El tema no es nuevo. Lo que fue solo un negocio del hampa mexicana ahora es ya una preocupación internacional. Aquello que comenzó como un negocio alternativo hace treinta años, hoy financia a otros tentáculos del inconmensurable pulpo criminal global.
Hace un par de semanas, Reuters publicó una
dura investigación titulada
How a ‘dark fleet’ of tankers helped a Mexican cartel build a fuel-smuggling empire (Cómo una flota oscura ayudó a un cártel mexicano a construir un imperio de contrabando de combustible), que
trata sobre cómo, desde Estados Unidos y Canadá, entra combustible robado a México. La vía es marítima, y
el motor es una flota que opera con opacidad, corrupción e intereses criminales internacionales. Esa flota, por cierto, de buques petroleros que apagan sus sistemas de rastreo para ocultar sus movimientos. En pocas palabras, ese trabajo
muestra una trama global de tráfico ilegal de combustible en la que las líneas que dividen
al hampa y a las autoridades corruptas (mexicanas y estadounidenses) llegan a lo indistinguible.
El protagonista de esta historia es el Cártel Jalisco Nueva Generación, una organización criminal que ya ha expandido sus brazos mucho más allá de las fronteras mexicanas. Tiene presencia en Estados Unidos, donde controla redes de narcotráfico y venta de armas. A España la utiliza como la puerta grande para meter droga al mercado europeo, además de ser un centro de blanqueo de capitales. En Perú, Bolivia y Colombia, sostiene alianzas con otros grupos criminales para la compra de cocaína. Además, se han encontrado conexiones de este grupo con mafias en Emiratos Árabes Unidos para lavar dinero vía sistemas financieros opacos, así como en Rumanía y Países Bajos. Por supuesto, también se han documentado movimientos suyos en China e India, que son los principales mercados de insumos para producir narcóticos sintéticos. La investigación también destaca conexiones con empresas de Panamá y de Chipre. Y, por si fuera poco, ese cártel tiene nexos con la Ndrangheta, de acuerdo con reportes de la Dirección Antimafia Italiana.
"El robo de crudo al Estado se trata de un negocio multimillonario que ha servido al Cártel Jalisco Nueva Generación para financiar la expansión de su red criminal mundial"
El punto es que, mediante el análisis de imágenes satelitales, datos de navegación y documentos filtrados, las rutas de esos buques fueron rastreadas con terminales controladas por ese cártel. ¿Cuál es la novedad? Que se trata de un negocio multimillonario que ha servido al Cártel Jalisco Nueva Generación para financiar la expansión de su red criminal mundial: los dividendos del huachicol (así se conoce en México al combustible robado de los ductos del Estado) han servido para pagar sobornos a autoridades en todos los países antes mencionados, para la compra y venta de armas, así como para ampliar sus redes internacionales de distribución de droga.
Como ya se dijo en el primer párrafo de esta pieza, no se trata de un tema nuevo, pero su complejidad, en los últimos seis años, ha escalado tanto que pasó de ser una de las tantas actividades del hampa mexicana a ser una vaca sagrada de financiación criminal global: de acuerdo con el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el tráfico ilegal de combustible y petróleo crudo es, después del narcotráfico, la actividad lucrativa más redituable del crimen organizado de México. ¿En qué momento pasó esto de ser un problema mexicano a un tema de inteligencia y crimen organizado mundial?
El huachicol: un imperio criminal mexicano que ya financia al crimen organizado internacional
Para comenzar, remontémonos a enero de 2019. Andrés Manuel López Obrador acaba de llegar al poder y sus arriesgadas y polémicas promesas de cambiar radicalmente a México siguen levantando ampollas en la sociedad. Apenas ha comenzado lo que él llama la cuarta transformación y,
ante toda la incertidumbre que ha generado, las estaciones de combustible en todo el país están colapsadas: hay colas kilométricas ante el temor de que los precios se disparen. No hay mayor información que simples rumores. El recién llegado presidente ha sido lapidario:
"el huachicol se ha terminado, no lo toleraremos más". Sin embargo, dos semanas después, una mega explosión,
producto de cientos de perforaciones ilegales, matará a 137 personas, dejará a otras 70 gravemente heridas, y la comunidad internacional se preguntará: "¿qué está pasando en México que el presidente tiene que decir que ya se ha terminado el negocio de la venta de combustible robado de los ductos del Estado?".
Hasta entonces, el robo de combustible era solo un problema mexicano, pero las cosas estaban por cambiar.
Así fue como comenzó la historia de la primera promesa incumplida de ese gobierno: los números oficiales jamás cuadran con los informes de organizaciones civiles o investigaciones periodísticas, pero, independientemente de la fuente, se estima que durante los seis años de Gobierno de López Obrador, el robo de combustible dejó pérdidas multimillonarias a Pemex (considerada como la empresa petrolera más endeudada del mundo), y las perforaciones ilegales a los ductos se multiplicaron hasta límites insospechados. De esta forma comenzó su mandato el ahora expresidente, solo que la atención mediática mundial la acaparó semanas más tarde debido a la carta de la discordia a Felipe VI.
