Es una rara avis en el periodismo español. Tiene capacidad analítica, fondo de armario intelectual y una gran capacidad de relacionar la densidad de los asuntos de fondo con la coyuntura de la política española. El periodista Esteban Hernández acaba de publicar El nuevo espíritu del mundo (Deusto), donde intenta responder a cómo y por qué el tablero mundial se resquebrajará los próximos años. Ya vivimos algunos síntomas. Pero Hernández va más allá y tiene la capacidad, también en esta conversación, de relacionar los movimientos de fondo con lo que pasa en el día a día de nuestra política más local.
Hernández señala que Trump impulsará el ascenso de la derecha radical en todo el mundo, y servirá para consolidar las tendencias iliberales que están sacudiendo Occidente y analiza, en particular, su derivada española: "La Fundación Disenso, la fundación de VOX, tiene un vínculo muy amplio con la derecha trumpista y FAES", tradicionalmente ligada al Partido Popular, "ha perdido todo contacto con eso. El PP español ha quedado fuera de juego internacionalmente respecto de las zonas geográficas de fuera de la Unión Europea", apunta. "Fuera de ahí Vox le ha ganado la partida ya", concluye. ¿Qué implicaciones podría tener eso para España?
Marc López y Esteban Hernández durante la conversación. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira
¿Cómo queda la posición geoestratégica de España después de la victoria de Trump?
Las primeras noticias son negativas. Las dos potencias relevantes son China y Estados Unidos, lo que relega a una Europa que está sufriendo con los nuevos tiempos y que soportará mayores dificultades. Dentro del entorno europeo, España tampoco está en una posición de ventaja: la parte que más puede perder en la UE es el sur.
El nuevo eje europeo, París, Berlín, Varsovia, indica a simple vista una posición geográfica que nos aleja de los lugares más relevantes dentro de la UE. Además, la salida económica que se dé a esta crisis puede causarnos complicaciones serias, un poco en términos similares a los de la crisis de 2008. Alemania puede hacer grandes inversiones y recortes de impuestos porque tiene la capacidad de asumir un margen de deuda del que España o Italia carecen. Si las inversiones en defensa previstas tienen lugar sin contar con un instrumento común europeo de financiación, y nada apunta a ello, dejarían a España en una situación difícil, como a otros países del sur. Habría que gastar unas cantidades elevadas de las que no disponemos. Hay países del norte que sí pueden realizar ese esfuerzo.
"Dentro del entorno europeo, España no está en una posición de ventaja: la parte que más puede perder en la UE es el sur"
Las buenas noticias son que España tiene posibilidades de desarrollar sus relaciones con el Mediterráneo y el mundo árabe, y contamos con lazos, aunque cada vez menores, con Latinoamérica. Las grandes potencias utilizan su poder, las que no son tan grandes hacen diplomacia. A España le toca hacerla ahora, tanto a nivel interno, con Bruselas y Berlín, como a en el plano externo, ampliando las conexiones con zonas geográficas con las que tenemos buenas relaciones.
Consideras que la relación con Marruecos, parecía más tranquila, puede entrar en una etapa de mayor complejidad dadas las privilegiadas relaciones de Marruecos con Estados Unidos y la administración Trump.
Sin duda, Marruecos es un socio prioritario de los Estados Unidos, y también un aliado de Israel tras los acuerdos de Abraham. Esas nuevas alianzas de Rabat han tenido repercusiones en su relación de los últimos años con España. Pero esta es una época en la que todas las piezas se están moviendo y las posiciones no son estáticas. España tiene que saber utilizar sus bazas, también diplomáticas, para que el ascenso de Marruecos no se traduzca en un perjuicio para España.
¿Qué piensa Trump sobre el mundo?
Creo que se va abriendo paso ya una certeza. Lo más frecuente ha sido analizar al gobierno Trump a partir de la peculiar personalidad de su presidente. Sin embargo, hay mucho más que eso. El diagnóstico que Trump ha emitido sobre los cambios en la situación internacional que produjo la globalización tiene bastante de correcto. El otro día escuchaba a Borrell realizar un análisis sobre el momento actual y se parecía mucho al de Trump, lo que me pareció significativo.
