Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

Pedro Sánchez, ¿arquetipo de político?

En sus disquisiciones sobre Mirabeau, Ortega y Gasset recomendó "no acusar de inmoralidad al gran político. Digamos que le falta escrupulosidad. Pero un hombre escrupuloso no puede ser un hombre de acción". Décadas después, Tony Blair considera que "en la oposición importa lo que digas. En el Gobierno, importa lo que hagas". El británico otorga una especial importancia a lo que llama el Centro, que aquí sería el aparato de la Presidencia del Gobierno, especialmente el Gabinete.

Andrés Ortega Andrés Ortega 25 de octubre de 2024
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La figura de Pedro Sánchez guarda un fascinante interés, independientemente de cómo se juzgue o valore sus políticas, o de lo que se piense sobre su persona. | Dirk Waem / Belga / Europa Press / ContactoPhoto
La figura de Pedro Sánchez guarda un fascinante interés, independientemente de cómo se juzgue o valore sus políticas, o de lo que se piense sobre su persona. | Dirk Waem / Belga / Europa Press / ContactoPhoto
Para cualquier politólogo, la figura de Pedro Sánchez guarda un fascinante interés, independientemente de cómo se juzgue o valore sus políticas, o de lo que se piense sobre su persona. Quizás uno de los textos que mejor ilustre el arquetipo de político que se puede aplicar en este caso sea el ensayo Mirabeau o el político escrito en 1927 por José Ortega y Gasset.

Uno de los pocos que lo ha aplicado a Sánchez es José Luis Álvarez en su excelente análisis de Los presidentes españoles: Las claves de su liderazgo y estilo de gobierno, con varias ediciones actualizadas. También es útil Leadership de Tony Blair, su reciente interesante libro de consejos basados en su propia experiencia, sin ser unas memorias. Aunque pasar juicio sobre un presidente de Gobierno en ejercicio no deja de conllevar ciertos riesgos intelectuales, y políticos, sobre todo en un personaje que despierta tantas pasiones a favor y en contra. 

"Suele pensarse que el político ideal sería un hombre [o mujer] que, además de ser un gran estadista, fuese una buena persona. Pero ¿es esto posible?", se preguntaba Ortega

Ortega diferenciaba entre el "idea", y el "arquetipo" de político. Le interesó más este último, la realidad, que el tipo ideal que sale de nuestra cabeza, lo que nosotros soñamos, al cual aspirar. "Suele pensarse que el político ideal sería un hombre [o mujer] que, además de ser un gran estadista, fuese una buena persona. Pero ¿es esto posible?", se preguntaba Ortega. "Los ideales son las cosas recreadas por nuestro deseo— son desiderata. Pero, ¿qué derecho tenemos a considerar lo imposible, a considerar como ideal el cuadrado redondo?". 

Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau (1749-1791), una figura clave durante los primeros años de la Revolución Francesa. Político, gran orador y escritor influyente, se hizo famoso por su capacidad para mediar entre facciones revolucionarias y su pragmatismo en una época de grandes turbulencias políticas. Pero no establezcamos ningún paralelismo, sino que recuperemos lo que le inspiró a Ortega, para el cual Mirabeau, hombre "inverecundo", "donde llegaba ponía orden, síntoma supremo del gran político".

Lo que más le caracterizó fue su magnanimidad, no su pusilanimidad. "El magnánimo es un hombre que tiene misión creadora: vivir y ser es para él hacer grandes cosas, producir obras de gran calibre. El pusilánime, en cambio, carece de misión; vivir es para él, es simplemente existir él, conservarse, andar entre las cosas que están ya ahí, hechas por otros". "Esto", escribió Ortega, "es lo que no comprenderá nunca el pusilánime: que para ciertos hombres la delicia suprema es el esfuerzo frenético de crear cosas —para el pintor, pintar; para el escritor, escribir; para el político, organizar el Estado." Añadía: "Es preciso ir educando a España para la óptica de la magnanimidad, ya que es un pueblo ahogado por el exceso de virtudes pusilánimes". El pensador habló de "la moral canija de las almas mediocres".

La política de Mirabeau era "una política clara". "Ahora bien; una política es clara cuando su definición no lo es. Hay que decidirse por una de estas dos tareas incompatibles: o se viene al mundo para hacer política, o se viene para hacer definiciones". Requiere de la "subitaneidad del tránsito". El político se anticipa. Es a la vez revolucionario y contrarrevolucionario, pues a la revolución sigue la contrarrevolución. Es impulsivo, pero pensando antes. No es un soñador. "Todo menos soñar; es decir: imaginar que se hace algo sin hacerlo".