"Desde finales de los años ochenta, se conoce de la existencia de grupúsculos criminales robaban combustible al Estado para revenderlo y ganar dividendos para financiarse"
Desde finales de los años ochenta, hay precedentes de que grupúsculos criminales robaban combustible al Estado para revenderlo y ganar dividendos para financiarse, pero el fenómeno jamás fue tan grande como lo es ahora. Incluso, Felipe Curcó, investigador y politólogo del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), ya en 2010 hablaba de este fenómeno en su libro La guerra perdida. Dos ensayos críticos sobre la política de combate al crimen organizado 2006-2010. En él, sostiene que el huachicol es una de las veintidós actividades ilegales que financian a los imperios criminales de México, además de la trata de personas, el narcotráfico, el blanqueo de capitales o la piratería, entre otros. Aún así, seguía siendo un tema no prioritario para la agenda mexicana de seguridad, por ejemplo, comparado con el trasiego de estupefacientes o la piratería.
Cuando sucedió la megaexplosión, se hablaba de gente de escasos recursos en zonas poco desarrolladas, haciendo tomas ilegales de los ductos estatales, y, como mucho, que eran controlados por alguna mafia local. Siete años después, la historia ya es otra: según Reuters, el 8 de marzo entró en Ensenada (México) un buque llamado Torm Agnes que transportaba 120.000 barriles de diésel desde Estados Unidos y Canadá, y, para tal operación, fue clave una empresa estadounidense, con sede en Houston (Texas), llamada Ikon Midstream. Además, según el Gobierno de México, el huachicol representa ahora un tercio del mercado mexicano de hidrocarburos. Y,
el combustible ilegal que ingresa a ese país, está valorado en más de 20.000 millones de euros (para situarlo todo en perspectiva económica, esa es la cifra
del préstamo que Donald Trump recientemente ofreció a Javier Milei para sanear las reservas del Banco Central de la República Argentina).
El trabajo de Reuters ha sido el primero en poner los nombres de las empresas estadounidenses involucradas en lo que algunas voces consideran que ha sido la trama de corrupción más grande de México.
De las zonas marginales de México a Japón y África
Si uno sale de la capital mexicana rumbo al potente corredor industrial que conduce hacia los estados de Michoacán y Jalisco (la cuna y centros operativos de varios cárteles criminales como la Familia Michoacanao o el Cártel Jalisco Nueva Generación), sin hacer mucho esfuerzo, encontrará que en incontables negocios informales se vende gasolina de forma ilegal. Cabe destacar que muchos de ellos no hacen esfuerzo alguno por disimularlo.
El periodista que escribe estas líneas se detuvo en uno de esos pequeños negocios, uno que funciona, principalmente, como alimentación. En ese sitio ya estaba un varón con un coche antiguo, y pedía gasolina como quien pide unas patatas fritas o una botella de agua. Sin mayor aspaviento, se la vendieron: el encargado entró por una puerta contigua y, minutos después, salió con una botella de dos litros llena de combustible. Después, con un embudo y una manguera improvisada lo cargó en su automóvil, y repitió la operación un par de veces más. ¿Quién podría imaginarse que detrás de una situación así está una red criminal mundial?
No obstante, la ruta de tráfico no es solo de Estados Unidos hacia México, sino que también funciona al revés. Una pieza del diario Infobae, basada en una investigación de la Oficina de Control de los Activos Extranjeros (OFAC) y de la Red de Control de Delitos Financieros (FinCEN) del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, desmenuza este fenómeno, sus rutas, y
los inimaginables destinos que tiene la gasolina robada en México.
"El combustible robado de los oleoductos de Pemex sale desde puertos mexicanos hacia Texas y California a través de empresas fantasma y se almacena en tanques clandestinos"
Resulta que el combustible robado de los oleoductos de Pemex sale desde puertos mexicanos hacia Texas y California a través de empresas fantasma y se almacena en tanques clandestinos. Se debe señalar que, en muchos casos, el huachicol es diluido o alterado con aditivos para disimular su origen y para multiplicar las ganancias. "El combustible robado es luego revendido a precio reducido a refinerías o distribuidores de petróleo y gas en EE. UU., así como a corredores internacionales que lo colocan en mercados de países como India, Japón o diversas regiones de África, según la documentación oficial", sostiene la pieza, según lo que revelan los informes estadounidenses.
En marzo y julio de este año, se llevaron a cabo dos decomisos históricos de huachicol en México. El primero fue de 10 millones de litros, y el segundo de 15 millones (considerado como el de mayor volumen en la historia). Ambos sucedieron en dos localidades fronterizas con Estados Unidos y se presume que el destino de ambos cargamentos era el país vecino del norte.
Se suele decir que el dinero no tiene patria, y eso los criminales lo saben bien. La misma lógica han seguido con el tráfico de drogas. Pero ahora, además de estupefacientes y de mercancía pirata, el crimen organizado internacional ya tiene otra divisa: el combustible robado, es decir, otra ‘mercancía’ que, en el mundo del dinero opaco, tampoco tiene patria.