Mário Centeno estuvo en el centro de las decisiones europeas durante uno de los periodos más delicados para la zona euro. Como presidente del Eurogrupo, vivió desde dentro las heridas de la crisis financiera y de deuda soberana, pero también el giro que permitió a Europa responder de otra manera durante la pandemia. En Lisboa,
durante el Foro La Toja - Vínculo Atlántico, recibe a
Agenda Pública para pensar Europa desde el sur y desde la experiencia de quien conoce bien sus engranajes.
El economista portugués no comparte la idea de una Europa condenada a la parálisis, aunque tampoco cae en el triunfalismo. Su diagnóstico se apoya en una idea central: el principal reto europeo no es solo producir más o regular menos, sino resolver una combinación de demografía, productividad, escala y confianza política. Se centra también en la demografía y advierte de que Europa debe abordar en serio el envejecimiento si quiere sostener su peso económico.
Centeno insiste en que Europa sabe cuáles son sus tareas pendientes, pero no siempre logra convertir ese conocimiento en decisiones comunes. La fragmentación aparece en la regulación, en la defensa, en la energía o en el uso de los fondos públicos. Por eso, su respuesta vuelve una y otra vez a la misma palabra: "integración". Y a una convicción política de fondo:
"tenemos que ser profundamente europeos y confiar en nosotros mismos".
Mário Centeno conversa con Agenda Pública sobre la respuesta europea a las crisis recientes y los retos pendientes de integración. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.
Estuvo en el centro de la toma de decisiones en un momento muy complicado para el Eurogrupo y especialmente para los países del sur de Europa. ¿Cree que hoy hay una agenda económica coherente para el sur de Europa? O, por el contrario, ¿países como Portugal, España o Italia siguen estando estructuralmente en una postura reactiva ante el eje franco-alemán? ¿Se ha mantenido ese consenso poscrisis o estamos viendo un declive hacia una gobernanza más fragmentada de la zona euro?
La experiencia que tuvimos con la crisis financiera y, después, con la de deuda soberana fue muy traumática, especialmente para los países del sur. Pero yo creo que no fueron solo estos países los que aprendieron: Europa ganó mucha experiencia en la forma de gestionar estas crisis y todo el entorno europeo cambió bastante.
"El momento de la pandemia fue muy importante para demostrar al mundo que Europa había aprendido la lección"
Para mí, esto es muy claro: analizamos qué se decide desde Bruselas y cómo se decide. El momento de la pandemia fue muy importante para demostrar al mundo que Europa había aprendido la lección y que, ante una crisis incluso más dura en algunos aspectos que la anterior, fuimos capaces de dar una respuesta muy rápida, muy solidaria y con pasos muy significativos de integración. Cosas que incluso pensábamos que eran imposibles, como, por ejemplo, la emisión de deuda conjunta para financiar el programa.
Esto envió al mundo, y en particular al mundo financiero, la señal de que Europa iba a ser distinta. Los países del sur —Portugal y España en particular, pero también Italia, y Francia en algunas dimensiones económicas, aunque no en todas— hoy somos quizá la parte más dinámica de Europa. El crecimiento del empleo en Portugal y España está entre los más altos de Europa.
Es verdad que, ante tanta incertidumbre, tenemos que estar siempre preparados para ir ajustando. Pero, ahora mismo, si miramos la dinámica del mercado laboral en nuestros países, es bastante más positiva que la del eje central de Europa en 2008, 2011 o 2015. Y eso es algo muy valioso que no podemos perder.
Todo esto es muy volátil y tenemos que estar siempre atentos y ajustando lo que haga falta. Pero lo importante es no perder esta idea, que no surge solo de la pandemia. Se venía preparando desde mucho antes y es el resultado del proceso de reducción de riesgos en el que nuestros países también participaron. Esa respuesta no se habría dado sin todo ese camino previo que recorrimos juntos.
Europa tiene que entender esto y actuar en consecuencia. Lo peor que nos podría pasar sería volver a las tensiones constantes que tuvimos en el pasado, cuando no contábamos con los instrumentos necesarios para dar respuesta.
Precisamente, uno de los ajustes que se están haciendo hoy es ese concepto de autonomía estratégica abierta, con una apuesta por la competitividad y la reindustrialización. ¿Cuál diría que es el reto principal en este sentido para Europa: productividad, escala, regulación o una mezcla de todos ellos?
Hay una frase que decimos mucho en Portugal: "ser quien no se es". Es bastante clara en su significado y viene a decir que los europeos no podemos ser ni los americanos ni los chinos. No podemos convertirnos en algo que no somos.