"No acusemos de inmoralidad al gran político. En vez de ello, digamos que le falta escrupulosidad. Pero un hombre escrupuloso no puede ser un hombre de acción"
Para este filósofo hay dos clases de personas: las ocupadas y las preocupadas. Políticos e intelectuales. "No acusemos de inmoralidad al gran político. En vez de ello, digamos que le falta escrupulosidad. Pero un hombre escrupuloso no puede ser un hombre de acción", que requiere impulsividad, activismo e inquietud constantes. Y dentro de estas comparaciones señalaba: "La verdad es que ni la mentira cuesta nada al político, ni la veracidad al intelectual".

Lo que no quiere decir que los políticos no puedan alcanzar grandes alturas intelectuales. César escribió un tratado de Analogía; Mirabeau en la cárcel una gramática; Napoleón en su tienda de campaña, el minucioso Reglamento de la Comedia Francesa; a Churchill le dieron el Premio Nobel de Literatura por, como destacó, la Academia Sueca, específicamente "su maestría en la descripción histórica y biográfica, así como por su brillante oratoria en la defensa de los valores humanos elevados". Esos hombres, según Ortega, sentían "fruición intelectual".


El político, decía Ortega, es "hombre de acción, carece de vida interior. Lo que importa son sus obras. Como personas no son interesantes". No lo fue para él, por ejemplo, el conde-duque de Olivares. "Se dirá que la política es tacto y astucia para conseguir de otros hombres lo que deseamos". Sin eso, "no hay política", pero "hace falta más" "Política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una nación."

"El político, decía Ortega, es "hombre de acción, carece de vida interior"
El error común es "creer que un político es, sin más ni más, un hombre de acción, y no advertir que es el tipo de hombre menos frecuente, más difícil de lograr, precisamente por tener que unir en sí los caracteres más antagónicos, fuerza vital e intelección, impetuosidad y agudeza". "Ese poder de reconocer lo muerto en lo que parece vivir (es) el rasgo sobresaliente de una genialidad política". "Conviene dar nombre a esa forma de intelectualidad que es ingrediente esencial del político". La llama "intuición histórica". A la acción, tiene que preceder en el político "una prodigiosa contemplación: solo así será una fuerza dirigida y no un estúpido torrente que bate dañino los fondos del valle." Sin olvidar la audacia, claro.

Políticos, lo que se dice políticos en este sentido, hay pocos. "No hay cabezas", decía ya en documento oficial el conde-duque, y lo mismo repetirá Felipe IV cuando, al despedir a este, reasume en su persona
el poder. Léanse las cartas de jesuitas correspondientes a esos años y pasmará la claridad con que los españoles de entonces se daban cuenta de la nulidad de su nobleza. Había perdido esta toda fuerza de creación. No solo para la política, la administración y la guerra se mostraba incapaz, sino también para renovar, o siquiera sostener con gracia, "las formas del cotidiano existir", recordaría Ortega en otro texto posterior. 

Pero dejemos a Ortega a un lado, y pasemos a Blair, que no ha escrito un libro de memorias, aunque sí hay experiencias propias (pero no explica su gran error de apoyar la invasión de Irak en 2003). Es un libro sobre cómo gobernar. Blair no es personaje a despreciar, sino a atender en estas lides. Ha sido el primer ministro laborista que más tiempo ha ocupado el cargo —de 1997 a 2007—.

"Blair parte de que la política no ha cambiado, pero gobernar sí; se ha vuelto más compleja porque el mundo es más complejo"
Blair parte de que la política no ha cambiado, pero gobernar sí; se ha vuelto más compleja porque el mundo es más complejo. Para Blair no es necesaria experiencia previa para ser un buen primer ministro. Él pasó directamente de MP (Member of Parliament), sí, jefe de la oposición, a PM (Prime Minister). Afirma, sin pelos en la lengua, que "en la oposición importa lo que digas. En el Gobierno, importa lo que hagas".

