Lunes, 17 de agosto de 2026
CINCUENTA AÑOS DEL IUE

"¿Es este el mundo que había imaginado cuando era más joven? No"

La presidenta del Instituto Universitario Europeo, Patrizia Nanz, ofrece un discurso sobre el futuro de la Unión Europea y de la institución que preside. Nanz hace un análisis de los grandes desafíos que enfrenta el continente, la transformación de Europa en las últimas décadas y valora el papel que debe tener la academia y la producción científica desde una visión europeísta. Como 'media partner' del 50.º aniversario del IUE, 'Agenda Pública' reproduce las palabras de Nanz que escucharon en directo la presidenta del Parlamento Europeo, así como el presidente del Consejo Europeo, António Costa, entre otros distinguidos participantes.

Patrizia Nanz Patrizia Nanz 8 de mayo de 2026
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La directora del IUE, Patrizia Nanz, durante su discurso. | IUE
La directora del IUE, Patrizia Nanz, durante su discurso. | IUE
"¿Es este el mundo que había imaginado cuando era más joven? No". Cuando tenía quince años, pasé tres meses en Francia en un intercambio de estudiantes. Recuerdo que entonces creía que los países europeos se acercarían cada vez más, que las fronteras se irían difuminando, no solo en los mapas, también en la mente de las personas.

A los treinta años, fui testigo del apogeo de la integración europea: el mercado único, el Tratado de Maastricht, la ampliación. Creía en la posibilidad de una Constitución europea. Creía entonces, y sigo creyendo ahora, que la fortaleza de la democracia europea descansa en nuestra capacidad para trabajar a partir de nuestras diferencias. Que solo mediante la labor paciente del encuentro y de la traducción mutua puede surgir una voluntad política compartida.

Esta idea está presente en la mente de millones de personas que han estudiado en el extranjero gracias al programa Erasmus o que hoy viven en un país europeo distinto de aquel en el que nacieron. La idea de la traducción mutua —lingüística, cultural, política— está también en el espíritu de los miles de estudiantes e investigadores que han pasado por el Instituto Universitario Europeo. El Instituto Universitario Europeo (IUE) es fruto y pilar del proyecto europeo.

Quiero aprovechar este momento para agradecerles a todos su presencia: representantes de las instituciones europeas y de los gobiernos, ministros y responsables políticos, miembros del cuerpo diplomático, profesores y colegas, antiguos alumnos, investigadores y estudiantes, y amigos del Instituto.

Su presencia refleja lo que el IUE ha llegado a ser en estos cincuenta años: un lugar donde Europa se encuentra, piensa e imagina. También quisiera expresar nuestra sincera gratitud a las instituciones de la UE y a todos los Estados miembros del IUE por su apoyo constante. Un agradecimiento muy especial corresponde a Italia —a Florencia, Fiesole y al Gobierno italiano— por acoger el IUE, y en particular al Gobierno italiano por habernos proporcionado estas extraordinarias sedes, incluida la última incorporación, el Palazzo Buontalenti.

Estamos profundamente agradecidos por la excepcional generosidad de las autoridades italianas y por su apoyo constante durante cincuenta años: no solo en términos financieros, también al más alto nivel político. Casi todos los presidentes de la República Italiana han visitado el IUE, entre ellos Sandro Pertini, Carlo Azeglio Ciampi, Giorgio Napolitano y Sergio Mattarella.

"Europa no se construye únicamente mediante tratados ni mercados, sino mediante conocimiento, cultura, memoria y la capacidad de pensar juntos"
El IUE fue creado, como universidad y como organización intergubernamental, por los seis miembros fundadores de la Comunidad Europea sobre la base de una idea audaz: Europa no se construye únicamente mediante tratados ni mercados, sino mediante conocimiento, cultura, memoria y la capacidad de pensar juntos más allá de las líneas que, de otro modo, nos dividirían. Hoy, en este aniversario, quiero renovar ese compromiso.

Nuestro convenio fundacional nos llama a —cito— "contribuir, mediante sus actividades en los ámbitos de la enseñanza superior y la investigación, al desarrollo del patrimonio cultural y científico de Europa", y a "mantenerse en contacto con los grandes movimientos e instituciones que han configurado su historia y configurarán su futuro". Cincuenta años después, esa misión es aún más urgente. No porque tengamos todas las respuestas a los problemas actuales, sino porque seguimos siendo una de las pocas instituciones europeas dedicadas a plantear las preguntas que otros, bajo la presión de los acontecimientos o al abrigo de las convenciones, han dejado de formular. En un mundo que premia la certeza y castiga la duda, esa no es una contribución menor.

