Los últimos datos confirman una tendencia que, a primera vista, podría invitarnos a cierto optimismo: la pobreza infantil en España ha descendido ligeramente en el último año hasta situarse en el 28,4%. Sin embargo, basta con mirar un poco más allá del titular para comprender que la situación dista mucho de ser satisfactoria.
La pobreza entre niñas, niños y adolescentes sigue siendo significativamente más alta que la del conjunto de la población, y sigue siendo de las más altas de la Unión Europea y revela una realidad incómoda: en España, casi uno de cada tres niños y niñas se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social.
Es cierto que la infancia es el grupo de edad en el que más se ha reducido el riesgo de pobreza, pero también lo es que esta mejora resulta claramente insuficiente. La tasa de pobreza para el conjunto de la población es del 19,7%, lo que supone una distancia de 8,9 puntos porcentuales. Se trata de la segunda brecha más alta registrada desde 2008. Dicho de otro modo: incluso cuando las cifras mejoran, lo hacen más lentamente para la infancia.
Conviene recordar qué significan realmente estos datos. Se considera que una persona está en situación de pobreza cuando los ingresos de su hogar son inferiores al 60% de la mediana de la renta por unidad de consumo. Para una familia formada por una persona adulta y dos niñas o niños, esto implica vivir con menos de 1.629 euros al mes. Es decir, apenas 534 euros por persona para cubrir todas las necesidades básicas. En este contexto, no resulta sorprendente que más de 2,2 millones de niñas, niños y adolescentes vivan actualmente bajo el umbral de la pobreza en España.
Además, la pobreza infantil no se distribuye de manera homogénea. El tipo de hogar es un factor determinante. Las familias monoparentales siguen siendo las más castigadas: el 43,4% se encuentra en situación de pobreza, una cifra que, lejos de reducirse, ha aumentado un punto en el último año. También presentan tasas preocupantes los hogares formados por dos adultos con uno o más menores dependientes (22,5%) y otros tipos de hogares con infancia, cuya tasa alcanza el 23,9% y ha crecido 1,4 puntos respecto al año anterior. Estas cifras evidencian que tener hijas o hijos continúa siendo un factor de riesgo en términos económicos.
"Los datos son elocuentes: el 5,6% de niñas, niños y adolescentes no pudo permitirse en 2024 una comida con carne, pollo o pescado al menos cada dos días"
Sin embargo, no todas las personas viven con igual intensidad esta situación de pobreza. La pobreza severa —definida como ingresos inferiores al 40% de la mediana de la renta— afecta al 12,5% de la infancia, tras una reducción de 1,6 puntos en el último año. Esto significa que casi un millón de niñas, niños y adolescentes viven en pobreza severa.
La pobreza no es solo una cuestión de ingresos. Las carencias materiales severas ofrecen una imagen más completa de las condiciones de vida. Este indicador, que mide la falta de al menos cuatro de nueve elementos considerados esenciales para una vida digna, afecta al 8,6% de la población infantil. Aunque ha descendido en 1,6 puntos, la infancia sigue siendo el grupo más afectado. Los datos son elocuentes: el 5,6% de niñas, niños y adolescentes no pudo permitirse en 2024 una comida con carne, pollo o pescado al menos cada dos días; el 42% vive en hogares sin capacidad para afrontar gastos imprevistos; y el 16,1% reside en viviendas con retrasos en el pago de los gastos básicos.
A ello se suman problemas estructurales como la pobreza energética y el acceso a la vivienda. En 2025, el 15,5% de las familias no pudo mantener su vivienda a una temperatura adecuada y el 34% de la infancia no tuvo la posibilidad de ir de vacaciones al menos una semana al año. No son meras privaciones puntuales: son condiciones que afectan al desarrollo, la salud y el bienestar emocional de millones de niñas y niños.
Por una prestación universal por crianza
Desde la Plataforma de Infancia insistimos en que esta realidad es evitable. España dispone de margen para actuar y de evidencias claras sobre qué políticas funcionan. Hasta ahora, en espera de conocer cómo despliega el Gobierno la
anunciada prestación universal por crianza dentro de la estrategia de desarrollo sostenible, España es
uno de los pocos países de la Unión Europea que carece de una ayuda de este tipo.
Las actuales deducciones fiscales, que concentran cerca del 60% de las ayudas a las familias, no llegan a quienes más lo necesitan, ya que muchas familias en situación de pobreza no tributan en el IRPF. Una prestación universal, articulada a través de deducciones reembolsables, tendría un impacto directo en la reducción de la desigualdad y la pobreza infantil.
"La reducción de la pobreza infantil no puede depender de mejoras coyunturales ni de esfuerzos parciales. Requiere una apuesta política decidida y sostenida en el tiempo"
Asimismo, resulta imprescindible incrementar las cuantías del complemento de ayuda a la infancia (CAPI), especialmente para las niñas y los niños mayores de seis años. El coste medio de la crianza en España ronda los 758 euros mensuales por hija o hijo, muy por encima de las cuantías actuales del CAPI, que resultan claramente insuficientes, en especial durante la adolescencia, cuando los costes y las tasas de pobreza aumentan.
También es necesario desligar el CAPI del ingreso mínimo vital. Según la AIReF, el 72% de las familias potencialmente beneficiarias no recibe esta ayuda, en gran medida por su vinculación al IMV, que genera confusión y desalienta la solicitud. Mejorar el IMV, reducir el fenómeno del non take-up (el que se refiere a que muchas familias que podrían acceder a ayudas no las solicitan, ya sea por desconocimiento, confusión o barreras administrativas) y
reforzar las políticas de vivienda con un enfoque de infancia son pasos imprescindibles para garantizar derechos básicos.
La reducción de la pobreza infantil no puede depender de mejoras coyunturales ni de esfuerzos parciales. Requiere una apuesta política decidida y sostenida en el tiempo. Porque
cuando la pobreza infantil baja lentamente y sigue siendo mucho más alta que la del resto de la población, no estamos ante un éxito: estamos ante una deuda pendiente con nuestra infancia.