Hay que tener en cuenta que Trump es una solución a dos problemas estadounidenses. Uno, obvio, de hegemonía. Y en esa tarea de recuperación de poder, su gobierno está respaldado por parte de las élites estadounidenses. No es un actor que salga de la nada. El segundo problema es el de la cohesión social. Los republicanos han aumentado su base electoral entre las clases trabajadoras porque les han ofrecido una salida, buena o mala, pero que contiene una promesa de recuperación de su nivel de vida. Los dos problemas son producto de la época, y tienen que ver también con las diferentes visiones que tienen sus élites sobre el camino que se debe seguir.
Hasta ahora, EE. UU. había mantenido su hegemonía gracias al poder del dólar como moneda de reserva, lo que les permitía captar capitales de todo el mundo. Eso le permitía financiar su déficit público, mantener el coste de un gran ejército y no preocuparse por el déficit comercial.
"Pekín y Washington están tan acoplados que no pueden romper del todo su relación sin que ambos se hagan mucho daño"
Ahora Washington ha constatado que esa estructura generó dos efectos internos muy negativos. El primero es la pérdida de capacidades estratégicas. Ya no produce muchas cosas necesarias para garantizar su seguridad ni su dominio. Dudo que Trump quiera que las las fábricas de camisetas regresen a Estados Unidos, pero seguro que necesita recuperar capacidades productivas en áreas clave, así como asegurar sus cadenas de suministro. El segundo problema es que el déficit comercial también conllevaba, al ser producto de las deslocalizaciones, un deterioro sustancial del nivel de vida de clases medias y clases trabajadoras.
La respuesta que ha dado a ambos problemas ha sido los aranceles. Hay más, pero esa es la más significativa. Y hay que constatar lo que supone de recomposición del orden internacional a partir de la negociación bilateral. EE. UU. no va a negociar a través de instituciones comunes, sino mediante los acuerdos país a país. En ese golpe sobre la mesa hay un escollo muy difícil de superar, que es China. Pekín y Washington están tan acoplados que no pueden romper del todo su relación sin que ambos se hagan mucho daño. Y dado que será difícil ganar el pulso a China, EE. UU. quiere ganar poder a costa del resto de países, y en especial de sus aliados. Ha pedido a la UE que compremos más armamento, y lo vamos a hacer; que compremos más gas, y lo vamos a hacer. Y ahora, con los acuerdos comerciales, también exigirá que abramos las puertas del todo a sus tecnológicas, que son una parte esencial del futuro desarrollo de EE. UU., y seguramente lo hagamos. Además, está la capacidad de captación de empresas europeas para que fabriquen en su país, que no parece menor. A esa recomposición nos estamos enfrentado los europeos. Como les pasa a los imperios, en el instante en que no pueden expandirse más geográficamente, y China ha puesto límites claros, tienden a ser menos justos con sus socios.
El último libro de Esteban Hernández. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira
Has citado el armamento como un elemento de relación importante entre Estados Unidos y Europa. Creo que el ministro de Defensa de Alemania, ha dejado caer que obviamente es importante poner más dinero, pero también es importante que este dinero no sirva para comprar más armamento a Estados Unidos, sino que sirva para producir europeo. No estará Trump consiguiendo, o podría llegar a conseguir, que no es que tengamos más autonomía estratégica en defensa porque invertimos más, sino que al final lo que hagamos es gastar más pero no en favor de más autonomía estratégica sino comprando a Estados Unidos. Entonces, ¿no estará este debate viciado o no suficientemente comprendido por las élites políticas europeas?