En muchos sentidos, esto es exactamente aquello para lo que se creó el IUE y lo que ha hecho durante cincuenta años. Me enorgullece que estos días de celebración sean una ocasión para mostrarlo. Y creo que nuestros logros hablarán por sí mismos.

"La inteligencia artificial también ofrece una oportunidad: al automatizar la recopilación de datos, las métricas de rendimiento y los clics en redes sociales, nos permite volver a lo esencial"
En un momento en el que la inteligencia artificial está transformando la producción de conocimiento, se nos dice a menudo que las universidades cambiarán hasta volverse irreconocibles. Tal vez sea así. Pero la inteligencia artificial también ofrece una oportunidad: al automatizar la recopilación de datos, las métricas de rendimiento y los clics en redes sociales, nos permite volver a lo esencial: qué significa pensar, aprender, comprender.

Más allá de las métricas y del rendimiento, permanece la experiencia. Y eso no puede mecanizarse. La creación de uno mismo y del mundo a través de la experiencia práctica del pensamiento, en diálogo con otros pensamientos. La universidad como entorno compartido en el que las ideas pueden ponerse a prueba y desarrollarse, donde aprender es un esfuerzo que transforma a quienes participan en él, y donde el desacuerdo no conduce a la exclusión, porque la duda es aquello que compartimos de manera más profunda.

Volviendo a la pregunta que plantea Corrado, el niño del vídeo: el mundo y Europa no han resultado ser como yo los imaginaba en los años de apogeo de la integración europea, cuando el progreso, a la manera europea, parecía abrir ante nosotros un camino brillante. Pero no estoy aquí para lamentarlo. Estoy aquí porque lo que importa ahora es nuestra capacidad de actuar en el presente y de dar forma a lo que viene después.

No voy a ofrecer otro inventario de las crisis contemporáneas. Las conocen. En su lugar, quiero señalar algo menos visible, pero más determinante: un malestar social, cultural y, de algún modo, incluso moral en el corazón del proyecto europeo. La propia idea de un futuro compartido parece escapársenos.

No podemos ignorar la sensación creciente, en todo el continente, de que en algún punto del camino nos hemos vuelto hábiles tratando síntomas mientras dejábamos sin formular las preguntas de fondo. Competitividad e innovación digital, sí. Pero ¿con qué propósito y para quién? ¿Qué tipo de vida queremos hacer posible?

Hemos desarrollado una gestión rutinaria de las crisis: soluciones rápidas, respuestas técnicas a preguntas que nunca fueron puramente técnicas. Con demasiada frecuencia preferimos hablar el lenguaje de los objetivos y los resultados entregables antes que el lenguaje del cuidado y del propósito. ¿No estamos aquí, precisamente, para imaginar futuros deseables y hacerlos realidad?

"El caso de la energía muestra al mismo tiempo las fortalezas y las debilidades de Europa. Europa es líder en innovación energética técnica y social"
Tomemos el ejemplo de la energía. Abarca seguridad, clima, competitividad, justicia social y consentimiento democrático. El caso de la energía muestra al mismo tiempo las fortalezas y las debilidades de Europa. Europa es líder en innovación energética técnica y social. Sin embargo, la fragmentación de políticas y competencias compromete la rentabilidad de la industria y amenaza la seguridad colectiva del suministro energético, así como la seguridad en sentido más amplio. Existe una brecha entre la retórica de los ideales y la capacidad de traducirlos en beneficios concretos para los ciudadanos y las empresas europeas. Necesitamos una acción coordinada urgente y también imaginación: la capacidad de concebir un sistema energético diferente que reúna a todos los sectores y niveles de decisión relevantes.

Europa ya no es un proyecto en construcción. Muchos entienden, quizá con más claridad que antes, por qué Europa importa: por seguridad, por prosperidad, por democracia. Según el Eurobarómetro, tres de cada cuatro europeos sienten que son ciudadanos de la Unión. Siete de cada diez consideran que la Unión Europea es un lugar de estabilidad en un mundo convulso. El deseo de Europa es más fuerte de lo que ha sido en décadas.

Europa, como forma de vida, es resiliente. No es una política que pueda revertirse. En el actual clima de ansiedad y crisis, esto es algo a lo que aferrarse. Y si sentimos la tentación de darlo por sentado, basta con mirar más allá de nuestras fronteras: a los jóvenes ucranianos, georgianos y moldavos, que nos recuerdan lo que Europa representa. Ellos ven, quizá con más claridad que nosotros, lo que está en juego y lo que corremos el riesgo de perder.

Permítanme recordar una voz que habla de todo esto y que me resulta profundamente inspiradora. Cito: "Sin exagerar, y sin presentar a Europa como una ciudadela sitiada, debemos demostrar cada día a nuestros conciudadanos que el proyecto europeo, mediante la puesta en común de nuestros recursos, es esencial si queremos sobrevivir y salvaguardar nuestra independencia".

