Serán muchas las líneas que se escribirán estos días sobre el único presidente de Uruguay del qué se conoce el nombre a nivel global. Como se dice a menudo en la amable y pequeña República Oriental, "en Uruguay nunca pasa nada". Pese a ello podemos afirmar que el país ha sido escenario de dos fenómenos de proyección internacional: la batalla del Río de la Plata en 1939, primer gran combate naval de la Segunda Guerra mundial, y
la presidencia de José Mujica. O, más precisamente, su figura posterior a la presidencia, cuando su manera de entender el mundo y su coherencia vital y política lo transformaron en un referente internacional de una izquierda coherente, sobria, ética y posible.
Durante mi estancia en Uruguay a finales del siglo XX, tuve el privilegio de presenciar sus primeros pasos parlamentarios. Mujica era entonces un referente del Movimiento de Participación Popular, uno de los sectores del Frente Amplio. Difícil era imaginar que ese diputado austero, que intervenía con vehemencia en el palacio legislativo, llegaría años después a la Jefatura del Estado. Y lo hizo sin cambiar su tono, sin disfrazar sus ideas, sin domesticar su lenguaje.
Quiero detenerme precisamente en eso: Mujica encarnó la antítesis de la política manufacturada, del relato diseñado en laboratorios de campaña, del candidato convertido en producto por los ingenieros del caos.
En la época de los ingenieros del caos del populismo de derechas, brillante definición de Giuliano da Empoli, cuando emergían con fuerza los estrategas del populismo de derechas, Mujica triunfó con las armas más antiguas de la política democrática: la palabra, el testimonio vital y la coherencia. Frente a los líderes asesorados por expertos en manipulación emocional, segmentación algorítmica y polarización social,
Mujica era un líder analógico, un hombre de carne, tierra y memoria, capaz de decirle a una multitud: "No vengo a prometerles el paraíso, vengo a decirles que sin esfuerzo no hay libertad posible".
"Hablaba lento, sin eslóganes, sin artificios. Lejos de explotar el miedo o la ira, apelaba al sentido común, a la responsabilidad colectiva, a una ética del vivir con lo justo"
En tiempos en que los algoritmos predicen qué decir, cuándo y cómo para maximizar la reacción emocional, Mujica fue un fenómeno contraintuitivo. Hablaba lento, sin eslóganes, sin artificios. Lejos de explotar el miedo o la ira, apelaba al sentido común, a la responsabilidad colectiva, a una ética del vivir con lo justo. Y, sin embargo, conectó con los jóvenes, con los sectores populares, con quienes nunca se habían sentido interpelados por la política. Su campaña no necesitó viralización ni
bots ni discursos de odio. Bastó con su palabra.
En definitiva, justo en el mismo momento en que los discípulos de Steve Bannon empiezan a recoger los primeros éxitos electorales de su batalla cultural y sus campañas algorítmicas, un viejo caudillo de izquierdas, de un partido de caudillos en un país de caudillos,
logra conectar de forma interclasista e intergeneracional con todo un país y un continente.
Su presidencia (2010-2015) confirmó esa autenticidad.
Fue pionero en la legalización del matrimonio igualitario, la regulación estatal del cannabis para combatir al narcotráfico, y la despenalización del aborto, entre otras políticas sociales inclusivas. Todo ello en un contexto regional y global donde comenzaba a expandirse la retórica punitiva, conservadora y excluyente. Logrando un amplio respaldo popular a medidas que iban en la lógica contraria del relato dominante de las nuevas derechas.
El contraste no puede ser mayor: mientras
los ingenieros del caos diseñaban campañas para erosionar la confianza pública, polarizar sociedades y explotar los algoritmos con contenidos extremos, Mujica elegía sentarse en un taburete de madera, hablar sin filtros y terminar sus intervenciones con frases que no cabrían en un tuit, pero que quedaban grabadas para siempre.
"Es el último ejemplo quizás del uso efectivo de la palabra y la acción como herramienta de convencimiento electoral y de comunicación directa, sin intermediarios digitales, entre el líder y el pueblo"
Sin gurús del algoritmo electoral, sin redes sociales, sin medios de comunicación a su favor. Su capacidad de llegar con la palabra, y la coherencia, a amplias capas de la población, especialmente a las más jóvenes y a los sectores populares, con una agenda de nuevos derechos sociales, lo convierten sin duda un caudillo democrático y popular, el último ejemplo quizás del uso efectivo de la palabra y la acción como herramienta de convencimiento electoral y de comunicación directa, sin intermediarios digitales, entre el líder y el pueblo.
Su legado es una lección para la política democrática. En un tiempo donde la desinformación, la posverdad y el cinismo digital desafían la calidad de los sistemas representativos, Mujica demostró que la palabra directa, el compromiso vital y la honestidad intelectual aún pueden ganar elecciones. Él fue, quizás, el último caudillo popular sin redes sociales, sin filtros, sin
marketing:
un caudillo ético, un líder que confiaba más en el oído del pueblo que en el engagement de las plataformas.
Durante su largo e inhumano cautiverio, los militares le prohibieron leer.
Pero no lograron prohibirle soñar. Ni escribir, con hechos, una historia que muchos intentaron silenciar. Por eso, no olvidaremos nunca al presidente al que prohibieron leer, pero no pudieron callar.