Sí, desde luego. En primera instancia, creo que la defensa es un asunto importante de por sí, pero también en lo simbólico. Uno de los grandes problemas que existe con la guerra de Ucrania desde el punto de vista europeo es que, si Estados Unidos se retira, Europa carece de las capacidades necesarias para ayudar a Ucrania y conseguir que cambie el signo de la guerra. Tendría que invertir mucho dinero, pero las guerras no se hacen solo con dinero: sería necesario armamento que Europa no produce y que tardará tiempo en producir. Y además, tampoco posee las capacidades tecnológicas necesarias para conseguir que el armamento sea eficaz de verdad, lo que coloca a los países europeos en una posición subordinada. Pasa igual con el comercio. Cuando eres un país exportador y lo que produces no es esencial para el país importador, es el vendedor el que tiene la llave en su mano. En este caso, más aún, porque tanto Europa como China y Japón son zonas exportadoras y EE. UU. es un mercado crucial, lo que le concede un gran poder negociador.
"¿Por qué limitarse solo a invertir en defensa? ¿No sería necesario recuperar capacidades productivas, asegurar el abastecimiento energético, desarrollar la tecnología y fomentar el aprovechamiento del mercado interno?"
Estas debilidades han conseguido que se pueda decir en voz alta, por primera vez en mucho tiempo, que todo aquello del fin de la historia era falso, que Europa lo creyó, pero no era así, y que el resultado de esa creencia que hemos perdido capacidades esenciales. Lo curioso es que, después de constatar ese hecho, se nos dice que hay que cambiar el paso y hay que invertir, pero únicamente en defensa. Es absurdo. Europa ha perdido capacidades tecnológicas, ya que hace 25 años pensábamos que se trataba de un sector en el que el continente podría ser puntero, y ha ocurrido todo lo contrario; Europa tiene déficits energéticos serios. Produce bienes que están perdiendo valor, como los automóviles, o que no sirven de mucho, como los de lujo. Ha desaprovechado su mercado interior, porque lo ha entregado. En ese contexto, ¿por qué limitarse solo a invertir en defensa? ¿No sería necesario recuperar capacidades productivas, asegurar el abastecimiento energético, desarrollar la tecnología y fomentar el aprovechamiento del mercado interno? No se puede estar pensando solo en la defensa: se requiere una inversión mucho más amplia y mucho mejor diseñada. Porque si nos limitamos a la defensa, el destino final será comprar armamento a los Estados Unidos hasta que se puedan producir armas propias avanzadas.
Que no se haya puesto esto en marcha revela la mala comprensión del mundo que tienen las élites europeas. Continúan en el pasado. Y es un momento que solo ofrece dos posibilidades: o Europa da pasos adelante en el camino hacia una mayor integración, y eso significa unión fiscal, unión de mercados de capitales y un mercado único real o irá hacia atrás y los Estados tomarán cada vez más distancia de Bruselas. Empezando por Alemania, que ya está aplicando medidas muy serias para fortalecerse, pero solo en términos propios. La UE está en ese instante en que tenderá hacia la integración o hacia la disolución. Aunque se pretenda, seguir como hasta ahora no es posible.
En este sentido, tuvimos unas elecciones el domingo importantes para Europa y yo creo que también importantes para España. Polonia no deja de ser un país que desplaza el poder europeo hacia el Este. Aunque nosotros hayamos hablado del G5 en realidad el eje de Weimar sigue teniendo un papel más importante que el G5. Entonces. Dos preguntas: ¿cómo ves España en esta relación? ¿Qué supone para Trump la victoria de la derecha radical en las presidenciales polacas?
