El orden internacional basado en reglas no solo
se está derrumbando, también está siendo revalorado. Para las instituciones financieras, esta distinción convierte los indicadores geopolíticos clave en
una competencia central para quienes toman decisiones. El colapso exige adoptar una posición defensiva, mientras que la revaloración exige un reposicionamiento estratégico. La diferencia entre ambas respuestas es
la diferencia entre la supervivencia y la ventaja competitiva en el mundo posterior a Trump.
"Más que un desorden, estamos frente a un nuevo sistema operativo, que recompensa a las instituciones que aprenden pronto su lógica"
El horizonte de tres años presenta varios escenarios probables. El más probable —podríamos llamarlo una nueva Guerra Fría— contempla
una rivalidad entre EE. UU. y China estabilizada en forma de competencia
de facto, pero sin confrontación directa. Estados como Indonesia, Brasil o Arabia Saudí basculan entre ambos polos, en un contexto en el que
la diplomacia es un acto político transaccional y la seguridad, un servicio. La Unión Europea consolida su autonomía estratégica trabajando con Canadá,
el Reino Unido o Mercosur. Más que un desorden, estamos frente a un nuevo sistema operativo, que recompensa a las instituciones que aprenden pronto su lógica.
Los acuerdos comerciales bilaterales sustituyen parcialmente a la arquitectura multilateral.
Un segundo escenario, con
una disrupción energética en cascada, anclada en la inestabilidad de Oriente Medio y la logística de Ormuz, es real, pero gestionable si se valora correctamente desde hoy. La fragmentación de las cadenas de suministro se profundiza y
golpea de forma asimétrica los balances corporativos europeos. La disrupción durará entre dieciocho y veinticuatro meses, con impacto en las condiciones crediticias y en las políticas de los bancos centrales. Las decisiones se endurecerán no tanto por los movimientos de tipos, como por
la revaloración geopolítica del riesgo de contraparte.
Un tercer escenario de
distensión geopolítica y reinicio institucional sigue siendo posible y representa el margen positivo que una posición disciplinada puede capturar. ¿Y si
las elecciones de medio mandato en EE. UU. producen un trumpismo reequilibrado? ¿Y si Rusia y Europa firman un acuerdo de paz? ¿Y si la diplomacia logra un alto el fuego sostenible en Oriente Medio?
También se puede soñar.
"El riesgo más infravalorado no es geopolítico en el sentido convencional. Es el canal de transmisión entre el choque geopolítico y el balance"
Los tres escenarios están aquí, y
el futuro será una combinación de todos ellos. Podemos tomar decisiones para los próximos cien días y para el mundo posterior a Trump. La prioridad inmediata es corregir aquello que los mercados están valorando sistemáticamente mal. El riesgo más infravalorado no es geopolítico en el sentido convencional. Es el canal de transmisión entre el choque geopolítico y el balance:
la cascada que va desde la disrupción de las cadenas de suministro hasta la revalorización de los seguros, la compresión de los márgenes empresariales y los eventos crediticios que los modelos estándar no anticipan. Los bancos con carteras de préstamos expuestas a industrias europeas intensivas en energía están asumiendo
más riesgo geopolítico del que sugieren sus cálculos de valor en riesgo (VaR). Reconocerlo es el primer paso para gestionarlo de forma productiva.
También está infravalorada
la lenta erosión marginal de la hegemonía del dólar. La congelación de las reservas rusas en 2022 fue una señal de que
la infraestructura financiera es ya un instrumento geopolítico. Las instituciones con una exposición material a mercados emergentes denominada en dólares deberían estar construyendo activamente opcionalidad, no porque el dominio del dólar vaya a terminar mañana, sino porque
el coste de no cubrir esta transición aumenta con cada año que pasa.
En el lado de las oportunidades,
el mapa empieza a estar más claro. Tres sectores cuentan con respaldo estatal estructural en todos los escenarios plausibles: defensa, transición energética e infraestructuras críticas.
El posicionamiento en crédito e inversión en estos ámbitos está alineado con
la arquitectura de incentivos de los principales gobiernos occidentales. Del mismo modo, la relocalización y el acercamiento de la capacidad industrial requieren una enorme asignación de capital en manufacturas, logística y almacenamiento energético. No se trata de ideología:
es la consecuencia invertible de la fragmentación geopolítica.
"Tres sectores cuentan con respaldo estatal estructural en todos los escenarios plausibles: defensa, transición energética e infraestructuras críticas"
Para la arquitectura de gestión de riesgos,
los cambios necesarios pasan de la teoría a la práctica. La modelización de pérdidas y ganancias basada en escenarios —con hasta tres trayectorias hipotéticas— debería ser un elemento permanente de la planificación anual. Las métricas de exposición geopolítica necesitan
visibilidad en el nivel del consejo de administración, junto con los ratios de capital. La geografía de las cadenas de suministro debe convertirse en una dimensión estándar del análisis de contraparte. Nada de esto requiere una nueva regulación para justificarse porque
el caso de negocio ya existe.
El principal cambio de enfoque para los directivos financieros es este: el riesgo geopolítico no es ruido externo que interrumpe un sistema estable. Ahora es un insumo fundamental en la originación de crédito
, la construcción de carteras y la asignación de capital. Las instituciones que lo traten como una función de cumplimiento se verán sorprendidas de forma recurrente. Las que integren la alfabetización geopolítica en su cultura de inversión y riesgo descubrirán que
el entorno actual ofrece una verdadera ventaja para quienes se muevan primero.
El mundo es más caro, más volátil y menos predecible. También está lleno, para quienes sepan leerlo correctamente, de
posiciones que aún no han sido tomadas.