Martes, 28 de julio de 2026
ELECCIONES CANADÁ

Canadá en la encrucijada: elecciones anticipadas en medio de tensiones con EE. UU.

Un país marcado por las "bravatas anexionistas" de Donald Trump y sus tensiones internas se enfrenta al desafío de reafirmar su identidad y definir su futuro en unas elecciones decisivas el próximo 28 de abril. Ignacio Molina, investigador principal del Real Instituto Elcano, analiza esta compleja realidad.

Ignacio Molina Ignacio Molina 26 de marzo de 2025
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Mark Carney, nuevo primer ministro canadiense, interviene durante el mitin de apertura de campaña del Partido Liberal. | Frank Gunn / Zuma Press / ContactoPhoto
Mark Carney, nuevo primer ministro canadiense, interviene durante el mitin de apertura de campaña del Partido Liberal. | Frank Gunn / Zuma Press / ContactoPhoto

Hace ahora quince años, la voz poderosa de Michael Bublé resonaba en Vancouver durante la clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno. La estrella pop canadiense —que todas las Navidades compite en nuestros oídos con Mariah Carey— apareció disfrazado de policía montada para interpretar The Maple Leaf Forever; himno oficioso cuya historia condensa bien la fortaleza y, a la vez, la vulnerabilidad de Canadá. Un país ciertamente fuerte cuando se mira su competitiva economía globalizada, su avanzada democracia federal, su alta cohesión social o, por seguir con la música de aquella ceremonia, su "tierra de cielos azules interminables y montañas recias". Pero también un país que, a la luz de las bravatas anexionistas de Donald Trump, sería más frágil de lo que pensábamos.

"Canadá, a la luz de las bravatas anexionistas de Donald Trump, sería más frágil de lo que pensábamos"
Visto desde la coyuntura actual, resulta muy revelador el origen de esa oda a la hoja símbolo nacional. La compuso en 1867 Alexander Muir, quien acababa de luchar en una extravagante batalla para repeler una guerrilla de neoyorquinos irlandeses que habían cruzado el río Niágara con la aquiescencia del ejército de EE. UU. Los canadienses, ya fueran de origen inglés o francés, lucharon por primera vez unidos y derrotaron a las peculiares fuerzas agresoras. Ese mismo año, el fervor patriótico impulsó la confederación de las provincias de la Norteamérica británica en un Canadá unificado que empezaba su larga marcha a la independencia; un proceso acabado solo en 1982, cuando se alcanzó plena soberanía con respecto a Londres, aunque todavía hoy podría considerarse incompleto al seguir teniendo a Carlos III como jefe del Estado.

Los problemas que siempre padeció la letra original de Muir —hasta el punto de tener que cambiarse ser cambiada por resultar demasiado anglófila para la sensibilidad del 22% francófono— enlazan con la primera de las grandes debilidades canadienses: su integridad territorial. En España nos es familiar la saga de los referendos con formulaciones rebuscadas para preguntar sobre la secesión de Quebec y la respuesta provisionalmente exitosa dada por las instituciones federales apelando a la claridad. Menos conocido resulta que el riesgo de ruptura tiene otros focos secundarios: el separatismo petrolero en Alberta, los agravios históricos de las provincias occidentales y atlánticas con respecto a la lejana Ottawa o, en fin, las reivindicaciones de los cientos de naciones originarias reconocidas.

Esa complejidad entronca con el segundo gran talón de Aquiles: la agresividad de su vecino, que ahora no esconde querer aprovechar la aparente desunión del inmenso territorio para incorporarlo como 51.º estado. Es verdad que la historia de la relación bilateral contiene varios episodios oscuros. De hecho, si la canción patriótica canadiense antes mencionada debe su inspiración a una insólita escaramuza realizada desde Nueva York, el famoso Star-Spangled Banner del himno nacional estadounidense evoca otra guerra, la de 1812, iniciada también con una invasión desde el sur que fue igualmente repelida por el norte. Pero, por mucho que en aquel contraataque ardiese Washington, nadie que no fuera republicano ultranacionalista hubiera pensado que la doctrina del Destino Manifiesto volvería dos siglos después.