Hay varios planos. Uno es el ideológico. En Europa estamos viendo un enfrentamiento entre la derecha tradicional y ese cúmulo de derechas, extremas, populistas, etc., a la derecha del Partido Popular Europeo. Son dos bloques en los que puede haber ciertas coincidencias, por ejemplo en inmigración y en energías renovables, pero que difieren en el tipo de Europa a la que aspiran. Las derechas a la derecha del PPE europeo quieren que los Estados tengan un ámbito de decisión mayor, mientras que el PPE pretende mantener más o menos el sistema actual. La otra diferencia política esencial es que las derechas extremas europeas quieren tener un vínculo más cercano con Washington que con Bruselas. De modo que, en última instancia, existe un enfrentamiento entre el PPE, con la CDU al frente, y los partidos europeos cercanos al partido republicano estadounidense. Polonia es un país muy interesante en ese sentido porque es proatlantista por razones obvias, pero también por el tipo de lucha ideológica que se libra en él. En las elecciones a las que te refieres, ECR y Patriots apoyaron al candidato nacionalista, que ganó por poco al que era respaldado por el PPE, los socialdemócratas europeos y la Comisión. Esa división es significativa. Además, hay que tener en cuenta que lo que pretende Trump es disolver, en la medida que pueda, la Unión. Se aprecia en el terreno comercial: EE. UU. preferiría negociar país a país que con la UE en su conjunto, le sería más fácil. En ese contexto, Alemania tiene que decidir si de verdad quiere establecer alianzas con otros países europeos para reforzar la UE o prefiere ir por su cuenta y relegar Europa a un segundo plano. Alemania va a tener que decidir.
¿No lo ha decidido?
"Alemania tiene que decidir si de verdad quiere establecer alianzas con otros países europeos para reforzar la UE o prefiere ir por su cuenta y relegar Europa a un segundo plano"
No. Tiene que dejar claro si quiere ser el motor de la UE o solo lo quiere ser para sí misma. ¿Cuál es el problema de fondo? Que Europa está permanentemente mirando al exterior. Su prioridad ha sido exportar y se ha preocupado muy poco por fortalecer las capacidades propias. Y sigue en la misma línea. Está pendiente de Rusia, está pendiente de Estados Unidos, está pendiente de China. Y habría que actuar al revés. La pregunta es ¿qué podemos hacer por nosotros y qué podemos hacer para nosotros? Porque en la medida que se tiene más poder, también se tiene mayor fuerza negociadora.
Estenan Hernández durante la conversación con Agenda Pública. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira
Que por cierto, es lo que están haciendo todos los otros. China y Estados Unidos están haciendo esto.
Pero también Turquía, Arabia Saudí o India. De hecho, lo están haciendo todos los países importantes menos nosotros. Desde luego, España no está pensando en esos términos. Vamos con retraso. Además, la UE es especialmente débil en el nuevo escenario porque no es un Estado y carece de las fortalezas que esto supone. Pero, además, la falta de consenso y los intereses divergentes de los Estados que la integran dificultan las respuestas. El problema está ahí: ¿Se va a construir una Europa que mire más hacia adentro, que mire más hacia lo que puede construir por sí misma y lo que puede hacer por sí misma o vamos a ser una Europa siempre mirando hacia el exterior y pensando cuál va a ser su grado de dependencia de otros países?
"España tiene que trabajar estratégicamente, algo que no hemos hecho desde hace mucho tiempo. Hay que reforzar las capacidades españolas"
¿Qué puede hacer España? Insisto en el punto de partida. España es la parte perdedora de la parte perdedora y por lo tanto necesita hacer dos cosas. Tenemos que trabajar estratégicamente, algo que no hemos hecho desde hace mucho tiempo. Hay que reforzar las capacidades españolas y es necesario un plan estratégico con ese fin. En segundo lugar, tenemos que impulsar otra relación con Europa y otra perspectiva económica. No podemos continuar siendo la parte perdedora. Se habla todo el rato de la necesidad de impulsar el crecimiento, pero lo que hay que impulsar es el desarrollo.
¿Qué es el desarrollo?
