

"¿Está la Unión Europea dispuesta a aceptar una intervención americana en suelo europeo?"La cuestión ya no es si Groenlandia importa. Trump ("¿Sabes lo que Dinamarca hizo recientemente para aumentar la seguridad en Groenlandia? Añadieron un trineo para perros más") y su asesor Stephen Miller ("Nadie va a enfrentarse militarmente a Estados Unidos por el futuro de Groenlandia") han sido claros y a los europeos nos cuesta leer bien lo que dicen y siempre intentamos no darles mucha credibilidad. Por lo tanto, la cuestión es si la Unión Europea está dispuesta a comportarse como un actor estratégico o a aceptar una intervención americana en suelo europeo.
"Si un actor externo puede presionar, condicionar o forzar el estatus de Groenlandia sin una respuesta europea clara, entonces ningún territorio europeo es realmente seguro"El análisis de Bruegel subraya un punto fundamental: si un actor externo puede presionar, condicionar o forzar el estatus de Groenlandia sin una respuesta europea clara, entonces ningún territorio europeo es realmente seguro. No se trata solo de Dinamarca; se trata del principio mismo de soberanía en Europa.
"La seguridad del Atlántico Norte condiciona directamente la estabilidad de las rutas comerciales, el suministro energético y el equilibrio geopolítico del que depende el flanco sur europeo, incluido el Estrecho y Canarias"Para España, el Ártico no es un escenario remoto ni ajeno a sus intereses estratégicos. La seguridad del Atlántico Norte condiciona directamente la estabilidad de las rutas comerciales, el suministro energético y el equilibrio geopolítico del que depende el flanco sur europeo, incluido el Estrecho y Canarias. En ese contexto, una posición clara de PP y PSOE a favor de una presencia europea en Groenlandia no solo reforzaría la autonomía estratégica de la Unión, sino que permitiría a España proyectarse como un actor responsable en materia de seguridad. Un consenso entre PP y PSOE en torno a esta cuestión enviaría, además, una señal de madurez política y continuidad estratégica tanto a los socios europeos como a los aliados atlánticos: la defensa debe que fuera de las batallitas políticas y ser una política pública capaz de sostenerse más allá de los ciclos electorales y de contribuir de forma creíble a la construcción de una Europa con capacidad real para proteger sus intereses.
Una presencia española —en el marco de una misión europea reforzada y dejando fuera, por su bien, a la OTAN— tendría un valor político superior al militar: demostraría que Europa es capaz de actuar unida cuando el problema es incómodo, incluso si implica tensiones internas dentro de la alianza atlántica.
Bruegel concluye que Groenlandia es un test de credibilidad. No por su tamaño ni por su población, sino porque concentra todas las contradicciones europeas: dependencia estratégica, ambigüedad política y miedo a asumir costes.
España no puede limitarse a observar este test desde la barrera. Como ha señalado el editor y director de Agenda Pública en su Brújula Europea, defender Europa hoy implica asumir riesgos calculados para evitar vulnerabilidades mayores mañana. Si Europa no se defiende en Groenlandia, difícilmente podrá defenderse en el Mediterráneo, el Báltico o el flanco sur.
Groenlandia no es marginal. Lo marginal sería que la UE y España siguieran actuando como si lo fuera.
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