Con ocasión de su traducción al español, el libro
The Earth Transformed. An Untold History del historiador británico Peter Frankopan ha recibido mucha atención en nuestro país, y con razón.
Se trata de un hito en la historiografía, tanto por lo innovador del enfoque como por las varias cuestiones que revela –o deja sin revelar- sin intención del autor.
La Tierra Transformada es el primer libro de historia destinado al gran público que incorpora sistemáticamente el factor ecológico en la historia humana, de una triple manera. En primer lugar, porque incluye la historia prehumana del planeta (de 4.500 millones de años a 7 millones de años a.C.), aunque sólo sea en el primer capítulo, de un total de veinticuatro; en segundo lugar, porque aborda los efectos del medio ambiente sobre la historia humana; en tercer lugar, porque recoge el impacto humano sobre el medio ambiente a lo largo de la historia,
que se convierte en su leit motiv a partir de la primera globalización con la plena imbricación de América en la historia mundial (capítulo catorce en adelante), lo que no quiere decir que no se hubiera considerado antes de esa fecha, ni que a partir de ella se descuide el impacto del entorno sobre el hombre.
En este punto hay que hacer ya una salvedad. El libro desborda lo puramente ecológico, a no ser que estiremos su definición para incluir lo cósmico.
La ecología es una ciencia que abarca las relaciones de los seres vivos entre sí y con su entorno. El entorno se entiende como la suma de factores abióticos, entre los que destacan la geología y el clima. Estos últimos factores se restringen en principio al planeta tierra, esto es, a su atmósfera, su superficie y su subsuelo (con una consideración especial a la masa de agua contenida entre la superficie y los fondos marinos, lacustres y fluviales). Pero ya la geología nos indica que algunas rocas y minerales tienen origen exoplanetario.
Asimismo, si entendemos el clima como el conjunto de condiciones meteorológicas de la Tierra o de cualquiera de sus regiones y localidades en un plazo largo, con las distintas combinaciones posibles de temperatura, presión, viento, humedad y precipitaciones, sus resultados se autolimitarían y serían insuficientes si no se incluyeran los influjos exoplanetarios: ya desde antiguo se sabía de la influencia de la luna sobre las mareas, pero la ciencia actual ha probado la influencia de la actividad solar en el clima, tanto por las manchas solares –a través de las perturbaciones magnéticas que genera- como por las variaciones a largo plazo conocidas como gran mínimo y gran máximo solar. Por no hablar de los efectos que sobre la geología y el clima (y, por supuesto, sobre la biología) han tenido los impactos de asteroides. El autor, en la misma introducción de la obra, deja claro que amplía la ecología a lo cósmico, en la medida que ciertos factores extraterrestres influyen en nuestro ecosistema.
[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram] Aunque Peter Frankopan no lo identifique en una categoría específica, su enfoque permite objetivar y clasificar el elemento de la historia humana que más ha inquietado a los hombres: el azar. Podría resumirse la historia de la humanidad como el intento humano de predecir y controlar el azar. Las religiones atribuían a la voluntad divina cualquier tipo de manifestación azarosa, y procuraban auscultarla a través de oráculos y profetas, propiciarla en sentido favorable –por medio de rituales de fertilidad o de lluvia, por ejemplo-, o disuadirla de decisiones funestas a través de sacrificios para contentarla o apaciguarla.
Sobre todo, trataba de explicar a toro pasado acontecimientos negativos por el enfado del dios o los dioses, a los que había que aplacar con nuevos sacrificios y evitar futuros enfados mediante ritos que seguir y mandamientos que cumplir. El acontecimiento negativo individual más inexplicable, la muerte, recibió distintas respuestas según la perspectiva que hubieran adoptado las distintas religiones. En contraste a la respuesta religiosa al azar, el pensamiento científico buscó una explicación a los fenómenos naturales mediante leyes, de manera que fue acotando el ámbito en el que operaba el azar, excluyendo de su consideración lo que ocurría a la persona más allá de la muerte (ya fuera la resurrección del alma o la reencarnación o cualquier otra respuesta religiosa). Innumerables fenómenos que antiguamente se atribuían a la voluntad divina fueron así explicados y, en su caso, controlados y manipulados, ya para evitarlos si eran dañinos (como las epidemias), ya para potenciarlos si eran positivos (como la fertilidad del suelo).