"La amenaza directa a la supervivencia misma del más natural de sus aliados no solo extingue la credibilidad de EE. UU. como potencia líder de Occidente, sino que golpea duramente otras premisas que han configurado la narrativa de las relaciones internacionales desde 1945"
La osadía de Trump —con la imposición de aranceles de castigo, el cuestionamiento de los tratados que delimitan la frontera o el insultante tratamiento al ex primer ministro Justin Trudeau, rebajado al estatus de gobernador— debería servirnos de canario en la mina. La amenaza directa a la supervivencia misma del más natural de sus aliados —tras muchas generaciones de profunda relación sociocultural entre los dos pueblos, intenso intercambio comercial y estrecha cooperación militar— no solo extingue la credibilidad de EE. UU. como potencia líder de Occidente, sino que golpea duramente otras premisas que han configurado la narrativa de las relaciones internacionales desde 1945: la paz capitalista o la teoría de que dos democracias no se enfrentan entre sí.

Comoquiera que sea, y sin tiempo para lamentar el fin de cualquier inocencia, Canadá debe responder al mayor desafío de su historia contemporánea. No lo tiene fácil porque, como ya se ha dicho, fortalezas y flaquezas se retroalimentan. En buena medida, el país es vulnerable como paradójico resultado de su propia grandeza: la segunda superficie del planeta, unas exportaciones con una relevancia sobre el PIB tres veces superior a las de EE. UU., el miembro del G7 que atrae a más extranjeros y el único que es oficialmente bilingüe o, en fin, la audacia de autodefinirse como un Estado divisible. Demasiado extenso, interdependiente, multicultural, plurinacional y libre como para confiar en que su futuro está garantizado.

Canadá es verdaderamente frágil y en los últimos años ha sufrido una elevada polarización a propósito del medioambiente, las pensiones, la inmigración, las armas, las vacunas, las polémicas woke y otras guerras culturales que iban acercando su política a los crispados estándares del vecino. En ese escenario embarrado emergió la figura del conservador Pierre Poilievre, quien —sin llegar a los extremos del MAGA— piensa como un libertario y actúa como un populista. A final de Navidad, el jefe de la oposición sacaba veinticinco puntos al muy desgastado Trudeau. Pero el efecto combinado de la dimisión de este, el nombramiento de Mark Carney como nuevo primer ministro y la retórica incendiaria de la Casa Blanca han provocado el vuelco en los sondeos más súbito del que se tiene registros. Dentro de un mes, el 28 de abril, se sabrá el veredicto en las urnas.

"El efecto combinado de la dimisión de Trudeau, el nombramiento de Mark Carney como nuevo primer ministro y la retórica incendiaria de la Casa Blanca han provocado el vuelco en los sondeos más súbito del que se tiene registros en Canadá"
Carney engrosa una nómina de líderes del partido liberal que incluye a ilustres académicos que nunca ganaron las elecciones, como Michael Ignatieff o Stéphane Dion, y a gobernantes que lograron dominar décadas enteras como Jean Chrétien o los dos Trudeau. Su exitosa trayectoria profesional previa como banquero central podría inclinarle a la impecable tentación teórica de los primeros, pero Canadá necesita el instinto práctico de los segundos. Y, ya que la prioridad es unir al país, mejor acercarse al carácter eficaz del padre que a la simpatía menguante y, a la postre, decepcionante de Justin.

Pierre Trudeau no fue un personaje amable, pero sí valiente. Hizo sentir a la gran mayoría de sus compatriotas el orgullo por su identidad diversa y la tranquilidad de pensar que había alguien defendiendo la patria. Hoy el primer paso es librar una difícil guerra comercial con el país, que es destino de casi el 80% de las ventas canadienses, lo que obligará a tomar decisiones trascendentales para diversificar la actual dependencia. Pero el envite de fondo es mayor y requiere poner los codos en guardia (elbows up!) para resistir el vértigo de ser absorbidos por la primera potencia mundial. Carney ha declarado que no permitirá que eso ocurra y que, una vez superado el shock de la traición, nunca deben olvidarse las lecciones. Porque, como nos cantó Bublé aquella noche olímpica de 2010 mirando de reojo al teleprónter, pues no se sabía la nueva letra del viejo himno, Canadá es "tierra de coraje, paz y fuerza tranquila donde ondea orgullosa la hoja de arce para siempre".

Ignacio Molina
Ignacio Molina
Investigador Principal del Real Instituto Elcano y profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
Participación