El nuevo plan de ajuste fiscal presentado por el Gabinete Bayrou el pasado 15 de julio no pilló por sorpresa a nadie, salvo a algún despistado. Se trata del enésimo esfuerzo por implementar
una hoja de ruta que permita aliviar el creciente déficit público y reducir la deuda, para cumplir con los objetivos del 3% y aproximarse al 60%, respectivamente, así como emprender la senda marcada por las
recomendaciones por país que establece la Comisión Europea. Una tarea titánica, considerando que el déficit se sitúa
actualmente en torno al 5,5% del PIB y que el plan contempla reducirlo hasta al menos el 4,6% en 2026, hasta alcanzar el 2,8% en 2029; unas cifras poco creíbles dadas las circunstancias que atraviesa la nación gala.
"El Gobierno es consciente del grave problema recaudatorio que padece la Hacienda francesa, lo que requiere de reformas de calado"
Durante el presente ejercicio se realizaron
algunas concesiones a los partidos políticos que apoyaron los presupuestos de 2025, como la revisión de la reforma de las pensiones del Gabinete anterior o el compromiso de buscar amplios consensos en la Asamblea a la hora de elaborar leyes que afectasen de forma directa a los estándares de vida de la población. Sin embargo, los planes para 2026 son otros, ya sea por dos razones no necesariamente excluyentes la una con la otra. Por un lado, el Gobierno es consciente del grave problema recaudatorio que padece la Hacienda francesa, lo que requiere de reformas de calado. Por otro, la idea es lanzar un mensaje efectista a la población. En otras palabras,
el Gobierno, al anticipar un rechazo parlamentario frontal que presumiblemente se confirmará durante la moción de confianza del próximo 8 de septiembre, sienta las bases para que el mensaje sobre lo necesario de unos ajustes duros cale en el medio plazo, bajo el argumento de que la delicada situación fiscal acabaría comprometiendo el crecimiento económico y la creación de empleo. De esta manera, similar a lo descrito por Naomi Klein en
La doctrina del shock, el Gobierno aprovecha un momento de crisis política, polarización y pérdida de credibilidad en las instituciones para implementar medidas que de otra forma no podría ni plantearse.
Pero ¿cómo de difícil lo tiene Francia?
En realidad, se trata de una economía muy resiliente frente a posibles fluctuaciones, en buena medida gracias al dinamismo de la gran industria nacional. Empresas como Saint-Gobain, Schneider Electric, Dassault Systèmes o Airbus, respaldadas y mimadas durante décadas por el todopoderoso Estado francés, son auténticos referentes globales en innovación y productividad en sus respectivos sectores. Además, cuenta con un sistema bancario privado (conocido históricamente como
Haute Banque) de notable influencia internacional, y que ha aportado crédito y liquidez en los momentos clave.
A ello se suma una red de transportes e interconexiones muy avanzada que no solo cubre el territorio galo, sino que opera también fuera de sus fronteras. En términos energéticos, y pese a las críticas recientes hacia la energía nuclear, Francia ha logrado mantener un suministro estable y competitivo para todo su entramado industrial gracias, precisamente, al uso de dicha fuente. De hecho, tanto el sector privado como el público están invirtiendo grandes sumas en su optimización, como lo demuestra el plan Francia 2030 y el
plan de desarrollo de sistemas de microrreactores nucleares. Este no busca sólo descarbonizar la industria nacional en el largo plazo, sino garantizar el suministro de energía eléctrica y calorífica a las ciudades de forma completamente autónoma. A ello se suman los
avances notables en la investigación sobre el uso del hidrógeno como alternativa tanto a las energías renovables convencionales como a los combustibles fósiles.