El clima ha sido lo azaroso por antonomasia. Hubo dioses de las religiones antiguas que fueron la personificación de elementos meteorológicos. La ciencia ha logrado explicar casi todos los fenómenos antaño inexplicables, y predecir con un plazo razonable muchos de ellos. Sobre todo, nos ha enseñado que el clima es un sistema, del que el hombre es parte esencial, en la medida que sus actividades afectan al clima y son afectadas por este. Todo está interrelacionado y nuestro mayor conocimiento y capacidad de predicción aumentará en la medida en que seamos capaces de considerar cómo afecta una pequeña variación al todo (“el efecto mariposa”). El desarrollo de la Inteligencia Artificial –del que Frankopan se hace insuficiente eco en el libro- abre por ello enormes perspectivas en el futuro del clima con modelos cada vez más complejos y desarrollados, aunque las perspectivas no sean siempre positivas, especialmente en lo referido a su manipulación consciente. Este sí es un aspecto bien recogido en
La tierra transformada, que en sus dos últimos capítulos menciona alguna de las iniciativas de manipulación climática mejor conocidas –muchas otras siguen siendo secretas- y alerta de los enormes riesgos que entraña. Lo que por supuesto aborda el libro, y exhaustivamente, es la historia del cambio climático producido inconscientemente por el hombre, especialmente significativo desde la Revolución Industrial del siglo XVIII, inicio del periodo que el químico Paul Crutzen bautizó como “Antropoceno”.
La transición ecológica persigue como objetivo principal la sostenibilidad de la Tierra o, en otras palabras, la utilización sostenible de sus recursos, bajo la premisa de que el hombre está indisolublemente imbricado en el ecosistema terrestre, hasta el punto de que, desde el inicio del Antropoceno, ha sido el principal causante de los desequilibrios que padece nuestro ecosistema. Se trataría, pues, de conseguir recuperar el equilibrio, con dos líneas de actuación principales: revertir el cambio climático, lo que se cifra en evitar el calentamiento global, y garantizar la supervivencia y calidad de los recursos naturales (no contaminación de suelos y aguas, conservación de los bosques y selvas, diversidad biológica etc.), teniendo en cuenta que la diferenciación entre una y otra son teóricas, pues ambas están interconectadas.
Pues bien, lo que La tierra transformada nos enseña con su visión panorámica de la historia de la humanidad con plena incorporación del factor ecológico, es que hemos reducido enormemente el azar debido a factores naturales, y que en teoría está en nuestra mano revertir el cambio climático que hemos provocado desde el inicio del Antropoceno, pero solo hasta cierto punto. Queda fuera de nuestro alcance combatir –en el sentido de anticipar y, en su caso, controlar- el azar cósmico y el telúrico, al menos con el conocimiento científico y medios técnicos a nuestro alcance en la actualidad. Fenómenos solares imprevistos e intensos, impactos de asteroides de gran tamaño o, mucho más cercanos a nosotros y probables, erupciones volcánicas o seísmos de intensidad máxima (o media, pero frecuentes y con varios focos), pueden dar al traste con nuestros esfuerzos por deshacer los efectos perversos ocasionados en el Antropoceno.
El autor lo reconoce en sus conclusiones en el caso concreto de una mega erupción con un índice de explosividad volcánica de 7 o más (la última de tal intensidad fue la del Tambora en 1815), “que expulse enormes cantidades de ceniza y gases a la atmósfera y que haga superfluos los debates sobre el cambio climático”. El enfriamiento que provocaría la capa de cenizas más que compensaría el aumento de la temperatura media de origen humano, por no hablar de los otros efectos sobre el ecosistema perjudiciales para nuestra existencia humana.
Por tanto, hemos de ser conscientes de que nuestros esfuerzos por asegurar la transición verde es condición necesaria para salvar la Tierra y la Humanidad, pero no suficiente. El azar cósmico y telúrico puede infligir serios daños a nuestro ecosistema e, incluso, eliminarnos como especie. Y esto es una manera de hablar: “daños” en el sentido que haría muy difícil e incluso imposible nuestra existencia. Pero la Tierra volvería a encontrar su equilibrio, hasta que algún otro factor –que no tiene por qué ser humano- lo alterase. Cabe imaginarse un mundo sin humanos, de igual manera que existe un mundo sin dinosaurios desde que un asteroide impactó en la península de Yucatán hace 66 millones de años. En el capítulo I, Frankopan previene acertadamente contra una idea adanista de la naturaleza:
“Los conservacionistas dan a entender a veces que se puede parar el tiempo, dejando intactas las selvas tropicales y praderas, preservando a la ‘naturaleza’ de la intervención humana…La naturaleza no es un concepto armonioso, benigno y complementario que garantiza el equilibrio, pues los ecosistemas han sido siempre transformados y remodelados por muchas fuerzas no humanas”.
Por no hablar del azar propiamente humano.