Y continúa: "Estaremos en mejores condiciones de establecer relaciones pacíficas y equilibradas con otras naciones del mundo y de reforzar nuestra solidaridad si hemos sabido demostrar nuestra determinación".

Estas palabras fueron pronunciadas por Simone Veil, primera mujer presidenta del Parlamento Europeo, en el IUE en 1980. Veil advirtió contra una Europa percibida como "una organización casi exclusivamente económica, gestionada por tecnócratas". Y pidió un "segundo impulso".

Ese segundo impulso que reclamaba Simone Veil exige fundamento intelectual, imaginación social y confianza para formular preguntas difíciles. Porque antes de actuar debemos ver con claridad. Y antes de ver con claridad, debemos encontrar el valor para nombrar aquello que nos frena. Necesitamos lentes más precisas para captar la complejidad del mundo que habitamos.

¿Qué significaría la autonomía estratégica para Europa? Jean Monnet entendió en los años cincuenta que el carbón y el acero no eran simples recursos económicos, sino motores de transformación política. Quien los controlaba daba forma al continente.

"La autonomía estratégica no es una bandera. Es una malla, un sistema de decisiones, instituciones, tecnologías y capacidades en el que cualquier eslabón débil expone al conjunto"
Hoy surgen preguntas similares. La autonomía estratégica no es una bandera. Es una malla, un sistema de decisiones, instituciones, tecnologías y capacidades en el que cualquier eslabón débil expone al conjunto. La infraestructura digital se ha convertido en nuestro carbón y acero, en la columna vertebral de nuestra vida democrática. La pregunta es si Europa puede gobernarse a sí misma en sus propios términos o si dejará en manos de otros la infraestructura esencial en la que deliberan los ciudadanos y se relacionan las generaciones más jóvenes.

Gran parte de nuestro conocimiento, de nuestros datos y de nuestra información de seguridad se almacena y gestiona actualmente en grandes plataformas situadas fuera de Europa. En el IUE trabajamos para imaginar alternativas, incluido el desarrollo de la primera plataforma de redes sociales verdaderamente europea.

También sabemos que cumplir las ambiciones tecnológicas y de seguridad de Europa requerirá muchos más recursos. Para 2030, se estima que la brecha de inversión será de entre 750.000 y 800.000 millones de euros al año. Si Europa quiere sostenerse por sí misma, debe ser capaz de movilizar sus propios recursos. Estos desafíos son complejos y no pueden abordarse solo mediante políticas públicas.

El IUE es hoy una necesidad: un lugar donde Europa puede reflexionar sobre sí misma y empezar a imaginar futuros deseables junto con las instituciones y la sociedad en su conjunto.

En la inauguración oficial de 1976, el primer presidente del IUE, Max Kohnstamm, habló de tres crisis: la crisis de la Comunidad Europea, la crisis de las universidades y la crisis de la civilización. Cito: "Ciertamente, con nuestras débiles fuerzas no podemos responder a ellas. Pero si no huimos de estas preguntas, si no escondemos la cabeza en la arena, quizá podamos ayudar a descubrir y desarrollar modos de pensamiento y de acción adecuados a nuestra época y a sus problemas".

Esta sigue siendo la base sobre la que debemos construir el futuro del IUE. Seamos ambiciosos, no por nosotros mismos, sino por las generaciones más jóvenes que, como Corrado en el vídeo, ya nos están observando.

Porque seremos llamados a declarar ante el tribunal de la historia. Dentro de cincuenta años, los más jóvenes entre nosotros y quienes aún están por venir, quienes pasarán por el IUE y quienes darán forma a Europa más allá de él, mirarán atrás y juzgarán nuestras acciones. Y preguntarán: ¿quiénes fueron ustedes? ¿Qué construyeron para nosotros? ¿Qué dejaron atrás? Estas preguntas ya están ante nosotros.

Asegurémonos de que el IUE siga siendo aquello que estaba llamado a ser: un lugar donde Europa reflexiona sobre sí misma en toda su profundidad; una universidad de investigación excelente; un espacio social de posibilidad; una fuerza diplomática asentada en principios; y un acto compartido de imaginación.

El IUE ha recorrido un largo camino en cincuenta años y queda mucho más por venir. ¡Feliz 50.º aniversario a todos ustedes, nuestra gran familia del IUE!

Este es el discurso, traducido y ligeramente editado, que la presidenta del IUE, Patrizia Nanz, ha ofrecido en la celebración del 50.º aniversario de la institución en Florencia. Agenda Pública es media partner en este encuentro.
Patrizia Nanz
Patrizia Nanz
Presidenta del Instituto Universitario Europeo (IUE)
Participación