Si miramos de cerca, descubrimos que, en tiempos de crisis política, como la que vive España, los mercados se comportan más como una montaña rusa de emociones que como una calculadora precisa. La economía conductual nos ayuda a entender el fenómeno de por qué, cuando la política se tambalea, las bolsas tiemblan… O a veces, como viene siendo el caso, reina una aparente calma.
Durante años, la economía clásica nos vendió la idea de que los inversores eran seres lógicos, capaces de analizar datos y tomar decisiones perfectas. Pero la realidad es mucho más fascinante. Kahneman y Tversky documentaron en su Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk (1979), cómo
las personas experimentan el dolor de una pérdida con más intensidad que la satisfacción de una ganancia del mismo valor. Esta aversión a la pérdida puede llevar a los inversores a vender sus activos ante la incertidumbre política, incluso si los indicadores económicos no sugieren una crisis inminente.
"La aversión a la pérdida puede llevar a los inversores a vender sus activos ante la incertidumbre política, incluso si los indicadores económicos no sugieren una crisis inminente"
Otro sesgo relevante en este escenario es el sesgo de disponibilidad. Se trata de
un atajo mental que lleva a las personas a estimar probabilidades basándose en la información que recuerdan con mayor facilidad o que tienen más a mano, en vez de buscar datos adicionales o considerar otras alternativas posibles. Es la información fresca sobre la que nuestro cerebro nos advierte con más intención. En el caso de España, si los titulares insisten con frecuencia en que "el país está al borde del colapso político",
los inversores pueden reaccionar de manera desproporcionada vendiendo activos, aunque los datos económicos no respalden esa percepción.
Por eso las narrativas son muy importantes sobre las decisiones financieras. Robert Shiller, uno de los pioneros de la economía conductual, resalta en su obra
Narrative Economics (2017) que las historias pueden tener un poder tan grande como los datos económicos. Si la narrativa dominante es de caos político, los inversores pueden reaccionar de forma exagerada, creando fluctuaciones de mercado sin que los datos lo respalden.
La narrativa en nuestro país con respecto a situación política y económica ha sido, en los últimos meses y en general, mixta. En algunos casos más alarmista con titulares del tipo "El riesgo de inestabilidad política resucita la prima de riesgo española"; y en otros neutral o calmada con titulares del tipo "A pesar de la turbulencia política, el mercado sigue sorprendentemente estable" o "El Banco Central Europeo mantiene el optimismo mientras el mercado se mantiene firme".
En tiempos de incertidumbre política el efecto manada también se intensifica. Si algunos inversores empiezan a vender, otros los seguirán, amplificando la volatilidad.
Este comportamiento está relacionado con la creencia de que otros inversores parecen estar mejor informados y toman mejores decisiones. El resultado es un ciclo que puede desencadenar caídas abruptas o burbujas especulativas, como documentaron
Bikhchandani y Sharma en 2000 o la misma crisis de 2008.
"Si la narrativa dominante es de caos político, los inversores pueden reaccionar de forma exagerada, creando fluctuaciones de mercado sin que los datos lo respalden"
Por otro lado, en una situación de turbulencia, los inversores pueden sentirse abrumados por la cantidad de información disponible (noticias, análisis, pronósticos) y optar por simplificar su toma de decisiones, limitando así la racionalidad de las mismas. Estas pasan a ser decisiones impulsivas o equivocadas, como la venta masiva de activos o la retirada de inversiones extranjeras, incluso cuando los fundamentos económicos no lo justifican.
Sin embargo, a pesar de la tensión política, el Informe de Estabilidad Financiera del Banco de España (BDE) de primavera de 2025 concluye con un análisis optimista: "La situación financiera de los sectores más relevantes para la estabilidad del sistema financiero español ha evolucionado de manera favorable desde la publicación del último Informe de Estabilidad Financiera (IEF) en otoño de 2024, aunque persisten algunos elementos de vulnerabilidad en un entorno geopolítico y macrofinanciero global marcado por una elevada incertidumbre".
Una explicación es que muchos inversores han aprendido de crisis pasadas, como la de 2008, y saben que no todas las amenazas políticas se traducen en crisis financieras. Este aprendizaje, conocido como adaptación hedónica, permite que los inversores ajusten sus expectativas y se mantengan más tranquilos frente a las dificultades políticas.
Percepción de seguridad
La confianza en las instituciones europeas también juega un papel clave en esta dulce serenidad.
A pesar de los titubeos políticos en España, los inversores confían en que el Banco Central Europeo (BCE) y otras instituciones tomarán medidas para evitar un colapso financiero. Esta percepción de seguridad amortigua las reacciones de pánico, incluso cuando el contexto político es incierto.
¡Pero ojo! Aunque esta calma puede parecer sólida, la narrativa que rodea la situación política puede cambiar en cualquier momento. Si la percepción de crisis se intensifica, la reacción emocional podría ser explosiva, disparando la volatilidad en los mercados y, en cuyo caso, el sesgo de statu quo podría ser muy útil al prevenir reacciones precipitadas de los inversores que opten por la inacción, prefiriendo no cambiar su exposición a los activos en tiempos de incertidumbre.
"Si la narrativa dominante es de caos político, los inversores pueden reaccionar de forma exagerada, creando fluctuaciones de mercado sin que los datos lo respalden"
Hasta aquí, todo ha sido con respecto al inversor pero el comportamiento de los reguladores y bancos centrales también está influenciado por los sesgos conductuales. Estos actores, que son fundamentales para la estabilidad financiera, pueden ser reacios a intervenir de manera drástica por miedo a consecuencias imprevistas. El sesgo de prudencia o la parálisis ante el temor de la sobre intervención es un fenómeno común en tiempos de crisis. Cass R. Sunstein, en su libro
Behavioral Science and Public Policy (2020), sostiene que los reguladores deben diseñar políticas públicas teniendo en cuenta los sesgos emocionales y cognitivos que afectan a las decisiones tanto de ciudadanos como de responsables políticos.
Recordemos pues, que en la encrucijada entre política, percepción y emoción, la mejor brújula sigue siendo la conciencia de nuestros propios sesgos humanos.