Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

La victoria de la izquierda francesa y su contrapunto

Por suerte, Francia no usa el tradicional sistema electoral mayoritario británico que el pasado jueves le dio al Partido Laborista una de sus victorias más arrolladoras en la Cámara de los Comunes, a pesar de haber obtenido el quinto peor resultado en votos desde la Segunda Guerra Mundial, un dato que no enturbia el éxito de Keir Starmer pero sí lanza un aviso de la sostenibilidad de su mayoría a medio plazo. Sin la segunda vuelta, Francia hoy habría tenido un drama político.

Juan Rodríguez Teruel Juan Rodríguez Teruel 8 de julio de 2024
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Noche electoral del Nyevo Frente Popular para la 2ª vuelta, en París - 07 julio, 2024. | Telmo Pinto / Zuma Press / ContactoPhoto
Noche electoral del Nyevo Frente Popular para la 2ª vuelta, en París - 07 julio, 2024. | Telmo Pinto / Zuma Press / ContactoPhoto
Las elecciones legislativas anticipadas en Francia habían adquirido un halo épico ante la posible victoria de la extrema derecha. Con notables referencias a la memoria del fascismo y Vichy y al riesgo de colapso de la democracia francesa, estas elecciones se convirtieron en la primera ocasión en que el Rassemblement National de Marine Le Pen hacía verosímil y probable una victoria que le abriera las puertas del poder. Las primeras estimaciones en la noche electoral, anunciando su derrota, detonaron un sentimiento de alegría y alivio en el campo republicano, y especialmente en la izquierda, que recuperaba la primera posición electoral desde 2012. Como refleja la portada de Libération: “¡Uf!”

Pero, ¿qué hay detrás de esta ajustada victoria de la izquierda y de la aparente decepción de RN?

De entrada, estas elecciones marcan un nuevo salto de la extrema derecha, esta vez especialmente inédito.

Hasta ahora, el riesgo de la extrema derecha se había manifestado en elecciones presidenciales (2002, 2017, 2022), en las que la inevitable victoria del candidato republicano (Chirac primero, Macron después) había acabado dejando en nada el apoyo, cada vez mayor, obtenido por los Le Pen, padre e hija. En todos los casos, fueron derrotas inevitables que no depararon ninguna presencia institucional a los soberanistas.

“El resultado es que la derrota del RN le deja, no obstante, en una posición inédita en la Asamblea Francesa, donde había tenido hasta ahora una posición testimonial. El RN se convierte en el partido político con más escaños en la Asamblea (125), por delante del partido de Macron (96) y del de Mélanchon, LFI (75) o el socialista (65)”


Se ha tenido poco en cuenta que, en esta ocasión, el choque equilibrado entre las fuerzas republicanas y la extrema derecha se daba, por primera vez, en unas elecciones parlamentarias. El resultado es que la derrota del RN le deja, no obstante, en una posición inédita en la Asamblea Francesa, donde había tenido hasta ahora una posición testimonial. Habrá que ver en qué medida este nuevo hito repercute en su proyección social y puede ayudarle a mejorar sus perspectivas en las elecciones presidenciales de 2027. El RN ansiaba una victoria, pero esta derrota le dejará mayores réditos políticos que cualquier de las anteriores.

No hay que olvidar que el RN se convierte en el partido político con más escaños de la Asamblea (125 según datos del Ministerio del Interior), por delante del partido de Macron (96) y del de Mélanchon, LFI (75) o el socialista (65).

El salto cualitativo que ha realizado la extrema derecha en estas elecciones queda eclipsado por la trampa de las expectativas generadas por las encuestas, así como por la inexorable dinámica del sistema electoral francés.

Es cierto que las encuestas situaban a los de Le Pen en primera posición hasta la noche electoral. Sin embargo, el acuerdo entre la izquierda y el macronismo para mantener solo aquellas candidaturas republicanas con posibilidades de victoria en la mayoría de circunscripciones, y que fue respetado por la mayoría de sus votantes, ya había hecho imposible la mayoría del RN y además hacía muy improbable su victoria, si no se producía una desmovilización entre los votantes adversarios. De hecho, la elevada participación (la más alta desde 1997) ha sido un factor crucial para cerrarle el paso a la extrema derecha: a pesar de todo lo que se ha dicho estas semanas, la sociedad francesa todavía es mayoritaria y decididamente reacia a conceder ningún margen de espacio a la extrema derecha.

Esta convicción de la sociedad francesa queda apuntalada por los efectos mecánicos del sistema mayoritario a doble vuelta usado en las elecciones legislativas francesas. Con ese sistema, si votan todos los ciudadanos que se oponen al RN y si las fuerzas republicanas se comportan con inteligencia estratégica, a la extrema derecha francesa le queda todavía camino por recorrer antes de estar en disposición de convertirse en una verdadera fuerza de gobierno.

[Por suerte, Francia no usa el tradicional sistema electoral mayoritario británico que el pasado jueves le dio al Partido Laborista una de sus victorias más arrolladoras en la Cámara de los Comunes, a pesar de haber obtenido el quinto peor resultado en votos desde la Segunda Guerra Mundial, un dato que no enturbia el éxito de Keir Starmer pero sí lanza un aviso de la sostenibilidad de su mayoría a medio plazo. Sin la segunda vuelta, Francia hoy habría tenido un drama político].

