Martes, 28 de julio de 2026
LA BRÚJULA EUROPEA DE LÓPEZ PLANA

Aprender a hablar "italiano", el reto pendiente de la democracia española

¿Qué pasaría si el PSOE, Junts y el PNV permitieran gobernar al Partido Popular? En su columna semanal, Marc López, editor y director de 'Agenda Pública', analiza el pánico moral que genera esta simple hipótesis. El verdadero problema de España no es la fragmentación del Congreso, sino la incapacidad de sus élites para construir mayorías sin hablar de traición. Descubre por qué nuestro país necesita urgentemente aprender a hablar "italiano" para sobrevivir a su propia complejidad institucional.

Marc López Plana Marc López Plana 29 de junio de 2026
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La bancada popular aplaude durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados. | Jesús Hellín / Europa Press
La bancada popular aplaude durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados. | Jesús Hellín / Europa Press
Cuando Enric Juliana deslizó hace una semana una hipótesis que hace apenas una década habría parecido inverosímil —un gobierno del Partido Popular sostenido o, simplemente, permitido desde fuera por el PSOE, Junts y el PNV—, pensé inmediatamente en cuál sería la reacción de los opinadores. La reacción sería inmediata. No porque nadie creyera que ese fuera el desenlace más probable de las próximas elecciones. Lo llamativo sería la naturaleza del rechazo que generaría. 

El debate dejaría de ser político para convertirse en moral. ¿Sería una traición? ¿Podría el PSOE permitir gobernar a Alberto Núñez Feijóo? ¿Cómo justificaría Junts un acuerdo semejante? ¿Qué pensarían los votantes? 
La conversación gira alrededor de la legitimidad de la operación y muy probablemente nadie haría la pregunta. ¿Resolvería un problema de gobernabilidad?

No se trata de responderla. Ni siquiera de defender la hipótesis de Juliana. Lo interesante es el orden en el que formulamos las preguntas. Porque revela una diferencia profunda entre dos democracias europeas que solemos meter en el mismo cajón bajo la etiqueta de "Europa del Sur", pero que aprendieron a hacer política de maneras muy distintas.


"Italia aprendió a pensar la política desde la necesidad de construir mayorías. España aprendió a pensarla desde la lógica de la alternancia"
En Italia, una propuesta semejante habría provocado antes otro tipo de discusión. ¿Produce una mayoría estable? ¿Evita unas nuevas elecciones? ¿Permite aprobar presupuestos? ¿Reduce la incertidumbre? ¿Qué gana cada actor y qué precio paga? 
No porque los italianos sean menos exigentes con sus dirigentes. Ni porque la política italiana sea más cínica. Tampoco porque Italia haya resuelto mejor sus problemas de gobernabilidad. De hecho, su historia demuestra exactamente lo contrario. La diferencia es otra. Italia aprendió a pensar la política desde la necesidad de construir mayorías. España aprendió a pensarla desde la lógica de la alternancia. Y esa diferencia sigue condicionando la manera en que ambos países entienden el poder.

Durante décadas, Italia fue el laboratorio europeo del multipartidismo. Giovanni Sartori convirtió su sistema de partidos en el ejemplo clásico del "pluralismo polarizado": una democracia donde convivían numerosos partidos, separados por profundas diferencias ideológicas y donde ningún actor disponía, por sí solo, de la fuerza suficiente para gobernar
Se trataba de un ejercicio de praxis política. Gobernar exigía negociar de manera permanente. No porque existiera una cultura especialmente dialogante, sino porque no había otra alternativa. La negociación dejó de ser una virtud para convertirse en una condición de supervivencia institucional.

Con el tiempo, esa necesidad acabó moldeando una determinada cultura política. Las élites italianas aprendieron que gobernar significaba administrar equilibrios más que imponer programas; preservar canales de comunicación con adversarios irreconciliables; aceptar que muchas decisiones serían ambiguas porque la claridad absoluta hacía imposible el acuerdo. La política italiana desarrolló una extraordinaria capacidad para convivir con la complejidad.


Eso tuvo costes evidentes. Produjo gobiernos efímeros, clientelismo, opacidad, una profunda desconfianza hacia los partidos y una sensación permanente de provisionalidad. No deberíamos idealizar ese modelo. Pero produjo también una clase dirigente acostumbrada a distinguir entre el discurso electoral y la construcción de mayorías.


España recorrió un camino muy distinto. La Transición no buscaba reproducir el modelo italiano. Buscaba exactamente lo contrario. Después de cuatro décadas de dictadura, la prioridad era construir estabilidad. El sistema electoral, la configuración del Congreso y la dinámica política favorecieron durante más de treinta años una alternancia relativamente clara entre dos grandes partidos nacionales.