"Se trata, en definitiva, de una economía puntera en sectores como la industria química, los transportes, la energía o las telecomunicaciones"
No sorprende a nadie, por tanto, que el país tenga un desempleo menor al 8% o que el Estado haya logrado contener sin excesivas dificultades las presiones inflacionarias de 2022 —aunque también es cierto que el coste de la vida suele estar alto con relación a los salarios medianos—. Por tanto,
no es extraño que en los debates comunitarios París siempre tome partido por una autonomía estratégica que fomente la autosuficiencia a nivel europeo, reduciendo dependencias al mínimo posible y fomentando el trato con productores europeos por encima de todo. Se trata, en definitiva, de una economía puntera en sectores como la industria química, los transportes, la energía o las telecomunicaciones, entre otros. Ahora bien, esto requiere de ciertos matices que merecerían un análisis más detallado, como el hecho de que la reconversión industrial de finales del siglo XX concentró —aún más— la producción en París y su entorno, dejando a muchas antiguas zonas obreras completamente desmovilizadas y deprimidas, lo que ha supuesto un
caldo de cultivo perfecto para el ascenso del Rassemblement National (RN) en los últimos años.
Entonces,
¿por qué tanto empeño en reducir el déficit si la economía es capaz de absorber futuros shocks? Uno de los grandes problemas esgrimidos por el Gobierno es que el déficit es tan sólo un indicador, que importa hasta cierto punto, pero que en realidad el gran problema reside en el incremento de la ratio Deuda/PIB, que desde 2008 no ha hecho sino aumentar, como muestra el gráfico siguiente:
Paradójicamente,
la deuda ha aumentado y excedido el límite del 60% coincidiendo con gobiernos que han apostado de forma abierta por la austeridad y el control del gasto social —Sarkozy, Hollande y Macron—, mientras que en los años 80 del siglo pasado ésta se mantuvo a niveles relativamente bajos, en pleno auge del dirigismo francés de Mitterrand o del inmovilismo de Chirac en la siguiente década. En ausencia de reformas, se espera que la deuda suba hasta el 119% en dos años, aproximadamente. Cabe preguntarse, por tanto, por qué es tan importante que este indicador baje. En primer lugar, es difícil que el nivel de endeudamiento disminuya si no se corrigen los mecanismos que hacen aumentar el déficit, es decir, si los gastos siguen excediendo los ingresos la deuda no hará otra cosa sino aumentar.
Sin embargo,
¿es esto verdaderamente un problema? Países como Estados Unidos o China tienen niveles cercanos al 120% y 100% respectivamente, y no experimentan mayores dificultades a la hora de financiarse en mercados internacionales o emprender proyectos que requieran de fondos públicos. La UE, que desde Maastricht apostó abiertamente por un ordoliberalismo alemán impuesto al resto de economías europeas sin contar en absoluto con la enorme heterogeneidad comunitaria, pretende la vuelta a la senda del 60%, algo imposible en un contexto de rearme y reindustrialización proteccionista. Es esta, y no otra, la clave de todo.
Francia necesita liquidez para seguir invirtiendo en dinamizar su propia industria, así como para —una vez subsanadas las cuentas— crear un marco de defensa autosuficiente que no dependa de los Estados Unidos o de terceras partes y convierta a la nación gala en la verdadera potencia militar de la UE.
Este tipo de acciones necesitan de grandes inversiones públicas y un alto margen de maniobra sin importar el coste, algo de lo que Francia hoy por hoy adolece. Esto, unido al hecho de que la economía francesa se ha visto gravemente perjudicada por eventos externos como la Covid-19 o el incremento de las tensiones geopolíticas a raíz de la guerra de Ucrania, ha llevado al Gobierno a declarar la guerra al endeudamiento masivo y a abogar por una austeridad manifiesta, contraria a lo llevado a cabo por el país en los últimos ochenta años.
