rasgos diferenciales de nuestro tejido empresarial están más vinculados con la productividad y la innovación que con la propia estructura sectorial de las economías"
Retomando el experimento anterior de economía-ficción, supongamos esta vez que los fondos europeos se hubieran invertido en programas para ayudar a la innovación empresarial, marcándose un único objetivo: converger con los niveles de productividad de nuestros principales socios europeos, pero manteniendo nuestra actual estructura sectorial. Estos programas habrían tenido un impacto en torno a cinco veces superior al de la política industrial del experimento anterior, aumentando nuestro nivel de PIB entre un 18,5% y un 25%. Por consiguiente, parece que los rasgos diferenciales de nuestro tejido empresarial están más vinculados con la productividad y la innovación que con la propia estructura sectorial de las economías.
Factores determinantes para la innovación empresarial
La innovación empresarial puede adoptar múltiples formas: mejorar un producto o proceso existente, reforzar el modelo de negocio, abrir una nueva línea de actividad o desarrollar una tecnología propia que otorgue ventaja competitiva. Sin embargo, para que este proceso se active y madure con éxito, deben concurrir varios factores.
El primero de ellos es la financiación de la innovación, que presenta características singulares. Innovar implica
invertir en activos intangibles:
conocimiento, capacidades, modelos de negocio, algoritmos, propiedad intelectual, que generan tanto una rentabilidad privada como una rentabilidad social, pues los avances tecnológicos benefician también a la sociedad en su conjunto. Por otro lado, la financiación de intangibles conlleva niveles de riesgo elevados, ya que el retorno de la inversión es más incierto. Estos factores otorgan un papel clave al sector público como financiador de la innovación. Desde la perspectiva de la financiación privada, la regulación bancaria española se asienta principalmente en la garantía real para la concesión de préstamos a largo plazo. Los activos intangibles no suelen conllevar este tipo de garantías, lo cual dificulta la financiación bancaria de la innovación. Por consiguiente,
para la financiación de activos intangibles resulta clave el desarrollo de los mercados de capitales, al contar con regulaciones más flexibles que la banca para financiar sin garantías reales.
El segundo factor es un entorno institucional que proporcione financiación y además certidumbre y seguridad jurídica, que,
lejos de requerir la aprobación de grandes reformas legislativas, podría concretarse en dos tipos de medidas: medidas centradas en reducir trabas administrativas y medidas dirigidas a garantizar un marco regulatorio predecible. En relación con la predictibilidad regulatoria,
una posible medida podría consistir en que las autoridades regulatorias se comprometan a establecer un periodo mínimo de seis años sin cambios regulatorios que afecten a las actividades innovadoras, tanto para permitir a las empresas una planificación más segura de sus inversiones en activos intangibles, como para evaluar rigurosamente el marco planteado y el largo proceso de innovación empresarial.
"La clave no reside en replantear artificialmente su estructura sectorial, sino en fortalecer los pilares que verdaderamente impulsan la innovación empresarial"
El tercer factor es el talento, cuya tradicional escasez podría quedar aliviada por la irrupción de la inteligencia artificial (IA), que no solo está transformando profundamente el acceso al conocimiento, sino también los procesos de (auto)formación.
Esta última cuestión es profundamente disruptiva, al dotar al propio trabajador de una herramienta para mejorar su productividad y adaptarse rápidamente a nuevos entornos y contextos productivos, sin recurrir a cursos de re-skilling o up-skilling. Más allá del ámbito del conocimiento, la innovación, como apuntaba Solow, también tiene que ver con el diseño y la ejecución de los procesos productivos. De hecho,
la adopción de la IA no solo como herramienta tecnológica, sino como palanca de rediseño organizativo a través de la integración de algoritmos avanzados, será uno de los elementos más determinantes para la innovación y la productividad empresarial en los próximos años.
En definitiva, si España aspira a consolidar un tejido productivo que active ese círculo virtuoso que vincula crecimiento empresarial y productividad, la clave no reside en replantear artificialmente su estructura sectorial, sino en fortalecer los pilares que verdaderamente impulsan la innovación empresarial, como también remarca el Foro de Marcas Renombradas. Solo enfocando las políticas públicas y las estrategias empresariales hacia la innovación, podremos converger con nuestros socios europeos y abrir una senda de crecimiento económico más próspera y sostenible.
Nota metodológica. El ejercicio de estimación realizado por el propio autor, en el que se calcula el impacto de los fondos Next Generation EU, se realiza a partir de los datos de Contabilidad Nacional Anual 2023 para todas las ramas de actividad CNAE (dos dígitos de España, Francia, Italia y Alemania).