Pasaron 42 días de las elecciones más esperadas en Venezuela y
a pesar de la enorme presión internacional y las masivas protestas pidiendo transparencia, todavía no sabemos quién fue el legítimo vencedor. La novedad más importante sucedió el fin de semana y no tuvo relación con los resultados electorales, sino con
la llegada a España de Edmundo González Urrutia en calidad de asilado político, luego de que el 2 de septiembre un juez de Venezuela ordenara su captura por supuesta "usurpación de funciones, forjamiento de documento público, instigación a la desobediencia de las leyes, conspiración, sabotaje de sistemas y delitos de asociación". El excandidato no se presentó a ninguna citación judicial y permanecía en la clandestinidad desde el 30 de julio.
"La noticia volvió a sacudir el tablero político interno español, con acusaciones cruzadas de complicidades, silencios y sobreactuaciones"
La noticia volvió a sacudir el tablero político interno español, con acusaciones cruzadas de complicidades, silencios y sobreactuaciones. ¿Pero qué pasó en este tiempo? La realidad es que tanto Nicolás Maduro como Edmundo González Urrutia siguen adjudicándose la victoria. Las actas del escrutinio no aparecen ni se pueden consultar oficialmente los resultados desglosados por ciudades, escuelas o mesas, a pesar de que el pasado 22 de agosto, el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela convalidó los resultados brindados por el oficialismo que daban el triunfo a Maduro.
La presión de la comunidad internacional aumenta mientras la represión del régimen de Maduro no cesa: hasta el momento son al menos 27 los muertos en protestas callejeras, se cuentan de a cientos los heridos en las calles de todo el país y según la ONU se produjeron más de 2.400 detenciones. Todas son dudas y sospechas.
La única certeza es que los siete mil kilómetros que separan Caracas de Madrid no están siendo un obstáculo para que los distintos espacios políticos en nuestro país saquen tajada y utilicen la "causa venezolana" en beneficio propio. Lo hacen con un doble objetivo, que poco tiene que ver con la defensa de los derechos humanos ni la genuina preocupación por el respeto de la voluntad popular. Son maniobras calculadas que buscan, por un lado, fidelizar al electorado propio y, por el otro, antagonizar con el adversario echando más leña al fuego de la polarización.
"Son maniobras calculadas que buscan, por un lado, fidelizar al electorado propio y, por el otro, antagonizar con el adversario echando más leña al fuego de la polarización"
Y esto no es ninguna novedad.
Toda la política española viene jugando a este juego desde hace 25 años. Cada vez que el debate público se empantana o faltan ideas propias, sacan de la chistera el tema Venezuela como un arma arrojadiza. "Chavista", "gobierno socialcomunista", "bolivariano", etc. son algunas de las consignas convertidas en insultos por parte de la derecha. Desde la izquierda atacan con su propio diccionario: "fachas", "golpistas", "vendepatrias".
De los fuertes cruces de José María Aznar con Hugo Chávez, pasando por el recordado "por qué no te callas" del Rey Juan Carlos, a los años de mayor cordialidad durante el gobierno de Zapatero, fueron muchos los momentos donde se evidenciaron discrepancias ideológicas que más de una vez acabaron en serios conflictos diplomáticos entre ambos países.
"¿Dónde está el señor Albares? ¿Con Maduro o con los demócratas españoles?", se preguntaba enfadada la secretaria general del PP, Cuca Gamarra, pocas horas después de las polémicas elecciones. En realidad, el propio Albares ya había señalado que "la voluntad democrática del pueblo de Venezuela debe ser respetada con la presentación de las actas de todas las mesas electorales para garantizar resultados plenamente verificables".
Pero no todos parecían pensar lo mismo en la coalición de gobierno progresista.
Izquierda Unida, a través de su Coordinador Federal, Antonio Maíllo, destacaba que "es irresponsable acusar de fraude electoral sin presentar pruebas como hace la extrema derecha. Seguimos atentos al proceso desde los principios de solidaridad y no injerencia y saludamos el resultado en Venezuela y felicitamos al Gran Polo Patriótico Simón Bolívar por su triunfo".