En las conclusiones del libro, Frankopan también apunta la hipótesis de que la mayor amenaza para nuestra especie no sea el cambio climático, sino por ejemplo una gran guerra. Añade que se ha discutido el vínculo entre cambio climático y violencia, como en posibles “guerras del agua”, pero que hasta la invasión de Ucrania y la decisión de Putin de poner en estado de alerta el arsenal nuclear ruso, el uso de armas nucleares en los últimos treinta años parecía inconcebible.
Y en este punto estriba una de las mayores limitaciones del libro, que es la narración de la historia de la Humanidad de manera convincente y equilibrada más allá del impacto recíproco entre hombre y medio ambiente. Posiblemente porque no era ni podía ser el objetivo de un libro de semejante amplitud geográfica, temática y temporal. Creo que su propósito está bien resumido en las conclusiones: “los factores medioambientales, incluido el clima, no son actores en la historia de nuestra especie, interviniendo a veces para derribar imperios, producir un colapso social o coger a la gente por sorpresa. Más bien constituyen el mismo escenario donde se desarrolla el drama de nuestra existencia, modelando todo lo que hacemos, quiénes somos, dónde y cómo vivimos”. Esto es, el escenario condiciona, pero no determina quiénes somos ni lo que hacemos.
El escenario está muy bien resumido –comprimido, casi- en las más de seiscientas páginas del libro. La diferencia con otras historias de la Humanidad narradas hasta ahora no estriba en que éstas no tuvieran en cuenta los impactos medioambientales, de ida y vuelta (aunque, cierto es, con preponderancia de los efectos del entorno sobre el hombre). Se nos había contado que una catástrofe natural terminó con la civilización minoica en Creta, y éramos conscientes a través de narraciones que aparecían en los textos sagrados de grandes diluvios e inundaciones en los albores de la historia propiamente dicha, esto es, coetánea de la escritura. Sabíamos de la destrucción de Pompeya por la erupción del Vesubio en el 79, o del impacto que tuvo el maremoto de Lisboa de 1755, no solo sobre Portugal, sino sobre el pensamiento europeo de la época. Era inconcebible abordar la crisis de la Baja Edad Media sin tener en cuenta el impacto de la Peste Negra de mediados del siglo XIV. En época reciente, sabemos cómo la pandemia de gripe de 1918 y sucesivos años aumentó el sufrimiento producido por la Primera Guerra Mudial y, en el pasado recentísimo, hemos sido testigos de cómo la pandemia de Covid-19 ha causado profundas transformaciones socioeconómicas, y cómo a su vez fue en su origen un caso de zoonosis facilitada por la degradación medioambiental.
Lo que La tierra transformada aporta de novedoso es el intento de sistematizar –e interrelacionar- estas influencias en dos sentidos: en primer lugar, mostrando cómo impactos naturales de gran intensidad provocaron transformaciones simultáneas en civilizaciones tenuemente conectadas entre sí –o incluso desconectadas, como ocurría con la América precolombina. Uno de los ejemplos más destacables es la crisis de la Antigüedad tardía, a partir del segundo tercio del siglo VI hasta su final y más allá. En el origen de esta crisis se encuentra una serie de erupciones volcánicas que tuvieron lugar entre 530 y 550. Las erupciones y su impacto climático provocaron la transformación del Imperio romano de Oriente, el colapso del imperio sasánida, movimientos hacia el exterior desde las estepas asiáticas y la península arábiga, la expansión de los pueblos eslavos y las turbulencias políticas en China. Pero también provocaron transformaciones profundas en otras regiones con apenas relación con el núcleo euroasiático como el reino de Aksum en Etiopía, o sin relación alguna, como Teotihuacán en México.
En segundo lugar, evidenciando de qué manera fenómenos que habían sido percibidos como independientes entre sí, traían una misma causa más o menos mediata de la naturaleza. Un ejemplo fue el de las invasiones mongolas de Europa Oriental, China y el subcontinente indio del siglo XIII. A la devastación sufrida –así fue sentida por sus pobladores locales, con independencia de las consecuencias favorables para el comercio y el intercambio de ideas que trajo consigo la
pax mongólica-, se sumó al poco tiempo la destrucción de la Peste Negra. Pues bien, la expansión de la yersinia pestis fue facilitada por el incremento de movilidad e intercambios que hizo posible el Imperio mongol.
A su vez, la expansión mongola no habría ocurrido sin la mayor pluviosidad registrada en más de un milenio a raíz de un cambio climático originado por una serie de erupciones volcánicas en lugares tan distantes como Islandia y Japón. Gracias a esas lluvias, hubo una sobreabundancia de pastos que permitió a los mongoles utilizar al máximo su ventaja comparativa militar: el caballo.
Es el drama humano, incluido el azar de naturaleza humana, lo que queda insuficientemente esbozado en un libro de estas características. A ello dedicaré un artículo separado.