En la moción de censura a Mariano Rajoy de 2018, el presidente Pedro Sánchez se hacía eco de una conocida viñeta publicada por el dibujante Ramón en el semanario
Hermano Lobo, que es ya un clásico de nuestra memoria audiovisual. En ella, un orador se dirige a la multitud con la exclamación: "¡O nosotros o el caos!", y ante la preferencia ciudadana por el caos responde: "Es igual, también somos nosotros". Era 1975. Sin duda, sí, otros tiempos.
A juzgar por lo visto en Bluesky (cabe suponer que también en otras redes), han sido muchos los ciudadanos que han recordado esa misma viñeta después de conocer el eslogan de la manifestación convocada por el líder del Partido Popular para el domingo 8 de junio: "Mafia o democracia". Alberto Núñez Feijóo afirmaba que su convocatoria para manifestarse contra el Gobierno salido de las urnas es una invitación dirigida a la "gente decente", y pedía por ello que no se utilicen siglas ni banderas en el recorrido. Veremos si los asistentes resisten la tentación.
"El eslogan consiste en ofrecer una disyuntiva, una dualidad ante la que los ciudadanos deben optar"
Desde el punto de vista lingüístico, el eslogan adopta un formato que se diría ajustado para el discurso político, aunque no es frecuente porque, como veremos, entraña riesgos. Consiste en ofrecer una disyuntiva, una dualidad ante la que los ciudadanos deben optar, casi como en un simulacro electoral; no en vano el propio líder del Partido Popular afirmaba en sus redes: "A la espera de llenar las urnas de votos, llenemos las calles". En términos discursivos, este tipo de eslogan resume el esqueleto de todo discurso político, que consiste siempre en la construcción de un "nosotros" opuesto a un "ellos".
Como describe la lingüística del discurso, esa oposición inicial "nosotros/ellos" se carga enseguida de valor axiológico, valorativo, y pasa a convertirse en la construcción de un "
nosotros-los buenos" frente a "
ellos-los malos", una dimensión del discurso simple y maniqueísta que en las últimas décadas ha fagocitado los flujos de la esfera pública con dos efectos principales: reducir considerablemente el discurso sobre los hechos y la realidad política, y proporcionar un escenario de polarización comunicativa a la
polarización socioeconómica (previa) de las sociedades neoliberales. Lo que hace el eslogan propuesto es condensar esa dualidad "nosotros/ellos" mediante una disyuntiva que anima a las y los ciudadanos a una elección aparentemente sencilla: o mafia o democracia. En suma, o ellos o nosotros.
Pero, como decimos, la sencillez de la elección es sólo aparente, porque los términos seleccionados se convierten enseguida en un campo minado. El eslogan construido como disyuntiva carece de fuerza semántica para diferenciar bien sus dos elementos y, por tanto, para automatizar las correspondencias pretendidas, mafia-gobierno, democracia-PP. Lo vemos.
En primer lugar, cabe pensar que, previsiblemente, una vez presentadas las dos opciones, la ciudadanía española optaría mayoritariamente por la democracia, incluso a pesar de que las encuestas sociológicas muestran un preocupante retroceso en su vitalidad y un
aumento del desapego democrático en las generaciones jóvenes. Sin duda es la intención que subyace a la propuesta, pues el término positivo del dilema solo puede corresponder al "nosotros", los convocantes de la manifestación. La intención declarada es que toda la "gente decente" se sume, con ellos, a una defensa de la democracia.