Con todo, estas elecciones dejan una victoria electoral de la izquierda, cuyas implicaciones están todavía por ver. Siendo un resultado excelente para un espacio político en depresión desde 2017, la fuerza obtenida queda lejos de la que puedan tener hoy las izquierdas en el Reino Unido, España o Alemania. 

“Con esos datos (un tercio de la representación parlamentaria), las pretensiones de poder (para aplicar ”todo nuestro programa y nada más que nuestro programa”) planteadas por Mélenchon la misma noche electoral suenan completamente infundadas”


El Nuevo Frente Popular (y algunos diputados más no alineados en él) apenas ha obtenido un tercio de la representación parlamentaria. Todo lo demás queda a su derecha. Con esos datos, las pretensiones de poder (para aplicar ”todo nuestro programa y nada más que nuestro programa”) planteadas por Mélenchon la misma noche electoral suenan completamente infundadas.

Además, no hay que perder de vista que la candidatura del NFP es una coalición electoral cogida con pinzas, cuyo precedente en la legislatura anterior (la NUPES) fue incapaz de sobrevivir hasta el final de legislatura. La controvertida personalidad de Mélenchon, las disputas entre LFI y el resto de miembros (especialmente los socialistas), las divisiones faccionales dentro de la propia LFI, y los interrogantes evidentes sobre la viabilidad política de buena parte del programa común que presentaron abren serias dudas sobre el verdadero alcance de esta victoria.

Como muestra, el contraste que se dio en los discursos de la noche electoral entre la actitud conciliadora de los líderes del Partido Socialista (compartidos con el emergente Raphael Glucksman) y de los ecologistas frente al mensaje frentista y reacio a cualquier diálogo con el macronismo trasladado por los representantes de LFI.

En un escenario abocado al imperativo de las coaliciones entre bloques adversarios, las dinámicas internas de cada bloque impondrán serias dificultades para acordar una mayoría de gobierno mínimamente estable. En el bloque de las izquierdas, LFI solo mantiene su representación parlamentaria, a diferencia de ecologistas y socialistas, que doblan sus escaños. De ser el actor mayoritario y central, el partido de Mélenchon pasa a ser una minoría frente al resto de miembros de la coalición, que además se muestran mucho más proclives a subrayar sus elementos en común y su predisposición a pactar medidas de gobierno con otros grupos. No en vano, socialistas, ecologistas y comunistas ya gobernaron juntos en el gobierno de Lionel Jospin (1997-2002).

El relativo buen resultado obtenido por el bloque de Macron (Ensemble) no será suficiente para contener la debilidad del presidente en su tramo final de mandato. Aunque Macron podría tratar de sumar una mayoría ajustada en torno a él con socialistas y conservadores, las dinámicas centrífugas en la segunda mitad de su último mandato dificultarán cualquier acuerdo, que inevitablemente debería vascular hacia la socialdemocracia. Cualquier compromiso exigirá un nivel de humildad y de renuncia de autoridad que hasta ahora ha sido incapaz de exhibir el carismático presidente francés.

“La irrefrenable lógica personalista del semipresidencialismo francés ha sido, desde hace años, una fuente de incentivos contra cualquier lógica de acuerdos entre partidos políticos, y dentro de ellos”


En realidad, anoche se puso en marcha la cuenta atrás para las próximas elecciones presidenciales francesas, que como muy tarde tendrán lugar en tres años. La irrefrenable lógica personalista del semipresidencialismo francés ha sido, desde hace años, una fuente de incentivos contra cualquier lógica de acuerdos entre partidos políticos, y dentro de ellos. De acuerdo con Arendt Lijphart, Francia es una de las democracias occidentales con menor nivel de consocionalidad. Al fin y al cabo, en el fondo de todo líder político francés late la sospecha de que, por qué no, quizá él o ella puede acabar siendo el próximo presidente de la República. En un contexto de creciente fragmentación y tras el ejemplo nada ejemplar de Macron, esa sospecha seguirá haciendo estragos ante la necesidad de acuerdos entre bloques a largo plazo.

El gran riesgo de tantos cálculos y tendencias contradictorias es que las cosas no cambien mucho respecto al pasado reciente: dificultades para lanzar reformas y aún más para sostenerlas, políticas sociales cuestionadas e ineficientes que no logran detener las crecientes diferencias sociales y territoriales dentro de la sociedad francesa, y con ello un creciente distanciamiento entre la política oficial y la Francia “de abajo”, acostumbrada a la verticalidad del sistema político francés, pero cada vez menos tolerante con su rendimiento. 

Factores todos ellos que han facilitado un crecimiento sostenido de la extrema derecha, en el que los resultados de ayer marcan un nuevo avance. La decidida oposición de la mayoría social francesa frente a la extrema derecha hasta ahora ha sido suficiente para cerrarle el paso. Pero no para impedir su expansión ni su anclaje social cada vez más diverso. El mensaje expresado ayer por parte de la sociedad francesa dejó claro, una vez más, su rechazo a la regresión soberanista y ultraconservadora, pero no tanto con qué gobierno quiere hacerlo.
Juan Rodríguez Teruel
Juan Rodríguez Teruel
Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Valencia
Participación