En la mitología de la diplomacia corporativa de finales del siglo XX, los consejeros delegados de las multinacionales eran figuras protegidas por los tratados de libre comercio y la seguridad jurídica del orden liberal internacional. Pero el pasado 9 de enero de 2026, en la Casa Blanca, Josu Jon Imaz, el consejero delegado de la petrolera española Repsol, escenificó un cambio de era que habría dejado atónitos a los arquitectos de Westfalia. Al sentarse frente a Donald Trump para discutir el desarrollo energético de una Venezuela post-Maduro, Imaz como directivo empresarial que comprende que, en el sistema internacional emergente, la defensa del capital ya no pasa por las reglas, sino por el favor personal del Soberano.
Para entender la presencia de Repsol en este escenario, es necesario abandonar las "anteojeras intelectuales" del soberanismo estatal y adoptar el marco del neo-royalismo propuesto por los politólogos Stacie Goddard y Abraham Newman. Según este modelo, el mundo está dejando de ser un tablero de estados para convertirse en un sistema estructurado por redes de hiperélites vinculadas verticalmente a individuos con poder absoluto.
Imaz, lejos de ser un converso ideológico, ha demostrado conocer esta nueva realidad: en la corte de Trump, el pragmatismo fiduciario exige hablar el lenguaje del Rey.
El fin de la soberanía
El detalle más revelador del encuentro no fue la cifra de inversión, sino una concesión terminológica. Imaz se refirió al Golfo de México como el "Golfo de América". Para un geógrafo, el término es una aberración; para alguien que entiende el neoroyalismo, es una contraseña necesaria para generar jerarquías de estatus. El texto de Goddard y Newman explica que estos órdenes se legitiman mediante apelaciones al "excepcionalismo". Al adoptar el léxico del Soberano, Imaz demuestra que entiende la tesis de que la soberanía hoy está "fragmentada". En este marco, un "soberano físicamente distante" (Trump) ejerce más autoridad real sobre el destino de los activos de Repsol que el propio Estado español.
"Imaz ejecutó una maniobra dentro de un sistema donde el Soberano cuestiona la autoridad de incluso sus aliados más cercanos para gobernar sus propios territorios"
Este movimiento sitúa a Repsol en lo que el paper denomina una camarilla de élite: redes exclusivas de capital y política devotas a individuos soberanos. Imaz ejecutó una maniobra dentro de un sistema donde el Soberano cuestiona la autoridad de incluso sus aliados más cercanos para gobernar sus propios territorios, como ya ocurre con las presiones sobre Groenlandia y Canadá.
Imaz ha calculado que la lealtad vertical a la Casa Blanca es el único modo de evitar que Repsol sea excluida del reparto de rentas en un mundo donde la igualdad soberana ha muerto.
El deber fiduciario: los dueños del capital
Sería un error interpretar la actitud de Imaz como una claudicación personal. Su presencia en Washington es el resultado de un mandato fiduciario estricto. Repsol no es una empresa nacional en el sentido tradicional; es una entidad cuya propiedad está dominada por el capital institucional anglosajón, que no entiende de soberanías, sino de retornos. A inicios de 2026, los dueños reales de la compañía exigen este tipo de pragmatismo para proteger sus intereses personales frente a los objetivos nacionales.
Para los principales accionistas, que esperan el cobro de dividendos estables, el riesgo de que Trump cumpla su amenaza de excluir a quienes no muestran obediencia es inasumible. El CEO de Repsol ha entendido que, en el neo-royalismo, las empresas deben "besar el anillo del presidente" ofreciendo algo que este desea a cambio de ser eximidas de políticas dañinas.
El tributo como garantía de rentabilidad
El neoroyalismo no se sustenta en la cooperación liberal, sino en la extracción de rentas y tributos.
El tributo de Repsol fue explícito: la promesa de triplicar la producción en Venezuela y el recordatorio de una "ofrenda" de 21.000 millones de dólares ya invertidos en suelo estadounidense. Goddard y Newman señalan que estos intercambios benefician la posición dentro de lo que llaman la camarilla.
"En un sistema donde el Soberano utiliza 'inyecciones reguladas de desconfianza' para forzar la obediencia, Repsol ha asegurado su lugar en la camarilla protegida"
A cambio de este tributo, Imaz compra "excepcionalismo". En un sistema donde el Soberano utiliza "inyecciones reguladas de desconfianza" para forzar la obediencia, Repsol ha asegurado su lugar en la camarilla protegida. La advertencia de Trump durante la reunión fue clara: "Tengo a 25 personas esperando fuera para ocupar su lugar". Bajo esta lógica, la alternativa a la sumisión no es la independencia, sino la sustitución por otra camarilla más cooperativa.
La desintegración del Estado-Nación
Imaz opera ahora en una red de élite transnacional que tiene más en común con los líderes de otras grandes casas petroleras que con los ciudadanos de Madrid. Mientras el Gobierno español se aferra a un "lente westfaliano" de soberanía nacional y legalidad, Repsol ha tenido que migrar a un modelo de relaciones personales y jerárquicas.
Este "neopatrimonialismo" internacional significa que las grandes corporaciones ya no necesitan la mediación de sus gobiernos si pueden obtener la protección directa del Soberano global. El éxito de Imaz reside en haber aceptado "lo que está justo delante de nosotros", incluso si eso implica validar una autoridad que se sitúa por encima de la ley.
La autocrítica necesaria: el factor Boric
Mientras Imaz navega como puede en las aguas del neoroyalismo, la respuesta política en España y Europa ha sido indignación. En este contexto, resuenan con fuerza las palabras del presidente chileno, Gabriel Boric, en su entrevista de ayer en El País. Boric lanza una advertencia que parece diseñada para los líderes europeos liberales: "La izquierda que solo culpa al adversario está condenada a diluirse".
"Culpar a Imaz por proteger sus activos bajo las nuevas reglas del juego, aunque no las comparta, es un ejercicio de aquellos que no quieren entender cómo se está configurando el nuevo mundo"
La frase de Boric pone el dedo en la llaga. Mientras los liberales gastamos nuestras energías en denunciar "actos de vasallaje" o las "agresiones" de Trump, carecemos de una estrategia real para ofrecer una alternativa al sistema de camarillas. Culpar a Imaz por proteger sus activos bajo las nuevas reglas del juego, aunque no las comparta, es un ejercicio de aquellos que no quieren entender cómo se está configurando el nuevo mundo.
Si no somos capaces de construir una gobernanza que compita con la eficacia extractiva del neoroyalismo, nos veremos reducidos a espectadores moralistas de un mundo que ya no nos escucha.
El triunfo del realismo cortesano
En última instancia, para entender la presencia de Repsol en la Casa Blanca hay que reconocer que Josu Jon Imaz no ha ido a validar un sistema autocrático por gusto, sino a operar dentro de él para evitar que sus accionistas y, también los trabajadores y las inversiones de la empresa, sean los perdedores de la transición de órdenes. Ha comprendido que en el mundo neoroyalista, la legitimidad no reside en las reglas tecnocráticas, sino en lealtades personales y la capacidad de ofrecer tributos materiales al centro del poder.
"Imaz ha elegido, seguro que con dudas, la realidad que parece garantizar la mejor posición para Repsol, y también para España, en el nuevo tablero mundial"
La lección para otros CEO europeos es amarga: en la corte de Trump, el purismo diplomático es un lujo que conduce a la irrelevancia. Imaz tenía que elegir entre ser un vasallo próspero y protegido antes que un soberano arruinado. Ha elegido, seguro que con dudas, la realidad que parece garantizar la mejor posición para Repsol, y también para España, en el nuevo tablero mundial.