En Europa siempre hemos priorizado el control del riesgo. No somos amantes del riesgo, y mucho menos cuando actuamos en conjunto. Cuando debatimos entre los veintisiete, suele imponerse una posición muy conservadora en términos de riesgo.
Esto tiene consecuencias. Tenemos objetivos fiscales y regulatorios que pueden parecer demasiado estrictos, sobre todo si los comparamos con EE. UU. Pero intentar hacer de Europa algo parecido a EE. UU. sería un error. Lo que funciona aquí no tiene por qué funcionar allí, y viceversa.
"Las reformas estructurales que aumenten la productividad necesitan un cambio demográfico. No van a ser las personas de más edad las que se incorporen a las nuevas tecnologías"
Dicho esto, hay retos, y el principal es la demografía. Europa es un continente envejecido. En los últimos cinco años ha habido una novedad importante: hemos conseguido que la población vuelva a crecer. Pero, para hacerse una idea, desde el inicio de este siglo la población europea ha aumentado en unos cinco millones de personas, y casi todo ese crecimiento se ha producido recientemente. En EE. UU., en ese mismo periodo, el aumento ha sido de casi treinta millones. India ha crecido aún más. China, en cambio, está ahora en la situación opuesta, con la población disminuyendo. Esto es muy importante, porque las reformas estructurales que aumenten la productividad necesitan un cambio demográfico. No van a ser las personas de más edad las que se incorporen a las nuevas tecnologías. Este es un problema clave y tenemos que darle respuesta, porque, si no, Europa no tiene futuro.
Hay además un dato relevante: si analizamos el crecimiento del PIB per cápita en lo que va de siglo, la diferencia con EE. UU. es de apenas 0,1% en media anual. Es poco. Es cierto que con el paso de los años esa diferencia se acumula, pero es bastante más reducida de lo que muchas veces pensamos.
Si preguntamos a la gente, la percepción es que Europa es mucho menos competitiva y crece mucho menos que EE. UU. Y si se les pide una cifra, probablemente darán una mucho mayor que ese 0,1%. La realidad es que no lo estamos haciendo tan mal.
Ahora bien, sí tenemos niveles de cualificación y de formación más bajos que EE. UU., y ahí debemos mejorar. Y también debemos abordar seriamente la cuestión demográfica.
Si avanzamos en estos aspectos y seguimos desarrollando nuestro modelo de bienestar —que está claramente por delante del estadounidense en ámbitos como la sanidad o la cultura—, estaremos en una buena posición. A veces no lo valoramos lo suficiente. Cuando pensamos en la calidad de vida de las personas, esos elementos son fundamentales.
Esteban se interesa por la visión de Centeno sobre productividad, escala y regulación en la nueva agenda económica europea. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.
Pensamos más en términos cuantitativos que cualitativos.
Incluso en lo cuantitativo, a veces no ajustamos bien los datos, por ejemplo, en relación con la población. En cualquier caso, hay que hacer muchas cosas y seguir trabajando en Bruselas y en cada capital para ponernos de acuerdo y aplicar los ajustes necesarios. Hay muchas medidas ya identificadas, por ejemplo, en informes recientes.
Mi experiencia como presidente del Eurogrupo fue muy clara: desde el punto de vista técnico, sabemos exactamente lo que hay que hacer. Está todo estudiado, no hay dudas; el problema es la dimensión política.
Quien dirige una reunión tiene que llevar la decisión preparada en la carpeta y trabajar políticamente para que pueda adoptarse. Porque sabemos lo que hay que hacer y muchas veces no es nada tan revolucionario como se hace creer.
"Desde el inicio de este siglo, la deuda en EE. UU. ha aumentado en más de setenta puntos del PIB, mientras que en Europa lo ha hecho en menos de veinte"
Hay otra dimensión que también diferencia a Europa de EE. UU.: la deuda, muy vinculada a nuestro conservadurismo fiscal. Desde el inicio de este siglo, la deuda en EE. UU. ha aumentado en más de setenta puntos del PIB, mientras que en Europa lo ha hecho en menos de veinte. Es decir, la diferencia ha crecido en más de cincuenta puntos. Es mucho dinero que EE. UU. utiliza para impulsar la economía en el corto plazo —aunque no sea sostenible—, lo que genera crecimiento en ese mismo horizonte. Europa no actúa así. Aquí se dice a veces que trabajamos más "con el hueso" que con el músculo: hay menos impulso fiscal.
Podríamos hacerlo de otra manera, pero, al final, es una elección política. Y volvemos al principio: ¿podemos ser distintos de lo que somos?
