

Ya que la geopolítica vuelve a estar de moda, tomemos prestado el concepto de diatopo de Yves Lacoste para analizar la detención del popular alcalde de Estambul, Ekrem İmamoğlu, y las protestas en esta y otras ciudades turcas. La ciudad del Bósforo es hoy uno de los epicentros de un combate global entre democracia y autoritarismo, entre Estado de derecho y arbitrariedad política, entre fortaleza institucional y captura individual del poder.
"Estambul es hoy uno de los epicentros de un combate global entre democracia y autoritarismo, entre Estado de derecho y arbitrariedad política, entre fortaleza institucional y captura individual del poder"Lacoste, un geógrafo nonagenario francés que sigue siendo profesor emérito en la Universidad París VIII, popularizó en los años 1970 el análisis de cualquier problemática superponiendo diferentes escalas cartográficas, desde la más local a la más global, a través de diatopos. Este neologismo proviene de las palabras griegas tópos [lugar] y diá, que significa no solo separación, sino también a través de y consiste en plasmar en una sola representación espacial la superposición de tres o más niveles de análisis. Eso permite visualizar la localización de fenómenos globales y la globalización de lo local. Por poner un ejemplo totalmente distinto, pero quizás más cercano al lector, un análisis de los comercios, la propiedad o la procedencia de los vecinos de un barrio cualquiera de Barcelona o de Madrid complementaría e ilustraría el mapeo de las dinámicas de globalización, financiarización y movilidad a escala global.
Pues bien, en las calles y plazas de Estambul y de otras ciudades turcas podemos cartografiar la virulencia del combate entre democracia y autoritarismo. El desencadenante ha sido la detención de su popular alcalde el 19 de marzo —acusado de corrupción y vínculos con grupos terroristas— y la imposición de prisión preventiva el domingo 23 de este mismo mes. Las masivas movilizaciones frente a la alcaldía en el barrio de Sarahçane, y en otras muchas plazas de la ciudad y del país, son los espacios donde se está librando una batalla de alcance global. También en las comisarías y juzgados, ya que las movilizaciones han ido seguidas de detenciones de políticos, activistas y periodistas para infundir temor.
De la existencia de este combate a escala global sobran las evidencias. Quien busque otros epicentros puede mirar al Despacho Oval, al Kremlin, a la oficina del primer ministro israelí o a las calles de Belgrado y de Tiblisi. Y para entender su extensión basta hacer un repaso a las noticias diarias, tanto en la sección internacional como en la local, y también sería revelador exponerse al feed de las redes sociales consumidas por nuestros adolescentes.
¿Qué papel tiene Turquía en este combate? Es una potencia emergente con más de ochenta y cinco millones de habitantes y con peso e influencia tanto en Europa como en el Cáucaso y Oriente Medio. Tiene en su haber una convulsa historia política, marcada por las intervenciones militares, pero también por el apego de los ciudadanos a los principios republicanos y la sacralidad del voto, demostrado reiteradamente con las masivas tasas de participación. Por ejemplo, esta alcanzó el 87% y 84% en cada una de las dos vueltas de las presidenciales de 2023.
"En un momento decisivo para la salud de la democracia a escala global, Turquía aparece como un país bisagra, capaz de decantarse hacia uno u otro lado"Turquía ha sido objeto de estudio tanto para entender los procesos de democratización como, más recientemente, para entender cómo funcionan los modelos híbridos. E incluso lo que se ha calificado como autoritarismo competitivo: un régimen político en el que se mantiene una fachada de democracia (con elecciones periódicas y pluripartidismo), pero con una concentración del poder en manos de un líder o grupo, y el control de las elecciones y la competencia política para asegurar su permanencia en el poder.
Por ejemplo, los observadores electorales de la OSCE calificaron las elecciones presidenciales de 2023 como "libres pero no justas" y todos los índices políticos —los World Governance Indicators del Banco Mundial, el índice de libertad de Freedom House, el índice de democracia global de The Economist o el de libertad de prensa de Reporteros sin Fronteras— coinciden en señalar una restricción de las libertades, un fortalecimiento del autoritarismo y una erosión del Estado de derecho desde el año 2013. En un momento decisivo para la salud de la democracia a escala global, Turquía aparece como un país bisagra, capaz de decantarse hacia uno u otro lado.
