

"Italia aprendió a pensar la política desde la necesidad de construir mayorías. España aprendió a pensarla desde la lógica de la alternancia"En Italia, una propuesta semejante habría provocado antes otro tipo de discusión. ¿Produce una mayoría estable? ¿Evita unas nuevas elecciones? ¿Permite aprobar presupuestos? ¿Reduce la incertidumbre? ¿Qué gana cada actor y qué precio paga? No porque los italianos sean menos exigentes con sus dirigentes. Ni porque la política italiana sea más cínica. Tampoco porque Italia haya resuelto mejor sus problemas de gobernabilidad. De hecho, su historia demuestra exactamente lo contrario. La diferencia es otra. Italia aprendió a pensar la política desde la necesidad de construir mayorías. España aprendió a pensarla desde la lógica de la alternancia. Y esa diferencia sigue condicionando la manera en que ambos países entienden el poder.
"La irrupción de nuevos partidos alteró el equilibrio sobre el que había descansado la política española desde 1978"Gobernar seguía significando ganar. Eso cambió en 2015. La irrupción de nuevos partidos alteró el equilibrio sobre el que había descansado la política española desde 1978. El Congreso dejó de producir mayorías relativamente sencillas y empezó a parecerse, lentamente, a otros parlamentos europeos donde la fragmentación era la norma. Sin modificar una sola coma de la Constitución, España entró en otra etapa. Hoy existen varios partidos nacionales competitivos. Los socios territoriales se han convertido en piezas decisivas de cualquier mayoría. Los gobiernos dependen de negociaciones permanentes. La oposición sabe que probablemente también necesitará pactar si quiere llegar al poder.
"Si una parte importante del debate español sigue considerando imposible siquiera discutir la 'hipótesis Juliana' en términos funcionales, es porque la conversación pública continúa preguntándose primero quién traiciona a quién antes que qué mayoría puede gobernar"España parece encontrarse exactamente en ese punto de inflexión. Paradójicamente, cuanto más se italianizan sus instituciones, más intensamente se aferra parte de su debate público a las categorías de la vieja alternancia. Quizá sea una reacción comprensible. Las culturas políticas cambian mucho más despacio que los sistemas de partidos. La Constitución puede permanecer idéntica mientras el país aprende a gobernarse de otra manera.
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