El crecimiento, al final, son unos cuantos números que se pueden conseguir por caminos diversos, no siempre provechosos. Tienes que construir cosas, tienes que producir cosas, tienes que impulsar las capacidades con las que ya cuentas. Tienes que tener una visión del mundo. Tienes que tener trabajo, tienes que tener un mercado interior que funcione. Tienes que tener gente cuyos ingresos le proporcionen excedentes para el consumo. En cierta medida, eso es lo que le ha dicho Trump a los estadounidenses. Y veremos qué hace China. Es una potencia con gran capacidad exportadora, pero también cuenta con un mercado interior al que puede recurrir si sus exportaciones se frenan. Es difícil que decidan ahora fomentar su crecimiento mediante el consumo interno, pero es una posibilidad con la que cuentan. Europa también la tiene, y la está desperdiciando. Pero decidirse por este cambio supone una transformación grande en la mentalidad y una transformación grande en el enfoque económico. España debería ser un motor de este enfoque. La geografía de estos tiempos nos lleva a una posición más endeble en Europa. Hay que convertir esa debilidad en una oportunidad.
"Los ámbitos intelectuales y expertos europeos afirman que basta con armarse y con construir carros de combate y aviones para salir adelante"
Lo que me parece extraño en todo esto es que, tras la crisis de 2008 y la del Covid, con la guerra de Ucrania y los cambios impulsados por Trump, el concepto mismo de Europa y su papel en el mundo ha entrado en crisis. Eso debería haber producido una suerte de generación del 98 europea, una reflexión profunda sobre el continente. Y no ha ocurrido. Los ámbitos intelectuales y expertos europeos afirman que, en el fondo, no es tan grave, y que basta con armarse y con construir carros de combate y aviones para salir adelante. Si ese es el programa, nos va a hacer falta mucha suerte.
Se ha hablado sobre la Internacional de la derecha radical y la gran oportunidad que debería suponer que Trump haya ganado las elecciones en Estados Unidos. Pero, ¿no es contradictorio apostar por una internacional radical y mantener políticas nacionalistas? ¿Pueden estas políticas de Trump perjudicar las opciones electorales de la extrema derecha en diferentes países europeos?
En primera instancia, tenemos que constatar algo que es bastante evidente. Una de las tendencias electorales más obvias de los últimos años es el cambio de gobierno. Lo más frecuente es que, en cada elección, es que pierda el partido que gobierna. Estamos en un período de inestabilidad política elevada y de difícil gobernanza de los países. Y en ese contexto, es lógico que los nuevos jugadores tengan un peso relevante, especialmente cuando se significan como actores contrarios al sistema. Las poblaciones occidentales no creen mucho en el sistema y tampoco confían en los políticos. Con ese telón de fondo, es normal que las fuerzas nacionalistas ganen terreno: la lucha de clases ha sido sustituida por la lucha de territorios, y ahí el nacionalismo florece. Luego se puede argumentar, como haces, que las fuerzas nacionalistas van a chocar entre sí, porque cada país tiene intereses distintos. Y es esperable, pero de momento no ocurre. Hay fricciones, pero no grandes disensiones en esa internacional de las derechas. Patriotas por Europa es un grupo que, con todas las dificultades que tienen entre sí, está bastante cohesionado. Por ejemplo, en Rumanía, cuyas tensiones con Hungría son evidentes, Orbán ha apoyado al candidato de su ámbito ideológico a pesar de todo lo que eso supone para la minoría húngara.
"Trump es diferente de las derechas europeas por la configuración social de sus bases, ya que se ha apoyado tanto en las élites como en las clases trabajadoras"
Las derechas nacionalistas están cohesionadas porque creen que están cambiando las cosas de verdad, que están haciendo política real, y que se necesita una mentalidad muy distinta de la que propone el progresismo. Están cohesionadas porque exigen una libertad mucho mayor de los países respecto de la Unión Europea. Están cohesionadas en lo que se refiere a la cercanía con Washington o con Israel. Y además, operan en sociedades occidentales que viven un momento impugnatorio en el que emergen como la contestación al sistema. Su programa común es más fuerte que sus diferencias. Otra cosa será cuando lleguen al gobierno y tengan que defender los intereses concretos de sus países, pero de momento les une una visión común.