Durante ese largo período, el principal aprendizaje de las élites españolas no consistió en convivir con cinco socios parlamentarios. Consistió en sustituir al adversario en el Gobierno
La negociación existía, por supuesto. Los gobiernos de Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero o Mariano Rajoy necesitaron en distintos momentos el apoyo de partidos nacionalistas. Pero aquellos acuerdos eran complementos de un sistema esencialmente bipartidista, no su fundamento.

"La irrupción de nuevos partidos alteró el equilibrio sobre el que había descansado la política española desde 1978"
Gobernar seguía significando ganar. Eso cambió en 2015. La irrupción de nuevos partidos alteró el equilibrio sobre el que había descansado la política española desde 1978. El Congreso dejó de producir mayorías relativamente sencillas y empezó a parecerse, lentamente, a otros parlamentos europeos donde la fragmentación era la norma. Sin modificar una sola coma de la Constitución, España entró en otra etapa. 
Hoy existen varios partidos nacionales competitivos. Los socios territoriales se han convertido en piezas decisivas de cualquier mayoría. Los gobiernos dependen de negociaciones permanentes. La oposición sabe que probablemente también necesitará pactar si quiere llegar al poder.

Institucionalmente, España se parece mucho más a la Italia que describieron Sartori o Gianfranco Pasquino que a la España de los años noventa. Y, sin embargo, la cultura política española continúa respondiendo a otra lógica
Cada pacto extraordinario se interpreta como una anomalía. Cada cambio de posición exige una explicación moral. Cada negociación se convierte en un debate sobre la coherencia antes que sobre la eficacia.

Seguimos discutiendo como si la alternancia siguiera siendo el mecanismo natural de gobierno. Ahí reside, probablemente, una de las mayores dificultades de la política española contemporánea. No en la fragmentación. La fragmentación existe en buena parte de Europa. Tampoco en la necesidad de pactar. Alemania, Bélgica, los Países Bajos o los países nórdicos llevan décadas haciéndolo. 
La dificultad consiste en que España todavía interpreta la política fragmentada con categorías mentales construidas para un sistema bipartidista. En cierto sentido, las instituciones han cambiado más deprisa que la cultura política.

La propuesta de Juliana resulta interesante precisamente por eso. No porque describa necesariamente el próximo Gobierno. Ni porque sea deseable. Sino porque obliga a formular una pregunta que España todavía evita. ¿Qué ocurre cuando una democracia deja de poder elegir gobiernos y empieza a tener que construirlos?


Italia respondió a esa pregunta hace muchas décadas. Lo hizo con resultados muy discutibles y pagando costes elevados. Nadie sensato propondría importar su historia. Pero sí aprendió algo que hoy empieza a ser relevante para otros países europeos. Que la gobernabilidad no consiste únicamente en sumar escaños. También exige una cultura política capaz de aceptar que la negociación no es una excepción, sino una forma ordinaria del poder.


"Si una parte importante del debate español sigue considerando imposible siquiera discutir la 'hipótesis Juliana' en términos funcionales, es porque la conversación pública continúa preguntándose primero quién traiciona a quién antes que qué mayoría puede gobernar"
España parece encontrarse exactamente en ese punto de inflexión. Paradójicamente, cuanto más se italianizan sus instituciones, más intensamente se aferra parte de su debate público a las categorías de la vieja alternancia. 
Quizá sea una reacción comprensible. Las culturas políticas cambian mucho más despacio que los sistemas de partidos. La Constitución puede permanecer idéntica mientras el país aprende a gobernarse de otra manera.

Por eso la cuestión no es si algún día veremos un gobierno del Partido Popular tolerado por el PSOE, Junts y el PNV. Tal vez ocurra. Tal vez nunca suceda. 
La cuestión es otra. Si una parte importante del debate español sigue considerando imposible siquiera discutir esa hipótesis en términos funcionales, es porque la conversación pública continúa preguntándose primero quién traiciona a quién antes que qué mayoría puede gobernar.

Y ahí aparece la verdadera diferencia con Italia. Durante décadas, los italianos aprendieron que la estabilidad dependía de encontrar combinaciones parlamentarias capaces de sostener un Ejecutivo, aunque esas combinaciones fueran incómodas.


Los españoles aprendieron que la estabilidad consistía en que uno de los dos grandes partidos ganara las elecciones. 
La España de 2026 ya no se parece a aquella democracia. Su Parlamento ha cambiado. Sus incentivos han cambiado. Sus mayorías han cambiado. La pregunta es si su cultura política está cambiando al mismo ritmo.

Porque quizá el verdadero desafío de la próxima década no sea quién gobierne España. Sino aprender que, en una democracia fragmentada, gobernar deja de ser el premio que obtiene quien gana unas elecciones y pasa a ser una tarea colectiva de construcción de mayorías.


Esa es una lección que Italia aprendió por necesidad. España ha empezado a aprenderla desde 2023 con un gobierno de coalición en minoría de dos partidos compatibles ideológicamente pero con apoyos desde fuera de partidos con muchas diferencias entre ellos y con en muchos casos más coincidentes ideológicamente con el Partido Popular. 
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación