José María Ridao, escritor, diplomático y anteriormente embajador de España en la India, analiza en esta conversación con Agenda Pública la reciente escalada bélica entre India y Pakistán tras los ataques ordenados por el Gobierno de Modi en respuesta al atentado en Cachemira que causó veintiséis víctimas y el posterior alto al fuego alcanzado este fin de semana.
Con la profundidad de quien conoce de primera mano la región, Ridao explica cómo "la línea de fractura entre ambos países quedó fijada y casi diría esclerotizada" desde la partición de 1947, y advierte sobre el peligroso camino hacia la simetría entre ambos Estados, ahora "vinculados a un credo religioso que, supuestamente, articula una nación".
El autor también aborda las implicaciones del conflicto en el orden mundial y reflexiona sobre la posición de España como "potencia media con intereses regionales de primer orden", examinando nuestras relaciones con India en el ámbito de la defensa y preguntándose si hemos sabido gestionar adecuadamente nuestras prioridades estratégicas en un escenario internacional cada vez más turbulento.
India ha justificado sus ataques a Pakistán como represalia por el atentado en Cachemira. ¿Cómo afecta esta nueva escalada a la ya tensa situación en la región?
Cada nuevo incidente militar entre India y Pakistán retrotrae al origen de ambos países al término del colonialismo británico, en la medida en que hace expresas las diferencias irreconciliables entre los respectivos proyectos políticos. Cuando Muhammad Ali Jinnah, el fundador de Pakistán, desconfió de que el constitucionalismo secular del sector del Partido del Congreso encabezado por Nehru fuera bastante para acoger a los musulmanes de la India, y decidió crear un Estado propio vinculado al Islam, la línea de fractura entre ambos países quedó fijada y casi diría esclerotizada.
"Desde que gobierna el ultranacionalismo hindú de Narendra Modi, la asimetría se ha transformado en simetría: ambos Estados se reivindican vinculados a un credo religioso que, supuestamente, articula una nación"
Mientras estuvo en pie el proyecto constitucional de Nehru, quien decía que no quería convertir la India en un Pakistán hindú, se produjeron enfrentamientos militares, pero existía a la vez una cierta asimetría hasta cierto punto esperanzadora: de una parte había un Estado musulmán, mientras que, de la otra, había un Estado constitucional y secular, con una democracia que ha ido perdiendo vitalidad a consecuencia del nepotismo y la corrupción.
Desde que gobierna el ultranacionalismo hindú, encabezado por Narendra Modi, la asimetría se ha transformado en simetría: ambos Estados, a uno y otro lado, se reivindican vinculados a un credo religioso que, supuestamente, articula una nación.
Hasta ahora, el enfrentamiento entre ambos nacionalismos de raíz religiosa ha sido en India un asunto interno, donde lo que estaba en juego era la discriminación y eventualmente la persecución de los musulmanes que son indios y que viven en India. Dentro de Pakistán, obviamente, el conflicto era simétrico.
Los atentados en Cachemira han sido la chispa que ha hecho que los conflictos internos paralelos salten la frontera, pasando a involucrar cara a cara a los dos Estados. Existe, además, un factor que empuja al enfrentamiento directo: en 2019, Modi derogó el artículo 370 de la Constitución india; un artículo que, en el momento de las respectivas independencias, concedió autonomía a Cachemira, de mayoría musulmana, a fin de que se mantuviera del lado de la India secular, sin incorporarse a Pakistán.
Si Modi no señalara ahora hacia Pakistán, haya estado o no detrás de los atentados, sería tanto como reconocer que en Cachemira existe un problema político desde la derogación del artículo 370. Alguien podría pensar, como muchos líderes e intelectuales indios pensaron en 2019, que suspender el artículo 370 pudo ser un error de graves consecuencias futuras. Atacar a Pakistán es como decir que no, que no fue un error, porque, en realidad, los atentados contra los veintiséis hindúes eran el disfraz de una agresión desde un Estado enemigo.
Sin embargo, se ha alcanzado un alto al fuego con relativa rapidez. ¿Estamos ante un mero episodio más en el largo conflicto?
Hace tiempo, una buena amiga india se preguntaba cuándo los ánimos estarían serenos en India y Pakistán para decir que lo que pasó, pasó, y que en algún momento hay que comenzar a preguntarse cómo superar la fractura de 1947. Ni el ataque de India ni la respuesta de Pakistán van a contribuir a serenar esos ánimos, de manera que la única alternativa en la relación entre ambos países es seguir manteniendo la tensión contenida o permitir que aflore otra vez en toda su crudeza.
"El problema es cómo evitar que el conflicto se desborde cuando las potencias que podrían contribuir a la distensión están prisioneras de alianzas cruzadas"
Ahora ha aflorado, y el problema es cómo evitar que se desborde cuando las potencias que podrían contribuir a la distensión están prisioneras de alianzas cruzadas. Trump ha dilapidado gran parte del capital internacional de Estados Unidos, lo que se dejará sentir en este conflicto, pese al alto al fuego. Pero es que, además, no puede respaldar a India sin incomodar a China, que, a su vez, respalda a Pakistán y a Rusia, con la que Trump está dando bandazos para ver si encuentra un arreglo sobre Ucrania.
La respuesta tiene, pues, una dimensión obvia: por descontado, que si un país responde militarmente a otro, se agrava la situación. Pero existe otra dimensión más compleja: si episodios como estos se repiten, ¿qué potencia estaría en condiciones de favorecer eficazmente la desescalada?
¿Cómo afectaría a España, como miembro de la UE y con intereses diplomáticos y económicos en Asia, un conflicto prolongado entre India y Pakistán?
En diversas ocasiones a lo largo de este siglo XXI, la diplomacia española parece haber perdido de vista que sus indiscutibles progresos en el ámbito internacional no han transformado el punto de partida, según lo definió el autor del último gran diseño estratégico para nuestro país, Fernando Morán.
Morán decía hace medio siglo, y hoy sigue siendo cierto, que España es una potencia media con intereses regionales de primer orden. Entre esos intereses regionales, Morán señalaba tres, cuya defensa, sostenía, debía determinar la elección de nuestras prioridades: Europa, Iberoamérica y el Mediterráneo.
"España es una potencia media con intereses regionales de primer orden. Si estos escenarios entran en zona de turbulencias, es previsible que España se redescubra en la que siempre ha sido su posición de partida"
Solo articulando adecuadamente estas tres prioridades, España dispondría del factor multiplicador que necesita para incrementar su presencia en otras áreas. Asia, por descontado, era y es una de ellas. Pero por razones distintas en cada caso, y razones, todo hay que decirlo, no estrictamente imputables a nuestra diplomacia, la articulación de las que deberían ser en todo momento las tres prioridades de la política exterior española se ha deteriorado.
Eso ha provocado el simultáneo deterioro del factor multiplicador hacia el que apuntaba Morán, introduciendo, por así decir, una cierta volatilidad de nuestra presencia en los grandes escenarios estratégicos. Si además, esos grandes escenarios entran en zona de turbulencias, como está sucediendo con el conflicto entre India y Pakistán, es previsible que España se redescubra de pronto en la que siempre ha sido su posición de partida, la de una potencia media.
Llegados a ese punto, tal vez debamos preguntarnos cómo hemos gestionado en el reciente pasado y cómo habremos de gestionar en el inminente futuro nuestros intereses regionales. Mirar hacia las estrellas está bien, pero hay que cuidarse de no tropezar en el camino.
El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, y el primer ministro de India, Narendra Modi, en la segunda jornada de la cumbre del G20, a 31 de octubre de 2021. Foto: Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa / Europa Press / ContactoPhoto
¿Cómo son las relaciones entre España e India? Precisamente, un ámbito de colaboración in crescendo entre los dos países es la defensa.
Las relaciones son fáciles y son buenas, y con un gran potencial si el contexto internacional no se degrada hasta un punto de no retorno. Ahora bien, esto es algo que se podría decir de las relaciones de España con cualquier país, grande o pequeño, que se encuentre fuera del círculo más cercano de nuestros intereses regionales.
La razón es sencilla: como potencia media que ha sido y que es, España no ha enfrentado contenciosos en buena parte de las regiones del mundo. Pero esto es solo la descripción de un punto de partida, no del resultado de esta o aquella política. Por decirlo de otro modo: no hemos tenido contenciosos porque ni siquiera hemos estado presentes. Tomar el punto de partida por un resultado puede llevar a confundir nuestra autorrepresentación como actor en la esfera internacional.
"El valor más destacado de nuestra industria de defensa en India es que no induce ni estimula ninguna lectura estratégica. Somos proveedores puros, porque como potencia media no inclinamos el fiel de la balanza"
A este respecto, el valor más destacado de nuestra industria de defensa en India, aparte, obviamente, de su calidad, es que no induce ni estimula ninguna lectura estratégica. Si India adquiriese de otros proveedores el mismo material de defensa que España le ofrece, es probable que los observadores internacionales dedujeran que India se inclina por una potencia o por otra. En nuestro caso, no. Somos, por así decir, proveedores puros, porque como potencia media no inclinamos el fiel de la balanza estratégica en una u otra dirección.
¿Qué impacto tiene este conflicto en la relación entre dos potencias nucleares históricamente enfrentadas? El último episodio de 2019 vio movimientos importantes en el arsenal nuclear de ambas partes, pero desescaló rápidamente con una pronta intervención de EE. UU. y otras fuerzas diplomáticas.
Cuesta creer que la escalada sobrepase el escalón nuclear, pero es mejor no librarse a conjeturas y menos aún fiarse de ellas. Como antes señalaba, la encrucijada entre potencias no facilita que influyan para rebajar la tensión. Pero quiero creer que existe al menos un punto en el que todas estarán de acuerdo: el escalón nuclear no puede ser sobrepasado.
En este sentido, si la tensión logra ser reconducida, de manera que el conflicto abierto vuelva a ser un conflicto latente, la situación puede evolucionar en cualquier dirección, al tratarse de un enfrentamiento encapsulado: o bien prolongarse en golpes y contragolpes de alcance limitado a efectos geoestratégicos, o bien cerrar la crisis en unas condiciones en las que ambas partes puedan darse por satisfechas.
La lección, con todo, es evidente: basta una acción terrorista para que el equilibrio entre potencias nucleares se pueda ver afectado. ¿Somos conscientes del polvorín sobre el que estamos?
El conflicto podría tener importantes ramificaciones geopolíticas. Occidente se ha convertido en un actor clave en la venta de armas a India, mientras que China mantiene un papel similar respecto a Pakistán. ¿Podría este alineamiento reforzar un nuevo eje de confrontación entre las grandes potencias?
A mi juicio, conviene designar con nombres apropiados las fuerzas internacionales en juego para no dejar que construcciones ideológicas con poca o ninguna realidad influyan en nuestras decisiones y, por consiguiente, en nuestras acciones.
¿A qué nos referimos cuando hablamos de
Occidente? Sin remontarnos a las manipulaciones del reciente pasado que está promoviendo la Administración Trump, lo cierto es que hoy la coincidencia de intereses y estrategias entre Estados Unidos y Europa está seriamente en entredicho. O expresado de otra forma, el concepto de Occidente ha sido una de las primeras víctimas de la política errática de Trump.
"El concepto de Occidente ha sido una de las primeras víctimas de la política errática de Trump"
Por tanto, es previsible que Estados Unidos y Europa, cada cual por su lado y no como Occidente, sigan suministrando material de defensa a India. Pero esta inercia puede enfrentarse a medio plazo con un límite: hasta ahora, se contribuía a armar a India para contener a China, pero es que, desde la necia guerra de los aranceles desencadenada por Trump, el interés de Europa por contener a China es mucho menor, y más si, como parece, China se subroga en la posición de máximo garante del sistema multilateral que Estados Unidos ha decidido abandonar.
Y una última reflexión sobre otro concepto de época, el concepto de sur global, promocionado por India, precisamente, para equilibrar el peso internacional que China había ido adquiriendo de manera silenciosa desde el final del siglo XX. El sur global es más una criatura especulativa que una realidad estratégica; una criatura que se ha definido contra esa otra, Occidente, tomando como excusa dos conflictos: Ucrania y Palestina. Occidente ha sido acusado por el sur global de manejar un doble rasero.
Paradójicamente, Israel es un aliado preferente de la India, promotora del concepto de sur global. Además, India necesita obtener de Rusia los repuestos y las actualizaciones de su material de defensa, de origen ruso, en un 70%. ¿Es por eso por lo que no condena la invasión de Ucrania?
"Los conflictos en curso deberían ponernos en guardia contra la ideologización de la geografía, según ocurrió durante la Guerra Fría"
Por supuesto, no se trata de desenmascarar discursos internacionales que, como todos, responden a múltiples lógicas, y no solo a la lógica de la ética y la moral. Los conflictos en curso, a los que ahora podría unirse uno nuevo entre India y Pakistán, deberían ponernos en guardia contra la ideologización de la geografía, según ocurrió durante la Guerra Fría.
Mientras duró, Occidente coincidía con el Norte, y el Sur, global o no, incluía a Oriente, pero no a China ni al Este. Lo que sucede, en términos estrictos, es que el orden de 1945 se está desmoronando y que, en principio, parece razonable suponer que es mejor sustituirlo por otro orden que por el desorden. Pero, al menos, aprendamos a reconocer las fuerzas en presencia y a no guiarnos por conceptos que, lejos de ayudar a domarlas, ofrecen una representación del mundo en la que desencadenarlas parece no solo inevitable, sino también conveniente.
¿Cómo afecta a la posición internacional de la India este conflicto?
Ningún momento es oportuno para iniciar un conflicto armado. Pero, para India, esta escalada con Pakistán llega en unas circunstancias que podrían multiplicar los efectos más adversos sobre su posición internacional. La distancia que los Estados Unidos de Trump han querido establecer con Europa a fin de concentrarse en la contención de China hace que, paradójicamente, India pierda peso en el equilibrio general: Europa se ve forzada a mirar a China, y en esa mirada India no es un activo, sino más bien un lastre.
Y por lo que respecta estrictamente a la relación con Estados Unidos, conviene tener presente que Trump y su diplomacia no creen necesitar aliados, sino que actúan convencidos de que su poder económico y militar es suficiente para garantizar la supremacía, es decir, esa América que con él será grande de nuevo.
"Con Trump en el poder, India está en peor posición que antes. Liderar un espacio estratégico de nuevo cuño, como sería el sur global, es más difícil desde una situación de conflicto"
Con Biden en la Casa Blanca, aún se reconocía la naturaleza democrática de la India para justificar ideológicamente una aproximación diplomática dirigida en último extremo a compensar el peso de China. Se criticaba, sin duda, la deriva ultranacionalista de Modi, pero al mismo tiempo era agasajado en Washington como un aliado especial. Solo Winston Churchill recibió un trato semejante, si lo medimos por el número y la calidad de las atenciones que el Capitolio y la Casa Blanca ofrecieron a ambos líderes.
Con Trump en el poder, la situación ha cambiado súbita y radicalmente. Primero, porque, para Trump, la naturaleza democrática o no de un sistema político es irrelevante a la hora de establecer estrategias diplomáticas. Y, segundo, porque considera que Estados Unidos no necesita de India ni de nadie para hacer valer sus intereses. India, pues, está con esta administración en peor posición que antes.
Y añádase a todo esto un último factor, tanto o más relevante que los anteriores, puesto que India ha desempeñado un papel activo: liderar un espacio estratégico de nuevo cuño, como sería el sur global, es más difícil desde una situación de conflicto que desde una situación de estabilidad. Sobre todo porque, aun sin saber exactamente qué es el sur global, lo cierto es que India buscaba definirlo por contraste con un Occidente que, según era moneda corriente en Delhi, no hace ascos a la guerra.