No creo que tenga sentido envidiar otros modelos. Puede haber aspectos que nos llamen la atención, pero al final hay que preguntarse si, dadas nuestras condiciones, no lo estamos haciendo razonablemente bien.
Podemos integrarnos más, sin duda. En Europa, la palabra clave es integración. El mayor paso reciente en ese sentido fue la deuda común, una medida que Portugal y España defendieron con fuerza y que, en el contexto de la pandemia, se pudo materializar.
Ese espíritu no se puede perder. Tenemos que ser profundamente europeos y confiar en nosotros mismos.
Se está hablando mucho de exceso de regulación en Europa. ¿Es una realidad o una interpretación?
En Europa nos sentimos bastante cómodos con la regulación. Y esa regulación la deciden los políticos, tanto en Bruselas como en las capitales.
Tenemos mucha regulación por varias razones. A veces porque no confiamos lo suficiente unos en otros; otras, porque queremos proteger el entorno nacional frente al europeo, y eso nos lleva a introducir diferencias que dificultan lo transfronterizo. En muchos casos, estas decisiones responden a la voluntad de controlar riesgos que sentimos que no gestionamos bien.
"La regulación está ahí precisamente para garantizar un nivel de confianza que, de otra forma, no tendríamos"
Por eso aparece la regulación, y por eso tenemos la política de competencia que tenemos en Europa, que es bastante más rígida que en EE. UU. También por eso existe una preocupación constante por las ayudas de Estado, es decir, las ayudas que los gobiernos pueden conceder a sectores productivos. Todo esto no viene impuesto desde fuera: es una decisión propia. Y la forma en que yo lo interpreto es que el nivel de confianza que tenemos —y que aplicamos cada día en nuestras relaciones económicas y sociales— todavía no es suficiente, no es el ideal.
Lo que deberíamos hacer, una vez superado el trauma con el que comenzábamos esta conversación —la crisis financiera y la de deuda soberana—, es que nuestros países demuestren que están plenamente comprometidos con el proyecto europeo. Y, a partir de ahí, empezar a confiar más unos en otros.
Porque sabemos técnicamente lo que hay que hacer. Como le decía antes, cuando se toma una decisión en Bruselas, no es porque los economistas, los técnicos o los juristas europeos sean peores que los estadounidenses. No lo son. La regulación está ahí precisamente para garantizar un nivel de confianza que, de otra forma, no tendríamos.
Y, en ese sentido, creo que hay que dar un paso más. Me parece bien que este debate surja en países como Alemania, Holanda o Italia, y también en España y Portugal. Lo importante es que compartamos todos ese mismo enfoque.
Si logramos avanzar en esa dirección, la próxima vez que tengamos que aprobar un reglamento ómnibus o una directiva —que luego se transpone de manera distinta en cada país— no dejaremos tanto margen a esa fragmentación desde el propio momento de su aprobación. Porque hoy en día, cuando una directiva llega al Parlamento Europeo, los países ya saben cómo la van a adaptar.
Y al final, lo que debería ser una solución verdaderamente europea termina convirtiéndose en algo muy fragmentado. Por eso insisto: confianza, confianza y confianza. Porque somos mejores de lo que muchas veces mostramos a los demás.
Centeno explora la relación entre regulación, confianza política y fragmentación del mercado europeo. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.
Mencionaba las ayudas públicas a sectores estratégicos. Es un equilibrio delicado: ¿ese apoyo institucional es suficiente o es excesivo para mantener el nivel de competitividad del mercado único?
No es que en Europa no tengamos apoyos o marcos regulatorios que nos sitúen al mismo nivel que EE. UU., tanto en términos de inversión como en la propia base regulatoria. Hay casos en los que no es así —por ejemplo, en inteligencia artificial—, donde Europa es claramente más cuidadosa, pero eso responde a que somos, en general, más adversos al riesgo que EE. UU.
Si volvemos a otros ámbitos, como el apoyo a la digitalización o a la transición climática, el volumen de dinero no es tan distinto cuando se compara el presupuesto federal estadounidense con lo que los países europeos han decidido invertir en estos procesos.
"En EE. UU., desde el momento en que se decide el volumen de inversión, se piensa y se actúa como un solo país"
Ahora bien, la diferencia real entre EE. UU. y Europa es otra: en EE. UU., desde el momento en que se decide el volumen de inversión, se piensa y se actúa como un solo país. En Europa, en cambio, se fija un montante, pero luego se reparte entre veintisiete Estados; dentro de estos, entre regiones, autonomías, provincias, municipios… y así sucesivamente.
