Este verano ha habido dos escenarios estelares en la política española: el asunto de los currículos de algunos de nuestros representantes y la gestión de los incendios. En ambos, los dos grandes partidos han elevado los decibelios de la trifulca política echando más combustible a la polarización y la desafección. Y el comienzo del curso político no es diferente. Parece no importar a los estrategas, pero me temo que la manera en que se gestiona públicamente la política aleja progresivamente a capas amplias de la población. Es un asunto potencialmente grave para el funcionamiento de la democracia, toda vez que el futuro de nuestra sociedad, la juventud, descansa sobre personas que cada vez creen menos en la democracia.
"Una mayoría de los ciudadanos valoraría mejor la política si se alcanzasen más acuerdos para la gestión del bien común"
En la cuarta encuesta que hacemos a parlamentarios y ciudadanos, un equipo de académicos hemos pedido a la población que se ubique en una escala de cero a diez para mostrar su grado de acuerdo con la frase siguiente
"tendría una visión más positiva de la política si hubiera más acuerdo entre parlamentarios rivales". Mientras que un 17% se ubica en el polo del desacuerdo con la frase (0-4), más de la mitad (54%) está en el polo del acuerdo con esa posición (7-10).
Los votantes declarados del PP en las últimas elecciones se ubican en este polo en un 57% de los casos, mientras que los
del PSOE son 62%. En el espacio
Sumar-Podemos son el 61%, pero en
Vox el 45%. Es decir, una mayoría de votantes declarados de los dos grandes partidos, al igual que el resto de la población, mejoraría su visión de la política si se hiciera un esfuerzo por alcanzar acuerdos para la gestión del bien común.
Es más, los datos que se exponen en La teatralización de la política en España muestran que
el nivel de acuerdo legislativo en el período democrático es elevado: solo entre un 10% (Congreso) y un 15% (cámaras autonómicas) de las leyes se aprueban con votos negativos. Los representantes de partidos rivales se ponen de acuerdo para aprobar leyes con más frecuencia de lo que parece si prestamos atención a la bronca política habitual. Es cierto también que la legislatura anterior y la actual presentan datos de acuerdo menores que el resto, como se muestra
aquí. No nos equivoquemos:
la democracia siempre implica conflicto, pero también acuerdo entre rivales. El punto de equilibrio entre uno y otro viene determinado por el espíritu de los tiempos. Y el actual parece gobernado por una polarización afectiva creciente.
La polarización tiene la virtud de que cohesiona a la parroquia propia, pero la desventaja de que puede alejar de la política a los otros/as. Haga este ejercicio ficticio: compare el tamaño de la militancia y fanáticos de cualquier partido con el de sus votantes potenciales. En la mayoría de casos seguramente concluirá que los segundos son más que los primeros. La polarización consolida a los seguidores, pero puede conseguir alejar al votante mediano, a las personas que se mueven en posiciones ideológicas intermedias, que pueden terminar fuera del juego. El efecto puede ser devastador. La polarización instala o consolida la lógica amigo-enemigo en la dinámica política, pulveriza la preocupación por el bien común y erosiona la democracia, afianzando la desconfianza en las instituciones y alejando de las instituciones a la ciudadanía menos politizada: no se ganan para la democracia, sino que se pierden.
"La lógica del conflicto, instalada en la política española y en otros países, hace muy difícil llegar a acuerdos: el enemigo debe ser vencido"
En este escenario parece complicado que los partidos —especialmente los más grandes— lleguen a ningún tipo de acuerdo. La lógica bélica instalada en la política española y de otros países dificulta pactar, puesto que el enemigo debe ser aniquilado, vencido, no se le confiere legitimidad o se le deslegitima continuamente. Pero las democracias, precisamente, se basan en tejer compromisos entre rivales, acuerdos que suponen cesiones mutuas, no capitulaciones. Por eso, Richard Hofstadter definió las democracias como un "equilibro armónico de frustraciones mutuas".
Cierto, lo dicho, la democracia implica también conflicto, desacuerdo, rivalidad. Las sociedades son plurales y los individuos y los grupos que los representan tienen posiciones, intereses, valores diferentes y contrapuestos muchas veces. Pero el punto de equilibrio entre el conflicto y los acuerdos es lo que facilita un funcionamiento sostenido de las democracias que permita sentirnos partícipes —no ya orgullosos— de sus instituciones. Y este equilibrio, aunque inestable, solo se puede sustentar en el reconocimiento de que hay un bien común que preservar, representantes legítimos para actuar —aunque no nos gusten— defendiendo posiciones que, si bien son diferentes, pueden llegar a aproximarse en algunos aspectos propiciando acuerdos amplios, inclusivos, perdurables y que miren por el bienestar general. Este es el punto de encuentro que habitualmente ha tenido la política española, aunque no se vea o parezca periclitado. Y esto es lo que parece que espera una buena parte de la ciudadanía para tener una visión más positiva de la política, especialmente entre los votantes del PP, PSOE y Sumar-Podemos.
Habida cuenta de la crispación existente, me temo que cualquier acuerdo, como ocurre con las leyes aprobadas sin oposición en el Congreso, debe ser concreto y mirar hacia el futuro sin aspirar a ganancias electoralistas. Dada su relevancia económica y social, impacto potencial en las generaciones venideras y que es un bien común a preservar, ¿qué tal si los representantes de los partidos se comprometen a intentar alcanzar algún acuerdo genuino para proteger nuestro medio ambiente de los incendios forestales? Está claro que hay intereses, visiones y propuestas diferentes. ¿Por qué no hacer el esfuerzo sincero de intentarlo? Pista: hablen directamente sin intermediarios mediáticos. Se nos quema el futuro.
Xavier Coller
Catedrático del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la UNED
Catedrático del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED, España). Es PhD por la Yale University (EE. UU.) y doctor por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha enseñado en varias universidades en España y Estados Unidos y ha sido 'visiting fellow' en las de Warwick, Berkeley, Harvard, Princeton, Université de Montpellier-1 y Luiss. Es el séptimo catedrático Príncipe de Asturias (Georgetown University) y corresponsal en España de la 'Comparative Candidates Survey'.