Más Madrid, por su parte, se distanciaba de esa posición y aclaraba que "son necesarias garantías de verificación y transparencia, una condición básica en cualquier parte del mundo, como reclaman los presidentes Boric, Petro, Lula y organismos internacionales". En el mismo sentido, se manifestaron desde Sumar 72 horas después de los comicios: "Es necesario trabajar con respeto y prudencia con el fin de garantizar un compromiso firme para avanzar en una senda democrática de no violencia y de paz".
Pero quien más rápido salió a reconocer el triunfo de Maduro sin medias tintas fue Podemos, en un tuit de Irene Montero en la red social X: "El pueblo venezolano ha elegido a @NicolasMaduro como Presidente. (…) la derecha debe entender que la democracia también se respeta cuando pierde".
Hasta el año 2014, la izquierda española apoyaba sin mayores críticas al régimen chavista. Era la época del 15 M, las oleadas de "indignados" y "el asalto a los cielos".
Luego, vino el éxodo de millones de venezolanos escapando de la hiperinflación, la persecución política y la falta de oportunidades.
Según datos de ACNUR, más de 7,7 millones de personas han salido de Venezuela buscando protección y una vida mejor. Solo en España se estima que ya viven medio millón de venezolanos.
"Da igual lo que suceda. Cada cual seguirá hablándole a su burbuja, más preocupados en tener razón que en comprender realmente qué es lo mejor para Venezuela"
En paralelo a esta dramática situación,
la derecha y la extrema derecha vernácula nunca perdieron la oportunidad de llevar agua para su molino, levantando la bandera venezolana en una mano y la española en la otra, aunque en varias ocasiones se hayan tenido que valer de bulos o falsas afirmaciones para instalar su narrativa. Desde acusar sin pruebas a Podemos por recibir financiación del gobierno de Venezuela hasta inventar que la vicepresidenta Delcy Rodríguez intentó ingresar a España con cuarenta maletas, algo que los tribunales rechazaron.
La teatralización quedó de manifiesto unos días antes de las recientes elecciones, cuando
el Partido Popular viajó a Caracas con una delegación de 10 parlamentarios como veedores internacionales sin tener invitación para ello. Como bien señaló
Jordi Xuclá, un caso más de uso de la política exterior como "fast food" para consumo doméstico.
El propio PSOE también utiliza la cuestión "Venezuela" cuando tiene que desacreditar a un adversario interno. Sin ir más lejos, el pasado 21 de junio, el expresidente Felipe González aceptó la invitación del periodista Carlos Alsina a un debate radial con José Luis Rodríguez Zapatero, quien fue como observador internacional a las elecciones del 28 de julio pero todavía no ha dicho ni una palabra de lo sucedido, aunque el gobierno deja trascender que fue clave en las negociaciones para que González Urrutia llegue sano y salvo a España. "Por mi parte, ningún problema. No voy a considerar de izquierdas a un tipo como Maduro, eso sí, pero puede haber discrepancias y no pasa nada", afirmó González. Zapatero, por su parte, declinó amablemente la invitación.
El desenlace en el país caribeño sigue siendo una incógnita, aunque la líder opositora María Corina Machado anticipó el domingo que "Edmundo luchará desde afuera junto a nuestra diáspora y yo lo seguiré haciendo desde aquí". Además, aseguró que el 10 de enero de 2025 González Urrutia "será juramentado como presidente constitucional de Venezuela y comandante en jefe de la Fuerza Armada Nacional".
En España, mientras tanto, el gobierno de Pedro Sánchez volvió a tomar la iniciativa y ocupó la agenda pública con la medida del asilo político. Sus adversarios no tardaron en reaccionar.
Da igual lo que suceda. Cada cual seguirá hablándole a su burbuja, más preocupados en tener razón que en comprender realmente qué es lo mejor para Venezuela.