¿Qué factores explican la creciente asimetría entre India y Pakistán en términos económicos, militares y de estabilidad interna, y cómo están afectando al equilibrio estratégico en la región?
Hasta que Trump llegó a la Casa Blanca y alteró gratuitamente el equilibrio internacional, existía la convicción, real o fingida, de que India sería la gran potencia mundial del siglo XXI. Quizá sea así. Pero convendría no tomar las profecías por pronósticos.
De momento, India es un país grande, muy grande, el más grande del mundo, pero no necesariamente una gran potencia. Sin duda, dispone de muchos de los elementos imprescindibles para serlo, desde la población a una creciente capacidad tecnológica. También del arma nuclear. Pero los obstáculos son muchos a su vez, empezando por la dificultad de ofrecer, no solo servicios imprescindibles, sino también un mínimo marco normativo y hasta vital a centenares de millones de personas.
La estabilidad política de India deriva de una Constitución inspirada en la de Estados Unidos, gracias al papel decisivo de su redactor, Ambedkar, y a las convicciones auténticamente liberales y democráticas del primer ministro Nehru. Ambedkar estudió en Estados Unidos y tuvo como profesor a John Dewey, el gran filósofo de la democracia americana.
Nada de esto existió en Pakistán, que optó por articular el Estado independiente en torno a un credo religioso, el Islam, interpretándolo en el mismo sentido que el colonialismo británico. Es decir, como fundamento de una idea nacional. Para el Reino Unido, en la India coexistían dos naciones, una musulmana y otra hindú. Y así como India logró deshacerse de esa visión hasta la victoria de Modi, promoviendo un Estado secular y remitiéndose a la tradición política americana, en Pakistán pesó más la otra tradición, que no es propiamente británica, sino forjada ad hoc por el colonialismo británico.
La razón por la que India y Pakistán no forman parte del mismo Estado es, así, similar a la que está detrás de la separación entre Siria y Líbano, y como se vuelve a ver en estos días, con resultados no tan diferentes.
Dada la implicación de grupos militantes como Lashkar-e-Taiba y la acusación de la India de complicidad del Estado pakistaní, ¿qué papel juega el terrorismo transfronterizo en la escalada actual del conflicto en Cachemira?
Hablar de terrorismo transfronterizo es una argucia conceptual, que tiene por objeto no dejar otra salida que el conflicto armado entre dos Estados. Lo vimos en la guerra contra el terrorismo, patrocinada por el presidente Bush. Si existe un ataque orquestado por otro Estado, así sea mediante fuerzas que el derecho internacional consideraría irregulares, estamos sencillamente ante un acto de guerra, y un acto de guerra conduce a la guerra.
"Sin pruebas ofrecidas por una parte, y sin un esfuerzo inequívoco de transparencia por la otra, todos estaremos en manos de pasiones cebadas por la historia trágica de la Partición"
Pero si de lo que se trata es de la acción de un grupo terrorista que tiene bases en otro Estado, la respuesta a un atentado no tiene por qué ser necesariamente una guerra. Todo depende de la implicación o la complicidad en la acción de ese otro Estado.
Ante el episodio de estos días, lo único que como observadores podemos constatar es que India no cree a Pakistán cuando le dice que, como Estado, no tiene que ver con los grupos yihadistas que dicen combatir el ultranacionalismo hinduísta. Por otra parte, Pakistán no hace esfuerzos para convencer a nadie de que eso sea así. Un Estado cuyos servicios cobijaron a Bin Laden después de atentar contra las Torres Gemelas y el Pentágono no tiene, desde luego, demasiada credibilidad.
Pero es tanto y tan grave lo que está en juego que nadie, ni las partes involucradas, ni el resto del mundo, deberían conformarse con especulaciones. Sin pruebas ofrecidas, por una parte, y sin un esfuerzo inequívoco de transparencia por la otra, todos, absolutamente todos, y no solo India y Pakistán, estaremos en manos de pasiones cebadas por la historia trágica de la Partición, una historia en la que hoy nadie parece interesado en conjurar el odio y el rencor acumulados.