Y cuando finalmente el dinero llega a quienes tienen que utilizarlo, ya no guarda relación con la escala inicial. Sigue siendo mucho dinero, pero se ha fragmentado hasta el punto de que quienes lo reciben no tienen la capacidad ni la dimensión necesarias para competir en el mercado global.
Esto es algo que deberíamos tener muy claro. Un ejemplo que se está discutiendo hoy en Europa, y en el que soy bastante crítico, es la defensa. Es un ámbito europeo; lo consideramos un bien público europeo, pero aun así no hemos logrado un acuerdo para que las inversiones —muy importantes— se decidan realmente a nivel europeo. En la práctica, cada Estado sigue tomando sus propias decisiones, con algunas directrices comunes, pero no es lo mismo.
Es evidente que, con las amenazas actuales, los países del este de Europa tienen que gastar más que Portugal o España. Pero también es evidente que Portugal y España, si tienen un verdadero sentido europeo, deberían contribuir a ese esfuerzo común. Porque la amenaza no está en Badajoz o en Faro, en el Algarve, sino en Lituania, Letonia, Polonia o Eslovaquia.
Ese sentido europeo aparece a veces en el discurso, pero desaparece cuando hay que tomar decisiones concretas.
Y, sinceramente, por mucho que Portugal o España aumenten su gasto como porcentaje del PIB —aunque España sea mucho más grande—, no vamos a poder protegernos solos frente a Rusia o cualquier otra amenaza, y mucho menos países como Lituania o Letonia, que son mucho más pequeños.
Por eso, hay que concentrar las inversiones desde el principio hasta el final, de manera que todos contribuyamos al resultado común y no se pierda la escala en el momento de tomar decisiones.
Como mencionaba, Portugal y España tienen características económicas y sociales bastante similares. Ya hemos visto algunas iniciativas conjuntas dentro del sistema de la Unión Europea, como la excepción ibérica en el ámbito energético. ¿Son interesantes este tipo de soluciones, una especie de Europa a pequeña escala en determinados contextos y políticas, aunque se pierda en parte la visión de conjunto?
En situaciones concretas y a nivel local, sí, no veo ningún problema. Pero también sabemos que uno de los grandes problemas de Europa en términos de mercado único es precisamente la energía, porque ese mercado único no existe realmente: Francia y Alemania nunca se han puesto de acuerdo y, además, no hay suficiente interconexión entre la península ibérica y Francia.
Ante esa falta de conexión, creo que Portugal y España han hecho lo que tenían que hacer, y lo han hecho bien. Han debatido la cuestión y han logrado que Bruselas aprobara esa solución.
Ahora bien, si vamos más allá de esa situación concreta, yo diría que pensar en clave puramente europea es mejor. Pero, en contextos específicos en los que no hay alternativas más eficaces, o cuando existen bloqueos claros —como ocurre en el mercado energético—, es comprensible que se adopten este tipo de soluciones.
Porque, en el fondo, los sistemas energéticos de los países son muy distintos. Francia tiene nuclear, España tiene algo, Alemania ha abandonado la nuclear, Portugal nunca la ha tenido, pero contamos con una gran capacidad en solar y eólica, como también España. Son realidades muy diferentes, que además evolucionan de manera distinta. Y eso hace que, en ocasiones, sea difícil plantear soluciones plenamente integradas a nivel europeo. Pero, aun así, creo que es ahí donde hay que dirigir los esfuerzos.
La conversación aborda la escala de las inversiones europeas, el gasto en defensa y los límites de las soluciones nacionales. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.
Europa ha cambiado mucho en los últimos años. ¿Cuál es el siguiente paradigma?
Europa es la gran economía más abierta del mundo, mucho más abierta que China y que EE. UU. Si sumamos importaciones y exportaciones como porcentaje del PIB y lo comparamos con EE. UU., el dato europeo es aproximadamente el doble.
Europa no se puede entender fuera de un contexto global. Y eso nos sitúa ante una cierta paradoja: somos tan abiertos y dependemos tanto de lo que ocurre en el mundo que, en teoría, deberíamos tener un mayor liderazgo. Sin embargo, no lo tenemos; a menudo llegamos en segunda posición.
"Europa debe tener autonomía estratégica, pero debe construirla aumentando su relevancia política, social, económica y cultural en el mundo"
El liderazgo social y político europeo no está en consonancia con la realidad económica, y eso es una fragilidad. Y luego está el planteamiento opuesto: si estamos tan expuestos y somos tan abiertos, quizá lo mejor sería cerrarnos un poco, intentar producirlo todo aquí —o al menos lo máximo posible—, alejarnos de la globalización y caer en la tentación proteccionista.
