Sin duda mentirían los que ahora afirmen que no les ha sorprendido la taxativa ruptura de los gobiernos autonómicos de Vox con el PP. Pero se equivocarían todos los que piensan que no es una decisión estudiada. No puede decirse que el motivo que ha servido de excusa al divorcio, la redistribución entre Comunidades Autónomas de menores migrantes, tenga demasiada enjundia política como para justificar tamaña decisión. Pero eso mismo es lo que delata lo meditado del asunto, porque precisamente da a entender que el círculo de Abascal estaba buscando una excusa para lanzar el órdago. Especialmente el todopoderoso Buxadé, muy sonriente durante y después de la rueda de prensa, a diferencia de un taciturno Vicente Barrera que apenas saludó al líder de su formación después del anuncio.
Es evidente que, con esta decisión tajante y expeditiva Vox pierde mucha musculatura institucional y drena una fuente importante de los recursos económicos que tan necesarios son para toda estructura política que quiera competir democráticamente con garantías suficientes. ¿Qué gana, entonces? Sencillamente, capacidad de influencia. Lo cual puede parecer paradójico, pero solo aparentemente. Intentaré explicarme.
"Se equivoca, y mucho, la izquierda que cree —o quiere creer— que con esta ruptura Vox va a dejar de influir en las decisiones de los gobiernos autonómicos del PP"
Se equivoca, y mucho, la izquierda que cree —o quiere creer— que con esta ruptura Vox va a dejar de influir en las decisiones de los gobiernos autonómicos del PP. Muy al contrario, va a tener todavía más ascendiente, simplemente porque para sacar adelante cada ley relevante, cada presupuesto anual, cada decisión política de calado, el PP va a necesitar ineludiblemente los votos de Vox. La matemática también es política y la aritmética, como el algodón, no engaña. Y entonces será cuando Vox hará valer todo el peso de cada uno de los escaños conseguidos en los parlamentos autonómicos, que ahora valdrán mucho más de lo que valían cuando compartían responsabilidades de gobierno porque, como dijo el mismo Abascal en la breve rueda de prensa, a veces han tenido que ceder «demasiado» en aras de la gobernabilidad.
Digo que el PP va a seguir necesitando ineludiblemente los votos de Vox porque el otro escenario, un pacto a la alemana entre PP y PSOE, es en estos momentos inimaginable. Uno se puede proteger de la lluvia desplegando un paraguas, pero es incapaz de cambiar la meteorología. Y el actual clima político español está dominado por la exasperación, la cólera incluso, el odio cerval hacia el adversario político, considerado un enemigo al que hay que batir sean cuales sean los instrumentos que se empleen para ello. Es obvio que ahora el PSOE tenderá la mano al PP para ofrecerle su ayuda parlamentaria en las cámaras autonómicas, pero en realidad sólo lo hace para achicar su espacio de maniobra. Si el PP accediera, si se atreviese a convenir con un Pedro Sánchez al que tanto ha contribuido a demonizar, le dejaría expedito el camino a Vox como único portaestandarte de la oposición frontal al gobierno «corrupto» y a veces hasta «criminal» de Sánchez.
Que es en realidad lo que Abascal y su círculo persiguen con este volantazo repentino. Porque para entender este giro de guión debemos ampliar el foco, poner las luces largas y pensar a medio plazo. Vox no se conforma con compartir el espacio de la derecha española con el PP, aspira a hegemonizarlo. Ni más ni menos que lo que han hecho sus homólogos europeos: ¿dónde están ahora los conservadores franceses o belgas? ¿Dónde ha quedado la democracia cristiana italiana? ¿Qué pasará con los tories británicos después del monumental descalabro electoral?
"El espectro de la extrema derecha española estaba empezando a dar síntomas de fragmentación con la irrupción de fuerzas emergentes que operaban fuera de la órbita de Vox"
No es baladí tampoco el momento elegido para anunciar esta estruendosa ruptura de relaciones. El espectro de la extrema derecha española estaba empezando a dar síntomas de fragmentación con la irrupción de fuerzas emergentes que operaban fuera de la órbita de Vox. Me refiero a Alvise, sí, pero pueden aparecer muchos otros que se declaren más radicales que Vox, menos apoltronados, más libres de cualquier connivencia con el «sistema». No olvidemos que la nueva extrema derecha internacional está animada por un espíritu anti sistema que pretende dar la vuelta al statu quo, cambiar las reglas del juego y reordenar el mundo según otros principios. Difícilmente podía Vox conjugar ese espíritu rebelde con las canonjías, prebendas y beneficios que siempre procuran los asientos en un consejo de gobierno.
Pero ahora Vox vuelve a ser libre y puede desempolvar su espíritu inconformista porque ya no tiene las manos institucionalmente atadas. Y hará valer cada uno de los votos que el PP tanto necesita —y tanto seguirá necesitando— para gobernar con ciertas garantías de estabilidad. La decisión es arriesgada, sin duda, porque el electorado conservador puede que no entienda que, justo en este momento, Vox debilite tanto unos gobiernos autonómicos que actúan como trincheras en la guerra permanente contra el gobierno de España. Pero está meditada, estudiada y seguramente analizada al milímetro.
Anna López Ortega
Doctora en Ciencia Política por la Universitat de València (UV, España) y licenciada en Periodismo y Ciencia Política por la misma Universidad.
Autora del libro 'La extrema derecha en Europa' (Tirant, 2025).
Ha sido becaria en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Cuenta con más de 15 años de experiencia profesional en asesoría política y parlamentaria en diferentes gabinetes e instituciones públicas.
Sus principales líneas de investigación abordan temas vinculados a la nueva extrema derecha, los delitos de odio y el análisis y comportamiento electoral.
Desde 2016, imparte docencia en la UV en áreas de conocimiento de ciencia política, periodismo y sociología, en la Universidad Internacional de Valencia y en el Instituto Valenciano de Administración Públicas.