Martes, 28 de julio de 2026
GEOPOLÍTICA

España en Pekín: la autonomía no se declara, se ejerce

La visita de Pedro Sánchez a China representa, en palabras de Carlos Santana, director del Programa Avanzado en Supply Chain de IE Business School, "una oportunidad para dirigirse al mundo con ambición, sin arrogancia; para ejercer autonomía sin renunciar a principios". El experto insta a una actuación más decidida de la UE en el ámbito internacional.

Carlos Santana Carlos Santana 10 de abril de 2025
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Pedro Sánchez pasea junto a Xi Jinping en su previa visita a Pekín, en septiembre de 2024. | Huang Jingwen / Xinhua News / ContactoPhoto
Pedro Sánchez pasea junto a Xi Jinping en su previa visita a Pekín, en septiembre de 2024. | Huang Jingwen / Xinhua News / ContactoPhoto
El viaje se enmarca, a ojos chinos, dentro de una gira asiática del presidente y responde al compromiso adquirido con el presidente Xi en su último encuentro de visitar China una vez al año. Nada transcendental. Sin embargo, para los americanos es probablemente una declaración de intenciones en toda regla. Esta expedición no es un gesto simbólico ni una provocación diplomática. Se produce en un momento particularmente delicado de la política internacional, en especial tras el anuncio de aranceles recíprocos por parte de la Administración americana. Por lo tanto, podría marcar un punto de inflexión —si no para el conjunto de Europa, al menos sí para aquellos Estados miembros que creen que la autonomía estratégica no es una consigna, sino una tarea—.

La realidad económica obliga a mover ficha. La Unión Europea depende más del comercio internacional que China o Estados Unidos. Según datos del Banco Mundial, el comercio exterior (exportaciones e importaciones de bienes y servicios) representó aproximadamente el 56% del PIB en la UE, frente al 37% en China y apenas un 24% en Estados Unidos.

"La visita a Pekín del presidente del Gobierno busca proponer un nuevo tipo de interlocución: más pragmática, más concreta, más madura"
Esta apertura no es una elección para Europa, es una condición estructural. Y la relación con China, pese a sus tensiones, es central en esta ecuación: según la Comisión Europea, China es el segundo socio comercial del bloque, con un volumen de intercambios que alcanzó los 731.000 millones de euros en 2023. El vínculo, sin embargo, sigue marcado por un desequilibrio persistente: en ese año, la UE exportó a China bienes por valor de 213.300 millones de euros, mientras que importó por 517.800 millones, lo que generó un déficit comercial superior a 300.000 millones de euros.

La visita a Pekín del presidente del Gobierno se enmarca en esta lógica. No busca romper equilibrios, sino proponer un nuevo tipo de interlocución: más pragmática, más concreta, más madura. Ni ingenuidad ni alineamiento automático. China es un actor global que no ajusta su comportamiento a presiones externas. Tiene cinco mil años de tracción histórica, una forma de entender el poder, el tiempo y la diplomacia que sigue su propio curso. Asumamos eso ya.

Desde hace años, el sistema internacional gira en torno a una rivalidad cada vez más estructural entre Washington y Pekín. Ambos han dejado atrás la cooperación regulada. El distanciamiento ya es evidente: no solo en cadenas de suministro, sino en tecnología, inversiones y modelos de gobernanza. Y no se trata de una reacción coyuntural. Aunque este es un análisis ampliamente compartido del camino que nos ha traído hasta aquí, ahora surgen dudas más profundas y se rompen ciertos consensos sobre lo que está ocurriendo en este convulso presente: ¿está siendo la Administración Trump cortoplacista o tiene realmente una estrategia de fondo orientada a desacoplar las economías y sociedades china y estadounidense?

Para algunos, Trump no juega al corto plazo, sino que responde a un objetivo claro más allá de sus giros de guion y pataletas: la búsqueda de autonomía y la reindustrialización del país. Su estrategia hacia China sería, entonces, una apuesta de largo recorrido, asumida incluso conociendo las turbulencias económicas y sociales que ya empiezan a aflorar en la economía y sociedad norteamericana. Es gracias a esa supuesta visión estratégica que muchos conservadores, dentro y fuera del Partido Republicano, toleran lo dantesco de su puesta en escena. Pero, para otros —demócratas incluidos—, no queda claro que la Administración Trump apueste realmente por el decoupling. Ven en su relación con China una actitud ambigua, poco consistente o incluso complaciente. ¿Quiere Estados Unidos alejarse de China o prefiere repartirse el mundo con ella?

"La Unión Europea no puede limitarse a observar. Encerrarse en bloques ideológicos no está en su naturaleza ni en su interés estratégico"
Sinceramente, no importa. Ya sea que el acercamiento se traduzca en inversiones chinas en el mercado estadounidense, o que —para sorpresa de muchos— todo el ruido de Trump se revele como un plan detallado para romper con esa dependencia, Europa no debería cambiar de rumbo. Debemos actuar del mismo modo, sea cual sea el leitmotiv americano.

En este contexto, la Unión Europea no puede limitarse a observar. Encerrarse en bloques ideológicos no está en su naturaleza ni en su interés estratégico. Sabemos, por experiencia, a qué conducen los nacionalismos excluyentes y las alianzas rígidas. Y si queremos regalarnos otras ocho décadas de estabilidad y apertura, necesitamos algo más: una política exterior consciente de que el mundo no se reordena solo.