Para él, "la política es en parte filosofía, en parte actuación, y en parte sentido práctico. Lo último es más mundano, pero es lo que al final marca la diferencia." El líder debe "estar preparado para decir lo que hay que decir", para "ponerse delante de una multitud que espera ser complacida y, en cambio, estar dispuesto a desagradarla. Explicar la verdad en lugar de la palabrería. Persuadir, no apaciguar, al público que no está de un modo natural de tu parte. Dirigirse a la cabeza y no al corazón de los que sí lo están". El trabajo del líder "es liderar". Lo que implica, entre otras cosas, "establecer lo que necesita el pueblo y no simplemente lo que quiere." De lo contrario, dice, "el líder no es más que un seguidor." Y, añade, "el liderazgo es un proceso constante de negociación". ¡Ay!

Es interesante la importancia que Blair atribuye a lo que llama el Centro, lo que aquí llamaríamos la Presidencia del Gobierno, un aparato que con los años ha ido siempre, presidente tras presidente, ganando personal y fuerza, en España y en casi todos los países. Blair empieza por algo no tan obvio; el control por el líder de su propio calendario. De otro modo, cae en el caos.

"El líder debe estar preparado para ponerse delante de una multitud que espera ser complacida y, en cambio, estar dispuesto a desagradarla"
"El líder necesita un Centro fuerte, un Centro capaz de iniciar y llevar a cabo el cambio de forma eficaz y oportuna", apunta Blair. Montó su Centro en torno a cuatro unidades. La primera fue la de entrega (Delivery), la aplicación de políticas concretas. La segunda, la Unidad de Política (Policy), en la que los especialistas pueden seguir la evolución de la política gubernamental y proponer mejoras o ajustes. Algo así se ha intentado en España —por ejemplo, con Jordi Sevilla, cuando fue ministro de Administraciones Públicas—, y después. No ha funcionado. Para Blair, es importante que estos especialistas no procedan de departamentos gubernamentales, sino del propio equipo del líder, con gran capacidad de análisis y de diseño de políticas. La tercera es la Unidad de Estrategia (Strategy), que se centra en el largo plazo, y nuevas ideas y formas de ver el mundo. 

Finalmente, la cuarta, una Unidad de Comunicación Estratégica (Strategic Communication), vital "porque de lo contrario un gobierno parece tecnocrático en lugar de estar impulsado por valores y misiones. Tiene que proporcionar comunicaciones de tipo estratégico, es decir, no solo para las noticias del día siguiente, sino para la coherencia de la explicación en todo el gobierno." Ahora bien, explica, "la claridad narrativa es aún más importante en la era de los medios sociales", al final las redes sociales no decidirán si se gana o se pierde. Lo hará el Delivery. Lo que se haga, y se explique.

"La claridad narrativa es aún más importante en la era de los medios sociales, al final las redes sociales no decidirán si se gana o se pierde. Lo hará el delivery. Lo que se haga, y se explique"
De hecho, el Gabinete de la Presidencia en la Moncloa se acercó a estas pautas, antes de que apareciera Blair y sus métodos. En 1990 se creó en su seno el Departamento de Estudios (de policy y de prospectiva) para pensar sobre el cambio en el mundo tras la caída del muro de Berlín y cómo España podía aprovecharlo, una mirada de luces largas que siempre interesó, e interesa, a Felipe González. Con los Gobiernos del PP, perdió importancia. "A nosotros no nos interesa el medio o largo plazo: en cuanto podamos disolvemos", confesó un alto cargo del Gabinete. No disolvieron, claro. Y la labor prospectiva se reanudó con Rodríguez Zapatero. Sánchez ha montado una bien nutrida Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia, cuya anterior cabeza es ahora director del Gabinete, puesto crucial del Centro, que no conviene cambiar tan a menudo. Hay que conducir mirando al futuro, no obsesionado por el retrovisor. 

Quizás este Centro haya hecho suyo aquel comentario de Henry Ford, que le gusta citar a Blair. Cuando le preguntaron sobre dar a la gente lo que quería, contestó: "Si hubiera preguntado a la gente lo que quería, habría dicho caballos más rápidos". Piénsese simplemente en lo que ha cambiado la inteligencia artificial y su penetración desde que Sánchez entró en la Moncloa en 2018.

Disculpen el exceso de citas. Y saquen sus propias conclusiones de ellas.
Andrés Ortega
Andrés Ortega
Analista, escritor y periodista
Escritor galardonado con el Premio Jovellanos de Ensayo (2025) por 'Soledad sin solitud', y autor de la novela de anticipación 'Sé agua' (2025). Es experto en diversos campos y cuenta con experiencias como corresponsal internacional, editorialista y columnista, asesor gubernamental e investigador del Real Instituto Elcano.
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