Trump es diferente de las derechas europeas por la configuración social de sus bases, ya que se ha apoyado tanto en las élites como en las clases trabajadoras y ha puesto en la diana a las clases gestoras profesionales como enemigo común. A las élites y a los trabajadores les ha prometido soluciones; a las primeras mediante la vía tradicional de recorte de impuestos, a los segundos mediante la recuperación de empleos mejor pagados. Los aranceles juegan ese doble papel, porque pueden impulsar la relocalización de las industrias, pero también proporcionar recursos para compensar lo que se pierda con la rebaja de impuestos. Sin embargo, las aspiraciones de estos dos bloques son muy diferentes, y en un momento dado Trump tendrá que traicionar a uno de ellos. Si defrauda a las clases populares es probable que los republicanos pierdan las siguientes elecciones, y ya le ocurrió en 2020. Pero si logra mantener los equilibrios entre las élites y los ciudadanos comunes y da satisfacción a ambas, puede abrir la puerta de una época de hegemonía republicana. Europa es otra cosa, porque la mayor parte de las derechas trumpistas continentales tienen una visión cultural muy asentada y unos objetivos claros, pero sus programas económicos suelen consistir en una prolongación de las recetas neoliberales, lo que les dificulta la construcción de opciones políticas que puedan satisfacer las demandas económicas de las clases medias bajas y populares. Trump podría conseguirlo porque es el presidente del país más importante del mundo, lo que le proporciona una posición de ventaja muy significativa, pero las derechas europeas lo tienen más complicado. Veremos qué ocurre cuando lleguen Le Pen o Bardella al poder, si es que llegan, porque la francesa es la más populista de las derechas trumpistas europeas. La dificultad, para mí, no está de momento en las disensiones entre las extremas derechas a las que les puede llevar su nacionalismo, sino en su capacidad para mantenerse en el gobierno cuando lo alcanzan. No olvidemos experiencias recientes: Trump salió tras su primer mandato, como Bolsonaro. Y Milei lleva el mismo camino. El éxito o el fracaso del segundo Trump será muy relevante en ese sentido.
El editor y director de Agenda Pública, Marc López, escucha atentamente a Esteban Hernández. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira
¿En qué medida consideras que puede haber disensiones internas en el republicanismo a medida que vaya pasando el tiempo y se vayan acercando las midterm elections?
Perdura en Europa una creencia según la cual es posible regresar al viejo republicanismo. El trumpismo dará marcha atrás en algún momento de su mandato forzado por los efectos de un programa demasiado arriesgado. También piensan que los trumpistas perderán las siguientes elecciones y se volverá al marco mental de la globalización con algunos retoques. Larry Fink hablaba el otro día de una segunda globalización llevada a cabo de otra manera. Yo creo que eso ya no es posible y que todo lo que sea resistirse a los cambios, es decir, todo lo que no sea impulsar cambios en una dirección positiva, va a generar cambios negativos. ¿Por qué lo digo? Porque la tensión entre Estados Unidos y China está ahí y no va a parar. Estados Unidos y China están peleando por la hegemonía y, a partir de ahí, todo se transforma. Con lo cual, intentar mantener las bases conceptuales de la era global y, por tanto confiar en que es posible un republicanismo estadounidense moderado que esté en el mismo marco mental que un partido conservador europeo es perder el tiempo.