Y ahora bajemos a la escala más local. Estambul. Una ciudad de dieciséis millones de habitantes, la más grande del país y de Europa, que representa el 18% de la población turca y el 30% de su PIB. Una ciudad a caballo entre los Balcanes y Anatolia, puerta del mar Negro hacia el Mediterráneo y, por lo tanto, de indudable valor geopolítico. Una metrópolis abierta al mundo, pero también representativa de todo el país gracias a las distintas olas de inmigración interna. Por ejemplo, es la ciudad del mundo con más habitantes kurdos, con estimaciones que van de entre tres a cinco millones de vecinos, ya que no hay censos oficiales.
El actual presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan fue alcalde de Estambul entre 1994 y 1998, cargo del que fue apartado judicialmente y encarcelado varios meses por haber recitado un poema con referentes religiosos que, según la justicia, incitaba a la violencia y el odio. Sin embargo, tanto su gestión en la alcaldía —centrada en la mejora de la vida cotidiana de los estambulíes, por ejemplo, con el transporte público— como su resistencia a esta injusticia le propulsaron a ganar sus primeras elecciones a escala nacional en 2002. "Quien gana Estambul, gana Turquía" es una de las frases que se le atribuyen y es muy indicativa de por qué Erdoğan y los suyos ven a İmamoğlu como su principal rival.
Estambul también ha sido el escenario de movilizaciones en defensa de la democracia en los últimos años. En 2013 estallaron unas protestas contra el Gobierno por los planes de demolición del parque Gezi y acabaron tornándose en una movilización tan masiva como fallida contra la forma de gobernar de Erdoğan y su partido. En la noche del 15 al 16 de julio de 2016 los vecinos de la ciudad también salieron a la calle para impedir el intento de golpe de Estado. Tras las elecciones municipales de marzo de 2019, la autoridad electoral forzó la repetición de las elecciones en Estambul, en las que İmamoğlu ganó la alcaldía por primera vez.
El envite no les salió bien, ya que, a pesar de lo desigual de la batalla, İmamoğlu logró una victoria incuestionable tras la repetición de las votaciones del 23 de junio. Una vez en la alcaldía ha proyectado capacidad de gestión, proyectos transformadores y un tono mucho más cordial que el del presidente Erdoğan. De poderse presentar a las elecciones, cosa que claramente intentan impedir quienes controlan los resortes del Estado, los turcos tendrían que escoger entre dos modelos de país y de liderazgo político. Sería una batalla desigual, pero los analistas políticos coinciden en señalar que ambos podrían ganarla. Demasiado arriesgado.
"Los europeos están trabajando para contener a una Rusia desafiante y a la vez a un Trump imprevisible. Con el segundo ejército de la OTAN y una posición geoestratégica de alto valor, Turquía se ofrece como aliado indispensable"Una vez entendida la complejidad de este combate a varios niveles por la democracia, las instituciones y el Estado de derecho, debemos entender que este no es el único combate que se está librando en el mundo y en el que Turquía es una pieza clave. Por un lado, está el combate por la seguridad europea. Los europeos están trabajando para contener a una Rusia desafiante y a la vez a un Trump imprevisible. Con el segundo ejército de la OTAN y una posición geoestratégica de alto valor, Turquía se ofrece como aliado indispensable, aumentando así el coste de ponérsela en contra. Lo mismo sucede en el ámbito migratorio, donde Turquía se ha erigido desde 2016 en un socio imprescindible para la gestión de los flujos de refugiados. Teniendo esto en mente, quizás entendamos mejor el silencio o la prudencia de los principales líderes europeos —también los de la familia socialdemócrata a la que pertenece İmamoğlu— cuando turcos y turcas salen a la calle para defender los mismos valores y principios que estos líderes europeos dicen defender. Ya no se trata solo de un juego a varios niveles, sino de partidas con reglas distintas que se juegan simultáneamente.

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