"La protesta se convoca contra un Gobierno elegido en un parlamento democrático, y el convocante es un partido político de ese mismo parlamento"
No obstante, al pensar el eslogan por segunda vez la elección ya no parece tan evidente, en la medida en que la protesta se convoca contra un Gobierno elegido en un Parlamento democrático, y el convocante es un partido político de ese mismo parlamento. Resulta inevitable pensar que con este eslogan el Partido Popular está ensayando un nuevo ejercicio de apropiación terminológica (no conceptual), que pretende establecer correspondencias entre ellos mismos y las palabras más específicas del discurso progresista, un desplazamiento que es posible rastrear de manera general en los discursos conservadores y ultraconservadores durante todo el siglo XX y que se radicaliza con los populismos del siglo XXI. Sin embargo,
del mismo modo que algunas voces tienden a usar "libertad" para decir "impunidad", cabe preguntarse a qué o a quién nombra "democracia" en el eslogan propuesto. Y es más que probable que para muchos ciudadanos la respuesta no sea la misma que para los convocantes. Más allá del eslogan, algo similar cabe decir de la apelación a la "gente decente".
En segundo lugar, el eslogan etiqueta al Gobierno —ese Gobierno, como se ha señalado, elegido constitucional y democráticamente— con un insulto, "mafia". Sin duda, el ataque es de enorme calado, pero de nuevo, cabe preguntarse por el verdadero efecto de la palabra, habida cuenta de la acumulación de insultos que lleva recibiendo el Gobierno —y en particular su presidente—, desde 2018. Como he señalado en otras ocasiones,
el insulto revela, ante todo, la incompetencia para el diálogo y para la racionalidad discursiva; tiene el impacto emocional instantáneo de las interjecciones y los gritos pero carece de base argumentativa, por lo que solo puede afianzarse subiendo su intensidad. Del mismo modo que las niñas y niños, entre los 3 y 5 años, buscan llamar la atención repitiendo las palabrotas adultas, se diría que los insultos proferidos desde la oposición necesitan ir siempre
in crescendo, y llegados al momento actual, el término "mafia" emerge casi de forma natural. Puesto que no hay argumento subyacente (no se activa una propuesta política clara e identificable), para mantener el foco resulta necesario aumentar la fuerza expresiva; pero precisamente por su naturaleza hiperbólica el término pierde gran parte de su gravedad, se diluye en la metáfora.
"La escalada expresiva persigue la atención y la obtiene tanto de los medios de comunicación como de los panfletos digitales, dos colaboradores necesarios para el clima de crispación que se busca"
Esa escalada expresiva, que no apunta al argumento sino a lo emocional, persigue la atención; y la obtiene incondicionalmente tanto de los medios de comunicación como de los panfletos digitales, dos colaboradores necesarios para el clima de crispación que se busca. Efectivamente, el discurso ecoico y acrítico, cada vez más frecuente en los medios de referencia, funciona como altavoz constante para las voces más estridentes, esas "
voces más altas" que Roger Ailes consideraba el objetivo preferente de su canal Fox News.
Por otro lado, y más allá de las películas de Martin Scorsese, el término "mafia" funciona como activador de significados añadidos por asociación/connotación que, de nuevo, convierten el eslogan en una trampa. Ignoramos si quien lo ha creado es consciente de los protagonismos que almacena el imaginario político español de la última década sobre corrupción, sentencias judiciales de criminalidad, destrucción de pruebas a martillazos o, por seguir con el tono siciliano, falsos curas entrando en casas revólver en mano. No parece que tampoco en este polo del dilema las correspondencias de las palabras sean exactamente las que pretende el eslogan.
La disyuntiva, en suma, no se sostiene. Estos juegos de palabras no son en absoluto novedosos, pero se ven potenciados desde ciertas concepciones erróneas sobre el funcionamiento de las lenguas naturales que convierten el acto de nombrar en un hecho puramente subjetivo e individual, como si cada vez que nombramos, bautizáramos. Esta falacia de performatividad está tan extendida que nos hemos acostumbrado al uso "tuneado" de las palabras por parte de los líderes,
pero una vez pasa el estallido emocional, los significados contenidos en el pacto que supone toda lengua regresan y se asientan.
Como señalaba Paolo Flores d’Arcais en su libro ¡Democracia! (2012), "no es cierto en absoluto que demos-
kratia no quiera decir ya nada". Aunque se intente.