"Las dos posturas que se enfrentan en el partido republicano son la tecnológica y la del conservadurismo cultural que hace guiños al New Deal"
Las tensiones en el republicanismo estadounidense vienen de otro lugar. Está la visión de los tecnológos, de esas élites estadounidenses que creen que los algoritmos van a sustituir a la tecnocracia y que hacen falta muchos menos tecnócratas y mucha más gente versada en tecnología que tenga una mentalidad diferente. No olvidemos que la tecnología es percibida como una solución para casi todos los problemas, también para la gestión eficiente de lo público. Hace poco, Peter Mandelson, el embajador británico en EEUU, insistía en esta posición como base real del acuerdo comercial entre EE. UU. y Reino Unido. Por otra parte, está el programa de los MAGA. Hay fundamentalmente dos posiciones: la que pretende salir de la época global acelerando los procesos e insistiendo en viejas fórmulas, como los recortes de impuestos, mucha menos regulación, menos protección social y más tecnología, lo que vendrá bien a la economía estadounidense, y por tanto a sus ciudadanos. Es una forma actualizada de la economía del trickle down. Por otra parte, están los nuevos conservadores, incluyendo a antiguos neoliberales como Marco Rubio. El secretario de Estado de EE. UU. escribió hace relativamente poco un libro, Décadas de decadencia, con el que marca una dirección completamente distinta a la que tenía hasta entonces. Y hay un movimiento interesante en torno a J.D. Vance, que está bien representado es el
think tank American Compass, dirigido por Oren Cass. Acaba de publicar un libro recopilatorio,
The new conservatives, al que conviene echar un vistazo, y que contiene un intento de reconstruir el republicanismo desde una base integradora, en lo social y en lo económico. Son personas de derechas que prestan especial atención al trabajo y a la fortaleza de las comunidades. Esta es la otra opción, la que encarna al MAGA que mejor entendido puede ser por el votante medio estadounidense. Son las dos posturas que se enfrentan en el partido republicano: la tecnológica y la del conservadurismo cultural que hace guiños al
New Deal. Trump es una solución de compromiso entre ambas, por lo que hay que estar pendiente de cómo evoluciona su mandato. La historia señala que, en estas circunstancias, lo habitual es que sean las clases populares las traicionadas. Ya lo veremos.
¿Cómo juega el debate interno republicano americano en el espacio del centroderecha y derecha radical español?
Es muy interesante por la repercusión que tiene dentro y fuera. Lo primero es constatar un hecho: la Fundación Disenso, la fundación de VOX, tiene un vínculo muy amplio con la derecha trumpista del que FAES carece. El PP español ha quedado fuera de juego internacionalmente en las regiones no europeas: en Latinoamérica, por ejemplo, Disenso tiene mucho más peso que FAES. Pero, en segundo lugar, la influencia de Vox dentro de Patriots es notable, mientras que el Partido Popular está bien situado en el PPE, pero no tiene una influencia significativa. En el terreno internacional, Vox va ganando el partido. Y esto tiene repercusión en la política española. Según las encuestas actuales, al PP le haría falta Vox para gobernar, salvo una improbable abstención del PSOE. Es más, al PP le convendría, por el sistema electoral española, que Vox estuviera en un 14-15%, ya que de esa forma aseguraría el gobierno. El riesgo es que Vox se dispare a un 18%, lo que se traduciría en una influencia mayor en el hipotético gobierno. Y esto es importante porque el Partido Popular Europeo está haciendo ahora cortafuegos a las extremas derechas. Manfred Weber afirmó en el congreso de Valencia que el enemigo de los conservadores eran las extremas derechas, no los socialdemócratas. El PPE puede tener relación con Meloni, pero Meloni no está en Patriots. El problema para los populares es Patriots, pero también la Europa de las Naciones Soberanas, el grupo de la AfD. El modelo alemán, el de una coalición sistémica que excluya a AfD es el que están utilizando en las instituciones de la Unión Europea. Y ese propósito choca con un gobierno español en el que estén PP y Vox, porque Vox forma parte de la corriente que tratan de excluir. A las autoridades comunitarias no les preocuparía esa coalición, siempre que el número de diputados de Vox no les concediera una influencia excesiva en ese futuro gobierno. Un Vox que se disparase al 18-20% les resultaría muy preocupante y chocaría con las directrices del PPE. Además, hay que ver todo el mapa, ya que las derechas trumpistas europeas están cerca de Washington y poco de Bruselas y de Berlín. De modo que si hubiera elecciones que llevaran al PP y Vox a compartir gobierno, causaría preocupación en Europa. Al menos, en este instante. Veremos la evolución que ha seguido Europa cuando las elecciones españolas se celebren.