Europa —y, dentro de ella, países como España, con redes multilaterales y una geografía diplomática abierta— tiene una oportunidad. Puede consolidarse como espacio de encuentro, como vía de entendimiento entre potencias que operan cada vez más en lógicas irreconciliables. No se trata de neutralidad, sino de voz propia. De ocupar un lugar en el mundo sin asumir líneas impuestas.

Europa dispone de capital humano, escala económica, talento científico y legitimidad institucional. Si el euro aspira a consolidarse como divisa de referencia, si nuestras ciudades quieren ser plazas globales, lo que hacemos y cómo lo hacemos importa. No es retórica: es estrategia.

Ahora bien, ningún Estado miembro puede hacerlo por su cuenta. Ni Francia, ni Alemania, ni muchísimo menos España. Pero unidos, como proyecto común, sí existe el potencial. Alcanzar el consenso es difícil, pero también es nuestra seña de identidad. Allí donde otros se imponen, Europa pacta. Nuestra fortaleza es, precisamente, la capacidad de ceder. Si abrimos el debate sobre más cesión de competencias en política exterior, no debilitamos Europa: la reforzamos. Ser capaces de compartir soberanía no solo demostraría lo que somos, sino lo que queremos ser.

"Si abrimos el debate sobre más cesión de competencias en política exterior, no debilitamos Europa: la reforzamos"
En un mundo tan tensionado que corremos el riesgo de "llegar a las manos" en escenarios donde pensábamos que era imposible hacerlo, la negación del otro se ha naturalizado. Hemos entrado de lleno en el decoupling cultural", con una constante erosión del entendimiento mutuo. En su punto más alto, unos 25.000 jóvenes estadounidenses estudiaban en universidades chinas. Hoy apenas quedan 700. Y si China fue durante años el principal emisor de estudiantes hacia EE. UU., con más de 360.000 matriculados, hoy la cifra ronda los 280.000. Dos sociedades que se miran cada vez menos. Que se escuchan menos. Y que se entienden peor.

China ha transitado por tres grandes etapas de desarrollo económico, no siempre ordenadas ni perfectamente delimitadas, pero sí claramente reconocibles. La primera, entre los años ochenta y finales de los noventa, estuvo marcada por la producción barata a cambio de transferencia de conocimiento: Occidente llevaba sus fábricas a China para producir coches asequibles; China, a cambio, aprendía a fabricarlos. La segunda, a partir de los años 2000, giró hacia la expansión del mercado interno. Las empresas occidentales ya no solo producían en China, también vendían allí. Se trataba, literalmente, de colocar un coche en cada hogar. La tercera etapa —la actual— es la de la innovación. Con una base productiva consolidada y un mercado interno en escala, China ha comenzado a fijar estándares globales en sectores estratégicos como los vehículos eléctricos, la energía solar o las plataformas de pago. Esta evolución ha venido acompañada de un cambio de enfoque para las empresas internacionales: hemos pasado de tener que estar en China para acceder a un mercado de 1.400 millones de personas —el ya clásico in China for China— a tener que estar en China para poder llegar allí donde China llega: in China for the Global South.

Este ciclo ha sido posible, entre otras cosas, porque Estados Unidos decidió, en paralelo, replegar su economía hacia los servicios y la innovación, manteniendo únicamente industrias clave de alto valor añadido como la defensa. Ahora, en pleno giro hacia la reindustrialización, Washington quiere replicar el modelo que en los años ochenta favoreció el despegue chino: producción nacional con protección estratégica. "In USA for USA", proclama Trump, en una lógica que recuerda demasiado a aquel "in China for China" de principios de siglo. En este espejo de repeticiones históricas, tal vez Europa debería, aunque suene provocador y por supuesto ficticio, dejar que China fabrique nuestros coches (eléctricos, eso sí) y centrarse en fortalecer su industria de defensa, incluyendo a China como receptor de dicha producción. Al fin y al cabo, cuando las empresas europeas fueron a China, no llevaron con ellas sus motores más avanzados; esos se quedaron en Alemania. Es lógico pensar que China, hoy, tampoco traerá sus últimas baterías. Pero incluso así, su presencia industrial en Europa puede servirnos para lo que más necesitamos: ponernos las pilas.

En este momento histórico que vivimos, parece que solo hay dos alternativas de gobernanza: bien aquellos donde las empresas dictan los pasos del Gobierno, o bien donde los Estados controlan a las empresas y su línea de actuación. En ese mundo, hace falta más y más Europa. Esta visita no es un gesto aislado. Es una oportunidad para hablar al mundo con ambición, sin arrogancia. Para ejercer autonomía sin renunciar a principios.
Carlos Santana
Carlos Santana
Profesor adjunto en la IE Business School y experto en cadenas de suministro.
Investiga sobre la Relación entre la empresa privada y el Estado en China: Mecanismos de Comunicación, Coordinación y Control en su Presencia Internacional (2008-2020). WGL (Workshop in global Leadership) en la Harvard Kennedy School. MBA (IE Business School y Brown University). Máster en Ciencias de la Comunicación. Publicidad y Relaciones Públicas. (UCM)
Participación