"Se pretende un ahorro de unos 40.000 millones de euros a través de recortar en las partidas sociales más importantes"
Las potenciales reformas propuestas por el primer ministro François Bayrou pueden describirse, siendo generosos y dada la idiosincrasia de la clase trabajadora francesa, como "generosas". Se pretende un ahorro de unos 40.000 millones de euros
a través de recortar en las partidas sociales más importantes: supresión de cerca de 3000 empleos públicos, no sustitución de un tercio del funcionariado jubilado, congelación de las pensiones para el siguiente ejercicio, aumento del copago en medicamentos, privatización de tejido productivo público, flexibilización del despido, y la ya llamativa supresión de dos días festivos. Bayrou también ha cedido a las presiones desde la presidencia de la República y plantea incrementar el gasto en defensa, pero ha insistido en que los presupuestos no tienen nada que ver con el nuevo rumbo promovido por Macron en esta materia, sino que se trata de maniobrar con rapidez y, como decía en abril, "hacer esfuerzos conjuntos" para evitar un hundimiento del país.
Si asumimos la primera tesis como cierta, es decir, que el Gobierno tema que la situación fiscal sea insostenible y afecte al crecimiento económico en el largo plazo,
se trata de una jugada más que arriesgada. Asumiendo el muy improbable escenario de que supere la
moción de confianza el 8 de septiembre,
el apoyo parlamentario a dicho paquete de reformas será mínimo, contando tan solo con el voto favorable —a priori— del partido de Macron y tal vez de Les Républicains. No obstante, estos últimos, que
abogan por un endurecimiento de la lucha contra el fraude fiscal y la inmigración irregular priorizando a los trabajadores nacionales, pueden retirar su apoyo a Bayrou si consideran que posicionarse a su lado les resta opciones electorales. Si, por otro lado, consideramos la segunda opción como probable y Bayrou ve imposible aprobar un presupuesto dadas las circunstancias, no sería descabellado pensar que su Gabinete ha decidido lanzar un mensaje claro sobre el estado de las cuentas nacionales para forzar un más que previsible rechazo parlamentario y dejar parte del trabajo hecho a un hipotético Gobierno entrante. Debemos tener en cuenta que
François Bayrou fue designado primer ministro con el objetivo de tender puentes en una Asamblea extremadamente polarizada en la que la izquierda —ahora dividida— ostenta una mayoría relativa, pero gobierna una minoría de centroderecha apoyada por la ultraderecha de RN, quienes tienen el control efectivo sobre lo que puede o no aprobarse en sede parlamentaria. Es, por tanto, un Gobierno con un margen de maniobra muy limitado, tal y como podemos observar en la imagen.
En este caso, y ante un rechazo frontal de la Asamblea,
no es de extrañar que el primer ministro busque una repetición de elecciones si no le dejan desarrollar su actividad con normalidad. Y no le van a dejar. Hasta ahora, la ultraderecha de RN había optado por no votar a favor de las mociones de censura propuestas desde la izquierda. Sin embargo, dado que es el propio Gobierno el que se someterá a la confianza parlamentaria, es muy probable que, tal y como han anunciado, voten en su contra, salvo que en la reunión del 1 de septiembre entre Bayrou y Bardella se alcance algún tipo de compromiso que dé un balón de oxígeno al primer ministro.
Porque, siendo realistas, ¿de verdad quieren el Parti Socialiste o Rassemblement National apoyar algo que genera un rechazo social mayoritario y arriesgarse a perder posibilidades en la carrera presidencial de 2027? ¿Son lógicos unos presupuestos tan restrictivos en una economía que se caracteriza por un alto dinamismo y productividad?
La sociedad francesa, que
en muchos aspectos puede clasificarse como ideológicamente conservadora, muestra una baja tolerancia ante el aumento de las desigualdades sociales y una clara oposición a favorecer los intereses de los estratos más privilegiados y poderosos de la sociedad a cualquier precio. Justamente en esta dirección apuntan los nuevos presupuestos: ponen en la mira el bienestar de las clases más desfavorecidas, culpándolas de los "males" que afectan a Francia, mientras se exime de responsabilidad a las grandes fortunas y al vasto entramado empresarial que, tras décadas de apoyo estatal, se ha beneficiado enormemente de recursos públicos para consolidar su posición dominante y hegemónica. La respuesta, por tanto, nos la darán los
idus de septiembre, que llegarán con armas afiladas y vientos de cambio.