Esto último es un error, aunque, en cierta medida, es la respuesta política que hemos visto en los últimos años. No creo que ese sea el camino cuando hablamos de autonomía estratégica. Europa debe tener autonomía estratégica, pero debe construirla aumentando su relevancia política, social, económica y cultural en el mundo.
Y podemos hacerlo, entre otras cosas, porque el mundo también espera eso de Europa. El acuerdo con Mercosur fue un hito importante —tardó muchísimo en cerrarse— y ahora hay que implementarlo, lo cual tampoco es sencillo, pero ya está ahí. Lo mismo deberíamos hacer con África. También se han dado pasos con India, y países como Australia o Nueva Zelanda están, diría que casi desesperados, esperando que se avance en acuerdos. Canadá también.
Europa tiene que tender puentes con todas estas regiones y entender que ahí está precisamente la razón de ser de que seamos la economía más abierta del mundo, algo que tiene que ver con nuestra propia historia, con nuestra proyección desde el Mediterráneo y hacia otras regiones donde está el futuro.
Y hacerlo además desde una lógica de igualdad. Aquí no hay imperialismo: el comercio internacional solo funciona bien cuando es entre iguales.
Europa puede ser una voz muy potente en este ámbito. Tenemos 450 millones de ciudadanos y 26 millones de empresas: es un poder económico enorme. Sin embargo, tendemos a infravalorarnos, porque pensamos que otros lo hacen mejor que nosotros, y no es así.
Nadie tiene hoy el nivel de sanidad y de bienestar que tiene Europa. Y, sin embargo, tampoco lo valoramos suficientemente. Eso es, desde el punto de vista político, lo que más me sorprende.
Centeno defiende que la autonomía estratégica europea debe construirse con más presencia política, económica y cultural en el mundo. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.
¿Cómo se cambia esa narrativa?
Voy a volver al punto de partida. Durante la crisis financiera, Europa demostró que no había nadie capaz de proporcionar liquidez cuando más se necesitaba. Y dar liquidez en economía significa, en el fondo, dar tiempo. En aquel momento no había ninguna institución que pudiera hacerlo: todo era un caos.
Aprendimos que eso no podía volver a ocurrir. A partir de ahí, el Banco Central Europeo empezó a ejercer plenamente como banco central, como prestamista de última instancia. Además, la Unión Europea fue capaz de financiarse de forma conjunta, algo que muchos decían que era contrario a los tratados. Hubo discursos muy contundentes afirmando que no se podía hacer, que era inconstitucional. Prácticamente en toda Europa se sostenía esa idea. Pero no era cierto: se hizo y se dieron estos pasos.
"Lo más importante es que exista una arquitectura institucional capaz de proporcionar ese tiempo que necesitan las personas y las empresas"
Lo más importante es que exista una arquitectura institucional —un conjunto de instituciones que trabajen de manera coordinada, desde la política fiscal, la política monetaria y la regulación— capaz de proporcionar ese tiempo que necesitan las personas y las empresas. Tiempo para inversiones que empiezan en la escuela, continúan en la universidad y se trasladan después al tejido productivo.
Hoy, uno de los principales problemas de Europa es que no estamos siendo capaces de gestionar bien ese "tiempo", ese flujo necesario para que las personas puedan desarrollar sus proyectos con sentido económico.
Para que alguien pueda mirarse a sí mismo y decir: "estoy haciendo esto, es lo que quiero hacer y tiene sentido en términos económicos". Cuando eso no ocurre, aparecen problemas como el acceso a la vivienda o la inestabilidad laboral de los jóvenes, que cambian de empleo constantemente.
Europa, además, es muy móvil. La movilidad en el mercado laboral europeo es hoy muy elevada, incluso comparable o superior a la de EE. UU. Y hay un dato muy claro: desde la pandemia hemos creado mucho más empleo que EE. UU. Eso también ha influido en la evolución demográfica.
Más del 60% del empleo —casi dos tercios— está ocupado por personas que trabajan en un país distinto al de su nacimiento. Es decir, hay una gran movilidad interna. Y esto es posible porque Europa se ha abierto al mundo y ha recibido a muchas personas que han querido trabajar aquí. Sin ellas, Europa no habría podido crecer como lo ha hecho.
Pero todo eso también requiere tiempo. Son inversiones a las que hay que dar recorrido. Si nos ponemos demasiado nerviosos por no ver resultados inmediatos, en realidad es porque no creemos lo suficiente en lo que estamos haciendo. Y eso es lo peor que nos puede pasar.
Muchas gracias.